Baile de máscaras — La vieja mansión

Colette se desahogó con Julien esa noche y con Chloé a la mañana siguiente. Terminó con los ojos enrojecidos, pero decidida, otra vez, a buscar la cura para su hermano. Con el añadido de evitar que la maldición pudiera afectar a sus descendientes.

Noel se levantó al alba y acudió a la iglesia del pueblo, para hablar con Dios. Titubeó frente a la puerta. Él era más de espirituosos que espiritual, así que se sentó en la taberna que abría en ese momento sus puertas y conversó consigo mismo. Ya se sabía muerto antes del viaje. Había encontrado las pruebas que buscaba de la legitimidad de su abuelo. Pero también algo terrible que afectaba a su hermana. No podía rendirse aún. Y había un nombre que investigar.


Origal. Señores de la isla de Pálias. Antiguos señores de aquellas tierras. De alguna forma, la historia de un Origal se entrelazaba con los orígenes de los Lafleur y los Leclair. No tenían, ni él ni ninguno, muchas esperanzas de encontrar algo en unas ruinas registradas por la Inquisición y, luego, durante dos siglos, por aventureros, saqueadores y jóvenes haciendo pruebas de valor. Pero tenían que ir.

Y eso sería al día siguiente, viernes, porque el jueves tocaba baile. Lo había organizado Julien como heredero y asistieron las fuerzas vivas y los granjeros más pudientes de Aubigne. Para recordar, ¡y enmarcar!, el último baile de la noche, cuando ya se habían marchado la mayor parte de los invitados. Al piano, Marie Laffount. La primera vez que se atrevía a tocar delante de alguien que no fueran su familia y amigos. Chloé se lo había estado trabajando en Astria y Michel le dio el último empujón.

Y el viernes con las primeras luces se pusieron por fin en marcha. Colette, Jacques, Julien, Michel y Noel, con los dos cocheros (el de Julien y el de los Leclair) y el landó de los Leclair. Iban pertrechados con espadas y pistolas; machetes, palancas y cuerdas; y una enorme cesta de picnic bien provista de viandas. Que por algo eran todos unos señoritos de buena familia.

No tuvieron que entrar en la aldea de Cère. Había una encrucijada en la entrada, con su crucero. Un camino poco transitado se separaba hacia el noreste y los llevaba a la antigua mansión de los Origal. No había ni un vivo por aquellas tierras: eran de cultivo de cereal, ya cosechado. Todo el mundo estaría en la vendimia. Todos, menos los tres ancianos que tomaban el sol en el crucero. A ellos preguntaron por la compañía de cómicos, pues preferían no encontrárselos.

—Debieron irse ya. Anoche no actuaron y esta mañana no han aparecido en los campos, donde también estaban echando una mano.

La casa quedaba a la izquierda del camino. Quedaba flanqueada por un riachuelo, aún con agua pese a lo avanzado del verano, y una torrentera seca. Tras la casa se veía un campo lleno de hierba alta y seca y maleza: tierras de cultivo abandonadas tiempo ha. Y, al fondo, despuntando sobre ese mar pajizo, la cruz de hierro de una ermita o un cementerio. Aquel triángulo de tierra abandonado era lo que quedaba del señorío de los Origal, ahora en manos del obispo de Chaville.

Julien, que ya había estado en la casa en su adolescencia, señaló hacia la torre que se levantaba en una esquina.

—En una esquina de la última planta de la torre hay una escalera de piedra que desciende y desciende y lleva al sótano que debió ser el laboratorio del mago. A lo mejor allí encontramos una pista.

Para llegar a la casa había que cruzar un puente de piedra destartalado y sin pretiles. Era demasiado estrecho para que el landó lo cruzara con seguridad, así que bajaron y comenzaron a pertrecharse. En ese momento, Michel, que era el de mejor vista del grupo, vio bajo el puente, entre los juntos, lo que parecía la manga encarnada de Pantaleón.

Con la manga, por desgracia, venía Pantaleón entero. Colette examinó el cuerpo. Había sido apuñalado por la espalda con un arma de sección circular que lo había atravesado de parte a parte, desde el omoplato derecho. Llevaba pocas horas muerto: desde después del amanecer.

Jacques remontó la torrentera, siguiendo el rastro. Encontró el punto donde Pantaleón fue asaltado, pero no halló rastro de su asaltante. El del cómico continuaba torrentera arriba. Parecía venir de la cruz de hierro, más que de las traseras de la casa y así lo dijo.

Decidieron acercarse primero a la cruz, para averiguar de dónde venía el cómico. Pero Jacques se sentía observado desde la casa y le pareció, por el rabillo del ojo, ver un rastro de ropas blancas en una de las ventanas, así que se separó del grupo, se acercó a la casa y se encaramó por la pared.

La casa era un cortijo grande, con varios patios interiores de tamaño creciente y un jardín posterior donde pastaban las mulas de los cómicos. Faltaban ventanas y contraventanas y el tejado presentaba numerosos agujeros y falta de tejas. Lo que mejor se conservaba era el torreón, cuyas paredes repelieron de alguna forma los intentos de Jacques de trepar por ella usando sus habilidades de ki.

Jacques se recorrió el tejado. No se atrevió a entrar en la casa, pero tampoco vio a nadie, vivo o muerto. Se lo comunicó a sus compañeros por señas y cruzó de vuelta el tejado con idea de continuar por el alto de la tapia del jardín. Cuando estaba en el extremo del tejado, una mano traicionera surgió por uno de los agujeros del tejado y lo apuñaló. La pierna herida no le sostuvo y cayó. Sólo su entrenamiento con Anastasia Seyrès le salvó de romperse el cuello.

Sus amigos llegaron hasta él enseguida, alertados por su grito. Colette y Julien corrieron hasta él, mientras que Noel y Michel avanzaban más abiertos, cubriendo las ventanas con sus pistolas. Los cocheros, que también habían visto la caída, se acercaron, pero Julien les hizo volver por gestos.

Jacques les contó lo poco que había averiguado. Para entonces, ya no daban un cobre por la vida de los cómicos si se encontraban en la casa. Pero el camino de Pantaleón les seguía intrigando. Les dieron una pistola a los cocheros, les aconsejaron no perder de vista la casa, y continuaron hacia la cruz. Que resultó ser un mausoleo.

Dentro encontraron a las tres niñas de los cómicos, muy asustadas. Contaron una historia de terror en la noche, de sangre y muerte. Pantaleón, Sergei de nombre, y padre de una de ellas, las consiguió sacar de la casa por el postigo posterior y buscó refugio en el mausoleo. Luego, en cuanto hubo luz para ver el camino, había partido en busca de ayuda.

Cogieron a las niñas y volvieron hasta el coche. Les dieron agua y comida y se las encomendaron a los cocheros.

—Al menor signo de peligro, corred al pueblo. No volváis a por nosotros. Si al alba no tenéis noticias nuestras, volved a casa y contad lo sucedido —les dijo Michel.

Tras aquello, volvieron al mausoleo. Mientras rescataban a las niñas se habían fijado en un detalle, una de las cariátides que sostenían la cúpula y que tenía una mano extendida, como si sostuviese algo. Colette llevaba consigo la lamparita que se olvidara la niña de Pálias, la que tenía el escudo de los Origal, y querían probar una cosa.

Antes de que llegaran al mausoleo, escucharon un disparo de pistola y vieron al landó remontar el camino a toda velocidad. Corrieron al mausoleo y se atrincheraron allí. Esperaron un rato, mas nada apareció. Viendo todo en calma, exploraron el mausoleo.

Que tampoco tenía mucho que ver. Era de planta cuadrada, rematado por una cúpula sostenida por cuatro cariátides. Un gran sepulcro ocupaba el centro, mientras que en los nichos de las paredes había varios más.

Colocaron la lamparita encendida en la mano de la cariátide. Hubo un clic y, luego, el retemblor de engranajes y el ruido de la piedra al deslizarse. Pero no vieron nada. Miraron con sospecha al sepulcro central y atacaron su tapa con palancas, hasta conseguir abrirlo. ¡Bingo! Una empinada escalera se perdía en la oscuridad.

Michel bajó primero, llevando otra de las lámparas. Bajó tanteando los escalones, con cuidado por si había sorpresas. No encontró nada hasta llegar al fondo. Allí, junto al arranque de la escalera, encontró una palanca levantada. Gritó sus compañeros que retirasen la lamparita. A los pocos minutos, se oyó de nuevo el ruido de engranajes, el fondo del sepulcro se cerró y la palanca se retrajo. Probó entonces a accionarla. El sepulcro volvió a abrirse y, al poco, a cerrarse. Sabiendo que podían controlar la salida y cubrirse las espaldas, fueron entrando uno a uno.

Allí abajo había un laberinto de pasillos y salas. Había zonas mejor terminadas y conservadas, con suelos y paredes recubiertos de ladrillos y piedra y el suelo sostenido por pilares y losas de piedra, y otras excavadas en el terreno blando, apuntaladas como una mina, con zonas parcialmente derrumbadas, y recorridas por madrigueras de animales, raíces y restos. Encontraron almacenes, celdas y laboratorios. Estaba claro que la Inquisición no había dado con aquello. Había herramientas oxidadas, frascos y utensilios de vidrio de mil formas, frascos con extrañas criaturas conservadas en líquidos (alguna aún se movía) y frascos rotos, sin restos de sus ocupantes.

Encontraron cosas aún peores. Cosas vivas y hambrientas, como una horda de insectos del tamaño de perros falderos o la enredadera carnívora.

Pero lo peor fue la sala del sello.

Era una sala rectangular con el suelo de piedra. En el centro tenía símbolos tallados, formando uno o dos sellos. Los laterales eran celdas. Jaulas más bien, con restos de camastros que más parecían camillas, sillas de tortura, grilletes, señales de sangre reseca entre el óxido… La atmósfera era opresiva y Colette y Julien, en cuanto entraron, sintieron un profundo dolor y pena y se dejaron caer al suelo, llorando sin parar.

Noel y Jacques los atendieron, mientras Michel seguía explorando la sala. Al fondo, en algún momento posterior, alguien había excavado otra sala, un despacho. Desde la abertura que hacía de puerta se distinguía la mesa, los restos de sillas y una gran estantería llena de libros. Parecía que tenían suerte. Hizo señas a Jacques y entraron ambos en el despacho.

Michel se fijó en que el despacho estaba en bastante buen estado: la mesa tenía hasta su lamparita y útiles de escritura y había un estante en la pared con lampyridaes de repuesto, plumas polvorientas y tinteros secos. Una estufa, cuyo tiro se perdía en el techo, completaba el mobiliario. Pero había manchas de hollín aquí y allá: en el suelo, en las paredes, en una silla destrozada, incluso llegaban a la otra sala.

Iba a pedir a su compañero precaución, pero no tuvo tiempo: Jacques llegó a la estantería y sopló sobre algunos de los libros para distinguir sus lomos. Levantó una nube de polvo que provocó movimiento tras la estantería. Vio un ojillo amarillo y reptiliano. Le siguió un chillido asustando y estalló todo en llamas: los libros resecos volaron en llamas, los estantes estallaron en afiladas astillas y la estantería se desplomó sobre la mesa. Jacques salió despedido por la fuerza de la explosión y cayó al otro lado de la mesa. Michel pudo tirarse tras ella y salió indemne.

Miraron con cuidado por encima de la mesa. Una especie de lagarto rojizo con la cola en llamas y el tamaño de un dogo los miraba desde lo alto de la estantería derribada. A su alrededor, una nube de libros y hojas en llamas iban cayendo. Jacques se levantó de un salto y corrió hacia el lagarto, espada en mano, mientras llamaba a sus amigos:

—¡Noel, Julien! ¡Los libros!

La piel del lagarto era dura y la espada apenas le hacía nada. El bicho, ante la lluvia de golpes, intentó huir. Corrió hacia la salida, para estrellarse contra la nada. Se giró, asustado y acorralado y lanzó otra bola de llamas, pero, quizás por el susto, fue más como unos fuegos artificiales que peligrosa. Julien y Colette entraban en ese momento en el despacho y empezaron a recoger papeles y a intentar apagar las llamas, intentando no echar cuenta del lagarto. Los libros se deshacían con tocarlos.

Noel observó al lagarto y buscó con la mirada por la sala.

—¡Recuerdo haber leído sobre esto! Debe haber algún símbolo o sello que lo ate a la sala.

Michel se fijó en que la estufa tenía una placa de bronce con la representación de un lagarto parecido al que se enfrentaban. Cuando la había visto al entrar, había supuesto que era el símbolo del fabricante, pero ahora tenía dudas. Fue hasta la estufa y propinó varios fuertes golpes a la placa, hasta que la arrancó y rompió. Al hacerlo, pareció como si el despacho entero rielara un momento.

El lagarto chilló y corrió hacia la salida. Ahora, nada impidió su paso y el maldito bicho huyó por los pasillos. Michel, viendo que sus compañeros tenían controladas las llamas, corrió tras él. Noel fue el único que lo acompañó, tras dar a su hermana lo poco que había salvado. Y menos mal: el lagarto sucumbió frente a otras criaturas del subterráneo. Vendió cara su piel y sólo quedó una de esas criaturas, herida. Michel esperaba tomarlo por sorpresa mientras el monstruo hundía sus fauces en el lagarto, pero era más peligroso y rápido de lo que parecía. De no haber estado allí Noel, Michel no hubiera sobrevivido.

Se quedaron largo rato entre el despacho y la sala, recogiendo los pocos fragmentos que pudieron salvar, leyéndolos y ordenándolos. Daban respuestas sobre el linaje de los Origal y el origen de la maldición, pero muchas más preguntas. Colette aprovechó para tratar las heridas de Jacques y de Michel.

Se pusieron luego en marcha. En lugar de volver por donde habían venido, continuaron explorando el laberíntico complejo. Así, hasta llegar a una pared de piedra que les cerraba el camino y con una palanca cuyo estilo ya conocían al lado. La accionaron, la pared se abrió y se encontraron con tres de los cómicos, en muy mal estado.

Se trataba de Scaramouche y de los padres de las niñas. Colette los atendió como pudo. Se dio cuenta de que los habían sangrado y estaban deshidratados. Pero consiguieron hablar con ellos y que les contaran lo ocurrido. Una historia de terror, pero mejor hilvanada que la de las niñas.

Scaramouche, de nombre Costin, había tomado para descansar el antiguo dormitorio del señor, en la segunda planta de la torre, y llevaba con él su colección de marionetas. Después de unos días sin problemas, esa noche las tres mayores habían cobrado vida (unas marionetas encontradas en una mansión abandonada de Moth y llevadas a la casa de un mago de marionetas; ¿qué podía salir mal?). Armadas con unas largas agujas salidas de la nada, se habían lanzado por toda la vieja mansión a acuchillar a los cómicos. Los habían matado a todos, excepto a ellos tres, que los arrojaron allí abajo, a la sala secreta bajo el torreón. Colette no dejó de notar que eran los tres más gordos o robustos de la compañía.

La sala, el que debió ser el sancta sanctórum del mago, saqueado tiempo ha de todo lo que tenía de valor, relucía ahora bajo la luz de la lamparita de los Origal. Las paredes revelaban sellos y fórmulas mágicas y la forma de la puerta secreta por la que habían entrado. Pero, ahora, les interesaba más salir. Volver quedaba descartado, pues no podrían hacer que los tres heridos recorrieran todo aquel laberinto. Y tampoco se atrevían a dejar allí a aquellas marionetas asesinas.

Jacques y Julien fueron a dar una batida inicial. Jacques encontró a las marionetas en la galería del primer piso. Conversaban entre ellos con un tintineo de cascabeles y algo de mímica. Parecían entre frustrados y perplejos, quizás por haber perdido el rastro de nuestros amigos. Jacques no dudó: tomó su ballesta, apuntó con cuidado y disparó. Fue un disparo afortunado, que arrancó la cabeza de la brighella. Era la marioneta más peligrosa, la que lo había acuchillado en el tejado. Sin ella, las otras dos, la arlequín y la colombina, no fueron rival en las armas para los dos hermanos, que acabaron con ellas sin problemas.

El registro de la casa sólo les descubrió los cadáveres del resto de los cómicos. No había ningún otro superviviente. Tampoco más peligros.

Llevaron comida y agua a los cómicos supervivientes y los ayudaron a salir del sótano. Mientras, Jacques y Noel se encargaban de enganchar las mulas a los carromatos de los cómicos y sacarlos de la casa. Con ellos, volvieron a la aldea de Cére, a donde llegaron ya entrada la noche. Pasaron la noche en la aldea, alojados por sus habitantes. Al día siguiente, supervisaron la recogida de los cadáveres y mandaron un aviso al puesto de la gendarmería de Bélis. En la versión oficial que dieron, consensuada con los cómicos supervivientes, hablaron de bandoleros. Los gendarmes dieron una batida, donde no encontraron anda, y ahí quedó todo.

Tras aquello, se despidieron de los cómicos (Jacques les dio dinero suficiente para que pudieran pasar el invierno sin preocupaciones) y volvieron a Aubigne, donde Julien contaría todo lo descubierto a su tío Jérôme.

Tenían muchas más preguntas que antes. A Michel le hubiera gustado revisar a fondo el mausoleo y el cementerio de Cère, tanto como a Julien la cripta de los Lafleur. Pero el tiempo de las vacaciones había pasado y debían volver ya a Chaville, para que Chloé y Marie pudieran salir a tiempo de llegar al inicio del curso en Astria.

Baile de máscaras, campaña para Ánima Beyond Fantasy 2×08. Con Julien Lafleur d’Aubigne (Alcadizaar) y su hermano Jacques (Aldarion), Colette/Noel Leclair de Dunois (Menxar) y Michel Laffount de Gévaudan (Charlie).

Pasamos a la acción en esta 8ª sesión con la exploración de la casa de los Origal y con el peligro añadido de los tres arlequinos llevados por los cómicos. Como Menxar esperaba, la lamparita obtenida en la isla de Pálias les abrió puertas ocultas a ojos de los demás. La exploración del subterráneo pedía una sesión de dungeoneo clásica, pero yo soy un negado para esas cosas, así que pasamos bastante de puntillas, con un par de encuentros, hasta llegar a lo que importaba.

¿Los papeles que encontraron? Los pongo en otra entrada, para tenerlos más localizados.

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