Me voy quedando atrás con los resúmenes de las aventuras de Los Viajes del Ícaro, así que voy a prescindir de artificios para contar, de forma muy resumida, lo ocurrido en las últimas partidas para ponerme así al día y poder preparar tranquilamente las nuevas sesiones, que la cosa se me empieza a complicar muy mucho (cosas de los sandbox, me temo).
En el cuarto día desde el naufragio en lo alto de la montañosa Ynys Mawr, el capitán Paolo (ex-inquisidor y jefe del destacamento de Wissenschaft) salió a cazar blatodeas. Lo acompañaban la agente de Wissenschaft shivatense Su Wei, artista marcial experta en el puño suave (vélez) y el dominio de su ki interior, y el cazador Ryan Smith, hermano del fallecido Bryan.
La batida por los bosques del lado oriental del valle pronto dio sus frutos y atrajeron la atención de una docena de blatodeas. El combate fue sangriento y duro, pero lograron acabar con todas. Tras descansar un rato y recuperarse un poco, siguieron el rastro dejado por los insectos mutados en busca de su nido, lo que les llevó al noreste, a una antigua zona de garajes y almacenes excavados en la roca en donde hallaron herramientas y extraños vehículos (camiones, toros) comidos por el óxido. Sobre el nivel de garajes se encontraba un barrio residencial, pero los derrumbes hacían su exploración peligrosa y las huellas de las blatodeas conducían bajo tierra, así que dejaron su estudio para otra ocasión.


Aunque Ánima se vende como juego multi-ambientación, al estilo Rolemaster o D&D (y lo es), la ambientación oficial es Gaïa, ambientación que ya venía a modo de resumen en el manual básico (resumen con el que nos apañamos hasta la salida del volumen 1, dicho sea de paso). Se nos presentaba un mundo lleno de matices grises (sin buenos ni malos) y de un alto nivel sobrenatural: seres más grandes que dioses paseando por ahí, tipos que llegaron a ser casi dioses, civilizaciones basadas en el dominio de lo sobrenatural…
