Sakura — La cabaña errante

El grupo permaneció unos días en tierras de los Masaki, mientras Hosoda Genji se recuperaba de las heridas sufridas en su duelo con Mikoshi Yotaro. Kato Misaki aprovechó esos días para volver con su familia y poner sus asuntos en orden. Ishikawa Reiko pasó los días en el archivo, buscando información sobre los Shimazaki, el esquivo clan que compartía, con los Okuzaki, la titularidad del Templo de las Cuatro Estaciones de Tsukikage. Lo poco que encontró apuntaba al norte del Bosque Karasu, en tierras de los Karasuma, un gran bosque con fama de encantado que ocupaba la península que hacía de extremo norte de la gran isla de Varja. Coincidía con lo que le había contado Hitomi. Reiko sospechaba que los Shimazaki eran daimah, al igual que los Okuzaki. La acólita no parecía saber nada o, si lo sabía, no había respondido al sutil tanteo de Reiko.

Para Hosoda Genji, aquellos días en los que obligó a su señora a esperar por él fueron un suplicio. En su vida se había sentido un lastre tan inútil. Abandonó pronto el lecho, pese a las protestas del médico. A falta de cascada helada bajo la que meditar y con la prohibición expresa de Reiko de practicar kendo, optó por los paseos. Al principio a pie, luego a caballo. Iba solo, acompañado de Hitomi o, un par de veces, de Reiko. Precisamente, en uno de estos paseos vivieron una de sus aventuras más extrañas.

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Sakura — Matsukaze o La enfermedad del daimio

El descenso de la montaña no fue menos complicado que la subida. Mover a tres personas (Ishikawa Reiko, Hosoda Genji e Hitomi) y cinco monturas (dos caballos de guerra, un palafrén y dos mulas) no era, en absoluto, tarea fácil entre aquellas laderas cargadas de nieve, a un paso del alud. Pero el guía conocía aquellas tierras como la palma de su mano y con un simple vistazo elegía el mejor camino. Hosoda Genji sospechaba que debía ser cazador furtivo o mover contrabando o fugitivos a un lado y otro de las montañas, mas nada dijo. El hombre era correcto en el trato y cumplió con lo pactado, dejándoles en el camino al dominio de los Masaki, al pie del puerto. Embolsándose la plata ganada, más un plus por mantener su boca cerrada, se despidió con una reverencia y volvió a las montañas.

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Koe no Katachi

La comentaba la semana pasada por redes sociales, recién vista y demasiado vapuleado emocionalmente como para dedicarle una entrada. Tengo que confesar que ni me había enterado de la existencia de esta película, y es raro porque intento seguir los trabajos de Kyoto Animation.

Koe no Katachi (A Silent Voice, no sé si Selecta traducirá el título) es una película de 2016 que adapta el manga homónimo de Yoshitoki Oima, dirigida por la directora de la casa Naoko Yamada (K-On, Tamako Market). Cuenta una historia de acoso escolar en tres fases: cuando el protagonista acosa, cuando el protagonista es el acosado y, luego, en el instituto, cuando intenta enfrentarse a lo que ocurrió y seguir adelante.

La madre de Souya, una mujer sin igual

La película, dentro del estilo moe que caracteriza a la casa, tiene mucha mala baba. Habla de la maldad de los niños, de la cobardía de la gente, del egoísmo intrínseco de cada uno, de la necesidad de encajar en el grupo y de lo que llega a hacer uno por ello, sin ser realmente consciente de la gravedad de sus actos. Mantiene un ritmo constante y no tiene giros repentinos del argumento. Se ve por dónde va, sin que eso lo haga desmerecer. Va en busca de la lágrima fácil y juega bien sus cartas.

Tiene muy buenos personajes. El protagonista, Shouya Ishida (Miyu Irino), despierta lástima y asco a partes iguales y al final se hace querer. Los secundarios están todos muy bien, destacando la madre de Shouya, Miyako (Satsuki Kaname Chidori Yukino) y la hermana de la protagonista y chupando cámara de manera inmisericorde el contrapunto humorístico, Tomohiro Nagatsuka.

Película para tarde lluviosa de domingo, para ver en compañía y con provisión de pañuelos.

Tasogare Seibei

Tasogare Seibei, Seibei del Ocaso (traducida de forma incomprensible como El ocaso del samurái, cuando hubiera podido traducirse como El samurái del ocaso manteniendo el sentido del título original) es una película de Yoji Yamada de 2002 que fue candidata al Óscar a la mejor película extranjera y dio pie a una trilogía samurái (Kakushi ken: Oni no tsume y Bushi no Ichibun) que espero poder completar algún día. Narra parte de la vida de Seibei Iguchi, un pobre samurái en las postrimerías de la era Tokugawa, con la restauración Meiji a tiro de piedra. Seibei trabaja de burócrata (gestión de inventario y provisiones) y sus compañeros se refieren a él como Seibei del Ocaso porque siempre vuelve a casa antes del ocaso, sin salir ningún día de francachela. Va desaseado, desaliñado y hecho un desastre. Es viudo, con dos hijas y una madre senil a las que debe mantener con su pequeño estipendio, parte del cual lo tiene embargado por las deudas. Una vida sencilla de un hombre peculiar, apegado a su familia y a su casa.

Seibei con sus hijas y su madre. Nótese el arreglo de los paneles de la lámpara con páginas de los libros del trabajo.

La historia que me une a esta película es peculiar. La vi en su día reseñada en la revista de cine que comprábamos en casa. De poder verla, nada, claro, así que tuve que esperar a bajarla. ¡Por eMule, en dos archivos para grabar en dos CD! Parece ya algo tan lejano… No llegué a verla. En los últimos meses, envuelto en una campaña de samuráis, me he acordado varias veces de ella y, estas vacaciones, encontré el DVD donde la grabara allá por 2006 en casa de mis padres. Este sábado me la vi, buscando fuente de inspiración.

Y me ha encantado. Ese amor por el detalle en todos los planos, el trabajo de los actores, la historia, los duelos (con un regusto a western clásico, es decir, con una presencia que no necesita de fastuosas y vacuas coreografías), el cómo se describe la decadencia del mundo samurái…

Cadeus — Vilhelm “Vil” Zadovsky

Hijo de unos granjeros de Helenia, su aldea fue arrasada por unos monstruos lobunos y él fue el único superviviente: su madre logró esconderlo en el sótano y él permaneció durante horas o días en silencio, escuchando como las bestias se alimentaban de su familia, con su olor almizclado mezclándose con el de la sangre y las vísceras de sus víctimas.

Fue recogido por una caravana de nómadas zínner, que se ganaban la vida con pequeños espectáculos circenses. Vivió con ellos como uno más de la familia: comió con ellos, rio con ellos, lloró con ellos y, con los demás pequeños, comenzó a participar en los espectáculos. Esta nueva vida duró dos años, hasta que la caravana y la aldea donde estaban fueron atacadas por los mismos o similares monstruos. Esta vez, Vilhelm los oyó y, aterrorizado, se refugió en la iglesia de la aldea con una chiquilla de la caravana, Mara. Sobrevivieron ellos dos y el sacerdote. El inquisidor que acudió al informe del sacerdote encontró interesantes a los chavales, o bien se apiadó de ellos, y los envió a El Dominio, a Cadeus, para ser entrenados como inquisidores. Llegó a probar a Vilhelm y el agudo oído del niño lo sorprendió.

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Sakura — El viejo de la montaña

Tras derrotar al segundo oni, Ishikawa Reiko y Hosoda Genji registraron la posada para descartar la presencia de más ninjas. Luego, corrieron a las ruinas humeantes del cuartel de la policía, buscando supervivientes. Fue en vano. De vuelta a la posada, tranquilizaron al personal y a los huéspedes y los pusieron a trabajar, enviando a los criados a recuperar los cadáveres. Un recuento de armas, entre lo que había en la posada y lo que recuperaron de los policías muertos fuera de la zona del incendio, dio varias lanzas, cuchillos, hachas y un par de katanas que repartieron entre todos los que podían manejarlas.

No hay montaña que se precie que no tenga uno de éstos

El cuerpo de Okuzaki Jin lo amortajaron ellos mismos, sin dejar que nadie se acercara. Al morir, la magia que camuflaba su aspecto había desaparecido, quedando a la vista los rasgos animales del daimah. En la mortaja, Reiko inscribió el mon del clan Okuzaki, por si querían recuperar el cuerpo en un futuro. Luego, lo cargaron con el resto de cadáveres en el carro de la posada y lo enviaron con los criados a la aldea más cercana, para que los depositaran en su Puerta del Infierno.

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