Baile de máscaras — La prometida del archicanciller

El año comenzó como había terminado el anterior, con tambores de guerra. Las noticias llegaban a Chaville con cuentagotas y las gacetillas, siempre volcadas a las noticias locales y los eventos de sociedad, dedicaban ahora páginas y páginas a los sucesos más allá de las fronteras de Gabriel: el golpe de estado de Tadeus Van Horsman y la muerte del emperador Barbados parecía una reedición de lo ocurrido treinta años atrás con el propio Barbados y el Emperador Loco, Lascar Giovanni. Pero el paralelismo acababa ahí: ahora el Imperio estaba mucho más roto que entonces y los otros señores de la guerra aún no habían mostrado su adhesión al golpista.

En Gabriel, se mascaba el miedo. El miedo a una guerra entre los grandes generales imperiales, pero, sobre todo y más cercano, el miedo a los piratas: los mismos que habían jaleado al archicanciller y al Consejo por declarar la independencia y expulsar a las tropas imperiales, ahora los acusaban de haber dejado Chaville indefensa ante los piratas de Ojo del Huracán.

La pareja se daba un baño de multitud en el Teatro de la Ópera.


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Baile de máscaras — Personajes jugadores 3

Nuestros jóvenes amigos han sobrevivido al año en el que el mundo se volvió loco. Su amistad ha sido puesta a prueba, se han enfrentado a amenazas peores que la muerte y han descubierto terribles secretos del pasado. También siguen creciendo y encaran el incierto año con la templanza que da la experiencia. O eso nos gustaría decir.

Empezamos la temporada con tres de los personajes en nivel 5, por lo que nos acercamos peligrosamente a los límites manejables de Ánima.

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Baile de máscaras — Segunda temporada, notas del máster

Este verano terminamos la segunda temporada de Baile de máscaras, nuestra campaña de capa y espada para Ánima Beyond Fantasy. Nos ha llevado dos horrorosos años, marcados por la pandemia. Comenzamos tras el confinamiento de 2020, recuperando las partidas en mesa y superando la ansiedad de vernos otra vez en persona, todos juntos en una misma habitación; luego, tuvimos el confinamiento de 2021 (no poder movernos entre poblaciones), que nos impuso otro parón. Conseguimos retomar las partidas presenciales en la segunda mitad del año y, a cuentagotas y con sesiones más cortas por mis achaques, seguimos desde entonces.


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Baile de máscaras — El fin del mundo

Maximilan Hess movilizó a su ejército, esperando resistir hasta que la llegada del invierno inmovilizara a las tropas imperiales. Esperaba un ataque del Ejército Sur por su flanco derecho, pero el movilizado fue el Ejército Norte. Tadeus Van Horsman, Señor de la Guerra del Norte, opuesto a la acción, fue arrestado y sustituido por alguien dispuesto a seguir las órdenes de Eljared. Las tropas acantonadas en Arlan descendieron por la carretera de Karh a Caliardo como una plaga de langostas. Fue la primera vez que se vio un ejército moderno, resultado de las reformas hechas por Elías Barbados tanto como señor de la guerra como emperador, en acción. El anticuado ejército de Remo, de carácter feudal, no tuvo ninguna oportunidad. Su caballería y milicia fueron barridas por la infantería bien entrenada y equipada, apoyada por arcabuceros y cañones de campaña; las orgullosas y altas murallas de sus castillos y ciudades quedaban reducidas a escombros en pocas horas por los obuses y morteros de sitio. La hermosa Caliardo, la capital de Remo, fue arrasada y su población, diezmada.

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Baile de máscaras — La pedida de mano

En otoño de 988 el mundo se volvió loco. Fueron meses en los que los edictos imperiales absurdos se multiplicaron; se evaporaron fortunas enteras, mientras que otras florecieron; el mercado de valores se volvió un lugar peligroso para gente de corazón débil y la sombra de la carestía se asomó por muchos países. Maximillian Hess, príncipe de Remo, en su famosa intervención en el Alto Senado, acusó públicamente de brujería a la suma arzobispo Eljared, de haberse infiltrado en la Iglesia para llegar hasta el emperador y haberlo subyugado con artes arcanas.

Fue un terremoto. Un terremoto lento, que tuvo que viajar a los gobiernos de los distintos principados del Imperio. Hubo reuniones ministeriales, se enviaron mensajeros, se pidieron averiguaciones, se iniciaron contactos y negociaciones. En El Dominio, el ala más reaccionaria de la Iglesia, que siempre había tratado de librarse del control del emperador, movió ficha y lograría, meses después, nombrar al primer sumo arzobispo sin el beneplácito imperial.

Pero la diplomacia es lenta y Eljared era rápida. El príncipe Hess tuvo que huir de Arkángel y las tropas del Señor de la Guerra Norte fueron movilizadas. Su objetivo: Remo.

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Baile de máscaras — La vieja mansión

Colette se desahogó con Julien esa noche y con Chloé a la mañana siguiente. Terminó con los ojos enrojecidos, pero decidida, otra vez, a buscar la cura para su hermano. Con el añadido de evitar que la maldición pudiera afectar a sus descendientes.

Noel se levantó al alba y acudió a la iglesia del pueblo, para hablar con Dios. Titubeó frente a la puerta. Él era más de espirituosos que espiritual, así que se sentó en la taberna que abría en ese momento sus puertas y conversó consigo mismo. Ya se sabía muerto antes del viaje. Había encontrado las pruebas que buscaba de la legitimidad de su abuelo. Pero también algo terrible que afectaba a su hermana. No podía rendirse aún. Y había un nombre que investigar.


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Baile de máscaras — La maldición de los Leclair

Bélis, a 7 leguas de Aubigne, era el centro de las tierras de los Leclair. Era una zona de colinas escarpadas y valles estrechos y vieron cultivos en terrazas, mucho bosque y dehesas para el ganado. El propio pueblo se encontraba entre dos colinas, la menor coronada por la iglesia y la mayor, por la mansión de los vizcondes de Vizaret. Era una mansión alargada, que seguía la cresta de la colina y que había crecido desde una torre de piedra de origen, sin duda, militar.

Colette y Noel habían mandado a su cochero tan pronto llegaron a Aubigne para avisar de su visita y les esperaba un coche al bajarse de la diligencia, un elegante faetón tirado por mulas. Con los hermanos Leclair iban Michel, Marie y Chloé, que querían aprovechar el viaje al máximo.

Fueron recibidos en el jardín de la mansión, que se extendía en terrazas ladera abajo, por la vizcondesa, una anciana tan encantadora como aguda.

La vizcondesa de Vizaret tenía un aire a esta señora.


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Baile de máscaras — La maldición de los Lafleur

Llegaron a la mansión de los D’Aubigne el cuarto día al anochecer, sin más imprevistos. Estaba situada a media legua del propio pueblo de Aubigne y era grande, más incluso que la casa de los condes de Carbellac y mucho más que el palacio que la familia tenía en Chaville. El servicio, encabezado por Olivier, el mayordomo (un hombre de sesenta y tantos años, recto y serio), les dio la bienvenida. Los postillones recogieron los caballos y se los llevaron de vuelta a la casa de postas del pueblo, los mozos de cuadra se encargaron de retirar los coches y los criados se hicieron cargo del equipaje, mientras Olivier y su esposa, el ama de llaves, enseñaban, a los dos hermanos y a sus invitados, las habitaciones. Julien y Jacques se hospedaban en sus cuartos, en el ala familiar, claro. Los invitados nobles se repartieron por el ala de invitados de la misma planta, que disponía de amplios dormitorios con antecámara y baño. Gwen y los niños fueron alojados en el ala preparada para invitados menores.

Había un lago, alimentado por un riachuelo que venía del parque, en el que pudieron pescar y disfrutar de una hermosa puesta de sol.


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Baile de máscaras — Espectros en la niebla

En la mañana del lunes 27 de agosto de 988, diez días después de su vuelta y una semana tras la muerte del conde de Gévaudan, Colette, Jacques, Julien y Michel se reunían en la casa de postas, listos para comenzar su viaje a tierras de los condes d’Aubigne, donde esperaban tanto disfrutar de unos días de descanso alejados del mar y del ajetreo de la ciudad como, algunos de ellos, investigar sobre sus linajes. Iban con ellos Marie Laffount, Noel Leclair y Gwen y sus hermanos. Julien, artífice de la expedición, había alquilado un cómodo coche de viaje, mientras que los Leclair aportaban en landó familiar, ambos con tiro de cuatro caballos.


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