No importa los años que pasen, hay canciones que te devuelven en sus primeros compases a un momento o a un lugar determinados.
En 2º de BUP (hablo de primeros de los 90), me leí por primera vez El señor de los anillos. No lo leí antes porque no conocí a Tolkien hasta ese curso: en el primer trimestre, en literatura, una de las lecturas era El hobbit.
Resultó que mi tía tenía El señor de los anillos en una edición del Círculo de lectores y me lo prestó. Resultó también que me compré entonces el álbum Cantilena de Bill Douglas (al que tuve ocasión de ver, por cierto, a los pocos años en un concierto en el teatro Monumental de Madrid). Me lo compré en cinta (para tener un reproductor de CD tuve que ganar antes un premio literario, pero eso es otra historia) y, por esto de ser nuevo, lo tenía de continuo en el radiocasete. Se convirtió así en mi banda sonora para el libro primero.
De alguna forma, ambos han quedado en mi memoria unidos de forma indisoluble. Esta mañana, camino del trabajo, ha empezado a sonar la pieza de apertura, Diamond Dance, y, automáticamente me he sentido transportado a los verdes prados de la Comarca y a mi yo de quince años que exploraba aquellos campos por primera vez.








