Ookami Kodomo no Ame to Yuki

Piense usted en una historia de amor entre un hombre lobo y una chica normal. Quite a Hollywood de la ecuación. Ponga a Mamoru Hosoda (la preciosa La chica que saltaba a través del tiempo). Déjese macerar y sírvase con lágrimas. El resultado es Ōkami Kodomo no Ame to Yuki (más o menos, Los niños lobo Ame y Yuki), un precioso melodrama familiar sobre los efectos secundarios que dejan las relaciones de pareja (en forma de churumbeles), el gran problema que supone criarlos y como se complica todo hasta límites insospechados si los churumbeles son hombrecitos lobos que cambian de forma cuando les da la gana. ¿Cómo hacer para que no llamen la atención hoy en día? ¿Adónde llevarlos si se ponen malos, al médico o al veterinario? ¿Qué hacer cuando quieran relacionarse con chicos de su edad?


Una apasionada historia de amor… con consecuencias

No tengo mucho más que decir de la película. Es una pequeña joya, preciosa en el dibujo y la animación y meticulosa en la narración. La versión que he visto ha sido la de Backbeard, muy recomendable.

Arrietty y el mundo de los diminutos

Este mes de septiembre ha llegado a España (con un añito de retraso, no está mal) esta adaptación libre de Los incursores de la escritora británica Mary Norton. Considerada desde su estreno una obra menor del estudio Ghibli (Porco Rosso, La princesa Mononoke), con un debutante a las riendas, Hiromasa Yonebayashi, y una sorprendente Cécile Corbel a la música en lugar del habitual de la casa, Joe Hisaishi, Arrietty es una pequeña joya y, posiblemente, la película más bonita que se ha podido ver en el cine este verano (y puede que en todo el año). Yonebayashi nos atrapa con una historia melancólica del día a día de una familia de incursores, pequeños seres de unos diez centímetros de alto que viven en el sótano de una vieja mansión rapiñando lo que pueden. No le hace falta una historia épica o absurda ni un ritmo endiablado: con un dibujo exquisito, unos colores impresionantes, unos efectos de sonido de primera y el acompañamiento musical puesto por Corbel, Yonebayashi desgrana con ritmo pausado el mundo de los diminutos desde los ojos de Arrietty, una muchacha adolescente. Sencillamente impresionante la primera incursión de Arrietty, bajo la guía de su padre, plasmada en todo detalle: el enfrentamiento a la enormidad de la casa humana, el uso de lo que han podido rapiñar (clavos, pinzas, alfileres, pilas…), la tensión superficial en los líquidos…

Un mundo, el de Arrietty y su familia, frágil y que se ve amenazado por la llegada de Shou, un muchacho humano enfermo y que descubre a Arrietty. A partir de ahí, el frágil mundo de los diminutos se tambalea, demasiado frágil ante el quehacer de los grandullones. Tiempo para un primer amor, para ver la negrura del alma mezquina, para el miedo y la esperanza. Para dejar atrás la niñez y encarar el futuro con la frente alta.

Hora y media de buen cine. Hora y media de poesía para gozar. Y con un gran, gran doblaje. No se puede pedir más.

El origen del planeta de los simios

El origen del planeta de los simios se ha convertido en la sorprendente vencedora del verano en ese peculiar duelo entre producciones donde Cowboys & aliens es la gran perdedora. Incomprensible: con un guión propio de un subproducto alemán de esos que pone tanto Antena 3, tiene un pase por la interpretación de Andy Serkins, los efectos especiales y la fotografía (ésta, sí, espectacular). Por lo demás, tiene pretensiones de ciencia ficción inteligente, al estilo de Gattaca, pero exige al espectador que no piense. Los protagonistas, salvo Serkins, no están (por Dios, ¿por qué siguen dándole papeles a James Franco?) y de los secundarios sólo se salvan los veteranos Brian Cox y John Lithgow.

La película (si no la has visto y tienes intención de hacerlo, mejor no sigas leyendo) arranca en un laboratorio de primer nivel de una importante industria farmacéutica donde se experimenta con chimpancés y se nos presenta a dos científicos locos que se pasan por ahí la ética y el más elemental sentido común: un Will Rodman (Franco) obsesionado con salvar a su padre y un Steven Jacobs (David Oyelowo sobreactuando como si fuera una comedia francesa) que sólo piensa en dólares. Seguimos viendo, entre bostezos y risas, un laboratorio de máxima seguridad donde cualquiera puede mangar dosis a discreción de los últimos fármacos en investigación y venderlos a la competencia o inyectárselos a su padre, sacar un animal vivo del tamaño de un bebé o quedar expuesto a una toxina en desarrollo sin pasar siquiera por observación. Y cómo, de paso, aparece una chica porque es una película de Holywood y tiene que haber una chica.

La parte de drama carcelario con los simios de protagonistas gana en interés. No por tópico es menos efectivo (el matón que domina la cárcel, el preso peligroso encerrado en el hoyo, el veterano bonachón que se mantiene aparte, el carcelero sádico, el carcelero tonto), con un crescendo lento y constante hasta el espectacular clímax (simios listos, policía tonta) en un puente semioculto en la niebla.

Para terminar, una plaga muy oportuna para quitar humanos de en medio rápidamente, para que los famélicos y ateridos simios puedan volver a la ciudad a saquear supermercados y casas, tras probar que la libertad en un gran bosque de secuoyas, sin las frutas y hojas tiernas de la selva tropical, sin calefacción, sin electricidad y cuando has pasado toda tu vida en cautividad no tiene maldita la gracia.

Tres lanceros bengalíes

En la década de 1930 el cine de aventuras brilló con luz propia. Nacido en una época en la que el colonialismo aún era una buena idea, heredero de la inocencia del cine mudo pero con sonido, efectos y técnicas ya modernos, desaparecería tras brillar como una nova. Oh, un Connery post-Bond nos daría esas perlas preciosas que son El viento y el león y El hombre que pudo reinar, pero el cine de aventuras colonial quedó muerto y enterrado con la Segunda Guerra Mundial.

Ver ahora estas películas tiene sus problemas: hay que bajar varias marchas nuestra mentalidad de finales del XX y principios del XXI para aceptar la natural supremacía del hombre blanco (léase inglés) sobre el buen salvaje propio de los relatos y novelas en que se basan. Algunas han envejecido mal, con unas escenas de acción francamente risibles o unos actores sobreactuados, coletazos del cine mudo. Pero otras han mantenido el tipo con orgullo y proporcionan una tarde entretenida, una vez entramos en su juego.


Los tenientes McGregor y Forysthe comentando la fauna local

Tres lanceros bengalíes entra en este tipo. Con el título original de La vida de un lancero bengalí, nos traslada a la esquina de la India musulmana, Pakistán actual, frontera con el Afganistán salvaje, donde el 41º de Lanceros Bengalíes mantiene la paz en la frontera, en un largo enfrentamiento con un cultivado y cruel enemigo, Mohammed Khan. Bajo el férreo mando del coronel Sin sangre en las venas Stone (Guy Standing, muy propio en su papel), un valiente pero indisciplinado teniente McGregor (Gary Cooper con un ridículo bigote) se convierte en la niñera de los dos nuevos oficiales del regimiento: el mordaz y guasón teniente Forysthe (un genial Franchot Tone) y el hijo ñoño del coronel Stone, un peluso recién salido de la academia (Richard Cromwell).

La película nos presenta la relación entre los tres oficiales: el pique continuo entre los dos tenientes veteranos (impagable, aunque ahora resulte muy inocente, el gag de la flauta, o el intercambio de rimas y chanzas con el caballo) y su instinto maternal hacia el pobre polluelo repudiado del tercer protagonista. Con espías de uno y otro bando y algo de alta política (en la forma de la bella Katlheen Burke como Tania Volkanskaya), nos da tiempo hasta a ver a Gary Cooper torturado. Una imprescindible del género.

Beau Geste

Beau Geste es un clásico de aventuras juvenil (de cuando los jóvenes nos dedicábamos a abordar juncos en el Mar de la Sonda o descubriendo que en el Polo Norte había un volcán, antes de tanto elfo cantarín) que narra las andanzas de tres hermanos en la legión extranjera francesa, allá donde Napoleón perdió el gorro. En el mundo anglosajón es muy popular y tuvo algunas secuelas, varias adaptaciones al cine y televisión y parodias varias (la mejor, la de sir Terry Pratchett en Soul Music). Lo que nos ocupa hoy aquí es la película de 1939 dirigida por William A. Wellman e interpretada por siempre elegante Gary Cooper dando vida a Beau Geste, con Ray Milland y Robert Preston como sus hermanos John y Digby Geste.


Markoff, colocando a un muerto en su puesto

La película es, por lo visto, un remake casi plano a plano de una anterior versión muda de 1926 que no conozco. Quizás eso explique los problemas que tiene para hilvanar la historia, estando formada por escenas que quedan sueltas y algo huérfanas. Sin embargo, es una película agradable de ver, con un estilo un tanto inocente, olvidado, común a otras películas de aventuras de la época (Tres lanceros bengalíes, Gunga Din). Pero, sobre todo, hay que verla por dos razones:

1) Todo el ataque al fuerte, empezando por el cuidado marcaje de tiempos que une el misterio del principio de la película (el fuerte muerto) con lo que pasó visto desde dentro, y terminando, por supuesto, por los muertos en sus puestos.

2) Brian Donlevy en el papel del inolvidable hijo de la gran perra sargento Markoff, el prototipo de sargento cabrón ante el que El sargento de hierro y el tipo ese de La chaqueta metálica no son sino alumnos en período de aprendizaje.

Una película obligada para los amantes del cine de aventuras y muy recomendada para directores de juego en busca de inspiración.

Misión de audaces

Misión de audaces (Horse Soldiers) no es para mí de las mejores películas de caballería de John Ford. Tiene demasiada gente: narra una arriesgada operación militar durante la guerra civil norteamericana, un ataque a un importante nudo ferroviario en el corazón del territorio confederado a cargo de dos regimientos de caballería de la Unión. En manos de un director más grandilocuente tendríamos una película bélica de primer nivel con unas escenas de combates del copón santo bendito. En Misión de audaces las escenas de acción que se le quedan a uno son la carga por la calle de unos desharrapados sudistas y el tragicómico avance de los muchachos de la academia militar (menos los que están con paperas) porque son los únicos en la zona que pueden hostigar a los del norte.


Lo absurdo de las guerras

Aunque sólo por la carga de los muchachos ya merece el visionado esta película, lo que de verdad la sostiene, como creo ocurre con todo el cine de John Ford, son los personajes. El rudo coronel Marlowe (John Wayne) y su enfrentamiento con el cirujano militar Kendall (William Holden), el borrachín sargento mayor (siempre hay un sargento, siempre le da a la bebida) Kirby, el político metido a coronel Secord, el pater guiando a la brigada con ese aire místico y el reverendo guiando a los muchachos con ese gesto severo. Y la chica, porque tiene que haber una chica, la señorita Hannah Hunter (Constance Towers) haciéndose la rubia tonta metiendo el escote en los hocicos de los militares o aprovechando las ventajas de la calefacción central. El punto más débil de la película, también, pues su relación con el coronel Marlowe queda demasiado forzada y podría, incluso, haberse aprovechado para un interesante triángulo amoroso. En fin, hasta un maestro de maestros como Ford tiene problemas con un guion enclenque.

Como toda película de Ford, cualquier reseña se queda corta. Son demasiados detalles, gestos, frases, imágenes… Una visita necesaria para todo amante del cine y del arte de contar historias.

El guerrero nº 13

El guerrero nº 13 fue una película maldita. Los malos resultados de los pases de prueba hicieron que el productor, Michael Crichton (y autor de la novela en que se basa, la floja Devoradores de cadáveres), destituyera al director, John Mctiernan (La jungla de cristal) y remontara la película a su gusto, dando más protagonismo a un Antonio Banderas que empezaba a despuntar como estrella. No voy a entrar en las vicisitudes de su montaje, estreno y fracaso comercial: al que quiera saber más le remito a la entrada que le dedicó Warren Keffer. Tampoco voy a suspirar por el montaje que hubiera hecho McTiernan, uno de mis directores de cine de acción favoritos. El guerrero nº 13 podía haber sido más, posiblemente. Lo que no se puede discutir es que es una de las mejores películas de aventuras de los últimos años y un ejemplo de cine de acción que ya no se hace. También es una maldita partida de rol. De principio a fin.


El genial Herger

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