Baile de máscaras — Venganza por el hijo muerto

El verano de Jacques Lafleur fue movido. Como seguía con la cabeza puesta a precio por el conde de Malache, por el duelo con su hijo en Dupois, en primavera, contrató a un par de guardaespaldas para librarse de celadas. Esto disparó los rumores sobre su falta de bizarría en los mentideros de Chaville, donde no se conocían los detalles de la historia, y terminó resolviéndose, como no podía ser de otra forma, con un reguero de duelos que dejaron varios heridos, incluyendo a su hermano Julien, y un muerto.

…contrató a un par de guardaespaldas…


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Baile de máscaras — Verano: Julien

A Julien le consumía el peso de la maldición que veía recaer sobre sus hombros desde la fatídica patrulla en que el virote le atravesó el pecho, a la altura del corazón. Sentía que debía haber muerto ese día, con el resto de compañeros que no volvieron de aquella misión. Recordaba la mirada de terror de los bandidos al verlo. Recordaba la mirada perpleja del cirujano. ¿La maldición le había caído a él por algún motivo desconocido? ¿O era algo de su linaje? Decidió visitar el château de su familia y buscar en la polvorienta biblioteca por si encontraba un diario de algún antepasado que contuviera respuestas.


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Baile de máscaras — Verano: Michel

Michel Laffount, tercer hijo del conde de Gévaudan, volvió a casa cambiado. Quizás porque partes muy internas de él habían visto la luz del día. Consciente de su mortalidad, consciente de la oscuridad de su alma y consciente, también, de que su vida de joven adinerado juerguista y mujeriego no era una vida de la que sentirse orgulloso cuando tocaba verla pasar ante sus ojos.

Dejó el cómodo puesto en el ayuntamiento que le había conseguido su padre y se lanzó a abrir su propio negocio, una línea de alta costura, aprovechando tanto el tirón que había tenido su traje para en el Gran Baile de Máscaras de Dupois como los recursos de su familia, de cuyas rutas comerciales podría obtener los tejidos y elementos exóticos que necesitara. Su padre, comerciante hasta la médula, se alegró de que su hijo buscara su propio camino y le ofreció todo el apoyo familiar en los difíciles primeros años… a cambio de un buen paquete de acciones, claro.


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Baile de máscaras — Verano: Colette

A la vuelta a Chaville, Colette tuvo que dar muchas explicaciones a sus padres. Al enfado que tenían por haberse embarcado en tal aventura, se sumó el que había sido descubierta. Noel, que ya había sido blanco de la primera fase del enfado, a su vuelta de Dupois cuatro semanas atrás, no se escapó de esta nueva andanada. Aun así, la peor parte se la llevó Colette. A fin de cuentas, era una señorita y quien debía cuidar de su hermano. ¡Irse al monte con tres varones! ¡Y dormir con ellos al raso! ¡Qué vergüenza, si se entera la gente! ¡Ay, que me da! El padre no le dirigió la palabra durante semanas y la madre se pasó varios días llorando. ¿Qué le estamos haciendo a nuestra hija? ¿No sería mejor renunciar al título y la fortuna familiar y dárselo todo a esos malditos Mazet? Pero, entonces, ¿quién querría casarse con ella? Y si seguimos con la pantomima, ¿a qué vida la estamos condenando?


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Baile de máscaras — El Culto de la Carne

Empezamos la siguiente sesión con Michel gravemente herido, con tres o cuatro semanas por delante antes de poder levantarse de la cama. En los días y, sobre todo, noches siguientes muchas personas abandonaron el pueblo, a veces familias completas. Miembros del culto o gente aterrorizada.

Una de las primeras cosas que hicieron fue registrar la vivienda de Laora. Hallaron un libro de registros, parcialmente en clave, de donde pudieron averiguar los nombres de varios de los miembros del culto, un seguimiento de alguna de sus víctimas (como el padre Bertin), un informe de reuniones… Liliane Trouvé no aparecía como tal, pero la identificaron con unas iniciales que se repetían, referidas al envío de chicas y chicos a Chaville y otras cosas, como avisos e instrucciones, y supusieron que debía ser la superior del culto o una de sus cabecillas. En todo caso, no obtuvieron pruebas sólidas que les permitiera ir contra la hija de un marqués.

El viaje de primavera: de Chaville (6) a Dupois (1); de ahí, por barca, a Grausse (2); en mula a Ourges (3); en carro y con cuidado con los baches hasta Le Drac (5) por Voillemont (4) y en barco de vuelta a Chaville.


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Baile de máscaras — La Bestia de Ourges

Me van a disculpar (si es que a alguien le interesaba), pero tiro la toalla. Voy a dejar la novelización de la campaña de Ánima Beyond Fantasy Baile de máscaras, pues me consume un tiempo que estaría mejor dedicado a preparar las siguientes aventuras. El objetivo de estas entradas es servir de recordatorio de lo jugado y ya llevo tal retraso que mi memoria empieza a tener lagunas preocupantes. Súmese a esto que es una campaña que me está costando mucho mantener en marcha y que los jugadores la lían en cada sesión: dan mucho juego, pero, al mismo tiempo, hace que todo sea muy caótico. Así que voy a seguir en plan resumen, desde el punto de vista del máster, y esperando que las lagunas que deje las rellenen los propios jugadores.

Decíamos ayer que nuestros cuatro protagonistas (Julien y Jacques Lafleur d’Aubigne, Michel Laffount de Gévaudan y Colette Leclair de Dunois, ésta haciéndose pasar por su hermano Noel) llegaron al pueblo de Ourges, acompañando al joven sacerdote Daniel Magloire. Habían ido a Ourges porque el pueblo estaba apartado y a ellos les interesaba desaparecer de la circulación unas semanas, tras un roce con el conde de Malache. Habían ido, también, porque del pueblo era uno de los malhechores que habían asaltado a Eloise de Ferdeine en la ciudad de Dupois y parecía estar relacionado con La Víbora, una peligrosa organización criminal (que tomaba el nombre de su jefe) de Chaville, la capital. Y, por último, iban con el sacerdote porque éste llevaba muchos meses sin saber de su maestro Bertin, párroco de Ourges.


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Baile de máscaras — Susurros

Dejaron atrás la aldea maldita de Grausse tan pronto pudieron. El sacerdote Daniel Magloire ofició el funeral por los dos fallecidos, Johanne Chéron y Roger Parmentier; confiaron las posesiones de ambos, rescatadas del caos del campamento, al alcalde y le encomendaron también dar parte de sus muertes, aconsejándole no mencionarles para evitar problemas con el conde de Malache. Las muertes fueron achacadas a un oso herido y furioso que irrumpió en el campamento y ahí quedó todo.

Los de la aldea no se habían visto tan afectados por la oscuridad del monolito y tampoco el padre Daniel, que había pasado casi todo el tiempo en la aldea, ocupándose de la iglesia. Grausse no tenía párroco y era costumbre que el de Ourges se pasara una vez al mes o así, pero del viejo Bertin no sabían nada desde octubre, lo que inquietaba al joven sacerdote.


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El misterio de la hija de la mercera — Notas de la aventura

El otro día El Runeblogger me pedía las notas de El misterio de la hija de la mercera, adaptación de La farola de piedra, relato de Kido Okamoto de la serie dedicada al detective Hanshichi. Como le debo el hacer que me fijase en la aventura Beneath an Opal Moon que sirvió de arranque a Sakura, me he puesto manos a la obra. Mi primera intención ha sido escribir un módulo, pero soy incapaz de escribir una aventura para que la juegue otra persona, así que vamos con unas notas del máster todo lo detalladas que puedo, que espero sirvan de base por si alguien decide adaptarla a su mesa y jugarla.

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El misterio de la hija de la mercera

Hace un par de días retomamos a los samuráis Saito Mori y Tanaka Yasunobu, los «oficinistas» que vimos en El misterio del cadáver decapitado. Andaba (y ando) leyéndome los casos de Hanshichi, un ficticio policía en las postrimerías de la era Tokugawa cuyas andanzas las escribió, en la primera mitad del siglo XX, Okamoto Kido. Al estilo de los relatos de Sherlock Holmes, aunque más simplones y sin la garra de Doyle, dan una visión del Japón urbano de la primera mitad del XIX muy interesante para ambientar nuestras partidas. Eso, y que mucho de los relatos piden ser adaptados a aventuras a gritos. En este caso, el elegido fue La farola de piedra.


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Baile de máscaras — Bajo la sombra del monolito

El Grausse era un lago, del que tomaba nombre la aldea, que desaguaba tras un corto canal en el Carignan. En su desagüe, un istmo lo estrangulaba. En el extremo de este istmo era donde se construía el molino, aún unos cimientos medio inundados. A su alrededor, se repartían las tiendas de los zigeuner, de los patrones y del capataz, los bancos de trabajo, los cajones con suministros y las pilas de piedra basta. Un sencillo embarcadero marcaba el punto de atraque de la Trandafir.

Todo eso quedaba oculto por una niebla tan espesa que ni el sol de media mañana lograba atravesar y hacía que, desde un lado del campamento, no se viera el otro. Mas la niebla no se extendía mucho más allá del istmo, como comprobó Julien, que había salido a dar un paseo matutino con el que tonificar sus músculos. Apenas a 500 pasos del campamento, el sol brillaba, la bruma del lago, de dos o tres palmos de altura, se disipaba rápidamente y le permitía ver hasta la otra orilla, que se adivinaba pantanosa. Hacia levante, campos de trigo y cebada y alguna pradera para pasto, rodeaban la aldea de Grausse, un kilómetro y medio tierra adentro, lejos de las zonas inundables y apoyada en los boscosos montes que formaban las sierras tributarias de la cordillera de Lucille.


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