Sakura — En los valles de Minako-hime

Primero planta el pabellón, discute luego

Viejo proverbio inglés

Minako-hime se levantaba orgullosa, con su corona blanca acariciada por el sol de la tarde. Descendían de ella, en sucesivas capas, los frondosos montes del dominio: su hogar. Ishikawa Reiko, el señor Shingen y Hosoda Genji la contemplaban desde lo alto de una loma. A sus pies, un hito en el camino marcaba la frontera del dominio; tras ellos, en una hondonada, la capitana Asai Kikuko, su sobrina Yoriko y Manobu Raiden preparaban el campamento. Había sido una dura jornada, llevando las armaduras del escuadrón de Katayama pese al calor, para evitar a las demás patrullas que hubiera en su busca.

—Tendremos que salir de madrugada para cruzar el dominio sin contratiempos —dijo Genji—. Según Manobu, Nakamura controla ahora el Tercer Castillo y, con él, la carretera de Aimi. Y él no dejará pasar a un escuadrón de samuráis sin que den explicaciones, por mucho que la capitana Asai esté al mando.

Shingen puso la mano sobre el hombro de su sobrina.

—Allí hay gente que aún os es fiel.


Genji suspiró.

—Ojalá pudiéramos presentarnos en el castillo. Nos vendría bien la ayuda del hatamoto Sakoda: nadie conoce los senderos de las montañas como él y sus hombres. Y para acortar nuestra desventaja: el enemigo debe ser ocho o diez veces más numeroso que nosotros.

Reiko no dijo nada. Permaneció sumida en sus pensamientos durante la cena, hasta la primera guarda, cuando se sentó junto a Hosoda.

—Genji, ¿podrías llevarnos a casa de Goto Yasumori sin ser vistos?

Al joven casi se le cayó la espada. La quinta de Goto estaba en el camino del oeste, el que siguieron en su huida. Para llegar, debían ir por el valle hasta los pies del Segundo Castillo o dar un rodeo de varios días hacia Aimi. O, claro, cruzar los montes con las monturas. Pero Genji se conocía todos los senderos de cazadores y los pasos de animales en los alrededores del valle y casi todos los había recorrido a caballo. Si le pareció una locura la idea de su señora, lo guardó para sí y contestó con una leve reverencia.

 

Se pusieron en marcha cuando se ocultó la Luna. Fantasmas armados galopando en la oscuridad, confiando en el instinto de los caballos. Diez millas hasta la carretera de Aimi y luego otras pocas hacia el oeste. Abandonaron la carretera y corrieron entre arrozales mientras clareaba por levante, adentrándose en el bosque. Llegaron a un riachuelo a los pies de una pared rocosa donde descansaron y abrevaron las monturas. Se quitaron las armaduras y siguieron en fila india por sendas casi invisibles al ojo. Genji elegía bien el camino, zonas donde los pinos dejaban espacio entre ellos y había poca vegetación a ras de suelo y con pendientes cómodas. La bajada resultó más complicada, siguiendo un torrente de montaña: un camino rocoso más para cabras que para personas o caballos. Pero lo pasaron sin grandes contratiempos, más allá del cansancio, y llegaron al puente de Sukarou, donde, en cierta forma, había empezado todo.

Se refrescaron en el río, dieron cuenta de sus últimas provisiones y se volvieron a poner las armaduras. Era medio día y aún les quedaba mucho camino. Picaron espuelas y cruzaron la aldea de Yugawa como una exhalación, causando el pánico entre los campesinos. En apenas un par de horas, llamaban a la puerta de Goto.

El veterano samurái, alarmado por la presencia de samuráis vestidos para la guerra en su puerta, abrió acompañado de sus hijos y de sus criados. Reiko, al ver que no acudía ningún otro samurái, supuso que no había visitas imprevistas y se quitó el mempo, la máscara de la armadura que le cubría el rostro.

—Señor Goto, debo hablar con usted.

 

Reiko, Genji y la capitana Asai pusieron al tanto de la situación a Goto entre té y té, aunque el sake hubiera ayudado más. La vuelta de los dos jóvenes le alegró. La presencia de Shingen, no. La historia de Arata, la Magatama y el Dios Insidioso la aceptó sin más, quizás porque, al vivir en el linde del profundo bosque de las montañas, lo sobrenatural para él era algo común.

—Decidme, señor Goto —pidió Reiko—, ¿queda algún samurái que crea que soy inocente?

—Más de los que pensáis, mi señora. A muchos no nos gustó como llevó vuestro padre el nombramiento de Taro como heredero, dejándonos fuera a la mitad de los oficiales. Muchos os tienen en gran estima, en especial los que lucharon a vuestras órdenes en la batalla del Paso Azuma. Y la caballería siempre ha combatido guiada por un Hosoda. Puedo enviar a mis hijos como mensajeros y, en pocos días, seremos suficientes para tomar el castillo, si hace falta.

—Calma, señor Goto: no he venido a reclamar el dominio. La Magatama es lo importante. Y por ello, necesito salir de aquí sin dejar enemigos a mi espalda.

—¿Cuál es vuestro plan?

Reiko lo contó. Y todos bebieron té deseando tener sake en su lugar.

 

Los dos hijos de Goto fueron enviados como mensajeros. Uno fue a casa de Hosoda, para avisar al padre y, luego, a otros oficiales que vivían en el valle. El segundo debía cruzar el dominio hasta las tierras del Hatamoto. Llevaban los caballos de Reiko y de Genji, la mejor carta de presentación y que sus dueños no podían llevar, so pena de ser descubiertos de inmediato.

El resto partió hacia el Segundo Castillo, guiados por Goto. Reiko necesitaba que no fueran reconocidos antes de reunirse con los oficiales y, para ello, debían estar sin quitarse las armaduras. Algo sumamente indecoroso que Reiko fiaba a la dignitas de la capitana.

Lo consiguieron, echándole teatro: llegaron a galope, levantando un gran revuelo en el pueblo y casi arrollando a los ociosos del paseo de los cerezos, para entrar en tromba, alarmando a la guardia de la puerta y llamando a gritos al chambelán. El caos desbordó, la desinformación se extendió y, pronto, el castillo parecía estar al borde de la guerra. Ante esto, a Saiki, el chambelán y regente, no le quedó otra que recibir a los visitantes en el salón principal, junto con todos los oficiales que estaban en la fortaleza.

No era la mejor de las situaciones, tuvo que reconocer Reiko. Saiki y Nao en el estrado. El onmyoji Junichi, Namikawa y Nakamura Ken (que se había acercado al castillo a alertar de patrullas Asakura vistas a caballo; posiblemente, el grupo de Reiko en la madrugada), a lo largo de la pared de la izquierda; Hosoda Takao, el padre de Genji, Goto y Komura, a la derecha. Había dos samuráis de escolta: uno, del clan Ishikawa, junto a Saiki; el otro, protegiendo a Nao, era Okuzaki Akira. Todos estaban armados. El grupo de Reiko se sentó en el centro: Asai Kikuko y ella en la primera fila, Genji y Yoriko en la segunda y Shingen y Raiden al final.

—Señora Nao, señor Saiki, señores —empezó la capitana—: un gran peligro acecha a la familia Asakura y el tiempo corre en nuestra contra. Hace un mes, en Tsukikage, se presentó ante mí una persona con una historia que rayaba en lo increíble: me habló de un complot para hacerse con la sagrada Magatama que guarda la familia Asakura. Yogoretas, devotos del Dios Insidioso, llevaban años infiltrados en la corte y se preparaban para dar el golpe final —Hizo una pausa—. Entiendo su incredulidad. De no haber sido testigo estos últimos días de dicha conspiración, yo tampoco lo creería.

»El tiempo apremia: el enemigo ha buscado armas divinas para romper los sellos que protegen la Magatama; el enemigo realizó un impío ritual para alargar el invierno y debilitar esos sellos; el enemigo ha llevado a cabo muchos planes, algunos con éxito, otros desbaratados o retrasados por la acción de ésta y otras personas. Ahora está acorralado. La aldea de Oshin, una aldea de ninjas al servicio del Dios Insidioso y oculta en lo más profundo del territorio Asakura, ha sido descubierta. Sus planes han sido descubiertos. Sólo le queda huir hacia adelante e intentar llevar a cabo el robo, tanto si está preparado como si no. Marcha al templo de la Magatama con la regente, Asakura Katsumi. Con ella en su poder, puede entrar en el templo y, creo, abrir los sellos.

—Mi señora Asai, si han secuestrado a la regente, ¿no sería el castillo Mitsumi quien debe intervenir? ¿Por qué nosotros? —preguntó Saiki.

—Para el castillo y la corte, la regente no ha sido secuestrada y marcha con su consejero para proteger la Magatama. Porque el enemigo al que nos enfrentamos es un poderoso shugenja oscuro que ha utilizado una falsa identidad para ganarse la confianza de todos: Araya Souren, onmyoji de la familia Asakura —Hubo exclamaciones de sorpresa e incredulidad entre los oficiales. Asai levantó más la voz—. Araya Souren —repitió—, que por tres veces intentó hacerse con la espada Yukikaze, forjada con la esencia de Minako-hime: la primera, en Aimi; la segunda, en el Bosque Sellado; y la tercera, aquí, en este mismo salón, cuando con sus hechizos doblegó las mentes de los presentes e hizo que el señor Shingen matara a Maruyama Yoshitaka.

Los gritos y las exclamaciones no la dejaron continuar.

—¡No es cierto, no es lo que pasó! ¡Shingen asesinó a su hermano cuando desheredó a su hija! Maruyama murió al intentar defenderlo —gritó Nakamura—. Fue Reiko quien, con los poderes de bruja heredados de su abuela, la madre de Shingen, congeló nuestras mentes y nos impidió actuar. Fue ella quien robó Yukikaze.

Raiden sujetó el brazo de Shingen antes de que pudiera abalanzarse sobre Nakamura. Genji, inmovilizado por los misteriosos cordeles de Yoriko tampoco pudo hacerle pagar su insolencia. Fue Reiko quien se levantó, dejando caer la máscara y el yelmo. Con la tranquilidad de un glaciar. Con la elegancia del vuelo de las grullas. Demasiado sorprendidos, los oficiales no fueron capaces de articular palabra.

—Yo salvé Yukikaze tres veces. Y dos a Maruyama. ¡Genji!

Genji levantó la espada sobre su cabeza y extrajo la hoja cuatro dedos, para que los presentes pudieran ver la superficie escarchada. Continuó Reiko, con tono más grave:

—Yo salvé el kitsune-yuki forjado con la esencia de Minako-hime, oculto en el Bosque Sellado. Me fue encomendado por la kitsune que era su guardián, herida por el ataque del falso Araya Souren y sus ninjas —Extrajo el tanto y lo mostró a los presentes—. Hice esto con los samuráis que me acompañaban y me protegían y eso provocó el odio de Araya Souren. Su último plan para hacerse con la espada y con el tanto era también el plan para destruir al clan Ishikawa. Os manipuló. Incitó vuestra paranoia. Os hizo creer que la idea de la reunión era vuestra. Una reunión de los partidarios de Taro como heredero y, aun así, con mi tío presente. Una reunión de notables del dominio y, aun así, con un extranjero presente. Para alguien acostumbrado a moverse en la corte Asakura, la corte con más ojos y oídos de Lannet, esta pequeña corte rural fue un juego de niños.

—¡Mientes! —exclamó Nakamura—. Conspiraste contra el señor Hideo, que se consideraba tu padre, y ahora te has camelado a la capitana Asai para hacerte con el control del dominio.

—¡Traidor! Tú sí que conspiraste —gritó Goto Yasumori—. Y vosotros —añadió, abarcando con el brazo desde Saiki a Komura—. Quisisteis más poder del que teníais, maniobrasteis a espaldas del resto del consejo, conspirasteis contra vuestro señor y su hija. ¿Decidir el heredero sin la presencia de la mitad del Consejo, sin mí, sin Hosoda, sin Manobu, sin el hatamoto y sin los demás? Os pudo el ansia de poder. Se lo pusisteis bien fácil al shugenja.

—¡Calla, Goto! No eres quién para hablar: ayudaste a escapar a Reiko —contestó Saiki.

Las voces, reproches y gritos seguían subiendo de tono y nadie usaba ya los honoríficos; todos los oficiales estaban de pie y los visitantes habían dejado caer máscaras y yelmos; las manos estaban en las empuñaduras de las espadas y era cuestión de segundo que empezara el baño de sangre.

Dooong

Un sonido broncíneo rebotó en las paredes y les hizo callar.

Dooong

Okuzaki Akira, pequeño, con esa gran cola de caballo que la hacía parecer más alto, sentado a la izquierda de la señora Nao, volvió a golpear el tatami con el pomo de su nagamaki. El sonido imposible de un pequeño gong llenó por tercera vez el salón.

—El pequeño Taro duerme. Le están saliendo los dientes y ha pasado un mal día. Ruego tengan consideración —dijo, como una madre riñendo a unos niños.

La interrupción de Akira fue mano de santo. Avergonzados, los presentes volvieron a sentarse, aunque manteniendo aún las manos en las armas.

—No he venido aquí para discutir quién es el heredero del dominio —continuó Reiko—, ni he mentido sobre el shugenja, llamado Kamyu Arata. Todos sabéis de su existencia y de que me he enfrentado con él: en Aimi, en el Onsen, en el Bosque Sellado. Tiene a la regente y nos lleva dos o tres días de ventaja. Es posible que esté ya en el templo. Es posible que tenga ya la Magatama. Lo acompaña un grupo de ninjas de élite y las onna bugeisha de Imada Fumiko. Sabemos que Imada está con él y suponemos que muchas de sus samuráis con él. Necesitamos la ayuda de los mejores jinetes de Lannet para darles caza. Necesitamos la ayuda del clan Ishikawa y eso hemos venido a pedir —Y se inclinó hasta tocar el suelo con la frente.

Antes de que nadie pudiera contestar, intervino Junichi, el onmyoji:

—El Dios Insidioso, los yogoretas, onis, incluso Minako-hime: muchos los consideráis cuentos y supersticiones. Incluso las Magatama. ¿De verdad fueron creadas con la esencia de Varja-kami? Pensad como samuráis y olvidad lo superfluo: las Magatama, sea cual sea su naturaleza, existe. Su posesión es un orgullo y su pérdida acarrearía la caída en desgracia de la infausta familia y de sus clanes vasallos. Es decir, de nosotros. Pensad como samuráis.

Saiki, el chambelán, agradeció el consejo del onmyoji con una reverencia.

—Como samuráis, nuestro deber es proteger a nuestros señores, al dominio y a nuestras familias y vasallos. El peligro al que nos enfrentamos está claro y todo lo demás que hemos hablado sólo nos distrae de nuestro deber. Señorita Reiko, ¿qué necesitáis?

Reiko hizo una seña a Genji, que se adelantó.

—Caballería ligera. Todos los hombres que estén disponibles mañana al alba, con provisiones para una semana.

 

El resto de la reunión se ocupó en planificar el despliegue. Fue corta: ya era de noche y apenas quedaban unas horas para prepararlo todo. Saiki y Hosoda Genji bajaron al patio a informar de lo hablado y a elegir a los hombres y mujeres de la expedición. En el establo Genji vio a su caballo y se acercó. Estaban allí su padre y uno de sus hermanos. Hosoda Takao se acercó a su hijo, con el que no había podido intercambiar nada más que un breve saludo en el salón y, sin mediar palabra, le quitó el wakizashi. Tomó la katana que le dio su otro hijo y se la ciñó a Genji. Al joven se le llenaron los ojos de lágrimas al reconocer la katana familiar, que él mismo había dejado en casa de los Hirano en su huida, para no deshonrar a su clan.

—Ahora vete a descansar, mañana te espera otra larga jornada.

—Padre, debo preparar la expedición.

—Hijo, habrás luchado con onis y ninjas, pero yo he sido comandante de caballería del dominio por veinte años. No intentes quitarme el puesto tan rápido —El joven hizo una profunda reverencia de disculpa, avergonzado—. Duerme lo que puedas. Y vuelve vivo. Aún tienes que visitar a tu hermana, que se ha casado y espera ya su primer hijo.

 

Al señor Shingen le buscaron unos aposentos apartados, para que la noticia de su presencia no se extendiera y se pudiera producir algún duelo estéril. La capitana y su sobrina fueron alojadas en el ala de huéspedes, pero Nao quiso llevarse a Reiko a las habitaciones superiores, la del señor y su familia. Insistió en que prepararan la antigua habitación de Reiko y que le sirvieran allí una cena sencilla. Pero, antes, hizo que le quitaran la armadura y se la llevó a tomar un baño.

 

Tras lavarse, Reiko se metió en el baño con un suspiro de satisfacción. Hacía siglos del último y la compañía de la pesada y apestosa armadura en los dos últimos días había supuesto toda una prueba a su autocontrol.

Nao despidió a las criadas, la ayudó a lavarse y se bañó con ella. Por varias veces pareció que iba a decir algo.

—No os guardo rencor ni os culpo por lo sucedido, madre —Resultaba raro hablarle de madre a una mujer apenas diez años mayor que ella—. Fuiste muy buena con mi padre y conmigo. Haré todo lo posible por salvar el honor de la familia Asakura. Pero, si fallara, no debéis preocuparos, pues ahora sois Ishikawa.

Para sorpresa de Reiko, Nao se echó a llorar desconsoladamente. La abrazó y escuchó cómo murmuraba, como si fuera una letanía:

—Lo siento. Yo no quería. No fue idea mía. Lo siento.

Las palabras apenas surgían de sus labios, pero sus pensamientos y sentimientos eran una inundación que desbordaba los diques mentales de Reiko, acrecentada su avalancha por el contacto físico. La joven intentó calmarla, murmurando palabras amables, acariciando sus zarcillos mentales, apartando las oscuras nubes de culpabilidad. Los pensamientos, recuerdos e imágenes la perseguían, todos sobre el mismo tema: ella, su padre, el joven Taro, plantando la sospecha en el corazón de Reiko. Odiándose a sí misma, se sumergió en lo profundo de la mente de Nao, como un sabueso siguiendo a su presa. La mente de la mujer se resistió débilmente a la súbita violación, escabullendo recuerdos y enviándole imágenes de la infancia, de su anterior noviazgo, recuerdos dolorosos del nacimiento y muerte de su primer hijo. Pero Reiko no desistió y siguió deshaciendo zarcillos, buscando, tirando y husmeando.

Imágenes, recuerdos sueltos.

»El señor Hideo está obsesionado con que su mujer le traicionara con su hermano —contaba una mujer desconocida, quizás una informadora o una consejera, a la regente, con Nao sirviendo el té. Por la ventana se veía los cerezos en flor.

 

»Me casaré yo, mis señores, y el hijo que tenga será mi heredero, no Reiko —decía Ishikawa Hideo ante la corte presidida por la regente, con el sol del verano entrando por la terraza abierta—. La niña se quedará con las posesiones de su madre y ya habrá tiempo de buscarle marido.

 

»¿En qué piensa el señor Ishikawa? —se preguntaba la capitana Asai en una cena con la regente, Nao, Araya Souren y otros consejeros—. La chica tiene la cabeza de su abuelo y el brazo de su tío. No puede encerrarla en la torre del castillo o desterrarla a Aimi. Será una de nuestras generales del mañana.

 

De noche, la regente con un sencillo yukata y una bata, Araya Souren al fondo, fundido en las sombras, y Nao.

»A la vuelta del retiro, antes de la boda, coincidirás con Maruyama y harás que caiga ante tus encantos. Es necesario que quedes embarazada y él tiene fama de tener una semilla fuerte y ser discreto.

»No entiendo, tía. El señor Hideo no es tan mayor y, bajo su aspecto de burócrata, se ve que está en buena forma. Estoy segura de que podré darle un hijo.

»Hideo es estéril. Si no lo fuera, de todas las mujeres que mi hermano metió en su futón tras emborracharle en las cortes de verano, tendríamos algún bastardo de reserva por si le ocurriera algo a Reiko. Y necesitamos que tenga un hijo pronto que haga que se olvide de esa obsesión que tiene con su mujer, su hermano y su hija. No sé qué ocurrió en la muerte de su padre para que se diera cuenta, pero si no lo controlamos puede hacer una locura.

El asalto mental las dejó agotadas. Reiko ayudó a Nao a salir del baño y a vestirse y llamó a su dama de compañía para que la llevara a sus aposentos. Luego, fue a su habitación y se acostó, haciéndose un ovillo bajo la manta, aguantando las lágrimas, la rabia y las ganas de gritar.

 

Manobu Raiden montó guardia frente al baño hasta que Reiko lo despidió. Luego, al buscar un sitio donde dormir, se encontró con Midori, a quien no veía desde el otoño, así que no les importunaremos mientras recuperan el tiempo perdido.

Sakura, un cuento de Lannet 3×06. Con Hosoda Genji (Menxar) e Ishikawa Reiko (Charlie) y la colaboración especial de Manobu Raiden (Norkak).

Segunda parte de la última sesión. Mucho, muchísimo roleo con el que los jugadores consiguieron brazos extra para el peligroso final de la campaña. Y donde se desveló la verdadera naturaleza de la desventaja Secreto inconfesable de Reiko (puede decirse que el máster es un poquito cabrón) y Genji recuperó su espada y su silla de montar.

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