Sakura — Dragón de Jade

Ishikawa Reiko, Hosoda Genji e Hitomi abandonaron Montaña Blanca dos días después del ritual de la primavera. Llevaban consigo tres caballos y dos mulas. A Honjo Satoshi, el samurái renegado, lo enviaron finalmente con Kato Misaki para que lo dejara a buen recaudo en las mazmorras del castillo de los Masaki. Acordaron con él una contraseña de entrega, pues estaban seguros de que el señor Saito, jefe de policía en Aimi y agente de la inteligencia imperial, querría interrogarlo a fondo.

El falso invierno provocado por el ritual de Okuzaki Jin había durado casi dos meses. Dos meses de frío intenso, fuertes heladas y mucha nieve. Ahora, mayo quería recuperar el tiempo perdido y el sol calentaba con fuerza, deshelando los campos y los montes. Se avecinaban días de aludes, crecidas e inundaciones.

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Sakura — Artefactos

Tengo cierta fama (justa) de agarrado a la hora de dar recompensas u objetos en campañas. Sakura incumple esta tradición y va camino de ser la campaña con más juguetes puestos en liza. Lástima que sólo haya dos personajes jugadores para repartírselos.

Dejando de lado los objetos de calidad +5 (el daisho de Honjo, el tanto y la vaina de Washamine, el carcaj del hatamoto), esto es lo que ha salido hasta ahora. Lo comparto (aunque no me gustan las entradas tan técnicas) por si alguien lo encuentra útil.

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Sakura — Segunda temporada, notas del máster

Y terminamos la segunda temporada de Sakura, un cuento de Lannet. Diez aventuras para trece sesiones, cuatro sesiones más que la primera temporada. Creo que, salvo dos, todas en sesión doble, mañana y tarde. Está mal que yo lo diga, pero ha quedado bastante bien. Con algunos altibajos, pero con ritmo creciente, con una segunda parte dedicada en exclusiva a un arco no previsto (el ritual del invierno) cuyo final ha supuesto un descanso para los jugadores y para mí.

1. Los Valles de Minako-hime. 2. Montaña Blanca. 3. El dominio de los Masaki. 4. La aldea Shimazaki

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Sakura — Trae la primavera

El dominio de los Masaki seguía en una paz inestable, antesala de la guerra. El señor Buntaro gobernaba, con una paciencia y prudencia raras en él, el señor Otomaro se recuperaba y ya daba sus primeros y cortos paseos, la señora Akiko estaba radiante y los roces fronterizos con los Shiki dejaban ya un rosario de heridos y algún muerto. El duelo entre Kato Misaki y Nakano Hisao había caldeado los ánimos, envalentonando a unos y haciendo que los otros buscasen venganza.

Estando así las cosas, la llegada del grupo fue recibida con alegría por la vuelta de Kato. El samurái pasó los días siguientes de patrulla, haciéndose ver y tranquilizando, con su mera presencia, los ánimos en la frontera.

Días de descanso en el dominio Masaki

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Sakura — Onis en el camino

Con las cuatro armas en su poder (los tantos del verano y del invierno y las katanas Matsukaze y Yukikaze), llegó el momento de decidir el siguiente paso: Okuzaki Jin, el sacerdote renegado, les había dicho que el contra-ritual debía hacerse en el templo de Tsukikage, porque allí se había hecho el primero, y el viejo eremita de Montaña Blanca se había ofrecido a realizarlo en su santuario, al ser la montaña un lugar de gran poder. Reiko y Genji preferían la opción de Tsukikage, pero la Señora del Verano, Shimazaki Eri, no estaba segura de qué ritual emplear, así que decidieron volver hacia Tsukikage desandando el camino y consultar al viejo de la montaña. Formaban el grupo, recordemos, Ishikawa Reiko, Hosoda Genji, Kato Misaki, Shimazaki Eri, Shimazaki Takumi, Hitomi, cuatro caballos (tres de guerra) y dos mulas.

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Sakura — El rescate de Eri

Cruzaron por el portal, que seguía cerrándose y apenas permitía ya el paso de una persona. Al otro lado había habido un campamento, protegido al pie de un farallón rocoso. Hacía horas que lo habían levantado, pero el rastro de un grupo tan numeroso era fácil de seguir. Corrieron por la senda abierta por los onis en retirada, descendiendo de una larga y amplia colina: el monte Miwa.

Al terminar el descenso, el rastro se dividía en tres. No había nada que les indicase por dónde se habían llevado a Eri; los tres rastros parecían dejados por un número similar de pies, pezuñas y garras. Reiko intentó captar la mente de la sacerdotisa, sin éxito. Genji, por su parte, siguió unos cientos de metros cada rastro, intentado dar con una pista.

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Sakura — La Doncella Salvaje

Cuando el dolor y las náuseas remitieron y se le aclaró la vista, Hosoda Genji vio que no seguía en la casa ni había rastro alguno de los daimah y los atacantes: estaba en un bosque, un robledal denso, oscuro y en silencio. Miró, asombrado, a su alrededor. A pocos metros, vio a Reiko, con el tanto de Minako-hime en la mano, y a Hitomi. La piel desnuda de las dos relucía a la luz de la Luna. Reiko lo miró con los ojos muy abiertos, luego se miró y la sorpresa dio paso a la vergüenza. Se giró, tapándose con los brazos.

—¡Genji! —gritó.

El samurái dio la espalda a las muchachas. Palpó su cuerpo con la mano libre, notando su propia desnudez. ¿Y la ropa? Intentó pensar. Había desaparecido todo rastro de los Shimazaki, incluso la ropa que les habían dado. Pero ellos estaban aquí. ¿Estarían también sus cosas? Intentó orientarse, recordar la distribución de la casa. ¡Bingo! Ahí estaba el equipaje.

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