Sakura — Trae el invierno, lo que de verdad pasó

Una historia salvaje es una historia que desea ser contada y está al acecho en busca de cualquier oportunidad. Una historia domesticada es una historia tranquila, criada con mimo y que tiene un comportamiento que se pliega a nuestros deseos. Una historia salvaje no: tras una apariencia inofensiva, saltará de improviso y nos arrastrará en una vorágine difícil de controlar. En el camino, puede hasta que engulla nuestra bonita historia domesticada y nos deje… otra cosa.

Como máster dado a la improvisación, he sufrido el ataque de historias salvajes. Algunas me han llegado a reescribir una campaña de arriba abajo (la trama de Caos en Guardianes del Grial), otras… bueno, ahí queda el dragón en su mansión multidimensional que se dedicaba a la venta por catálogo, partida del Ícaro que aún no sabemos si considerar o no canon y que no he llegado a contar porque me da algo de vergüenza de lo absurda que fue.

La última ocasión fue durante la estancia en Tsukikage, capital imperial. La conté ayer, dentro de lo malo no fue muy salvaje y, aprovechando una pausa entre dos sesiones, puede agarrarme a su lomo y llevarla más o menos en la dirección que yo quería. Ha cambiado toda la parte central de la campaña, pero casi parece que lo tuviera planeado desde el principio. A riesgo de perder el respeto de mis jugadores, esto es lo que de verdad ocurrió:

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Sakura — Trae el invierno

Tsukikage, ¡oh, la hermosa Tsukikage, la ciudad eterna, capital del Imperio! Un millón de almas, bullicio constante, grandes avenidas, palacios y teatros, arrabales de callejones embarrados y casuchas destartaladas. Ciudad viva, ciudad de contrastes y, para dos samuráis rurales, un mundo apabullante, tan atractivo como repulsivo.

Reiko y Genji, con sus monturas, llamaban la atención y atraían miradas por donde iban. Los niños se acercaban a los caballos de guerra, los yakuzas y ronin los miraban con ojos golosos, los samuráis entendidos lanzaban miradas poco disimuladas de admiración. Hasta se acercaron agentes de policías para comprobar que tenían permisos para llevarlos. A éstos pidieron indicaciones para llegar a la casa Shigeko.

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Sakura — El Abanico Rojo

El rumor sordo que lo llenaba todo presagiaba la catástrofe. Los brazos en alto y los gritos de desesperación la confirmaron. Una repentina crecida de un riachuelo, de lo normal pacífico, provocada por la incesante lluvia y el deshielo que habían traído los húmedos y cálidos vientos oceánicos, se había cobrado su precio en aquel vado de la carretera a Tsukikage. Varios cuerpos flotaban corriente abajo, junto con dos literas. Una, la más entera, había quedado enganchada en un amasijo de ramas y restos y de ella se agitaba un brazo de mujer.

Hosoda ni se lo pensó. Pasó las riendas de la mula a Reiko y se lanzó al galope, cruzó entre los impotentes samuráis y criados y saltó al torrente. Por un momento, pareció que la fuerza de las aguas arrastraría al imprudente samurái y a su caballo, pero la montura respondió a las órdenes de su jinete y, evitando como podían los restos más grandes y aguantando el envite de los pequeños, llegaron hasta la litera. Genji intentó izar a su ocupante, pero el elegante kimono empapado que lucía la mujer se había convertido en una trampa mortal. Tuvo que tomar su tanto y cortar las ricas telas hasta dejarla con el ligero kimono interior.


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Sakura — El banquete de los tengu

La carretera de Aimi a Tsukikage era una carretera imperial con todo lo que ello conllevaba: un camino ancho, sin pavimentar pero de buen firme, sobre un terraplén, con árboles de sombra en los laterales, con sus ramas aún desnudas en aquel invierno tardío, y casas de postas, tabernas y posadas a intervalos regulares. Desde las tierras altas de Aimi bajaba siguiendo el Shin a los llanos de Kusa y servía, durante su tramo inicial, de frontera entre vasallos de los Asakura y de los Oda.

Más de trescientos kilómetros de viaje que Hosoda Genji, haciendo acopio de su autocontrol, planeó con calma. Por mucho que el instinto le pidiera abrir cuanta más distancia mejor con Nakamura Ken, sabía que debía mimar a sus monturas, un recurso irremplazable en aquellos momentos. No podían correr más que un perseguidor con derecho a cambiar de montura en las casas de postas o que una paloma mensajera. Además, los días eran aún cortos y fríos y, aunque Reiko parecía insensible a las bajas temperaturas, agradecía tanto o más que él el dormir bajo techo tras un baño caliente.

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Sakura — Rumores, conversaciones y decisiones

—Contadme qué ocurrió esa noche, Nakamura-san —pidió Hosoda Genji.

—Ishikawa Hideo-dono nos convocó para nombrar heredero a su hijo recién nacido, Taro. No llamó a todos los consejeros porque albergaba dudas sobre las prioridades de sus lealtades —Hosoda Genji entrecerró los ojos. Nakamura había sido considerado, para lo que era costumbre en él, pero acababa de decirle que el daimio no confiaba en los Hosoda. Se contuvo y dejó que su antiguo sensei continuara hablando. El futuro de Ishikawa Reiko era más importante que enzarzarse en una discusión que llevaría a un duelo estéril.

»Estábamos el daimio, Saiki el chambelán, Namikawa, Komura, Junichi el onmyoji y yo. Y Morisawa como guardaespaldas del señor. También el bebé y la señora Nao, protegida por Okuzaki y otro de los suyos. Y Maruyama. Lo invitamos como portador de Yukikaze, dado la relación de la espada con nuestro dominio, pero, en realidad, lo queríamos como seguro, por si Shingen se ponía violento.

—No tiene sentido, Nakamura-san. A Reiko-dono ni siquiera le interesaba ser la heredera. No es motivo para mantenernos al margen o para que Shingen-dono atacara a su hermano.

—Sí lo es. Reiko es hija de Shingen.

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Sakura — Dos cabalgan juntos

La helada teñía de blanco los campos, lejos aún el amanecer. Golpes urgentes en la puerta hicieron caer el blasón de la casa en el dormitorio. Goto Yasumori, en la quietud de la casa, meditó sobre ello antes de que el criado viniera a informarle. Un mal augurio, sin duda.

 

Ishikawa Reiko y Hosoda Genji galopaban solos. Habían decidido que Saki, la joven samurái, volviera al castillo. No porque no se fiasen de ella, sino porque con dos caballos para tres jinetes no irían muy lejos. Además, les venía bien tener alguien de confianza dentro del dominio. Saki diría que Reiko les había emboscado, robándole el caballo y que Hosoda, tras recuperar el suyo, había partido en su persecución. Para darle verosimilitud, Reiko partió primera y Hosoda la siguió al rato, tras sembrar la zona de huellas y dar un estacazo a Saki. Echaría de menos a la muchacha en los días siguientes, pero esperaba protegerla así de lo que estaba por venir.

Ambos jinetes, ya reunidos, se dirigieron a casa de Goto Yasumori. El samurái, uno de los notables del dominio, administrador de los importantes cotos de caza de poniente, no había sido convocado a la reunión de esa fatídica noche, donde se había nombrado heredero al recién nacido Taro. Quizás tamaño insulto lo predispusiera del lado de la joven Reiko.

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