Kimi no na wa

Conocida en medio mundo (España incluida) como your name. (en minúscula y con punto final), el último largometraje de Makoto Shinkai (Hoshi no koe, 5 centímetros por segundo, El jardín de las palabras) levantó mucha expectación fuera de los círculos habituales por ser la película más taquillera de Japón en 2016 con una historia que, a raíz de lo poco que se contaba, parecía en exceso trillada. En España se ha llegado a estrenar en cines de la mano de Selecta, en principio para un único fin de semana, pero en muchos cines estuvo varios en cartel. Por mi parte, me quedé sin verla porque el precio de dos entradas de fin de semana (más de 20 euros) era más de lo que me podía permitir ese mes.

Mitsuha Miyamizu, ella

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El recuerdo de Marnie

Tras el interesante debut de Arriety y el mundo de los diminutos, tenía mucho interés en la carrera del director, Hiromasa Yonebayashi. Su segunda película, El recuerdo de Marnie, se basa también en una novela para jóvenes de una escritora británica (When Marnie Was There, de Joan G. Robinson), con los cambios pertinentes para adaptarlo al Japón actual.


¿Es Marnie una chica real, una amiga imaginaria o un fantasma?

Nos cuenta la historia de Anne, una adolescente huérfana, asmática y necesitada de encontrar su sitio en el mundo que trae de cabeza a sus padres adoptivos. Sin saber muy bien qué hacer, la mandan con unos parientes a un pueblecito costero, con la típica excusa del clima, pero con la secreta esperanza de que la vieja Setsu Oiwa la ablande (vale, esto último es de mi cosecha, pero el amoroso acoso y derribo fraternal de la mujer es espectacular). La muchacha se adapta a la vida con los Oiwa, pero no con el resto del pueblo y busca refugio en la única amiga que encuentra: Marnie, una chica extranjera que vive en la mansión al otro lado de la marisma.

El recuerdo de Marnie es relato más íntimo que Arriety, más realista y, al mismo tiempo, más mágico, con personajes sólidos, incluso los que apenas salen en pantalla (en algún caso, también tópicos, pero un viejo gruñón y solitario, ya sea pastor o pescador, nunca sobra). Un gran segundo trabajo de Yonebayashi. Tengo ganas de ver el tercero.

La colina de las amapolas

Después de la aburrida e insulsa Cuentos de Terramar no tenía mucha prisa por ver el segundo largometraje de Goro Miyazaki, hijo de Hayao Miyazaki. No podía estar más equivocado: es ésta lo borda y demuestra que, con él y con Hiromasa Yonebayashi (Arriety, El recuerdo de Marnie), en Ghibli hay talento para muchos años.


No es una película para ver con hambre

La colina de las amapolas cuenta una historia muy, muy sencilla y muchas veces contada: el primer amor durante la adolescencia. Los caminos de Umi Matsuzaki y Shun Kazama se cruzan en la defensa del viejo edificio que sirve de sede a los clubes del instituto. Y ya. Bueno, salvo porque su pasado está entrelazado de una forma que no se imaginan.

Lo importante está en el fondo, en el retrato del Japón de principios de los sesenta, en detalles como la preparación de las comidas, los caminos, los vehículos, las heridas de la guerra, todo ello aderezado con una colección de personajes entrañables (y alguno esperpéntico, como el miembro del club de filosofía).

Seguramente pasará a la historia como una obra menor del estudio, pero cada escena es una obra de arte. Una película para revisitar cuando perdamos la fe en el mundo.

Ookami Kodomo no Ame to Yuki

Piense usted en una historia de amor entre un hombre lobo y una chica normal. Quite a Hollywood de la ecuación. Ponga a Mamoru Hosoda (la preciosa La chica que saltaba a través del tiempo). Déjese macerar y sírvase con lágrimas. El resultado es Ōkami Kodomo no Ame to Yuki (más o menos, Los niños lobo Ame y Yuki), un precioso melodrama familiar sobre los efectos secundarios que dejan las relaciones de pareja (en forma de churumbeles), el gran problema que supone criarlos y como se complica todo hasta límites insospechados si los churumbeles son hombrecitos lobos que cambian de forma cuando les da la gana. ¿Cómo hacer para que no llamen la atención hoy en día? ¿Adónde llevarlos si se ponen malos, al médico o al veterinario? ¿Qué hacer cuando quieran relacionarse con chicos de su edad?


Una apasionada historia de amor… con consecuencias

No tengo mucho más que decir de la película. Es una pequeña joya, preciosa en el dibujo y la animación y meticulosa en la narración. La versión que he visto ha sido la de Backbeard, muy recomendable.

Arrietty y el mundo de los diminutos

Este mes de septiembre ha llegado a España (con un añito de retraso, no está mal) esta adaptación libre de Los incursores de la escritora británica Mary Norton. Considerada desde su estreno una obra menor del estudio Ghibli (Porco Rosso, La princesa Mononoke), con un debutante a las riendas, Hiromasa Yonebayashi, y una sorprendente Cécile Corbel a la música en lugar del habitual de la casa, Joe Hisaishi, Arrietty es una pequeña joya y, posiblemente, la película más bonita que se ha podido ver en el cine este verano (y puede que en todo el año). Yonebayashi nos atrapa con una historia melancólica del día a día de una familia de incursores, pequeños seres de unos diez centímetros de alto que viven en el sótano de una vieja mansión rapiñando lo que pueden. No le hace falta una historia épica o absurda ni un ritmo endiablado: con un dibujo exquisito, unos colores impresionantes, unos efectos de sonido de primera y el acompañamiento musical puesto por Corbel, Yonebayashi desgrana con ritmo pausado el mundo de los diminutos desde los ojos de Arrietty, una muchacha adolescente. Sencillamente impresionante la primera incursión de Arrietty, bajo la guía de su padre, plasmada en todo detalle: el enfrentamiento a la enormidad de la casa humana, el uso de lo que han podido rapiñar (clavos, pinzas, alfileres, pilas…), la tensión superficial en los líquidos…

Un mundo, el de Arrietty y su familia, frágil y que se ve amenazado por la llegada de Shou, un muchacho humano enfermo y que descubre a Arrietty. A partir de ahí, el frágil mundo de los diminutos se tambalea, demasiado frágil ante el quehacer de los grandullones. Tiempo para un primer amor, para ver la negrura del alma mezquina, para el miedo y la esperanza. Para dejar atrás la niñez y encarar el futuro con la frente alta.

Hora y media de buen cine. Hora y media de poesía para gozar. Y con un gran, gran doblaje. No se puede pedir más.

El origen del planeta de los simios

El origen del planeta de los simios se ha convertido en la sorprendente vencedora del verano en ese peculiar duelo entre producciones donde Cowboys & aliens es la gran perdedora. Incomprensible: con un guión propio de un subproducto alemán de esos que pone tanto Antena 3, tiene un pase por la interpretación de Andy Serkins, los efectos especiales y la fotografía (ésta, sí, espectacular). Por lo demás, tiene pretensiones de ciencia ficción inteligente, al estilo de Gattaca, pero exige al espectador que no piense. Los protagonistas, salvo Serkins, no están (por Dios, ¿por qué siguen dándole papeles a James Franco?) y de los secundarios sólo se salvan los veteranos Brian Cox y John Lithgow.

La película (si no la has visto y tienes intención de hacerlo, mejor no sigas leyendo) arranca en un laboratorio de primer nivel de una importante industria farmacéutica donde se experimenta con chimpancés y se nos presenta a dos científicos locos que se pasan por ahí la ética y el más elemental sentido común: un Will Rodman (Franco) obsesionado con salvar a su padre y un Steven Jacobs (David Oyelowo sobreactuando como si fuera una comedia francesa) que sólo piensa en dólares. Seguimos viendo, entre bostezos y risas, un laboratorio de máxima seguridad donde cualquiera puede mangar dosis a discreción de los últimos fármacos en investigación y venderlos a la competencia o inyectárselos a su padre, sacar un animal vivo del tamaño de un bebé o quedar expuesto a una toxina en desarrollo sin pasar siquiera por observación. Y cómo, de paso, aparece una chica porque es una película de Holywood y tiene que haber una chica.

La parte de drama carcelario con los simios de protagonistas gana en interés. No por tópico es menos efectivo (el matón que domina la cárcel, el preso peligroso encerrado en el hoyo, el veterano bonachón que se mantiene aparte, el carcelero sádico, el carcelero tonto), con un crescendo lento y constante hasta el espectacular clímax (simios listos, policía tonta) en un puente semioculto en la niebla.

Para terminar, una plaga muy oportuna para quitar humanos de en medio rápidamente, para que los famélicos y ateridos simios puedan volver a la ciudad a saquear supermercados y casas, tras probar que la libertad en un gran bosque de secuoyas, sin las frutas y hojas tiernas de la selva tropical, sin calefacción, sin electricidad y cuando has pasado toda tu vida en cautividad no tiene maldita la gracia.

Tres lanceros bengalíes

En la década de 1930 el cine de aventuras brilló con luz propia. Nacido en una época en la que el colonialismo aún era una buena idea, heredero de la inocencia del cine mudo pero con sonido, efectos y técnicas ya modernos, desaparecería tras brillar como una nova. Oh, un Connery post-Bond nos daría esas perlas preciosas que son El viento y el león y El hombre que pudo reinar, pero el cine de aventuras colonial quedó muerto y enterrado con la Segunda Guerra Mundial.

Ver ahora estas películas tiene sus problemas: hay que bajar varias marchas nuestra mentalidad de finales del XX y principios del XXI para aceptar la natural supremacía del hombre blanco (léase inglés) sobre el buen salvaje propio de los relatos y novelas en que se basan. Algunas han envejecido mal, con unas escenas de acción francamente risibles o unos actores sobreactuados, coletazos del cine mudo. Pero otras han mantenido el tipo con orgullo y proporcionan una tarde entretenida, una vez entramos en su juego.


Los tenientes McGregor y Forysthe comentando la fauna local

Tres lanceros bengalíes entra en este tipo. Con el título original de La vida de un lancero bengalí, nos traslada a la esquina de la India musulmana, Pakistán actual, frontera con el Afganistán salvaje, donde el 41º de Lanceros Bengalíes mantiene la paz en la frontera, en un largo enfrentamiento con un cultivado y cruel enemigo, Mohammed Khan. Bajo el férreo mando del coronel Sin sangre en las venas Stone (Guy Standing, muy propio en su papel), un valiente pero indisciplinado teniente McGregor (Gary Cooper con un ridículo bigote) se convierte en la niñera de los dos nuevos oficiales del regimiento: el mordaz y guasón teniente Forysthe (un genial Franchot Tone) y el hijo ñoño del coronel Stone, un peluso recién salido de la academia (Richard Cromwell).

La película nos presenta la relación entre los tres oficiales: el pique continuo entre los dos tenientes veteranos (impagable, aunque ahora resulte muy inocente, el gag de la flauta, o el intercambio de rimas y chanzas con el caballo) y su instinto maternal hacia el pobre polluelo repudiado del tercer protagonista. Con espías de uno y otro bando y algo de alta política (en la forma de la bella Katlheen Burke como Tania Volkanskaya), nos da tiempo hasta a ver a Gary Cooper torturado. Una imprescindible del género.