Sakura — La aldea de Shiro

Asakura Kujaku seguiría su propio camino, aunque Reiko siempre sospechó que Arata había tenido algo que ver, y ellos continuaron hacia su encuentro con el shugenja oscuro. La propia Reiko, Genji, Hitomi y Asai Yoriko en un principio. Luego, una vez se tranquilizó la situación en el santuario, les siguió la capitana Akiko con el joven onmyoji Naoki y con Manobu Raiden, que se había dejado caer por el templo en busca de noticias de Reiko.

Así, los siete, no todos samuráis, llegaron a la aldea de Shiro, donde se encontraba el santuario de la Casa Blanca, lugar de la cita con Arata. Una aldea dispersa en el bosque, con granjas y edificios repartidos entre cerros y valles y pocas zonas de cultivo. El núcleo principal del asentamiento lo formaban el propio santuario, una posada y unos pocos edificios de uso común. La capitana Asai Kikuko había estado en el santuario una vez, años atrás, y pudo explicarles lo que se encontrarían.


El santuario de la Casa Blanca

No entraron todos a la vez: primero fue, para tantear el terreno, Manobu Raiden. Vestido como un simple ronin, con el caballo del onmyoji, llegó a media tarde y buscó un buen sitio en la posada y tomó su shamisen, llamando la atención de un tal Koshiro, hombrecillo de mediana edad de aspecto anodino.

—Tocas bien —le dijo, sentándose a su lado e invitándolo a sake.

—Se me da mejor la espada —repuso el joven.

—A un virtuoso de la música y de la espada nunca le faltará trabajo. ¿Amenizarías la cena de mi señor esta noche?

Siguiendo las indicaciones del hombre, pidió alojamiento a los monjes del santuario. Tras la frugal cena, Koshiro fue a buscarlo y lo llevó a la pagoda. Una estrecha pasarela subía por su hueco interior, entre un laberinto de vigas y pilastras, dando acceso a las terrazas y, por último, a una habitación en lo más alto. Era difícil saber su verdadera función, quizás un observatorio astronómico o un lugar de recogimiento. Allí se encontró Manobu con Kamyu Arata: usaba la estancia como vivienda y un sencillo biombo separaba la zona de dormitorio del resto de la sala. El mago, presentado por tal nombre por el propio Koshiro, era un hombre de mediana edad, complexión delgada y aspecto sombrío. Manobu sólo había visto al onmyoji Araya Souren una vez, durante la segunda boda del señor Ishikawa Hideo, y de lejos, así que no pudo asegurar si Araya era Arata.

Arata tenía la única compañía de una joven alta, cuyos delicados y aristocráticos rasgos contrastaban con una mirada de acero. Izumi, la presentó Koshiro. Su posición en la sala, más que como criada, geisha o amante, la identificaba como guardaespaldas. Manobu desterró el miedo de su corazón —si lo descubrían, no tendría tiempo de arrepentirse—, hizo una reverencia y tomó su shamisen.

 

La siguiente en llegar fue la capitana Asai Kikuko. Su inconfundible figura hacía imposible disfrazarla. Para justificar su presencia, se les ocurrió repetir la maniobra del sogún, esto es, hacer que fuera de escolta de un señor de incógnito. Cogieron a Naoki, el onmyoji, lo vistieron con las ropas masculinas de Reiko, le pusieron un sombrero cónico que le tapaba el rostro, le dieron el daisho de Asai Yoriko y casi que lo ataron al caballo de batalla de Manobu Raiden. De esta guisa se presentaron a disfrutar de los bellos parajes.

Los acompañaba Hitomi, vestida con las ropas de Naoki. La razón era simple: Arata estaría esperando a dos ronin y una miko, pero ellos necesitaban que Asai confirmara que el shugenja era Araya Souren. Quedando fuera la capitana, su sobrina debía ir con Reiko y con Genji. Por eso se disfrazó con las ropas de la miko y la muchacha tuvo que ir con la capitana.

Si a media mañana llegaba el grupo de la capitana, por la tarde lo hacía el de Reiko. Pronto, fueron captados por Koshiro y, con las mismas instrucciones, se alojaron con los monjes y fueron llevados al caer la noche a presencia de Arata. Durante el trayecto, Asai Yoriko se fijó en un extraño cementerio ceremonial dentro del recinto. Una tumba, engalanada con adornos y posesiones que se adivinaban de muchas personas distintas, llamó su atención: estaba dedicada a Ishikawa Reiko. Aquel pueblo era una trampa mortal.

 

Gran decepción: no se parecía al Araya Souren que conocían, más allá de complexión y edad parecidas. Imposible saber si no eran la misma persona o si el brujo usaba su magia para cambiar de aspecto. La conversación con el shugenja tampoco dio grandes resultados: Reiko intentó usar la negociación por la entrega del tanto de Minako-hime y de Yukikaze para sonsacar algo al brujo, que terminó perdiendo la paciencia, aunque antes afirmó que Ishikawa Reiko sólo había podido llorar como una niña cuando el señor Hideo fue asesinado por su hermano. Para Yoriko, aquello terminó de confirmarle la inocencia de la joven.

El combate que siguió fue duro y desesperado. La traición del ronin del shugenja cogió por sorpresa a Arata, Izumi y Koshiro. El mago sumió la habitación en una oscuridad pegajosa e innatural, una situación con la que sus compañeros debían estar acostumbrados. Pero nada le salió como esperaba: Genji uso Las nieves eternas de Minako-hime, el mortal ataque a distancia de Yukikaze, para lanzar un golpe a ciegas que hirió a Arata y derribó a su guardaespaldas, Izumi; y los refuerzos que debían acudir tardaron unos segundos preciosos en poder abrir la puerta, atada sin que nadie se diera cuenta por Yoriko. Por las ventanas, sin embargo, entraron varios ninjas, que derribaron a Genji con armas envenenadas.

Arata, viendo que las cosas pintaban bastos, huyó por una trampilla oculta que lo llevó a los sótanos de la pagoda y de ahí, por un angosto pasadizo, hasta el exterior, en el bosque, más allá de la aldea. Yoriko, tras conseguir desembarazarse de un ninja especialmente correoso, lo siguió y le oyó decir que debía llegar antes a la regente antes de que se le escapara. Tres ninjas entraron en el pasadizo con barriletes de pólvora, con orden de volar la pagoda. La joven se deslizó entre ellos y provocó la explosión de los barriletes en el túnel, logrando salir por los pelos. En el bosque, sólo pudo contemplar con impotencia las huellas dejadas por las monturas de Arata y sus acompañantes.

En la pagoda, Reiko y Manobu Raiden seguían luchando. La joven estuvo cerca de morir al perder el control de sus poderes intentando afectar al shugenja y el muchacho la escoltaba hacia la misma trampilla. Izumi, Koshiro y algunos ninjas habían caído ya, pero llegaba en auxilio una nueva oleada de shinobi y un maduro ronin de aspecto amenazador. En cuanto logró derribar la puerta, había ordenado a Arata retirar la oscuridad. En seguida, se hizo cargo de la situación:

—¡Tomad a Izumi y la espada —ordenó a los ninjas supervivientes, refiriéndose a la guardaespaldas de Arata y a Yukikaze— y salid de aquí! ¡Dejadme el resto!

Desde su posición no veía a Reiko, cubierta por el biombo. Raiden la empujó, para que no saliera, y retrocedió para proteger la katana. El ronin se interpuso entre la espada y el joven.

Cruzaron aceros. El ataque del ronin era perfecto y mortal, pura rapidez. Raiden se movió por instinto y sólo cuando su espada se dirigía al cuello de su oponente, lo entendió.

—¡Kyouki-ryu! —exclamó al reconocer la escuela de esgrima—. ¡Shingen-dono!

Efectivamente, era el tío de Reiko y asesino de Ishikawa Hideo, el señor Shingen. Al ir todos disfrazados, no se habían reconocido hasta enfrentarse en combate.


El encuentro emotivo del día

El tiempo pareció detenerse. Luego, Raiden giró, rodeando al ronin y encarándose a los ninjas. Derrotados, se volvió hacia Shingen. También Reiko observaba a su tío, sin terminar de creérselo. Incluso con todos los ninjas del mundo queriendo matarlos, hacían falta explicaciones.

Entonces, explotaron los barriles de pólvora de los ninjas. Gracias a la intervención de Yoriko, no habían podido ponerlos en los cimientos del santuario, pero toda la estructura tembló y se inclinó como si fuera a venirse abajo, cayendo tejas, puertas y enseres. La charla tendría que esperar: recogieron al paralizado Genji y se deslizaron por la bamboleante estructura.

Abajo los esperaban los falsos monjes del santuario. Se vieron rodeados por una docena de hombres armados con lanzas y naginatas. En la puerta del santuario, el resto de los monjes intentaba parar a la capitana Asai Kikuko, que ya había cruzado las puertas. Otros ninjas llegaban ya, saltando los muros y buscando puntos de disparo.

Reiko avanzó dos pasos y señaló con la espada a los presentes.

—¡Soy Ishikawa Reiko! ¡He matado a vuestros padres, hermanos e hijos! ¡A todos los que habéis mandado a por mí! Este es mi tío Shingen, la mejor espada del sur de Lannet. Aquélla es la capitana de la guardia de la familia Asakura, Asai Kikuko. Hemos venido a matar a Kamyu Arata y ahora vamos a salir por esa puerta, coger los caballos e irnos en paz.

»Y si alguien se atreve a levantar un arma contra nosotros, a dispararnos una flecha o a tirarnos una mísera piedra, os juro por todos los kami que mataré a todo hijo, hermano y padre de esta aldea. A hombres y mujeres. A abuelos y niños de pecho. Hasta que no quede nadie con vida en esta maldita aldea.

Bajó la katana y avanzó con paso firme hacia los monjes. Tras ella, Shingen dejó que Manobu cargara en solitario con Genji y avanzó tras su sobrina, con la katana envainada y la diestra cerca de la empuñadura. Los monjes abrieron el círculo, como lo abrieron también los que rodeaban a la capitana. Los ninjas no hicieron nada, más allá de seguirles con la mirada y los arcos.

Salieron los cinco así del santuario. Se les unió entonces Yoriko, que se había deslizado por el bosque sin ser vista, y llegaron a la posada. Un grupo de jóvenes rodeaba al onmyoji y a Hitomi, que los mantenía a raya con una naginata. Recogieron sus cosas, tomaron sus monturas y abandonaron la aldea.

 

Cuando se fueron, estalló una actividad frenética. Shiro era el hogar del clan shinobi Oshin, uno de los pocos al servicio del Dios Insidioso. Habían mantenido el secreto durante siglos. Ahora, con sus mejores guerreros con Arata o muertos o dispersos por Lannet, no habían podido defender su hogar. Aguantándose las lágrimas, empezaron a recoger sus enseres.

Sakura, un cuento de Lannet 3×05. Con Hosoda Genji (Menxar) e Ishikawa Reiko (Charlie) y la colaboración especial de Asai Yoriko (Teniente Du’Pont) y de Manobu Raiden (Norkak).

Partida nutrida para mis estándares (¡4 jugadores!) y primer enfrentamiento con el malo. Hubo de todo, en especial buenas ideas: dividirse para entrar en la aldea, usar al onmyoji como cobertura para la capitana y llevar a Yoriko disfrazada de Hitomi en el grupo principal. ¡Y dos sombras, tras una campaña notando la falta de personajes con habilidades de subterfugio!

El combate principal salió regular para todos los presentes: Yoriko, al bloquear la puerta con sus cuerdas y nudos, retrasó a Shingen tres asaltos, dándoles ventaja, pero quedó trabada en un combate estéril con un pnj dos niveles inferior. Genji eliminó de primeras a Izumi, uno de los pnjs que más me había costado hacer, con un ataque totalmente a ciegas y con muchas tiradas abiertas para caer después víctima de un veneno que estaba destinado a Reiko. Ésta casi se mata ella sola al forzar un Muerte psíquica y Manobu volvió a romper esquemas con una contra brutal contra Shingen. Y yo perdí a dos pnjs (no muertos, pero si demasiado malheridos para que participaran en el resto de la campaña) y fallé en mi intento de quitarles al menos una de las armas.

A la salida, todavía les quedaba la aldea, que se solventó con una escena a lo Sin perdón.

En general, creo que fue una buena partida. Seguí notando, empero, la falta de ritmo y me costó llevar a tantos jugadores y es posible que en algún momento desatendiera a alguno.

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