Baile de máscaras — La Danza de los Carruajes

Dupois, la ciudad del cisne blanco, la joya de la corona de Gabriel, edificada en una zona de manantiales y lagos que alimentaban el Carignan. Sus grandes bulevares, sus magníficos palacios y teatros, sus populosos barrios se levantaban en terreno ganado a las marismas y, a su alrededor, granjas, ríos, bosquecillos y los lagos supervivientes lucían hermosos y perfectos, como si un regimiento de jardineros obsesionados e incansables cuidasen de que hasta la última briza de hierba estuviera en armonía con el resto. Las aves que invernaban en los lagos seguían siendo la estampa más conocida de la ciudad y el espectáculo de la migración de primavera, es especial de los cisnes, había sido tema de poemas, sonatas y sinfonías y era festejado con verbenas y bailes de toda condición social.

La Danza de los Carruajes

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Baile de máscaras — El eclipse

El sábado 17 de marzo, el día del eclipse de luna, amaneció radiante, con el rocío fresco y abundante en los campos y la atmósfera limpia, con una brisa que se llevaba los pesados olores de Chaville. Era el segundo día de la desaparición de Émilien y todos sentían que el tiempo apremiaba.

Fernand, con gran dolor, no pudo participar en la búsqueda de su hermano: su visita a Chaville había sido por un asunto profesional, unas consultas que debía hacer. Apelando a la desaparición de Émilien, había conseguido retrasarlas al sábado por la mañana, para luego tomar la diligencia de vuelta a Dupois. Ya se había despedido del resto del grupo tras la cena.

Jacques Lafleur se había levantado bien temprano esa mañana, con idea de organizar la cuadrilla de búsqueda que había comentado la noche anterior. Tiró de amigos, conocidos y los criados de éstos y, para las diez de la mañana, tenía un grupo de veinte o veinticinco personas en el camino de poniente.


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Baile de máscaras — La desaparición de Émilien Duchamp

Michel Laffount de Gévaudan fue el primero en presentarse en casa de Émilien Duchamp, cercanas las 10 de la mañana y tras terminar sus quehaceres en el ayuntamiento, donde su padre le había buscado acomodo esperando que hiciera carrera política. Era una casa bastante céntrica y tradicional, con porche delantero y patio trasero y un pequeño patio de luz central al que se abrían las estancias. El patio trasero tenía su propia entrada y disponía de cuadra para los dos caballos de la casa (el de Émilien y el de su ayuda de cámara) y un gallinero. Michel la conocía bien y, por eso, se quedó sin habla al ver la cara de preocupación del ama de llaves al abrirle la puerta. Antes de que pudiera decir nada, una potente voz del interior preguntó:

—¿Es mi hermano?

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Baile de máscaras — En casa del conde de Carbellac

En la tarde del 15 de marzo de 987, un jinete solitario entró en el parque de la mansión que el conde de Carbellac tenía en las afueras de Chaville, la capital de Gabriel, sobre una cala privada. No tenía nada de especial que llegara alguien, ya fuera a caballo o en carruaje, pues la casa del señor de Carbellac siempre estaba concurrida, ya fueran alumnos de su afamada escuela de esgrima, la Compañía de la Vera Cruz, alumnos de su mujer, que preparaba a los y las jóvenes para los eventos de la alta sociedad, o invitados, tertulianos y visitantes en general, que acudían a su biblioteca, sus simposios, conciertos y exposiciones.

El jinete vestía de uniforme. No los vistosos uniformes que se veían en la ciudad, con sus dueños pavoneándose envueltos en escarlata o azul: el suyo era de un sufrido pardo que podía ser confundido con el de una milicia o guardia de una pequeña ciudad. El ojo conocedor, empero, reconocería el tono como el usado por la infantería ligera, los cazadores u otros escaramuzadores, las únicas tropas de tierra del principado con experiencia real en combate, acostumbrados a lidiar con bandidos, contrabandistas y saqueadores de la frontera. La espada de hoja recta lo identificaba como perteneciente al primer cuerpo; su porte al montar y al desmontar, el aplomo con el que entregó las riendas de su montura al criado y se encaminó a las escaleras de entrada denotaban a alguien de noble cuna, acostumbrado a mandar y ser obedecido; la falta de galones vistosos indicaba, incluso antes de verle el rostro noble, apenas bronceado por el sol y el viento, que se trataba de un joven de veintipocos años, un alférez con poco tiempo en el ejército; y la forma en que escudriñaba los rincones con sus hermosos ojos verdes lo delataban como veterano.


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Baile de máscaras — Dramatis personae

¿Una campaña mía sin cienes de personajes? ¡Vive Dios, que no será así! Si ni en el desierto me libré de un montón de nombres, menos en una campaña notablemente urbana, llena de enredos, líos de faldas, líos de espada y conspiraciones a tutiplén. Y lo de urbana es un decir, que ya habrá tiempo para tocar las distintas ramas del género. Que ya tengo pnjs para Henry Fonda, Mel Ferrer, Stewart Granger, Katharine Hepburn y Burt Lancaster, pero aún tengo que buscar acomodo a Gregory Peck, Errol Flynn y Gary Cooper.

Listemos los nombres, ¡pardiez!, que es una lista bien larga y encima en francés o casi, y ni yo, que soy el autor, me acuerdo ya de quién es quién. En negrita, como siempre, los personajes jugadores, que pueden ser consultados en detalle aquí.
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Baile de máscaras — Personajes jugadores

Arrancamos nueva campaña, Baile de máscaras. De Ánima Beyond Fantasy, of course, que, después de 13 años es, junto con Pendragón, el juego con el que más cómodo me siento. Tocamos esta vez el género de capa y espada, folletín de aventuras a fin de cuentas, que me sirve de excusa, de paso, para ponerme al día con Sabatini y dedicar unas cuantas horas a Dumas (¡qué grande es el maestro, voto a tal!). Como en Sakura, uso de arranque una semilla de aventura del Gaïa I (¡qué gran libro de ambientación, lleno de posibilidades e ideas para el máster!) y añado a la mezcla alguna aventura de cosecha propia y muchas adaptadas de otros juegos.

Ambientada en Gabriel, el equivalente en Gaïa a la Francia del XVII-XVIII, pero con una nobleza que es alta burguesía con título, en Baile de máscaras seguiremos, si ustedes gustan, las andanzas de jóvenes de buena familia de la populosa Chaville, la capital:

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Baile de máscaras

Una detonación seca se coló en el salón de baile por los grandes ventanales abiertos, levantando gritos de sorpresa entre los jóvenes de ambos sexos que, hasta el momento, habían estado concentrados en el difícil arte de la danza. En la explanada frente a la casa, un grupo de excitados jóvenes revoloteaban entre risas alrededor del marqués de l’Aigle Couronné, que sostenía un vetusto trueno de mano aún humeante.


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