Archive for the ‘Tres Valles’ Category

Una pista falsa

Eran unos vándalos, unos malnacidos hijos de Satanás que harían llorar de vergüenza a sus madres. Cayeron sobre la vieja ermita, la que lleva abandonada cincuenta años, la que está más allá del Chorlón, como plaga de langosta: el más grande de ellos, el que parecía un oso, arrastró la piedra del altar, la que pesa lo menos diez quintales, hasta la puerta taponar la puerta. ¡Sacrílego! Y luego amontonó encima los pocos bancos que quedaban más o menos enteros.

El otro grandullón, el pelirrojo, un saqueador sin temor de Dios, robó los tesoros de la ermita: los dos pesados candelabros de plata y el gran cáliz de la misa. Sí, los que el viejo pater escondiera de los bandidos y que luego nunca encontramos. Los encontró el asesino ese. ¿Y sabes que hicieron con tan sagrados objetos? Matar a un pobre animal.

Todos juntos, grandullones, fuertes, con grandes espadas. ¡Unos cobardes! El manco se agarraba a las patas de la pobre bestia para que no se levantara y así los otros podían golpear a placer. Plof, plof. Los candelabros cubiertos de sangre, el sonido de sus huesos al romperse. ¡Qué crueles, Dios mío! Y se daban palmaditas y reían y se felicitaban por tal fechoría. Y luego hicieron una gran hoguera con los bancos y tiraron al pobre bicho a las llamas. ¡Que Dios, en su justa ira, castigue a esos engendros de Satán!: al oso, al pagano pelirrojo, al negro de mirada lasciva, al manco…

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Historia reciente de Tres Valles

Lord Alexandr Vinokurov, decimosexto conde de Tres Valles, fue el primero que gobernó sobre los límites actuales del condado. Su padre, que no ocultaba sus preferencias por los hijos de su segunda esposa, había negociado la unión de Tres Valles y el vecino condado de Cahul a través de la boda de su segundo hijo y la heredera del condado. Sin embargo, el príncipe de Galgados se opuso a la fusión de los condados, por lo que Alexandr terminó heredando la corona condal y las pobres tierras altas del condado: el valle del Czesk, el cañón del Gortva, la laguna de Dnier y otros montes y gargantas vecinas, tierras prácticamente deshabitadas. El bandidaje, tanto de las tierras vecinas como de sus propios vasallos, y las disputas fronterizas con el condado de Cahul fueron problemas constantes con los que tuvo que lidiar durante todo su gobierno. Impulsó, dentro de lo que pudo, pues el padre no le dejó nada del tesoro condal, la colonización de sus dominios, roturando tierras y otorgando feudos. Los señoríos del Gortva y de Dnier y las primeras granjas del valle del Czesk surgen durante su gobierno.

Casó con la hija de un señor vecino, que le dio dos hijos: Alexandr, el mayor, heredaría el condado. Piotr, el segundo, recibiría como feudo la parte baja del Czesk, cuyas granjas sufrían el azote de los hombres de Cahul. Piotr levantaría atalayas y fortificaría su señorío, y finalmente casaría con la hija de un abanderado de Cahul, lo que rebajó mucho las tensiones entre los condados. Durante esos años, y gracias a las ricas tierras bajas del valle del Cesk, Piotr se convirtió en el hombre más rico del condado, eclipsando a su hermano mayor y a su padre. Éste, de un segundo matrimonio, les dio un hermano, mucho menor, que terminaría sirviendo en Tol Rauko.

Alexandr hijo, decimoséptimo conde de Tres Valles, siguió la política de su padre estrechando lazos con los pequeños señores vecinos. Bajo su gobierno se abrió la mina de Dnier, lo que alivió las maltrechas arcas condales: las represas y huertos del Cesk surgen gracias al flujo de hierro, así como las primeras herrerías. La ciudad condal de Czyna sigue a la sombra de las ricas tierras de su hermano y campeón, pero poco a poco los mercaderes empiezan a llegar hasta la cabecera del valle.

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La noche antes de la boda

Era bien entrado junio. Czyna bullía de vida, sólo comparable a las fiestas de la cosecha. La explanada frente al castillo, ese espacio árido, batido por el viento y helado en invierno, era ahora la plaza del mercado, cubierta por tenderetes y carromatos venidos de afuera del condado: mercaderes de pieles, telas, sedas y afeites; hierro y herramientas; artesanos y joyeros que venían a comprar y vender; que buscaban buenas pieles, plata en bruto, lingotes de hierro, hojas de armas y ofrecían bellos vestidos, armas repujadas, hermosas joyas; que cambiaban ricos jamones y embutidos curados en la sierra por bacalao en salazón y arenques en conserva, pimienta y legumbres de las tierras bajas. Las noticias que traían los mercaderes eran preocupante: Eljared, la suma sacerdotisa, hacía y deshacía a su antojo, acaparando cada vez más poder. El temor por el futuro se palpaba en el ambiente y se traducía en buenas ventas de hierro.

Se acercaba la fecha de la boda del conde Piotr con la joven hija de lord Leonid. Al bullicio habitual se unían curiosos, invitados, buscavidas, buhoneros y artistas. La ciudad estaba atestada y el propio castillo, normalmente semivacío, estaba ahora falto de espacio. Ya habían acudido los vasallos del conde Piotr: su campeón y primo, lord Alexandr con dos de sus caballeros, sir Boris y sir Mark; el joven sir Andrei y el callado sir Pavel, señores de los otros dos valles del condado. También lord Leonid con su hija Lilya y el viejo Alexei, el cazador. Y emisarios de los condados y baronías vecinas. Con tal jaleo, todos habían tenido que apretarse en el castillo y, así, sir Franz Mauser compartía torre del castellano con el hijo del conde, Alexandr; los caballeros se apretaban con la infantería para hacer sitio a los visitantes; Alexandr (hijo) y Anna habían cedido sus aposentos en la torre del homenaje.

La noche antes de la boda había previsto un gran espectáculo en el patio grande del castillo abierto al pueblo llano, en un escenario montado entre la cantina y las caballerizas, espectáculo coronado por un castillo de fuegos artificiales y cuyo plato fuerte era la actuación de la afamada compañía Vladimir, formada por el propio Vladimir (un orondo y estrafalario actor, hortera, con gusto por los tipos altos, macizos y peludos y cuyo horroroso bastón dorado coronado por un Cupido empalmado será largamente recordado) y dos chavales jóvenes y menudos, casi unos niños, el rubio Ken y el castaño Ernest.

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El león de espinas

La primavera llegó al condado de Tres Valles con una agria mezcla de alegría y tristeza. La muerte de Josef Sergiev, de sir Andrei y de los hombres que los acompañaban era una pesada losa. Pero la vida sigue y el nuevo ingeniero de minas, Morslav, tuvo que preparar la mina para su explotación primaveral. Edan Garrison organizó batidas para descartar que nuevas lagor pudieran amenazar a los mineros y sir Franz Mauser repartió su tiempo entre sus labores de castellano y expediciones a la zona de catas para comprobar que nada salía de la ciudad subterránea y para evitar que se acercaran por allí curiosos. La existencia de la ciudad se mantuvo en secreto, sólo al tanto de los expedicionarios que la descubrieron, del conde Piotr y de su campeón y primo, sir Alexandr. Precisamente éste había partido a Eron, la capital de Dalaborn. Los templarios de Tol Rauko tenían allí una gran sede donde servía el tío de Piotr y Alexandr, a quien los dos primos habían decidido pedir consejo y ayuda.

Pero la comidilla en Czyna era el nombramiento de caballero del hijo de sir Andrei, también llamado Andrei. Nombramiento necesario para que se hiciera cargo de las tierras del padre y que prometía torneo, fiesta y mucha comida. Coincidió con los preparativos la llegada de Alexei, una leyenda entre los cazadores de la zona, un enorme armario empotrado de larga cabellera blanca y voz recia. Alexei acudía como emisario de su señor, lord Leonid, vecino al norte de Tres Valles, para pedir al conde Piotr que les dejara el zahorí de minerales por unos días. El conde autorizó la expedición y el propio Morslav estuvo de acuerdo. Además, aprovecharían para invitar a lord Leonid al nombramiento del joven Andrei. Anna iría con el grupo para servir de doncella de la joven hija de Leonid en el viaje.

Edan Garrison, entre tanto, había encontrado muertos a varios carboneros en la ladera norte del valle del Czesk, cerca del camino que deberían seguir sus compañeros. Algo que parecía relacionado con su misterioso pasado. Se lo comunicó a Mauser y el conde Piotr, que decidieron reforzar la comitiva de escolta de Morslav y Anna. Así, Franz Mauser fue personalmente y se llevó a los mismos que le acompañaron a la ciudad subterránea.

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Sólo encontré maldición y muerte

La zona de catas de Josef, el (ex) ingeniero de minas, estaba en la cabecera misma del valle, bajo la imponente mole del Pico del Hada, una pared rocosa casi vertical que se levantaba más de cuatrocientos metros: una buena cabaña rodeada de varios pozos de distinto tamaño. Algunos sobre la zona cubierta por un antiguo derrumbe de la pared rocosa ocurrido siglos atrás, herida vieja que podía adivinarse cerca de la cumbre.

El camino hasta la cabaña discurría por sendas de cabras, entre nieve sucia, barro helado y un bosque que despertaba al deshielo y la promesa de la primavera. Demasiado abrupto para los caballos, que hubieron de dejar en la mina. Pero nadie se quedó atrás. Ni los guerreros del condado, ni la doncella ni el hermano de Josef, resuelto a averiguar qué estaba detrás de su muerte.

Sin embargo, nada encontraron en el campamento de montaña, más allá de sangre reseca en el establo adosado. Ni pistas sobre la suerte de los mineros que acompañaban a Josef ni rastro de sir Andrei y sus hombres. Y, descorazonados y cansados, no se dieron cuenta de la mirada perdida de Anna y de sus movimientos lentos.

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La desaparición del ingeniero de minas

Había sido un invierno peculiar, muy duro. Un par de semanas de buen tiempo, aunque frío, en enero habían sido seguidas por otras tantas de terribles tormentas y ventiscas, una subida brusca de las temperaturas y lluvia abundante que traía los primeros aludes. Pero el invierno se acercaba a su fin, gracias al cielo, y los pasos, embarrados de día y helados de noche, eran practicables. De las tierras bajas venía la promesa de la primavera y el verano en la forma de Anton Gurevich, buhonero y mercader ambulante, hombre de edad indefinida y complexión oculta por capas y capas de ropa que, con sus caballos y mulas y algún ocasional criado, era desde hacía dos décadas el primer y el último mercader en subir hasta Czyna, un peculiar enviado de la señorita Primavera y maese Invierno. Como siempre, su llegada fue recibida en la ciudad como el fin del invierno, aunque aún quedara febrero que desgranar en el calendario: los chavales correteaban a su lado, alborozados; las mujeres le preguntaban por los últimos cotilleos y la nueva moda de la capital o recogían sus encargos de otoño y los hombres lo invitaban a tomar un trago de vodka en sus casas a cambio de historias y su opinión sobre el futuro del mercado del hierro.

En el castillo también se le recibió con los brazos abiertos, con preguntas, petición de que descansara en la taberna y recogiendo, ávidos, los encargos esperados, como esa sal de mercurio de los boticarios de la capital, traída especialmente para Edan Garrison. La primera parada, sin embargo, era obligada: el conde Piotr también esperaba al mercader por ser la primera fuente de noticias que llegaba al condado con lo sucedido ese invierno en el resto del mundo, así que en cuanto se hubo aseado y descansado un poco se le hizo entrar al salón privado en compañía de su hijo, del castellano sir Franz Mauser, de Anna, que les sirvió el refrigerio, y otros consejeros. Anton cumplió con creces lo esperado y dio parte de nacimientos, casamientos y adulterios varios en la capital y las grandes ciudades de la llanura, de los últimos problemas en la frontera oriental. También trajo noticias del propio condado: el invierno había traído bandidos a las tierras bajas del valle que habían obligado a sir Alexandr, primo y campeón del conde, a armar a sus hombres y darles caza. Pero lo más sorprendente era que el emperador Elías, que el Señor tenga en su Gloria y le conceda Sabiduría, había nombrado Sumo Arzobispo, cabeza de la Iglesia de Cristo, ¡a una mujer! Ni que decir tiene que semejante barbaridad había caído como una bomba y había sido el tema principal de conversación durante el invierno y curas y obispos de Dalaborn, junto con muchas buenas gentes, rezaban en privado para que el emperador recuperase la cordura.

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Tres Valles, nueva campaña de Ánima

Tres Valles es un condado sólo de nombre. Años de divisiones de tierras entre hijos, casamientos y nuevos juramentos de vasallaje lo han reducido a la cabecera de tres valles en la vertiente dalense de la Cordillera de los Vientos, arriba, con veranos suaves e inviernos largos bajo la nieve. Difícil para la agricultura (cereal, sobre todo cebada, y algunas hortalizas en pequeños huertos a orillas del río), sus espesos bosques de pinos y abetos, con robles, hayas y serbales en la parte más baja de los valles, son ricos en caza. Pero la riqueza principal del condado se oculta bajo tierra: buen hierro de sus minas del valle sur y un filón de plata en el norte. Todo fluye a Czyna, en el valle del Czesk, la capital del condado. Un pueblo grande, amurallado, con hornos y artesanos que convierten el hierro en acero y este en armas y herramientas, y dos o tres buenos orfebres que trabajan la plata. El verano y el comienzo del otoño, antes de que se cierren los pasos de las montañas, traen un trajín continuo de carretas que llevan lingotes de hierro y plata y piezas ya trabajadas a las llanuras y suben a cambio los productos que faltan en el condado: harina de trigo, pescado en salazón, telas finas y tintes… y noticias.

El actual conde es Piotr Vinokurov, hombre de mediana edad y viudo que atesora el botín ganado durante la subida al trono del emperador Elías y gusta de acoger a gente de lugares lejanos recordando la cosmopolita Arkángel que tuvo que abandonar para hacerse cargo del condado tras la muerte de su hermano. Con su hijo Alexandr, de catorce años, y sus hombres y criados reside en el castillo de Czyna, que cierra la ciudad por el este, sobre un profundo terraplén. Un castillo grande, digno de la gloria y tamaño del antiguo condado, de estilo antiguo: dos patios de armas y una barbacana por el lado de la ciudad. Bien cuidado pero semivacío, con una guarnición compuesta por los cuatro caballeros mantenidos del conde, una veintena de infantes, una docena de batidores y cazadores que hacen las veces de caballería ligera, sus mujeres, el maestro armero, el mayordomo, cocineros, mozos de cuadra y criadas. Las fuerzas del condado las completan sir Alexandr, primo de Piotr y su campeón, que con dos caballeros vasallos y una docena de soldados rige los señoríos de la parte baja del valle, el granero del condado y sir Andrei, sesñor del valle sur.

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