Baile de máscaras — Eloise de Ferdeine

—La maldita estocada al corazón del marqués de la Tour d’Azur —rezongó Eugène de Guignes, marqués de l’Aigle Couronné—. Siempre al corazón, siempre mortal. Ni los dos mejores espadachines de la Orden de Justine, el conde de la Fethe y Fortune d’Averne, se atreven a enfrentarse a Loup de la Croix. No sé la de veces que la he visto en acción y todavía no he averiguado cómo defenderme de ella.

Era la mañana del martes, justo después del funeral de Fernand Duchamp. Se habían reunido en una taberna cercana a la iglesia los hermanos Lafleur, Colette Leclair como su hermano Noel (el joven no se había recuperado de los excesos del domingo), Michel Laffount y el marqués de l’Aigle Couronné. Michel había contado los acontecimientos de la víspera al marqués, entre unos tragos de vino y brindis en memoria del fallecido.

…entre unos tragos de vino y brindis en memoria del fallecido.


—Simon Gilson está casado con una de sus hermanas —continuó De Guignes— y el marqués, por sus hermanas y sobrinos, hace lo que sea. Ya fue mala suerte que Duchamp eligiera esta semana para ir a reclamarle algo al conde de Malache.

Dicho lo cual, el marqués se levantó, lamentó otra vez la muerte de Duchamp, dejó unas monedas en la mesa y se marchó. El grupo quedó en silencio unos minutos.

—Por lo que ha dicho Laffount —dijo finalmente Colette—, parece que el conde se alegró con el desenlace de la visita. Quizás invitó al marqués anticipando que las diferencias entre éste y Duchamp les haría terminar en duelo o incluso puede que hubiese pactado con su cuñado el forzar el enfrentamiento.

—No creo que fuera eso último —repuso Laffount—. El marqués fue agredido en primer lugar y podía haber dejado el tema en manos de la justicia, lo que no habría hecho nada bien a la carrera como abogado de Duchamp ni a su bufete. Estuvo muy cortés y respetuoso tras el duelo e incluso ha venido hoy a dar el pésame y me ha dado una bolsa bien provista para la viuda del campesino. Y a buen seguro que esta bolsa no viene de la caja del conde. En todo caso, mejor nos mantenemos alejados de la familia Malache de ahora en adelante.

Jacques Lafleur suspiró. Su hermano Julien meneó la cabeza.

—No va a ser posible, me temo. Ya hemos invitado al hijo mayor del conde, Lorens, a nuestra fiesta. Tiene nuestra edad, está sin compromiso y la posición de su familia es sólida.

—Pero no lo invitaremos a la fiesta de nuestra hermana en Chaville —masculló Jacques.

Michel se levantó.

—Voy a acercarme al bufete. Quiero averiguar algo más del caso y también tengo que hacer llegar este dinero a la viuda del campesino. Por lo menos, que la muerte de Fernand sirva para algo.

Julien se disculpó. Su hermano y él habían pasado el lunes preparando la fiesta pedida por sus padres: con ayuda del mayordomo del señor de Carbellac, Jacques había encontrado lugar y cáterin, mientras que Julien había investigado el quién es quién en Dupois para preparar la lista de invitados, pero aún quedaba mucho por hacer y sólo un día para hacerlo. Esa misma mañana habían enviado las invitaciones y las respuestas debían estar llegando ya a la casa del de Carbellac y aún tenía que revisar el lugar encontrado por su hermano.

Jacques, para quien Fernand había sido como un hermano mayor, y Colette, que se esforzaba para que no pudieran tachar a su hermano de cobarde o pusilánime, sí se ofrecieron a acompañar a Michel.

La visita al bufete fue breve. Estaban especializados en casos de pez chico (pequeños artesanos, comerciantes o campesinos) contra pez grande y su única relación con el conde de Malache consistía en los casos del molino y del campesino. Decidieron llevar el dinero en persona y así, de paso, indagar un poco más. Pidieron indicaciones en el bufete, pararon a comer algo y luego cada cual fue a su alojamiento a cambiarse de ropa y tomar caballos, más cómodos para moverse por el campo que los carruajes.

A las cuatro se reunían en la puerta occidental de la ciudad. La aldea quedaba a poco menos de cinco leguas por caminos que discurrían entre quintas, granjas, campos de cultivo, bosquecillos y lagunas. Era una aldea pequeña, de una veintena de familias y con una pequeña ermita como iglesia. Las tierras de labor eran escasas y el bosque, coto del conde, estaba presente allá donde mirasen. Los lugareños los miraron con hostilidad, el hambre pintada en sus rostros.

Encontraron a la viuda tras preguntar un par de veces, en tono duro. La mujer, de treinta y pocos años y envejecida prematuramente, contestó muy nerviosa a las preguntas de los tres señoritos. Su marido había sido muerto por el guardabosques al sorprenderlo, según éste, cazando faisanes. Lo que era raro porque, explicó ella, lo que traía a casa eran conejos y liebres. Por otra parte, y esto no pasó desapercibido a los tres amigos, un faisán podía venderse a buen precio. Resultaba comprensible que, si al hombre se le había puesto a tiro alguno, no hubiera dejado pasar la oportunidad.

Le contaron a la viuda la muerte de Fernand Duchamp y le entregaron el dinero. Jacques indagó por la aldea por indicaciones para ir a la casa del guardabosques, aunque lo avanzado de la hora le impidió ir y lo dejó para una futura ocasión. Colette sospechaba que el hijo del conde pudiera haber estado involucrado, pero como lo único que tenían era la versión del guardabosques, no pudo confirmarlo. Por mucho que les fastidiase, no tenían nada que reprobar al conde, más allá de una excesiva dureza frente a la caza furtiva. Eso hacía la muerte de Fernand más estéril y estúpida.

*******

De vuelta se les echó la noche encima. La luna menguante iluminaba la campiña y las luces de la ciudad, miles de farolas de lampyridae, les indicaban su destino. Una niebla reptante salía de las lagunas y canales y se enroscaba entre las patas de los caballos, mientras las últimas luces del día desaparecían con rapidez por poniente. Los tres amigos avanzaban en silencio, arrebujados en sus capas y sumidos en sus pensamientos.

Un grito de mujer les sacó de su ensimismamiento. Jacques, el primero en reaccionar, picó espuelas y lanzó a su caballo camino adelante, de donde venían los gritos. Michel le siguió, apenas medio cuerpo por detrás. Colette, mascullando una imprecación poco propia para una dama, cerraba la marcha.

Apenas a trescientos pasos, tras un cambio de rasante, encontraron el origen de los gritos: un gran coche, una berlina cubierta y tirado por cuatro hermosos alazanes. Un grupo de malhechores lo rodeaban; el cochero, desplomado a la derecha del carruaje, parecía muerto y los gritos surgían del interior.

Jacques cargó con grandes gritos, llegó hasta el carruaje, desmontó y se enfrentó a dos malhechores. Michel lo desbordó por la izquierda, golpeó al hombre que intentaba forzar la entrada del carruaje y desmontó a su vez. Por último, llegó Colette, que impidió que pudieran rodear a sus amigos.

Los malhechores eran seis y tiraban de cuchillos y navajas de gran tamaño. Eran duchos en su manejo y se les notaba acostumbrados a las reyertas. Se reagruparon bien ante la llegada de los tres jóvenes, seguros de poder vencerles por superioridad numérica. Por desgracia para ellos, sus oponentes pertenecían a la escuela del conde de Carbellac, donde, además de la fina esgrima de duelos, se enseñaba a sobrevivir a una pelea de taberna. En pocos instantes, varios de los bandidos caían ante las espadas de los tres jóvenes y el resto huía a la desesperada.

Entre medias y quizás por alguna herida recibida por error, los caballos del carruaje se espantaron y arrancaron al galope. Michel intentó agarrarse al pescante, pero falló al agarrarse y quedó sentado en el camino, mas pudo levantarse rápido, antes de que sus oponentes pudieran aprovecharse. Jacques fue más ágil y saltó al estribo, de ahí se encaramó al techo y rodó hasta el pescante. Perra suerte, las riendas habían caído sobre la lanza. Sin dudarlo, el joven saltó entre los caballos, agarró las riendas y tiró de ellas hasta dominar los caballos.

Parado el carruaje y echado el freno, se asomó al interior para tranquilizar a sus ocupantes. Se encontró con dos jóvenes: una muchacha pelirroja, con el cabello cortado a media melena, que protegía con sus brazos a una jovencita desvanecida de finos rasgos y hermosa cabellera castaña.

Michel y Colette, reducidos sus oponentes y tras comprobar que los huidos no volverían, se acercaron al carruaje. Al verlos llegar, la pelirroja gritó «¡Colette!» y se arrojó a los brazos de la joven. Ésta aguantó el momento de pánico y, sobreponiéndose, la cogió por los hombros y la separó con delicadeza, pero con firmeza.

—Creo que me confundís con mi hermana —consiguió decir—. Yo soy Noel Leclair de Dunois, a vuestro servicio. Vos debéis ser Sara Loupe. Mi hermana me contó que pasó el domingo con vos y con Chloé de Carbellac… aunque su descripción no os hace justicia.

La sorpresa entre el parecido de Colette y… esto… Colette disfrazada de hombre sirvió para que Sara Loupe se tranquilizara un poco y contara lo sucedido. Que era muy simple, en verdad: volvían de una excursión campestre ella y su anfitriona Eloise cuando sufrieron el ataque. Eloise era la hija única de los marqueses de Ferdeine, una de las principales familias de Dupois. La reanimaron dándole de beber un poco de agua en la que echaron unas gotas del coñac reconstituyente del marqués de l’Aigle Couronné, que Michel llevaba consigo desde el domingo. Tras recoger el cuerpo del cochero y los dos prisioneros que tenían —uno se había rendido y el otro estaba malherido—, se encaminaron a casa de los marqueses de Ferdeine.

*******

Eloise de Ferdeine

La casa era una elegante quinta a las afueras de Dupois, apenas a un par de kilómetros de donde se encontraban. Había cena y concierto esa noche, con treinta o cuarenta invitados, todos de gran postín. El revuelo que se formó a la llegada de la comitiva —carruaje, caballos, cuerpos— es fácil de imaginar. Los criados de los marqueses se hicieron cargo de todo de forma muy profesional y se envió aviso a la guardia. A los tres jóvenes, una vez hechas las presentaciones, los invitaron a unirse a la velada y contar lo ocurrido.

Fue Colette quien tomó la palabra y describió el ataque al carruaje y el arrojo de sus compañeros, acompañado con efectos sonoros dramáticos a cargo de la violinista del recital, una muñequita rubia de aspecto frágil y vestida con un exceso terminal de encaje rosa. La voz de la joven llenó el salón y arrastró a los presentes de vuelta al camino, en la noche: el temor de las damas, las espadas desnudas a la luz de la luna, el relinchar de los caballos, el carruaje desbocado… Engrandeció el papel de los amigos de su hermano —ya suyos también— y dejó el nombre de su hermano en un discreto, aunque correcto, segundo plano. Si intentaba evitar lo que después ocurrió no tuvo suerte.

Pues, con los presentes aún con el sonido de los cascos desbocados y el chirriar de las ruedas saltando en los baches del camino en su imaginación, Sara Loupe cogió a Eloise de la mano y le dijo:

—Querida amiga, es increíble el arrojo del señor D’Aubigne. Sin él, ¡a saber qué nos habría ocurrido en ese coche! ¿Por qué no lo invitáis al Gran Baile?

A Eloise de Ferdeine le subió el rubor al rostro. Buscó con sus hermosos ojos almendrados a su padre, que, con un leve movimiento de cabeza, consintió —el buen nombre de D’Aubigne era bien conocido para un genealogista como él; lástima que no así la dudosa reputación del segundo vástago de tan noble familia—, por lo que se acercó a Jacques —incómodo de pronto, centro de la atención de tantos señores y señoras de largos apellidos— y, sin atreverse a mirarlo a los ojos, le pidió que le acompañara al baile.

Sara Loupe, lejos del foco, habíase agenciado también pareja por el procedimiento de tomar posesión de su brazo: el de Michel Laffount. Tampoco se libraría Noel Leclair, pues la pelirroja, dispuesta a liarla hasta el final, presentó a la muñequita rubia a Colette y le encomendó su protección.

—La señorita Madeleine Prevoye no conoce nadie en Dupois que pueda acompañarla al baile y su padre va a estar muy ocupado para prestarla la atención necesaria.

¡Prevoye! El nombre no le era desconocido a Colette. Se la tenía de portento de la música y su nombre se mencionaba en tertulias desde hacía algunos años, pero no terminaba de despuntar. No era de familia pudiente y la música debía ser el pan de los suyos. Mirándola con atención, por debajo del vestido infantil y del maquillaje de muñeca de porcelana, vio Colette a una menuda joven poco menor que ella. Seguramente su padre aprovecharía la oportunidad del Gran Baile para buscar mecenas. Al imaginarse a la muchacha sola y expuesta como mercancía en el enorme Palais du Blanc, se le hizo un nudo en el estómago. Con una elegante reverencia, tomó la mano de la joven.

—No puede haber mayor recompensa en el mundo que acompañarla, mademoiselle Prevoye.

—Así se habla, Colette Dos.

Ante la mirada asesina de Colette-Noel, Sara se alejó entre risas, buscando la protección de Michel Laffount, quien, en esos momentos, se las ingeniaba para poder hablar al oído de Jacques.

—Oye, ¿sabíais que al baile del demonio se va con pareja?

—Le preguntamos a De Carbellac, pero nos dijo que no nos preocupáramos por eso.

Entre unas cosas y otras, volvieron a Dupois bien entrada la madrugada. Y la velada se extendería más para Colette y para Jacques, que debieron explicar todo a sus respectivos hermanos.

Baile de máscaras, 1×01. Con Jacques Lafleur d’Aubigne (Aldarion), Colette/Noel Leclair de Dunois (Menxar) y Michel Laffount de Gévaudan (Charlie).

Segunda parte de la sesión. Recuperamos a Sara Loupe (presentada como amiga de Chloé un poco antes) para introducir a Eloise de Ferdeine. La misma Eloise de Ferdeine de la semilla de aventura El Baile (Gaïa, página 152). También han conocido al hijo del conde de Malache (Un duelo peligroso, página 153, aunque allí figura como marqués). Combinando ambas semillas, tenemos la partida servida.

2 comentarios para “Baile de máscaras — Eloise de Ferdeine

  1. Casi muero del pasmo cuando la pelirroja me llamó Colette.
    Y aunque el grupo estaba triste por la muerte de Fernand, esta escaramuza logró mejorar los ánimos.

  2. Momento de pánico muy bien solventado. Y es que Sara Loupe, con su forma de moverse al margen de los convencionalismos sociales, tiene un peligro…

    La escaramuza quedó muy bien, creo yo: un combate rápido, de pocos asaltos, y muy dinámico, con el plus del coche desbocado.

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