Sakura — El bibliotecario

Ishikawa Reiko, Hosoda Genji e Hitomi llegaron a la posada bien entrada la noche. Los hombres de Saito habían dejado sus pertenencias en las habitaciones reservadas por el bibliotecario Ishikawa Nobou y las monturas en el establo. Durmieron con mil ojos abiertos, preocupados por las palabras del policía. Se sabían perseguidos y las nuevas identidades que les había proporcionado no los tranquilizaban: las monturas y la propia reserva de la posada formaban un rastro fácil de seguir. Hosoda vio una cara que le resultaba conocida entre los huéspedes, lo que no ayudaba a su estado de ánimo.

Al día siguiente, Reiko se disfrazó de chico con tal maestría que ni su padre la hubiera reconocido. Mandaron un mensaje al Colegio Onmyoji para quedar con Nobou para comer y salieron de compras: necesitaban ropa nueva y más ligera que sus remendados ropajes invernales y también buscar a Hitomi algo que no fuera el hábito de miko, por mucho que pudiera protestar.


La primera parada, empero, fue en un maestro espadero recomendado por Saito: querían cambiar el daisho de Honjo Satoshi con nuevas guardas y empuñaduras para que pasaran desaparecidas. Reiko se quedó con la katana y Genji con el wakizashi. Ella pidió un motivo de kitsune inspirado en el tanto de Minako-hime para las tsuba de su daisho y Genji se decantó por uno de montaña nevada bajo el viento invernal, también para Yukikaze, cambiando así la que actualmente llevaba y que no era la original. El maestro no podía arreglar la vaina, Taiyonotsuki, pero les indicó un viejo artesano metido a monje que podría hacerlo.

Las piezas pedidas iban a tardar unos días en estar listas, así que el armero les montó unas empuñaduras y guardas provisionales.

Terminado esto, se llegaron al mercado en busca de ropa. Reiko se vio en problemas para probarse ropa femenina, pues Hitomi no podía hacer de modelo al ser bastante más baja, y tuvo que pergeñar alguna excusa.

Durante estas compras ocurrió lo que habían temido durante la mañana: Hosoda Genji se vio envuelto en un duelo estéril. Ya les había advertido Saito al respecto y lo habían podido ver durante su paseo: si bien el fantasma de la guerra civil parecía conjurado y los enfrentamientos entre las grandes casas habían remitido, muchos samuráis de casas menores o sin señor habían acudido a la ciudad en busca de fortuna y se enfrascaban en duelos por cualquier nimiedad, esperando llamar la atención de ojeadores de las grandes ligas.

Precisamente, uno de éstos se apañó para golpear vaina con vaina con la de Hosoda. El joven intentó evitar el duelo, pero el subsiguiente intercambio de palabras no le dejó otro camino que defender su honor. Hizo un gesto de disculpa a Reiko, que volvía con los kimonos comprados, y siguió a su oponente a un parquecillo cercano, donde podrían cruzar aceros con espacio… y rodeado de numeroso público.

El duelo no tuvo historia. El retador era habilidoso y ducho en el kendo, pero con poca paciencia. Hosoda esperó con el arma envainada y el centro de gravedad bajo hasta que el otro cargó. Luego, un borrón, sangre y todo había acabado.

Lo peligroso ocurrió entre el público: dos samuráis de mediana edad observaban el duelo y comentaban las posturas de los contendientes, nombrando escuelas y posiciones. La postura de Genji les sorprendió.

—¡Hiten Mitsurugi-ryu! Hace años que no lo veía.

—No, no es Hiten Mitsurugi. Va a dar un golpe de abajo a arriba. Esa postura es Kyouki-ryu.

—¡Kiyoki-ryu! ¿Aún queda quien lo practica?

—Conozco a tres de nuestra generación. Pensaba que eran los últimos locos, pero se ve que alguno tiene discípulo. Fureta Nagata murió hace diez años. Issai es monje ahora. Supongo que será Ooshima Shingen quien le ha enseñado.

Reiko oyó esta conversación y reaccionó con rapidez. En cuanto terminó el duelo, gritó para que los dos samuráis la oyeran:

—¡Fukuda-san —lo llamó por la nueva identidad dada por Saito—, ya sabéis que a Issai-sensei no le gusta que malgastes sus enseñanzas en duelos!

Genji, acostumbrado ya a las salidas de su señora, no mostró sorpresa y se limitó a ofrecer una reverencia de disculpa.

 

Volvieron a la posada con idea de cambiarse de ropa y correr al encuentro del bibliotecario. Tuvieron que cambiar los planes, pues les esperaba un mensaje comunicando que Nobou estaba enfermo y no había ido a trabajar. No fue la única sorpresa que les esperaba en la posada: un agente del señor Saito avisó a Reiko de que un numeroso grupo de cazarrecompensas estaba tras su pista. Genji vio sentado al samurái que le había resultado familiar la noche antes y se acercó a hablar con él. Al cruzar las primeras palabras, supo dónde lo había visto: era uno de los secuaces que acompañaban a Saemon Kiyoshi la noche del atentado contra Goran Visnij.

El samurái le invitó a sake y se mostró muy sorprendido al verlo al servicio de un samurái que no era Ishikawa Reiko. Genji se encogió de hombros y dio respuestas ambiguas. Fue una conversación corta y educada donde el hombre de Saemon demostró que conocía la reputación de Hosoda y no lo insultó sobornándolo. Es más, le avisó de que Nakamura Ken se la tenía jurada desde lo de Aimi y había ofrecido una recompensa por él.

Genji volvió con Reiko y la informó.

—No os ha reconocido, pero debe pensar que si sigo a un joven samurái desconocido es porque vos me lo habéis ordenado. Tendremos que movernos con cuidado.

Un escalofrío sacudió a la joven. Sabían por Saito de la desaparición de Manobu Raiden. La presencia en Tsukikage de Saemon no podía ser una coincidencia. Se concentró en el recuerdo del joven y luego dejó volar su mente, intentando sentir su eco. ¡Bingo! No estaba lejos, en dirección al barrio donde vivía el señor Mori, el vasallo de su prima Kaoru. Ya que estaba, repitió la operación con el bibliotecario, localizándolo hacia el centro de la ciudad.

—Si Saemon Kiyoshi está en la ciudad, el joven Manobu no andará lejos. Seguramente esté en casa del señor Mori o haya pasado por allí. Enviaré un mensaje.

Genji sólo pudo agradecer a los kami el servir a una señora con semejante intuición.

—Vayamos también a casa de Ishikawa Nobou. Por lo que sabemos, es soltero y no sé si estará bien cuidado.

El trazado regular de las calles de la populosa Tsukikage le permitió a Reiko guiar a sus compañeros hacia el eco de la mente del bibliotecario de forma directa. Caminaron con cuidado, para evitar más duelos absurdos, y comprobando si les seguían.

Ishikawa Nobou vivía en un barrio residencial de casas estrechas de dos plantas. Localizaron la casa preguntando a los vecinos. Reiko captó su mente al final de la casa, que debía corresponder al patio y a la letrina. No queriendo interrumpirlo, se llevó a Genji y a Hitomi a comer a una pequeña casa de comidas que había calle abajo, donde pidieron también para llevarle a Nobou. La camarera parecía muy interesada por la salud del joven y les preparó una nutritiva sopa de arroz.

Cuando volvieron a la casa del bibliotecario, Reiko notó que su mente no se había movido. Paranoicos como estaban, pensaron antes en algún tipo de celada que en que el muchacho hubiera sufrido un accidente o un desvanecimiento por su enfermedad. La puerta no estaba cerrada y eso aumentó sus sospechas, aunque la samurái no percibía ninguna otra mente en la vivienda.

Reiko y Genji sólo tuvieron que intercambiar una mirada. El samurái comprobó que no había nadie en ese momento en la calle y saltó al tejado. Ella le dio la bandeja con la sopa a Hitomi, la ordenó que esperase fuera, abrió la puerta de golpe y entró.

Apenas había dado dos pasos, llamando a Nobou, cuando la puerta se cerró a sus espaldas. Una figura oculta en el techo la atacó con la larga cadena de un kusari-gama. Reiko esperaba el ataque y, aunque el desconocido permanecía oculto a su vista y mente, acertó a bloquear la cadena con el tanto y, luego, de un fuerte tirón, lo hizo caer. Se volvió siguiendo movimiento por el rabillo del ojo. Del hueco que daba a la escalera, pasillo adelante, salió una figura embozada que, con un giro rápido de muñeca y codo, le arrojó algo. No llegó a verlo: sintió un pinchazo en el codo y todos sus nervios aullaron de dolor. Cayó sin un gemido.

 

Genji corrió por el tejado. Se movía tan rápido y sus pasos eran tan ligeros que las trampas dispuestas saltaban tras él: trampillas, tejas serradas, lazos… Saltó sobre el porche que daba al patio, que se vino abajo. Se lo esperaba, así que rodó aprovechando la inercia, dio media vuelta y corrió hacia el interior de la casa. Estaba en la cocina antes de que se hubieran asentado los cascotes, para sorpresa de los ninjas. Había dos en la cocina y otro en el pasillo. Al fondo, casi en la entrada, Reiko se desplomaba y un cuarto, casi en la entrada, se levantaba del suelo.

El del pasillo gritó:

—¡Matadlo! Yo iré a por la chica.

Genji se permitió medio suspiro: debían pensar que Reiko era Hitomi. Eso le permitía no enfrentarse a los cuatro a la vez, pero debía darse prisa si quería proteger a la miko. Hizo una finta sobre el primero, que trastabilló en los cascotes. Atacó entonces con furia al segundo, empujándole hacia el pasillo para impedir la llegada del tercero. Ganó dos segundos que le permitieron desembarazarse del primero. Luego, cerro distancias con los otros dos. El pasillo era estrecho y le resultaba difícil incluso blandir el wakizahi, pero hacía que los dos ninjas se estorbasen entre sí y volvía inútil el kusari-gama del tercero. Desequilibró a uno de un rodillazo y lo apuñaló en el vientre, lo agarró por la pechera y lo usó de escudo, buscando una abertura que le permitió atacar la ingle del último, seccionando la femoral.

Salió a la calle justo a tiempo: Hitomi estaba en el suelo, rígida, con los ojos llorosos y una mueca de dolor. Dos agujas, más grandes que las de acupuntura, sobresalían de su cuello. El ninja se inclinaba sobre ella, pero se dio la vuelta impulsado por un resorte al oír la puerta.

Ambos se miraron. El ninja buscó vías de escape antes de centrarse en su oponente, sacudiendo los brazos y flexionando los dedos. No podía tomar como rehén a Hitomi, pues eso le suponía darle la espalda a Genji. El samurái dio dos pasos al centro de la calle, para ganar espacio y envainó el wakizashi, preparando la katana. Din ding dong, cantaba un carillón agitado por la brisa.

Se miraron unos segundos largos como minutos. No había movimiento más allá de sus ojos, escrutándose, y de sus manos, cerca la de uno de la empuñadura de la katana, prestas las del otro a tomar las agujas que llevaba en los avambrazos. De pronto, un borrón y todo había terminado.

 

Genji retiró con delicadeza las agujas del cuello de Hitomi. La miko recuperó la movilidad. La ayudó a levantarse.

—Reiko está dentro. No he visto sangre: creo que ha sufrido lo mismo que tú. Atiéndela, por favor —La tranquilidad de su voz ocultaba su miedo: no se atrevía a entrar y encontrar a su señora muerta. Dejó que la muchacha fuera delante y tomó el cuerpo del ninja muerto para meterlo dentro de la casa.

Por fortuna, tenía razón: una aguja sobresalía del codo. Le había afectado más que a Hitomi y tardó unos minutos en recuperar el conocimiento cuando se la quitaron, lo que dio tiempo a Genji para que registrara la casa. A Ishikawa Nobou lo encontró en el pequeño cobertizo del fondo del patio, atado y deshidratado. Lo acomodaron en el dormitorio de la planta de arriba y Hitomi fue a por otra ración de sopa de arroz. Mientras, Genji buscó a un chaval desocupado y le dio unas monedas para que avisara a Saito: con el jaleo, alguien daría aviso a la policía y no se fiaban de nadie más, visto lo que les ocurrió a su llegada a la ciudad el día anterior.

Recuperado un poco, Nobou contó su historia:

—Me traicionó uno de mis compañeros de trabajo, Saburo. Tuve que recurrir a él mientras investigaba a Araya Souren, como me pidió el señor Hosoda. Se presentó aquí en compañía de esos ninjas ayer, después de que os reservara las habitaciones de la posada. Me interrogaron por vosotros. Luego, llegó otro de ellos y dijo que os habían visto en la puerta de Setsu y decidieron que os prepararían una trampa. Oí cómo le ordenaban a Saburo que os condujera hasta aquí si ibais al Colegio en mi busca.

—¿Vendrá Saburo luego? ¿Sabes dónde podemos encontrarlo?

—Siempre sale a cenar con compañeros de la oficina. No creo que venga hasta que termine.

Nobou les dio la descripción de Saburo y la dirección del local al que solía ir, así que lo dejaron al cuidado de los hombres de Saito y fueron a preparar la emboscada. Era aún temprano, apenas comenzaba la tarde, así que pasaron primero por la posada, por si había noticias del joven Manobu Raiden. ¡Vaya si las había! Los esperaba en persona, más o menos disfrazado. Le indicaron prudencia, por si había ojos vigilantes, y le hicieron llegar la dirección del local de Saburo. Allí finalmente se encontraron, se saludaron y pasaron la tarde poniéndose al tanto de sus aventuras.

Anochecía ya cuando llegaron Saburo y sus compañeros de trabajo. La descripción coincidía con la dada por Nobou, un hombrecillo de mediana edad cruce de rata y buitre. Esperaron a que alguien lo llamara por su nombre para tener confirmación para saltar sobre él y arrastrarlo a su reservado.

—Quien juega con los mayores, debe pagar sus deudas —dijo Reiko.

Los otros oficinistas, creyendo con estas palabras que eran yakuzas y que Saburo tenía deudas de juego, se callaron sus protestas y ni siquiera hicieron intención de buscar a la policía.

—Ishikawa Nobou te manda recuerdos.

Al escuchar el nombre del joven bibliotecario, Saburo comprendió con quién se las veía y se revolvió, intentando huir. Pero, sentado entre Hosoda y Manobu, nada pudo hacer. Lloriqueó entonces, intentando ablandar el corazón de sus captores. Primero, afirmando no saber nada, luego, haber actuado obligado y, por último, afirmando que lo matarían si hablaba.

—¡Ahórrenos el teatro, señor Saburo! —le cortó Reiko—. No voy a perder el tiempo amenazándolo ni torturándolo. Le voy a hacer una oferta, una sola vez. Piénselo bien antes de contestarme, porque ambos sabemos que trabaja para gente que no tolera fallos: si contesta a nuestras preguntas, le ofrezco un lugar seguro donde podrá expiar sus crímenes y mantener su asquerosa cabeza sobre los hombros; si prefiere seguir en silencio, es libre de marcharse. Hasta le haremos llegar dinero, por las molestias causadas. Y nos aseguraremos de que se sepa que estuvo usted en nuestras manos, pero le dejamos marchar porque es un hombre íntegro que se negó a hablar.

Saburo fue palideciendo conforme hablaba Reiko. Cuando terminó la joven, se derrumbó y habló.

Estaba al servicio de los cuatro shugenjas traidores desde los tiempos en que eran estudiantes y él, un joven oficinista. Por miedo, por dinero, por la sensación de poder. Por su trabajo, había podido acceder a los archivos de personal, pasando información sobre onmyoji y dificultando las investigaciones sobre los cuatro y su profesor. También había podido falsear información. Como el onmyoji Araya Souren, un hombre inexistente, creado como una identidad respetable que los cuatro shugenjas habían utilizado en los últimos años.

Reiko y Genji se miraron. Habían dado con la clave del misterio. Araya Souren, el onmyoji personal de la regente Asakura, era, en realidad, el shugenja oscuro Kamyu Arata. La revelación traía más preguntas. ¿Estaban los Asakura al servicio del Dios Insidioso o eran tan víctimas como ellos? Aún estaban lejos de recuperar su honor, pero esa tarde habían dado un paso de gigante. Ahora, tenían que llevar a Saburo ante el señor Saito, que repitiera lo que les había contado al agente imperial.

 

A la salida del local, les esperaba Saemon Kiyoshi. Iban con él nueve samuráis. A tres los conocían: los mismos que lo acompañaban el día del combate por Goran Visnij.

—Buenas noches, caballeros. Con el joven Hosoda y el pequeño de los Manobu aquí, es indudable que Ishikawa Reiko no andará lejos. Será mejor para todos que me la entreguéis.

Hosoda y Manobu echaron mano de sus espadas, pero no atacaron. No había miedo al enfrentamiento, por desventajoso que pareciera; sí a perder a Saburo en la reyerta.

El mismo temor sentía Reiko. Intentó buscar una salida sin combatir:

—Interrumpís una misión de vital importancia para el futuro del Imperio. ¡Dejad paso!

—Menos humos, joven samurái. Entregadnos a Ishikawa Reiko y podréis seguir visitando restaurantes —respondió uno de los samuráis del fondo.

Reiko cortó de un gesto el movimiento de sus hombres y apeló directamente a Saemon. Sabía que el agente Oda se tenía por un patriota. Pidió hablar con él en privado y se apartaron los dos unos pasos.

—Señor Saemon, tenemos bajo custodia a un hombre que posee información sobre unos conspiradores contra el Imperio. Es de vital importancia que lo entreguemos al señor Saito, de la policía, nombre que, sin duda, os resultará familiar.

—Buen intento, joven samurái, pero el señor Saito es jefe de policía en Aimi, muy lejos de aquí y en territorio Asakura.

—Vuestra información está desfasada, señor Saemon. El señor Saito se encuentra en Tsukikage. Permitid que le entregue a este hombre y yo mismo os llevaré ante Ishikawa Reiko. Si este hombre escapa o muere, las consecuencias para el Imperio pueden ser catastróficas.

Saemon meditó unos instantes. Finalmente, asintió.

—Os tomo la palabra. Os escoltaremos hasta el señor Saito y, luego, nos llevaréis hasta Ishikawa Reiko.

 

El trayecto hasta casa del señor Saito fue tenso. Reiko llevaba sujeto del brazo a Saburo; Hosoda y Manobu iban un paso detrás, con la mano en la empuñadura de las katanas; el hombre de Saemon con el que Hosoda había hablado en la posada acompañaba a Hitomi y el resto los rodeaba con desconfianza, dispuestos a la vez a atacarlos como a defenderlos de una agresión externa. Nada pasó, sin embargo, y llegaron sin más novedad a casa de Saito.

Reiko entró con Hitomi y Saburo, quedando Hosoda y Manobu en la puerta, dispuestos a defenderla de los hombres de Saemon. La joven se reunió con Saito y le resumió lo que Saburo les había confesado.

—Le he prometido que con vos estará a salvo.

—Sólo si la información que nos da es tan valiosa como su pellejo. ¡Lleváoslo! —Cuando sus hombres se hubieron llevado al oficinista, siguió—. ¿Quiénes son esos samuráis que os escoltaban?

—Me buscan por la recompensa que hay por mi cabeza. Por fortuna, no me han reconocido por mi disfraz y pude negociar un trato. Ahora tengo que salir a enfrentarme a ellos. Dejo a Hitomi con vos. Por favor, cuidad de ella si no volviera.

Reiko salió de la casa y guio a los hombres de Saemon hasta un parque cercano, bien iluminado por la luna y las linternas de un pequeño templo. En un estanque se quitó el maquillaje.

—Habéis cumplido, señor Saemon, y es hora de que yo lo haga. Como os prometí, os llevo ante Ishikawa Reiko. ¡Yo soy Ishikawa Reiko! Ahora, si valoráis la vida de vuestros hombres, continuaréis camino, pues no pienso entregarme sin luchar.

Los samuráis de Saemon profirieron amenazas y exclamaciones de sorpresa. Saemon mostró los dientes en una sonrisa feroz que le hacía parecer un tigre y atacó. Hosoda, rápido como el relámpago, cortó su avance, lanzando una mirada de advertencia a Manobu. El joven tenía cuentas pendientes con el samurái, pero Genji no estaba seguro de que estuviera a la altura.

Raiden entendió la orden, pivotó tras la espalda de su compañero y se lanzó contra el flanco derecho de los oponentes. Reiko atacó el flanco izquierdo, usando todos los trucos a su alcance: la katana de Honjo, el tanto de Minako-hime, sus poderes mentales y su habilidad marcial, combinadas con mortal maestría. En apenas unos segundos, cuatro oponentes yacían muertos o moribundos y el resto huían sin mirar atrás.

—Señor Saemon, sus hombres han huido. No desperdicie su vida —le dijo al veterano samurái, que continuaba luchando con Hosoda Genji.

El samurái bajó la espada.

—El honor que habéis mostrado me demuestra que las acusaciones sobre vos no pueden ser ciertas —dijo Saemon—. No volveré a perseguiros.

Se despidieron del samurái, volvieron a casa de Saito para recoger a una Hitomi al borde del llanto y volvieron a la posada, deseando darse un baño y descansar tras un día cargado de emociones.

Sakura, un cuento de Lannet 3×02. Con Hosoda Genji (Menxar) e Ishikawa Reiko (Charlie).

Segunda sesión de esta tercera temporada, muy completa. Por la mañana, mucho roleo y tiempo para hacer planes y compras. A medio día llegamos al duelo inútil, un enfrentamiento sin historia donde lo importante ocurría fuera del combate: los espectadores y el estilo de lucha de Hosoda. Charlie estuvo rápido y cortó de raíz los rumores que podían relacionarlos con el señor Shingen.

Luego vino el enfrentamiento en casa del bibliotecario, algo pronto y saltándonos varias posibles escenas de investigación (algo por lo demás habitual cuando hay telépatas en el grupo). Fue un combate muy bonito, donde saqué la tirada más alta en doce años dirigiendo a Ánima (Reiko sobrevivió por el arma usada por el ninja; cualquier otra cosa, hasta una cuchara de palo, hubiera podido matarla dos o tres veces). El combate entre los personajes del mismo nivel (Reiko y el ninja de las agujas, éste y Genji) duró cada uno un único asalto. Y es que Ánima se vuelve terriblemente mortal desde nivel 6.

Lograron cazar a Saburo y averiguar que Araya Souren es Kamyu Arata, con lo que tienen ya una buena parte del puzle de lo que ocurrió la fatídica noche del asesinato del padre de Reiko. El enfrentamiento con Saemon Kiyoshi (bestia negra que les pateó el trasero a base de bien tiempo atrás) estaba puesto para que perdieran a Saburo antes de entregárselo a Saito, pero jugaron bien lo que sabían del samurái (que era un patriota, fiel al Emperador hasta la muerte) para retrasar el enfrentamiento. En el combate, Charlie se resarció y se quitó de en medio al personal al ritmo de uno o dos por asalto, así que puse al resto en fuga, ¡que los pnj no quieren morir!

Fue una gran partida, con roleo, investigación, avance de la trama y combates emocionantes y cortos.

 

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