El Ícaro — Perdida

El costado exterior de la barquilla E (estribor) estaba abierto como una lata de conservas desde el salón de proa hasta la compuerta de carga. El frío, el hielo y la nieve campaban a sus anchas, pero no podían disimular las manchas de sangre aún fresca de suelos y paredes. El sargento Rupert se había agenciado de algún modo de una estola y una biblia y estaba agachado junto a unas figuras tapadas por mantas.

El teniente White, con una venda en la cabeza y una lista garabateada en la mano, se cuadró frente al capitán Paolo en un intento de llamar su atención. El ex-inquisidor llevaba un rato observando con aire ausente el rescate de los heridos. A fin de cuentas, el grupo de Wissenschaft era el que peor parado había salido. Preparados para enfrentarse al desierto y estrellados en una montaña cubierta de nieve. No era justo.

—Dos muertos y doce heridos de consideración, contando al comandante —Paolo no hizo ningún ademán de coger la lista que le entregaba White—. También tenemos 8 desaparecidos, incluyendo a la chica que pescamos en el desierto.

Aquello hizo reaccionar al capitán, que parpadeó lentamente, como si despertase de un profundo sueño.

—¿Chica? ¿Qué chica?

 

Los últimos días habían sido para Sassa Ivarsson como un mal sueño del que no podía despertar. El shock por la muerte del teniente Du Pont, de quien y a su pesar empezaba a enamorarse, convertía en borrosas sombras la derrota del Antiguo Enemigo, la salida de la Ciudad Olvidada y la huida desesperada frente a los restos de su ejército. No recordaba cuándo Rashid había decidido seguir su propio camino, intentando arrastrar consigo a cuantos enemigos fuera posible, ni cuándo se había separado de Flanagan ni qué había sido del leal sargento. Días y noches de marcha interminable, de dormitar a los lomos del camello, de comer poco y beber menos, de agonía y de dolor, perseguida, siempre perseguida.

Había visto el macizo rocoso y hacia allí se había dirigido, esperando encontrar refugio en el laberinto de sus cañones. Desengáñate, le decía una voz interior, nada parará a esos esqueletos incansables. Y entonces había aparecido del cielo el hombre de los ojos de gato para salvarla. Por muy breve tiempo: un fuerte golpe seguido de un chirrido atroz y la pared contra la que apoyaba su espalda había desaparecido. Luego, una breve sensación de caída contra un paisaje blanco, gris y verde. Los reflejos se impusieron y había usado sus habilidades telequinéticas para frenar la caída.

De pie bajo un árbol, con el viento helado acuchillando sin piedad su piel quemada, se preguntaba si acaso no estaba soñando y en realidad seguía a lomos del camello, cabalgando, siempre cabalgando.

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