Sakura — Trae la primavera

El dominio de los Masaki seguía en una paz inestable, antesala de la guerra. El señor Buntaro gobernaba, con una paciencia y prudencia raras en él, el señor Otomaro se recuperaba y ya daba sus primeros y cortos paseos, la señora Akiko estaba radiante y los roces fronterizos con los Shiki dejaban ya un rosario de heridos y algún muerto. El duelo entre Kato Misaki y Nakano Hisao había caldeado los ánimos, envalentonando a unos y haciendo que los otros buscasen venganza.

Estando así las cosas, la llegada del grupo fue recibida con alegría por la vuelta de Kato. El samurái pasó los días siguientes de patrulla, haciéndose ver y tranquilizando, con su mera presencia, los ánimos en la frontera.

Días de descanso en el dominio Masaki

Mientras, Reiko preparaba la subida a Montaña Blanca. La abundante nieve caída en el largo invierno y el sol de mayo, que luchaba por calentar en las horas centrales del día, traían peligro de aludes y hacía suicida aventurarse sin un buen guía. Ella y Genji querían al que contrataron en su anterior viaje, pero éste vivía en el otro lado del paso, en la vertiente sur de los Nanasiyama. ¿Cómo contactar con él?

La joven, dada las capacidades del guía, sospechaba que se dedicaría a actividades ilícitas, como contrabando, caza furtiva…, y decidió buscar a alguien dentro del dominio que pudiera tener contacto con él. Encontró un fumadero de opio en la Encrucijada, ese cruce de caminos donde se levantaba un pequeño pueblo y las principales posadas, tabernas y establecimientos públicos del dominio y que ya habían visitado en el asunto de la traición del chambelán Tadanobu.

Entró ella sola, con el tanto de Washamine como presentación. La madam que dirigía el negocio, una mujer menuda de cincuenta y tantos años, reconoció el sello del arma y aceptó compartir un té y hablar de negocios con la muchacha de mirada acerada. Mientras Genji se desesperaba caminando calle arriba y calle abajo, Reiko lograba que la madam mandara aviso al guía a cambio de llevar una carta a Washamine.

Tuvieron que esperar varios días mientras el aviso llegaba al guía y éste cruzaba el paso, días que aprovecharon entrenando, recorriendo los alrededores, enseñando a Eri la cueva donde recuperaron a Matsukaze, revisando el archivo de los Masaki o, simplemente, descansando y recuperándose. Temiendo la llegada de onis o del grupo de Honjo que siguieran su rastro, Genji se sumó a las patrullas de Kato, mas nada encontraron.

Por fin se pusieron en marcha, tras el aviso de la madam. Salieron al alba, se encontraron con el guía más o menos donde los había dejado la vez anterior a media mañana y emprendieron la pesada subida a Montaña Blanca. Fue una subida difícil, con la nieve cada vez más húmeda conforme avanzaban las horas bajo un sol de mayo con ganas de protagonismo y que puso a prueba toda la pericia de Genji para manejar las monturas.

Llegaron poco antes de ponerse el sol y fueron recibidos con gran alegría por el viejo ermitaño y sus mujeres. Fueron atendidos de inmediato, bombardeados a preguntas y obligados a contar sus aventuras desde su anterior visita (tanto Reiko, Hitomi y Genji como Eri y Takumi, los cinco que habían pasado antes por allí). Tras la cena, disfrutaron de las aguas termales. Genji se relajó con Aoi, la muchacha con la que había estado en la anterior visita, y disfrutó viendo cómo Kato, pese a sus quejas, era asaltado por el resto de mujeres y arrastrado a la gran poza baja.

Por la noche, el viejo, Eri y Reiko estuvieron hasta tarde reunidos. El eremita presentó un ritual doble que convenció a Eri: un matrimonio entre el Señor del Invierno, representado por el tanto de Minako-hime, y la Señora del Verano, el tanto Shimazaki, y, luego, la presentación de la hija de ambos, la Primavera. Reiko abogó por hacerlo en Tsukikage, pero Eri no estaba de acuerdo por lo difícil que sería defender el santuario en caso de ataque. Reiko, recordando que parte de los acompañantes de Okuzaki Jin durante el ritual previo se habían quedado en la ciudad, cedió y aceptó hacerlo en Montaña Blanca, aunque aún temía que el viejo hiciera algo indecente.

A la mañana siguiente, bien temprano, las mujeres del santuario empezaron con los preparativos de la ceremonia. Sacaron kimonos dados como donativos, los limpiaron y arreglaron, ante el mosqueo de Genji, que sufrió que tres mujeres le tomaran medidas mientras cuchicheaban y se reían. Eri, como sacerdotisa, ayudó en todo. Los samuráis, por su parte, se reunieron fuera para preparar la defensa. Todos esperaban un ataque.

El santuario era un edificio sencillo: dos paredes de piedra que cerraban una cueva natural. Tenía una gran sala que hacía tanto de templo como de dormitorio comunal y tres celdas anexas, una del viejo eremita y las otras dos para acoger a los visitantes. Se abría a una explanada. A la derecha, mirando desde la explanada al templo, arrancaban los toscos escalones que llevaban a las pozas de aguas termales, más arriba. A la izquierda, rodeando el pico, había más cuevas de tamaño dispar, usadas como almacén, despensa, secadero de carne o hierbas y, ahora, también establos. El único acceso era a través de una cresta que llegaba hasta la explanada y permitía el paso de monturas. Por cualquier otro lugar ya obligaba a realizar una arriesgada escalada.

Takumi se ofreció a vigilar la cresta y Reiko pidió al guía que montase algunas trampas sonoras camino abajo. El ermitaño les dijo que Montaña Blanca nunca permitiría que subieran onis hasta el santuario, pero Reiko no se olvidaba de Honjo Satoshi y su habilidad para invocarlos.

Takumi, de guardia en la explanada

El día transcurrió tranquilo, con las mujeres atareadas y los samuráis vigilantes. No vieron a nadie subir la montaña hasta la tarde, cuando una espesa niebla los cubrió, impidiendo ver nada más allá de cincuenta pasos. Para esa hora, los participantes en el ritual estaban en las distintas dependencias del santuario, vistiéndose. Takumi quedó solo fuera.

Las mujeres del santuario hicieron un buen trabajo. Reiko estaba arrebatadora como el novio, el Señor del Invierno. Era tan alta como Genji y tenía casi la misma espalda, así que combinaba un porte masculino con un bello y delicado rostro que despertó suspiros. Su compañero estaba incómodo, atrapado en un hermoso kimono femenino de tema invernal. Por primera vez en todo el viaje se alegró de que Manobu Raiden y Nobi no estuvieran allí. No habría sobrevivido a la vergüenza. Eri parecía aún más pequeña al lado del gigantesco Kato, una muñeca de rostro angelical y mirada pícara vestida de novia. Hitomi, a la que le tocaba el papel de la Primavera recién nacida, aguardaba en una de las celdas.

El matrimonio entre el Verano y el Invierno fue peculiar, muy simbólico, mezclando el rito marital shukyokami con el del culto a las estaciones y con aderezos cosecha del ermitaño y su particular forma de ver la vida. Cerca del final, oyeron las alarmas puestas por el guía y Takumi asomó la cabeza para avisar que subían figuras por el camino. El viejo aceleró el ritmo para terminar el matrimonio justo cuando el daimah volvía a aparecer para soltar un lacónico “ya están aquí”.

Kato y Reiko salieron al momento, desenvainando aceros. Genji intentó deshacerse el obi y estuvo a punto de cortarlo con la espada, pero las mujeres se adelantaron, lo agarraron, se lo quitaron, cambiándoselo por uno sencillo de hombre, le ataron las amplias mangas para que no le molestaran y le despidieron con un leve empujón hacia la puerta.

Cuando logró salir, con Eri pisándole los talones, el combate ya había empezado. Reconoció la imponente figura de Honjo Satoshi, con su armadura y sus dos espadas desenvainadas. Con dos hombres y un oni intentaba forzar la entrada al santuario, enfrentándose a Reiko y a Kato. Un segundo grupo de asaltantes se había quedado al final de la cresta, frenados por Takumi. Entrevió entre la nieve la forma de un oni ashura, entre otras más pequeñas.

Genji no dudó y cargó contra el primer grupo: con el ataque a distancia de Yukikaze intentó acabar con el oni de un golpe. El oni resistió el golpe, no así uno de los esbirros, que cayó gritaron por el acantilado. Kato se desembarazó rápido del suyo y, por orden de Reiko, fue a ayudar a Takumi con apoyo de Eri y su magia.

Reiko se enfrentaba a Honjo. El samurái renegado era un consumado espadachín y hacía bailar su katana y su wakizashi con una serie de movimientos precisos y, a la vez, de gran belleza estética, aprovechando su gran envergadura. La joven, armada con dos tantos, parecía en desventaja frente al gran alcance de su oponente, pero tenía un as en la manga: leía los pensamientos y sentimientos superficiales del samurái, anticipándose a sus movimientos.

Esperó la oportunidad, a la defensiva, retrocediendo ante los embates del ronin, hasta encontrar la oportunidad perfecta: evitó la finta, se coló por el hueco, atacó a fondo, el tanto de Minako-hime mordió y se retiró llevándose tres dedos de la mano derecha. Honjo gritó, soltando la katana. No le dio tiempo a recuperarse: un segundo ataque hendió la armadura, dejando una fea herida al costado. En retirada, el tanto de Washamine, colándose bajo la guarda del wakizashi, cortaba dedos y tendones. Un postrer golpe a la garganta, bajo la máscara facial, lo hacía caer inconsciente y medio asfixiado.

Justo a tiempo: Genji volaba en ese momento por los aires, arrollado por el oni. Se estrelló contra la pared del santuario y quedó sin aliento. Intentó levantarse, le fallaron las fuerzas y cayó inconsciente. De la pierna derecha, desgarrada por el monstruo, manaba sangre en abundancia.

Reiko se interpuso y atacó al oni, mientras llamaba a Eri para que atendiera al samurái. No fue necesario: había caído junto a la puerta y varios brazos lo agarraron y lo arrastraron al interior.

El demonio no fue rival para Reiko. Les tenía tomada la media a los de su especie: atacó con saña el miembro viril, obligando al monstruo a protegerlo, doblado por el dolor y ofreciendo una defensa llena de aberturas. Tenía ya un brazo torpe, herida de Genji, y sucumbió pronto.

En el otro flanco, la llegada de Kato había sido providencial. Ocupándose de los ronin y bandidos, dejó espacio a Takumi y a Eri para que acabaran con el oni ashura.

Terminado el combate, hicieron limpieza: tiraron los restos de los oni por la ladera. También los cuerpos de los ronin y bandidos, tras rematar a los supervivientes. A Honjo le atendieron las heridas, lo ataron y lo encerraron. Luego, se purificaron y siguieron con el ritual, con la presentación de la Primavera, una Hitomi histérica, vestida como un bebé, sin poder moverse y tras haber escuchado todo el enfrentamiento por la ventana de la celda.

—¿Y ahora? —preguntó Reiko.

—Ahora el equilibrio se ha restablecido —contestó el viejo de la montaña—. La primavera vendrá y traerá el deshielo y el florecimiento. Una primavera corta, pues el verano ya aguarda a la vuelta de la esquina. Será un año difícil para los campesinos, pero nada comparado con un invierno interminable.

»Ahora descansad. Mañana haremos un ritual del renacimiento, para que dejéis atrás el peso de estos días y encaréis vuestro camino futuro sin remordimientos.

A la mañana siguiente, recibieron el alba en las pozas termales. Una ceremonia sencilla y revitalizadora. Las heridas se les curaron y el pelo y las uñas les crecieron como si hubieran pasado varios meses. Las mujeres del santuario estaban preparadas y aquello se convirtió en una fiesta con risas, chapoteos y cortes de pelo.

Las pozas de Montaña Blanca

 

Genji renunció a volver a hacerse la tonsura de samurái, que ya llevaba descuidada, y pidió a las mujeres que le dejaran el pelo largo, para cogérselo en una cola de caballo. Cuando terminaron de arreglárselo, se dio un baño rápido y bajó en busca de Aoi: la muchacha no había participado en el ritual.

La encontró preparando el desayuno. Se acercó a ayudarla y le preguntó por su ausencia.

—No hubiera sido bueno —contestó ella, pasando la mano sobre su vientre.

Genji sintió como le temblaban las piernas. Se dobló en una profunda reverencia de disculpa.

—¡Me haré cargo!

Aoi sonrió.

—No tienes que preocuparte. Es tu ofrenda a Montaña Blanca. Yo te estoy muy agradecida. Montaña Blanca te está muy agradecida. No pienses más en ello.

—¿Puedo decidir su nombre, por lo menos? —Aoi asintió—. Llámala Yuki —Nieve—, por favor.

 

Kato Misaki acudió a Reiko y se arrodilló ante ella.

—Mi señora, por favor, os suplico me libréis de la promesa que de acompañaros. Vuestro camino va hacia el sur, lejos de las tierras de mi gente. No puedo irme y dejarlos a merced de los onis del shugenja Gonbu.

—Os comprendo y os libero de vuestra promesa. Matsukaze se forjó para luchar contra los onis y los sirvientes del Dios Insidioso, como Yukikaze, y va a hacer mucha falta en el norte, donde siempre ha estado.

—Iré con Shimazaki Takumi y Shimazaki Eri. Dicen que, ante la llegada del Dios Insidioso, los daimah deben abandonar las sombras y volver a la lucha.

Los tres partirían esa misma tarde. Sus hazañas serían cantadas por los poetas de los años venideros, pero es otra historia y debe ser contada en otra ocasión.

 

Reiko y Hitomi hablaron esa tarde, en la tranquilidad del baño. Tanto la samurái como Genji se habían encariñado de la acólita y, por eso mismo, eran reacios a seguir arrastrándola en sus aventuras. Reiko quería sondear las intenciones de la muchacha.

—El señor Kato me pidió que fuera con él y me quedara en el dominio. Le dije que no, no estoy preparada para estar con un hombre.

—Vamos a pasar por Tsukikage. Si los Okuzaki se han hecho cargo del Templo de las Cuatro Estaciones, puedes quedarte allí.

—Ya no es mi hogar. No estarán mis amigas ni nadie que conozca y, con mi edad, empezarían a buscarme matrimonio —Disimuló una lágrima—. ¿Ya no me necesitáis? ¿Ya no queréis que vaya con vosotros?

—¡Oh, Hitomi! Te quiero como a una hermana y, por eso mismo, no quiero arrastrarte en nuestras aventuras y exponerte a los peligros. Ronin, onis, hechiceros y ninjas. ¿Quién sabe a qué nos enfrentaremos mañana?

—Me da igual. Me siento segura con vosotros. No quiero quedarme sola.

Las dos muchachas se abrazaron entre sollozos.

 

Esa misma noche, Reiko y Genji interrogaron a Honjo Satoshi.

—No puedes coger una espada ni para suicidarte, Honjo, y no puedes llamar en tu ayuda a esos demonios tuyos. Un fin patético. Ahora habla y dime lo que quiero saber o haré correr la voz de que te tengo y a cada víctima tuya que venga pidiendo venganza le dejaré cortarte un pedazo. Y te mantendré con vida, un despojo cada vez más inútil, hasta que tus propias víctimas supliquen que te dé muerte por piedad.

El ronin no pudo evitar un escalofrío. No había rastro de piedad en la mirada acerada de la joven muchacha.

—Así que dime dónde puedo encontrar a Kamyu Arata —continuó Reiko.

La joven acompañó su pregunta con un asalto psíquico en toda regla. El ronin se encogió, quizás por las amenazas, quizás porque sentía la presión en su mente.

—¡No lo sé! ¡Juro que no lo sé! Hay un buhonero. Jinbo, se llama. Él nos trae las órdenes de los cuatro shugenjas y del shogún oscuro y le damos nuestros informes. Viaja por las carreteras principales: la de Setsu, la de Aimi, la de Koga y la de Hanamura —Eran las cuatro grandes carreteras que salían de la capital, Tsukikage—. Deja una vela encendida y una tela roja en la ventana de la posada donde se hospeda, así contactamos con él.

 

Las posesiones de Honjo se las repartieron. El ronin llevaba un daisho de gran calidad. Si las espadas eran suyas, pruebas de que sería un samurái de una familia de cierta importancia, caída en desgracia, o robadas, no se lo preguntaron. Reiko las tomó para sí, pues con la llegada de la primavera el tanto de Minako-hime perdería poder. También tomó la vaina de katana de Genji, que le regalara Washamine. El samurái cogió de la de Honjo, un tesoro de valor incalculable, una de las quince Taiyonotsuki, forjadas por los kami en la antigüedad.

Partieron al alba. El viejo eremita y las mujeres del santuario insistieron en que se quedaran unos días y ellos mismos lo deseaban con toda su alma, pero, con la primavera de vuelta, no podían arriesgarse a que el deshielo los bloqueara allí arriba o, peor aún, a que les sorprendiera un alud mortal.

Sakura, un cuento de Lannet 2×13. Con Hosoda Genji (Menxar) e Ishikawa Reiko (Charlie).

Fin de la segunda temporada. Una sesión que iba a ser muy corta (el encuentro con los onis de la entrada anterior y, quizás, la llegada a las tierras Masaki) y que se fue alargando. Gané todo el tiempo que pude con la reunión entre Reiko y la vieja del fumadero de opio (improvisada: fue a Charlie a quien se le ocurrió tantear los bajos fondos locales para contactar con el guía), pero, al final, me tocó dirigir la ceremonia. No quedó mal, aunque me hubiera gustado prepararla más.

El enfrentamiento final con Honjo fue muy tópico, sí, pero creo que era lo que la escena necesitaba. Sobrevivió (no contaba con ello) y ahora queda ver qué planes tienen para él mis jugadores.

Esta entrada ha sido publicada en Sakura.

Un comentario para “Sakura — Trae la primavera

  1. El caso es que la montaña avisó, aunque no supe interpretar el aviso. Aunque, que una corriente de de agua helada te roce los riñones mientras retozas con una joven en unas termas y sólo lo notes tú…

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