Baile de máscaras – La pedida de mano

En otoño de 988 el mundo se volvió loco. Fueron meses en los que los edictos imperiales absurdos se multiplicaron; se evaporaron fortunas enteras, mientras que otras florecieron; el mercado de valores se volvió un lugar peligroso para gente de corazón débil y la sombra de la carestía se asomó por muchos países. Maximillian Hess, príncipe de Remo, en su famosa intervención en el Alto Senado, acusó públicamente de brujería a la suma arzobispo Eljared, de haberse infiltrado en la Iglesia para llegar hasta el emperador y haberlo subyugado con artes arcanas.

Fue un terremoto. Un terremoto lento, que tuvo que viajar a los gobiernos de los distintos principados del Imperio. Hubo reuniones ministeriales, se enviaron mensajeros, se pidieron averiguaciones, se iniciaron contactos y negociaciones. En El Dominio, el ala más reaccionaria de la Iglesia, que siempre había tratado de librarse del control del emperador, movió ficha y lograría, meses después, nombrar al primer sumo arzobispo sin el beneplácito imperial.

Pero la diplomacia es lenta y Eljared era rápida. El príncipe Hess tuvo que huir de Arkángel y las tropas del Señor de la Guerra Norte fueron movilizadas. Su objetivo: Remo.

*****

Todo esto fue sólo un runrún de fondo en la vida de nuestros amigos. Bastante tenían con procesar lo descubierto en el viaje a Aubigne y continuar con sus vidas.

Noel y Colette hablaron con sus padres. Lo descubierto de la familia Leclair echaba por tierra las pretensiones de los Mazet sobre el título, pero el futuro del joven era cada vez más oscuro. Noel prácticamente desaparecería durante días, apenas parando en casa para dormir, perdido en la biblioteca de la duquesa viuda de Ribérac o en otras, acompañado, sospechaba su hermana, por Irène Dufor.

Colette apenas tuvo tiempo de preocuparse por su hermano. Tenía algunos asuntos personales pendientes, como quedar con Henri Bullion para contarle que estaba saliendo con Julien Lafleur y pedirle que cesara en sus intentos de cortejarla, o acompañar a Julie Lafleur a una cacería que tenía apalabrada desde primavera, donde descubrió que la joven no aceptaba que saliera con su hermano y hacía gala de una hostilidad nada disimulada.

Pero lo importante para ella eran las prácticas que conformaban su último año de Medicina. Las listas de destinos salieron a finales de septiembre y le tocó en el Hospital Naval de Chaville. Era el hospital del puerto, bajo control militar, pero también patrocinado por las principales navieras y por comerciantes y cofradías de marineros y de estibadores. Era un hospital grande y con un trajín continuo, como era de esperar al atender a uno de los mayores puertos de Gaïa, y el mejor destino para hacer prácticas de cirugía. Colette no ocultó su alegría, su madre necesitó las sales (¡Ése no era destino para una dama!) y Julien empalideció: el hospital proporcionaba cirujanos a los buques de la Armada y los estudiantes hacían rotaciones en la flotilla de galeras costeras, barcos donde la más mínima intimidad era un sueño imposible y donde siempre existía el riesgo de un encontronazo con contrabandistas o piratas.

Michel, por su parte, apenas paró en Chaville. Tres días después de llegar de Aubigne volvía a partir para acompañar a su hermana y a su novia a la academia de Astria. Como el año anterior, el viaje lo hicieron en barco hasta Dupois y luego continuaron en carruaje. Pararon en Ourges para recoger a Morgaine. Allí se enteró Michel de que el conde de Louzignac, a quien ellos conocían más como el Rubio, había pasado allí el verano, haciendo excavaciones en las ruinas del castillo. Aquello no gustaba a muchos del pueblo, que recordaban el secuestro de Gwen por los hombres del conde el año anterior, pero no podían hacer nada. Lo más grave fue lo que contó Morgaine, pues la joven había estado llevando comida a las excavaciones (y curioseando de paso todo lo que podía) y había descubierto que el aristócrata estaba obsesionado con Jacques. En más de una ocasión le había escuchado exclamar cosas como:

—¡Por dos veces me arrebataste a quien más apreciaba! ¡Maldito seas mil veces, Jacques Lafleur!

En la fiesta de inicio de curso vio al vizconde de Bergader que, como el año anterior, acompañaba a su prima Liliane Trouvé, así que aprovechó para comentarle la obsesión de su hermano mayor con Jacques. El vizconde se disculpó como pudo.

—Hablaré con él en cuanto pueda y pediré ayuda al marqués de la Tour d’Azur, pero me temo que sus absurdas investigaciones lo han absorbido tanto que no atiende a razones.

—Si es así y nuestros caminos se cruzan, es posible entonces que terminemos enfrentándonos a él —dijo Michel.

Bergader asintió ante las implicaciones.

—Si es en buena lid, nada tendré que reprocharos. Pero guardaos del tipo de la máscara que va con él: es muy peligroso y yo creo que es la principal causa de la obsesión de mi hermano.

De ahí volvió Michel a Dupois, donde, con ayuda de los condes de Carbellac, buscaría un apartamento para él y un local para sus negocios que, pese a la situación política, iban cada vez mejor.

En Dupois ya estaba Jacques, que tenía la pedida de mano oficial a mediados de octubre. Había ido con tiempo, en compañía de sus padres y su hermana. Durante el viaje, habló con Julie de la visión que tuvo en su puesta de largo, mientras bailaban y de la maldición élfica que creía pesaba sobre los dos. Consiguió que su hermana le revelase que ella también sufrió una visión en ese baile. O, mejor dicho, la misma desde el otro lado: se vio apuñalada por un varón de orejas puntiagudas, piel de alabastro y ojos rojos.

—Esa maldición nos ata a los dos. Debemos saber más, por eso tenemos que hablar de todo lo que averigüemos, sin secretos. Y mucho cuidado con a quién le cuentas algo —le explicó, pero nada le contó de las tumbas bajo el castillo ni de la daga de obsidiana que encontrara allí, igual a la de la visión. Y, luego, cuando quedó con Michel en Dupois y aquél le pusiera al tanto de lo del conde de Louzignac, decidió sincerarse con su amigo y le reveló lo de su maldición élfica: las visiones que le ataban a su hermana y su relación con las tumbas de Ourges.

*****

Los últimos en llegar a Dupois fueron Colette y Julien, ambos limitados por sus prácticas y trabajo. La misma tarde de su llegada, los condes d’Aubigne dieron una cena íntima para amigos: los Carbellac, los Dunois y los Duchamp, padres e hijos. Faltaron sólo Noel, que se había quedado en Chaville, agotado por tanto viaje, y Chloé, en Astria.

Fue una cena de muchas risas y brindis en la mesa de los mayores y de tensión contenida en la mesa de los jóvenes. Julie estaba envarada y arisca como una gata silvestre. Las razones eran claras: el enamoramiento por Michel se había trocado en odio el día de su puesta de largo y a eso sumaba ahora la hostilidad que mostraba hacia Colette.

La cosa terminó de descarriar en los postres, cuando Michel se quedó a solas con la joven en el jardín e intentó sonsacarle información, dándole a entender que Jacques le había contado todo sobre la maldición de los dos hermanos. Aquello fue demasiado para Julie, que se fue llorando a su habitación. Julien la tranquilizó como pudo y, a la mañana siguiente, los tres hermanos hablaron, se sinceraron, se disculparon, pusieron sus respectivos secretos sobre la mesa y Julie hizo gala de unos incipientes poderes mágicos de los que nadie, ni siquiera ella, se dio cuenta.

La tarde siguiente, el viernes antes de la pedida, Eloise de Ferdeine organizó una merienda de amigos a la que acudieron Colette, Julien, Jacques, Julie y Michel y en la que también estuvieron Sara Loupe y Madeleine Prevoyé. De vuelta a la ciudad, ya anochecido, sufrieron una emboscada. El hijo del conde de Malache y otros nobles de Dupois intentaron tomar al asalto el coche y secuestrar a Jacques. Los atacantes iban armados de palos y cuchillos, saltaron sobre el coche y noquearon al cochero. Forcejearon con Jacques, que iba en el pescante, para hacerse con las riendas, los caballos se desbocaron y todo se desmadró. Jacques y Julien debieron hacer frente a los asaltantes, mientras Colette, Julie y Michel rodaban por el coche. Aquello terminó con varios heridos y un muerto, que cayó bajo las ruedas del carruaje.

El instigador del estúpido plan había sido el conde de Louzignac, que había convencido al hijo del conde de Malache de meter a Jacques en una balandra rápida que lo transbordaría a un ballenero en el puerto de Chaville, listo para hacerse a la mar para un crucero de un par de años. En realidad, el conde buscaba echarle el guante a Jacques sin dejarse ver, pero, al fallar el grupo de Malache, se decidió a intervenir. Aquella fue la primera vez que se vieron el conde de Louzignac y Jacques, pero ambos sintieron que se conocían de antaño.

Asomó entonces la cabeza Julie y Louzignac quedó paralizado, sin poder dejar de mirarla. Al ver a su jefe en ese estado, un hombre enjuto y con el rostro cubierto por lo que parecía una máscara tribal, gritó unas palabras extrañas, agitó los brazos en el aire y la oscuridad absoluta los envolvió a todos. Aprovechando la distracción, arrastró a su jefe hasta el río, donde esperaba la balandra, y huyeron río abajo.

—¿Quién era ése, que no lo había visto nunca y siento que lo conozco de siempre? —preguntó Julie a sus hermanos.

Aquel lío dejó en sus manos un prisionero, el joven hijo de un barón. Tras atender sus heridas, Jacques y Colette lo entregaron a sus padres, a quienes contaron todo y que decidían mantenerlo en privado y no tomar medidas. De aquello, la posición del hijo del conde de Malache se desplomó y ocho o diez jóvenes fueron enviados a la Citadelle de Beaufort, para satisfacción de Julien, que sabía lo que suponía.

La pedida de mano, por fortuna, pasó sin más incidentes. Como la recogieron las gacetillas de la época, no es necesario que comente nada más.

*****

Nada más volver a Chaville, Julien fue enviado a una nueva misión. El archicanciller Joshua Fardelys y su ministro de exteriores, el archiduque Marquet Bélanger de Saint-Marc (hay quien afirma que Bélanger convenció al archicanciller al leer el informe de Julien, hay quien lo cree al revés), habían decidido comprar un navío volador a Lucrecio, como forma de mostrar el poderío del principado de Gabriel en esos momentos tan convulsos. Enviaron a un hombre de la confianza de Bélanger para realizar las negociaciones, el secretario Ymbert Arsenault y pusieron a su disposición el barco personal del archicanciller, un hermosísimo sy’luen de Kanon. Julien fue asignado a la misión por ser testigo de la existencia del navío volador.

Completaba la expedición la alférez del 2º de coraceros Edén Bardin. El regimiento ofrecía seguridad al cuerpo diplomático de Gabriel y se comentaba en los mentideros del ejército que sus integrantes se elegían por lo bien que les sentaba el uniforme. Bardin, de 20 o 22 años, era alta y bien proporcionada, el uniforme de gala le sentaba como un guante y Arsenault la trataba como un rico ornamento. Una mujer en el ejército de Gabriel era algo extraordinario y, por la edad, debería haber coincidido con Julien en Beaufort, así que el joven, intrigado, decidió averiguar más sobre ella.

Durante el viaje pudo sondearla y se enteró de que Bardin era huérfana. Había sido dejada de bebé en el Convento de las Descalzas, donde era habitual que fueran abandonados hijos ilegítimos de buena familia, junto con generosos y regulares donativos que garantizaban su futuro. En su adolescencia, fue apadrinada por el marqués de la Tour du Lac, legado senatorial de Chaville. El marqués se la llevó a Arkángel, la hizo entrar en el ejército imperial y luego la recuperó como alférez de coraceros para la embajada (Julien, al oír esto, torció el gesto; el anciano marqués había patrocinado varias jovencitas a lo largo de su vida y los rumores sobre sus motivos podían llenar sobremesas enteras). Por desgracia, el marqués había fallecido de una pulmonía durante el invierno y Bardin se encontró con que había abandonado su futuro en el ejército imperial y no lo tenía en el de Chaville.

La misión diplomática fue muy bien. Demasiado bien, a ojos de Julien, como si los de Lucrecio hubieran estado esperando el movimiento de Gabriel. Los contratos fueron firmados y Lucrecio se comprometió a entregar un dirigible en la primavera siguiente, más adiestramiento y soporte.

Esa tarde lo celebraron en un local cercano a la embajada. Con tan mala fortuna que varios miembros de la tripulación del Ícaro, de permiso, también estaban por allí. Entre ellos, Dragunov, que reconoció a Julien y se le lanzó al cuello. Bardin, que había ido a pedir unas copas, volvió a tiempo de rechazar a Dragunov el tiempo suficiente para que sus compañeros lo sujetasen. Luego, como Julien no quería dar publicidad al asunto, también le cosió la herida del pecho, más escandalosa que grave (y que hizo que, a la vuelta, Colette exclamase «Pero, ¿quién te ha hecho esta chapuza?», al ver la nueva cicatriz).

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Mientras su hermano viajaba a Lucrecio, Jacques intentaba averiguar el paradero de Véronique Reverdin, desaparecida hacía ya más de un año. Acudió al cocinero de la banda de La Víbora que había vuelto con ellos en verano y al que Michel había buscado trabajo en la taberna de Grady Trennan. El cocinero se había unido (por el procedimiento de ser capturado) después de que la banda abandonara Chaville, así que no sabía mucho de la época de La Víbora como banda de proxenetas y tratantes de mujeres, antes de verse empujados a la piratería, pero pudo darle tres nombres, tres miembros de la banda que quedaron en Chaville: Bastien Piernaimedia, Raoul Caracortada y Remon du Ruisseau.

Jacques indagó por el puerto y averiguó que Bastien, llamado Piernaimedia por tener una pierna inválida, se movía por los Barrios de Lorne, los barrios más pobres de Chaville, una extensión de casuchas y chabolas que se desparramaba por la orilla occidental del Carignan. De la aventura de Émilien Duchamp, conocía a Lucien, cabecilla de una banda en los Barrios y acudió a él. A cambio de la promesa de jamones y vinos para Navidad, le indicó dónde se escondía Bastien. Estaba claro que el hombre seguía en turbios negocios, pues en los días que dedicó a vigilarlo, lo vio recibir numerosas visitas: sin duda alguna, correos de contrabandistas y otras bandas de malhechores.

Por desgracia, Jacques no pidió ayuda a ninguno de sus amigos, lo intentó solo y fue tan burdo en su proceder que lo único que logró fue poner a Bastien sobre aviso. El malhechor y los hombres que lo protegían y visitaban desaparecieron de los Barrios y la pista volvió a perderse.

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A Michel, por su parte, le cayó un encargo incómodo. Michel había informado al marqués de la Tour d’Azur de lo ocurrido en el valle de Sanderé. Ahora, la baronesa viuda de Rieunette y su hija Camille habían acudido a pasar la temporada de invierno en Chaville y el marqués comisionó al Michel para que se acercase a la baronesa y averiguara cuanto pudiera. No fue difícil, pues las dos mujeres eran invitadas de la duquesa de Sarrazac, a la que conocía desde el funeral de su padre. Una visita de cortesía al palco de la ópera sirvió para ser presentado y, como viera que los vestidos de madre e hija estaban pasados de moda, le faltó tiempo para ofrecer su talento.

En las semanas siguientes, se le vería haciendo de cicerone con Camille, acompañándola y presentándola en bailes, saraos, conciertos, carreras de caballos…, lo que le permitió descubrir que la joven seguía enamorada de Julien, con ese idealizado primer amor de la adolescencia.

Siempre que pudo, Michel evitó estar cerca de la madre, pues desde la primera vez había sentido como una oscuridad cavernosa intentaba atraparlo.

*****

Colette no tuvo tiempo ese otoño para fiestas ni saraos. Los principales médicos del hospital salían a cubrir urgencias y se llevaban a los estudiantes varones, dejándola a ella marginada y cada vez más furiosa. En una de esas, un cañón defectuoso explotó, derribando parte de la muralla sobre un grupo de estibadores y llevando el caos al hospital. Así que se arremangó, saltó sobre una mesa y dejó salir su furia, dando órdenes secas y utilizando el más exquisito repertorio de maldiciones e insultos aprendidos en sus excursiones secretas por el puerto. Cuando el cirujano jefe volvió, el hospital funcionaba como el gran reloj de la Torre.

Aún tuvo que hacer frente a otra crisis como ésta, pero aquélla se cobró su precio: unas fiebres infecciosas corrieron como la pólvora por el hospital, que estuvo veinte días en cuarentena. Colette también cayó enferma. Su vida no corrió peligro, pero sí quedó muy debilitada y, un mes después, apenas podía dar cortos paseos sin cansarse.

Y así llegó aquel fatídico diciembre de 988, cuando Julien cumplió los veinticinco años.

Baile de máscaras, campaña para Ánima Beyond Fantasy 2×09-2×11. Con Julien Lafleur d’Aubigne (Alcadizaar) y su hermano Jacques (Aldarion), Colette Leclair de Dunois (Menxar) y Michel Laffount de Gévaudan (Charlie).

Tres sesiones (una de ellas de mañana y tarde) con mucha escena individual con los personajes y con la pedida de mano de Jacques y Eloise como plato principal, que supuso el primer (y breve) cara a cara de Jaques, Julie y el conde de Louzignac. Mucho roleo y muchos detalles que, por desgracia, no puedo contar por falta de tiempo (la visita de Henri a Julien, o lo que ocurrió en la cacería entre Colette y De Morcef, por ejemplo). Alguno, seguramente, rescataremos en un futuro, porque ¿qué hacía el hermano de Michel en el palco de la duquesa de Sarrazac?

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