Baile de máscaras — La caja de música

La semana siguiente hubo mucho movimiento en las casas de los D’Aubigne y de los Dunois. En la primera, como imaginarán, motivado por el secuestro y liberación de Julie y la posterior ofensiva mediática contra la responsable, la condesa de Boussac. En la segunda, por la presencia del malherido Michel y las visitas que recibía. Chloé se negaba a separarse de él, lo que incomodaba al joven, que temía los rumores que pudieran surgir.

Los hermanos D’Aubigne

—Vendado como estás y con los puntos tiernos, no eres peligro para ninguna dama —le dijo Colette, después de obligar a Chloé a retirarse a descansar.

El comentario, dicho en presencia de Julien, arrancó las carcajadas de éste, por lo normal auténtico hombre de hielo. La risa se contagió a la joven, provocando el enfado de Michel.

Fue una semana de mucho estrés para Colette, y no sólo por la presencia de Michel hasta que su estado le permitió hacerse trasladar a casa de sus padres: los exámenes estaban a la vuelta de la esquina. Una vez terminados, pudo disfrutar de ese pequeño trozo de verano que hay entre el último examen y el comienzo de las clases, bien conocido por tantos estudiantes.

De lo primero que hizo fue ver a Julien para enseñarle sus descubrimientos. Ya había quedado con él durante la fiesta de Julie y usó a su hermano para cubrirse («Te debo una, hermano») y poder acudir a casa del joven vestida de Noel. Primero, le hizo quitarse la camisa para examinarlo y descartar dextrocardia (más bien, una excusa para volver a ver la herida de virote a la altura del corazón). Luego, le entregó los legajos encontrados en la biblioteca, esperó a que los leyera y le contó su opinión:

—Creo que en vuestra familia sois más resistentes a las heridas que la mayoría de la gente. Es algo que está en vuestro linaje, que pasa de una generación a la siguiente, aunque, seguramente, no todos la tendréis. De igual forma que el color del pelo o de los ojos, o la forma de la barbilla o la nariz, que aparece y desaparece de forma caprichosa.

Quiso añadir más, pero Julien no la escuchaba. Estaba en shock. Guardó los papeles y se sirvió una copa. Luego, otra, y otra. Colette le dejó allí y se marchó. Era eso o abrirle la cabeza.

Julien terminaría en casa de su hermano, para seguir bebiendo. Si esperaba palabras de consuelo, que le dijera que no estaba maldito, pinchó en hueso. Desde la visión de la muerte de su hermana no-hermana, Jacques no había dejado de darle vueltas a los extraños sueños y visiones que tenía desde lo vivido en la aldea de Grausse. A la tercera copa de aguardiente, fue capaz de contarle a Julien la idea que rondaba su cabeza:

—Hermano, tengo una maldición élfica.

*****

En su convalecencia, Michel se acordó de la caja de seguridad que se habían traído de casa de Laora (He de confesar que al narrador también se le había olvidado ya la existencia de la caja). Hizo llamar a un cerrajero para que la abriera y convocó a sus amigos para que estuvieran presentes. Una vez forzada la cerradura, Michel pagó al cerrajero, que se fue, y quedaron los cinco —él, Jacques, Julien, Noel y Colette— en uno de los saloncitos de casa de los condes de Gévaudan.

Abrieron la tapa con cuidado y sacaron un bulto envuelto en telas. Michel y Colette lo desenvolvieron con cuidado, descubriendo una caja de madera del tamaño de dos juegos de naipes apilados. Era de una madera oscura, casi negra, de grano fino y mostraba diseños geométricos grabados en tapa y laterales.

—Una caja de música —murmuró Jacques.

Los otros se miraron extrañados, pero no se atrevieron a abrir la caja. Examinaron otra vez el exterior. Al levantarla, pudieron ver su base. Había sido lisa —el único lado liso—, pero alguien había arañado su superficie con un cuchillo o punzón, dibujando un trazo irregular. Acercaron un espejo para poder verlo mejor, sin voltear la caja. Aquello parecía un mapa.

¿Por qué tenía un culto herético y sacrílego tal cosa en su poder y tan bien guardada? Descartaron de inmediato que Laora guardase la caja para sí, porque recordaban haber visto dibujos parecidos a los grabados de la caja en el cuaderno del culto. Como las libretas que se trajeron de Ourges se las habían entregado al marqués de l’Aigle Couronné, resolvieron acudir otra vez a él. La cajita volvió a su caja de seguridad, que recibió un nuevo candado y fue guardada en la caja fuerte del padre de Michel, hasta que pudieran ver al marqués.

Tras despedir a sus amigos, Michel volvió al saloncito a apagar las luces. La mirada se le fue a una de las mesitas bajas que flanqueaban los sillones donde habían estado sentados. Se le erizó el pelo de la nuca y le temblaron las manos: mostraba el mismo tosco mapa labrado a cuchillo que la base de la cajita.

*****

La visita al marqués tuvo que esperar, porque estaba de viaje. Le dejaron aviso y, para el viernes, les llegó respuesta, citándolos el sábado en el recital. ¿Qué recital, se preguntarán? Permítanme hacer un pequeño inciso y lo explico.

En el Gran Baile de Dupois, Madeleine Prevoye fue presentada al archicanciller. De aquel encuentro, surgió un recital de presentación de la violinista en Chaville para la primera quincena de septiembre, de la mano del propio archicanciller. Éste es el recital del que hablamos. Nuestros jóvenes protagonistas estaban invitados al recital, pues eran lo más parecido a amigos que tenía la Prevoye en Chaville. Se celebraba en el palacio del archicanciller y asistiría lo más granado de la alta sociedad de la capital.

Los Ferdeine, como mecenas de la joven, también acudieron. Se quedarían varios días en Chaville, donde aprovecharían para conocer a las familias de los salvadores de su hija. El encuentro con los D’Abigne fue especial, con un posible noviazgo entre Jacques y Eloise en el horizonte, pero de esto ya hablaremos en otra ocasión.

Volviendo al recital, Noel se escaqueó, haciéndose el enfermo, por lo que Colette tuvo que ir de él («Me debías una, hermana»). Acudió en compañía de sus padres, lo que no contribuía a mejorar su humor, ya que su padre no le dirigía la palabra desde junio. Y al llegar, se encontró con que Julien la evitaba de forma un tanto grosera, ¡y era del todo imposible que la confundiera con su hermano!

Durante el descanso, el marqués de l’Aigle Couronné les llamó por gestos y les hizo pasar a un saloncito. De ahí, por un laberinto de pasadizos, terminaron en otra sala. Antes de que pudieran intercambiar algo más que saludos corteses con el marqués, la puerta de la sala se abrió y entró el archicanciller de Gabriel, Joshua Fardelys. El marqués presentó a los jóvenes. No era la primera vez: ya habían sido presentados en el Baile de los Cisnes de Dupois, en primavera, y así lo recordó el marqués. Luego, continuó así:

—Alteza, estos cuatro jóvenes encontraron el mal en el pueblo de Ourges: un culto herético que secuestraba a viajeros y los devoraba para, según sus impías creencias, obtener su poder; un culto que enviaba con engaños a las hijas e hijos de sus conciudadanos aquí, a Chaville, y los entregaba a redes de trata de mujeres y a bandas criminales. Estos cuatro jóvenes encontraron el mal y se enfrentaron a él. Pusieron en riesgo sus vidas; fueron heridos; estuvieron a las puertas de la muerte y vencieron. La información que trajeron de vuelta (nombres, lugares, fechas) ha permitido a la guardia descubrir una conspiración que se extiende por Chaville y otras ciudades.

—Habéis realizado un gran servicio a Gabriel —dijo el archicanciller—, yendo más allá de lo que el deber cívico os exigía y poniendo en riesgo vuestras propias vidas. Yo y todos los ciudadanos de Gabriel os estamos muy agradecidos.

Mientras decía esto, el marqués fue abriendo y dando al archicanciller cuatro cajitas dispuestas de antemano en la mesa de la sala. Tomó el archicanciller las medallas que contenían y con las que fue condecorando a los cuatro jóvenes. Cuando le llegó el turno a Colette, la mano del archicanciller se detuvo un momento y una sombra de sonrisa se asomó a la comisura de sus labios, lo que hizo que la joven se preguntase durante los días siguientes si Joshua Fardelys la habría descubierto bajo su disfraz.

*****

Cuando el archicanciller salió y quedaron solos con el marqués, sacaron el tema de la caja de madera. Michel la sacó del morral que llevaba la caja de seguridad y, de ahí, la cajita de madera, que dejó sobre la mesa de la sala. Comentó dónde la habían encontrado y la existencia del grabado a cuchillo de su base. En este punto, sacó también el trozo de la mesita de su casa donde apareciera el mismo grabado y acusó de malas formas a sus compañeros de haberlo hecho. Michel provenía de una familia de marinos, de natural supersticiosos, y la misteriosa aparición del grabado le había afectado sobremanera.

Jacques y Julien se sintieron insultados por las duras palabras de Michel y le contestaron de igual forma. El tono subió rápidamente y habría terminado en un duelo en los Jardines de las Descalzas de no ser por Colette. La joven se deslizó entre ellos hasta la mesa y levantó la tapa de la cajita, callándolos a todos en el acto. Dentro había un montón de piececitas de bronce. Podía ser una caja de música: tenía algo parecido a un mecanismo de cuerda y un tambor cilíndrico con huecos y protuberancias. El peine debía ser un brazo fijo y un montón de pequeñas varillas con diversos agujeritos. Algunas estaban aún fijas al brazo por diminutos pasadores; el resto, rotos o perdidos los pasadores tiempo ha, estaban sueltas en el fondo de la caja.

—Nada sé de cajas de música —dijo el marqués, acariciando la tapa de la caja—, pero este tipo de artesanía, esta madera y estos diseños ya los he visto antes. Pertenecen a uno de los pueblos que acompañaban a la humanidad en la antigüedad y desaparecieron tras la Guerra de Dios: los elfos oscuros, los duk’zarist. El palacio tiene un museo privado con una buena colección de artefactos no humanos salvados de la Inquisición y de Tol Rauko y hay algunas piezas duk’zarist. El archicanciller os la comprará a buen precio, si queréis deshaceros de ella.

—La vamos a conservar. Nos intriga por qué Laora la atesoraba de tal forma.

Mientras salían, comentaron cómo podían reparar la caja y decidieron que lo mejor era que Noel (el verdadero) le echara un vistazo.

*****

Volvieron al salón del recital a tiempo para la segunda parte. Todos menos Jacques, que pidió ver el museo y el marqués no tuvo inconveniente en hacerle de guía.

Tras el concierto, hubo un cóctel que estaba previsto se extendiese hasta la madrugada. Los padres de Colette se retiraron, no sin reticencias por dejar a su hija.

—Noel no se iría tan pronto —les dijo ella—. Además, quiero felicitar a Prevoye por el recital.

Le dio a su padre la caja de seguridad con la cajita de música para que se la entregara a Noel. Encima, puso el estuche abierto con la medalla. El padre soltó un juramento y, por primera vez desde junio, la miró directamente.

Tuvieron que esperar para hablar con Madeleine Prevoye hasta que la muchacha hubo pasado por todos los invitados de mejor posición que ellos. Se la veía cansada, más por el besamanos que por el recital en sí, pero saludó con genuina alegría al grupo, ya con Jacques de vuelta. Apretaba contra su pecho una cajita plateada de motivos florales que no pasó desapercibida para Jacques: había visto motivos similares en el museo, etiquetadas como artesanía sylvain, esto es, los elfos de tiempos remotos. Tenía, incluso, la leve sensación de haberla visto antes.

Tenía, incluso, la leve sensación de haberla visto antes.

—Es una caja de música —dijo Madeleine cuando le preguntaron por ella—. Me la ha regalado la hermana del archicanciller. ¡Sabía que me encantan y que las colecciono! Parece muy antigua. No puedo esperar a oír cómo suena, ver su mecanismo, desmontarla y volverla a montar.

Eloise de Ferdeine, que iba con ella, rio.

—En casa, desmontó todas las que teníamos. Siempre va con un juego de herramientas como de relojero. ¡Es una afición bien rara!

Nuestros cuatro amigos se miraron entre sí y asintieron.

—Tengo una caja de música en casa bien rara: una pieza única —dijo Colette—. Pero, ¡ay!, el mecanismo está desmontado, quizás roto, y no sé cómo hacerla funcionar. Si quisieras…

—Me quedo aún unas semanas en Chaville, así que sí. ¿Mañana? —A la chica le brillaban los ojos. Los cuatro amigos sonrieron. Parecía una adorable muñequita envuelta en encaje rosa. De haber sabido los problemas que causaría, no habrían tenido ganas de sonreír.

*****

Durante el cóctel, Michel le comentó a Colette lo raro que andaba Julien esos días. Colette asintió.

—Déjamelo a mí.

Se acercó a Julien y le pidió que la llevara a casa. El joven, que ya miraba con gesto hosco a la gente que se divertía, no se hizo de rogar. Ya en el coche, se vino abajo. Se sentía maldito. Perseguido. Decía que, ya que Colette había sido capaz de descubrir otros casos de su maldición entre sus antepasados, cualquiera podría hacerlo. Y que había aprovechado el viaje a las tierras de la familia para buscar diarios y memorias y había encontrado más pruebas de la maldición.

Cada vez más cabreada por la espiral autodestructiva del joven, Colette le pidió que le enseñara esos diarios. Julien dudó un momento, pero dio orden a su cochero de dirigirse a casa. Entraron directamente por la cochera y el joven la guio al piso superior, a la antecámara de su dormitorio. Sobre una mesa camilla había amontonados viejos cuadernos, cartas, calendarios, misarios con anotaciones… Le enseñó varios a Colette y se sirvió un jerez mientras la joven los revisaba.

—¡Nada Julien, aquí no hay nada! Por dios santo, ni si quiera se puede decir que de este párrafo salga siquiera la posibilidad de otro caso más. Te estás obsesionando con cosas que no existen. ¿Acaso has encontrado un ritual que diga que un antepasado vendió su alma al diablo o que sobre tu familia pesa una maldición?

—No lo entiendes Colette, no tienes ni idea. No sabes lo que es esto.

Tú no lo entiendes. Pobres almas heridas. Tú no lo entiendes. Temer tu propia naturaleza. Se gritan. Ver cómo tu hermano se va muriendo ante tus ojos. Un jarrón estalla en pedazos. Un criado acude, asustado. El miedo de no tener un futuro, ni tú ni tu familia. Tú no lo entiendes. Pobres almas heridas. Piden entendimiento, pero lo que necesitan es consuelo. Y trastabillan hacia el dormitorio, buscando y dando consuelo y refugio. Escapando del terrible mundo, aunque sea por unos instantes.

*****

Julien dejaría al falso Noel en casa de sus padres bien entrada la madrugada, ya más calmado el ánimo por el bálsamo más antiguo de la humanidad. Antes de girar el coche y volver a casa, el cochero, el mismo que había acompañado a Jacques y a Julien a Dupois, que había sido herido en la emboscada previa al duelo con el hijo del conde de Malache, se volvió hacia su señor y, sin un atisbo de ironía, dijo, señalando a la figura que se marchaba:

—Es un buen muchacho, señor.

Baile de máscaras, campaña para Ánima Beyond Fantasy, 1×08. Con Julien Lafleur d’Aubigne (Alcadizaar) y su hermano Jacques (Aldarion), Colette/Noel Leclair de Dunois (Menxar) y Michel Laffount de Gévaudan (Charlie).

Adaptación libre de La música de las esferas, módulo de 7º mar que venía en el suplemento Más fuerte que la espada. El recital no se tenía que haber producido, pero como los jugadores no se atrevieron a abrir la maldita caja, vamos con un buen atraso. Al final, si echamos cuentas, este septiembre maldito debió tener cerca de cuarenta días. Y si Menxar no hubiera sido rápida en cortar el cruce de reproches entre Michel y los hermanos Lafleur a cuenta de la mesa, aún estaríamos esperando para terminarla a resolver las consecuencias del duelo.

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