El Ícaro — ¡Incursión!

Un barco destartalado en mitad del llano. Hombres apuntalándolo para evitar que caiga sobre su costado. Otros, sacando de él todo lo que se pueda desmontar y recogiendo las piezas diseminadas alrededor. Una imagen que podría ilustrar un libro sobre vikingos, salvo por las bordas demasiado altas del barco y la gran hélice cuatripala que descansaba más allá. Y por el sargento Gustaf Anderson, con su impecable uniforme y su inseparable regla de cálculo, que supervisaba la operación.

La milagrosa aparición de la Perla había avivado de nuevo los rumores sobre los hombres del Ícaro, fama que bien les venía para reforzar su dominio colonial en la isla. La connivencia de la Máquina con los habitantes de Land o’ carl Risian se ocultó, así como la presencia del propio Risian, arrojado a las mazmorras (reconstruidas) de Nidik tras una cura de urgencia. No pudo ocultarse, por supuesto, a Svala y su tripulación; de no haber sido sinceros, habrían perdido su lealtad. En cuanto a la regente Starnia, el comandante la informó personalmente. El capitán Paolo y él bajaron de la base para negociar con la regente la cesión de su segundo barco para enviar un equipo a Sevilla a resolver la desaparición del equipo del profesor Forgen, equipo que formarían Renaldo (una vez volvió del rescate de Ciri) y Kuro y al que se sumaría, días después, el doctor Callahan.

Resuelto aquello, el comandante tuvo que permanecer en Nidik varios días más, debido a la herida sufrida durante el ataque de Erik el Rojo. Paolo decidió quedarse también y se dio permiso a Dragunov y Powell, así que la presencia del Ícaro en Nidik era nutrida: además de los mencionados, estaban Sassa Ivarsson, Su Wei, el ingeniero Anderson y su escolta, Frederick y Sylvana Wallace.

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El Ícaro — Emboscada en la isla de Risian

Decíamos que, tras la batalla contra la Máquina en el norte, el Albatros dorado volvió a Ynys Mawr con la mayor parte de la expedición, pero la Perla de la capitana Svala había sufrido graves daños y tuvo que buscar un puerto refugio en el que hacer reparaciones: Land O’carl Risian, la isla de Risian el hacedor de barcos, donde nació. Fueron bien acogidos y las reparaciones comenzaron de inmediato, quedando para el día siguiente un desayuno con el propio Risian para acordar precio y forma de pago.

Por la noche la cosa se torció: en la posada, una niña de unos ocho o nueve años era maltratada por los parroquianos. Es la lazarillo de un demonio azul, decían. El grupo del Ícaro tampoco estaba para fiestas, con discusiones entre la capitana Edana Conway y el sargento Iosef Dragunov que cargaron aún más el ambiente. Finalmente, Dragunov no aguantó la mirada de la chiquilla y la echó de la posada. Conway lo abroncó y salió tras la niña, intentando comunicarse con ella. Lo hizo tan bien que no volvió: el amo de la chica había encontrado un lazarillo mejor.

Dragunov y el sargento Max Powell se olieron algo raro al no volver la capitana. Preguntaron por la chica a los parroquianos, averiguando que había venido con un demonio azul, un fenicio, y el dique donde estaba atracado su barco. El primer intento de acercarse al barco fue fallido, porque la puerta del dique estaba cerrada y había un guardia en el pasillo. Como era tarde y estaban cansados, pasaron de una segunda intentona por la superficie de la isla… Una pena, pues hubieran podido evitar lo que ocurrió.

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Idea de campaña: El limes estigio

Una de las cosas que nunca me han terminado de gustar de Gaïa, el mundo de Ánima Beyond Fantasy, es que noto una falta de sincronía entre lo que dice la historia del mundo, descrita en el básico y en el capítulo 2 de Gaïa 1, y la propia de cada principado, en lo que a la caída del Imperio y las huellas que 7 siglos de historia común han dejado o debido dejar. En especial, la pregunta más molesta es “¿y el ejército imperial?”. Se me hace escasa la presencia del ejército para haber tenido encomendado la tarea de mantener la paz y haber arrasado Remo en días. Quiero decir que, en el libro, no se menciona ninguna instalación imperial en territorios conflictivos, como el Kushistán, Estigia o Lannet, más allá de Fuerte Nakthi. Fortalezas que, por pura lógica, debieron existir, lo mismo que existen las del cuarto señor de la guerra. Fortalezas que habrán sido abandonadas y que ahora estarán desiertas u ocupadas por los señores locales.


Arena y peligros para unos pobres desgraciados

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Diez años con Ánima

Hace 10 años que me regalaron el básico de Ánima Beyond Fantasy. ¡Diez! Y parece que fue ayer. También se cumplen (o se cumplirán en unas semanas) mis veinte años de rolero. Siendo estrictos, mi primera partida la jugué con 13 años (MERP, en los alrededores de Bree) y en el instituto jugué al menos una más (Comandos de Guerra, El puente de Cappocorso), pero no empecé a jugar de forma regular hasta que llegué a la universidad y sufrí mi primer febrero.

Jugué a todo lo que pude: recuerdo de esos tres años MERP, Cyberpunk, AD&D, Pendragón, Mechwarrior, Kult, algunos desvaríos con Vampiro (creo que mi especial antipatía a ese juego viene de entonces), Hombre lobo, Mutant Chronicles, Warhammer Fantasy… Me animé a dirigir pronto, tras los exámenes de junio: Star Wars (la primera y única vez que he jugado o dirigido al viejo juego de Joc), una divertida aventura donde un equipo especial imperial debía localizar una base terrorista rebelde.

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En la brecha (III)

A finales de diciembre me senté a escribir la última entrada del año, a modo de resumen del mismo. Lo dejé al ver que lo que podía escribir es lo mismo que escribí el año anterior. Estrés en el trabajo, el Ícaro en la mesa de juego. Más partidas como jugador, eso sí. Las Sombras de Esteren no salió en castellano (y ya casi la he borrado de posibles compras), por fortuna no me compré Steam States (se habría convertido en otro peso muerto en la estantería); Pendragón sigue durmiendo el sueño de los justos, aunque cada vez tengo más ganas de volver a la Gran Campaña. Los juegos de Star Wars que está editando Edge me han parecido curiosos, pero demasiado caros. Además, tienen un sistema basado en éxitos que para jugar, pase (y pase bien, que me lo estoy pasando pipa), pero para dirigir, como que no. Y Eclipse Phase me ha llamado un montón, como un universo cyberpunk actualizado y un sistema de juego de porcentajes y D100 de toda la vida, cómodo, fiable y acogedor.

Así, para este año que empieza, tengo la habitual y repetitiva lista de buenos propósitos que, en general, se reducen a “quiero sacar tiempo para dirigir una segunda campaña”, “quiero jugar más” y “quiero conocer nuevos jugadores”. Como opciones de dirección, están La Gran Campaña, claro, algunas ideas para Ánima, el probar Eclipse Phase y, de cuando en cuando, me ronda la idea de El guardián oscuro de Star Wars.

¿Conseguiré que el resumen rolero de este 2016 sea algo más (como máster) que “el tercer año de Los viajes del Ícaro”? Ni idea, pero como jugador sí o sí, quiero más partidas.

Nos vemos en el Forlon.

El desafío de los 30 días — Mi derrota

Bueno, ya acabó el Desafío de los 30 días de este año. Mi enhorabuena a los participantes. Aún no he podido leerme todas las entradas, pero hay material muy interesante. No, a mí no me miren: me retiré en la 5ª pregunta. Probé a tomarme un par de días (tenía que preparar partida) y ver cómo evolucionaban las preguntas, pero, luego, viendo el camino que seguían, decidí dejárselo a quienes tienen talento para estas cosas.

Verán, mi capacidad creativa es escasa, soy más de coger algo y modificarlo y adaptarlo que de crear de la nada. Vale, podemos pensar que en fantasía medieval, tema del desafío, está todo más o menos dicho (como en el western) y que no se trata tanto de contar algo original como de contarlo bien. Además, yo soy de desarrollar ambientaciones más o menos trabajadas para mis campañas. Puede pensarse que, por esto, el desafío me favorecía, pero su planteamiento me resultó demasiado abstracto. Y, conforme avanzaba, se convertía en algo inverso a como yo desarrollo mis ambientaciones. Digamos que de empezar el desafío en la pregunta 28, me habría sido más fácil. O si hubieran estado más escalonadas las preguntas, porque las últimas de tomar material de los otros participantes tenían muy buena pinta, habría podido intentar algo (menos con las tablas de rumores, eso sí que es superior a mis fuerzas).

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Nephilim — Sigbert y Pírixis

Los años como dama del lago en la corte de su hijo (adoptivo) Arturo la habían enseñado a mantener el rostro impasible ya estuviera Mordred a las puertas de Camelot o un ciervo blanco pisoteando las mesas del banquete. Su rostro fue una máscara inexpresiva cuando vio entrar al anciano, una momia reseca mantenida por el brillante fulgor de su alma, más cerca de la Iluminación que todos los nephilim que había conocido en su vida. Y una momia en muy buen estado para haberse ahogado hacía cuarenta años. Avanzó con el crujido del pergamino reseco y se recostó frente a la selenim.

Varios acólitos lo acompañaban y fueron ahuyentando a las mujeres con grandes aspavientos y bastonazos bien dirigidos. Cuando hubieron desalojado la casa, uno de ellos levantó una mesa caída y la puso entre el anciano y Pírixis; otro apareció con té humeante y sirvió un vaso a la dama y otro al anciano; un tercero depositó una bandeja de pastelitos de almendra y miel y otros dos, con los bastones aún en la mano, recogieron todos los cojines de la sala y levantaron un mullido trono alrededor de su maestro. Luego, los cinco hicieron una reverencia a su señor y otra a Pírixis y abandonaron la habitación. No, la misma casa, a juzgar por el sonido de los pasos.

Durante todo momento, Pírixis mantuvo hierática expresión, sin que mirada o gesto alguno revelara la presencia de su fiel gladio —aquél forjado por Gofannon siglos atrás— envuelto en la capa de viaje, a su izquierda. No intentó nada contra los acólitos ni cuando éstos se fueron. Mantuvo el silencio, esperando que el viejo teutónico hablara. Tuvo que esperar un rato, mientras el viejo la examinaba de arriba abajo con un brillo entre divertido y nostálgico en la mirada. Por fin, habló. Y lo hizo con la misma voz sonora y carismática con la que se ganó su confianza cuarenta años atrás, en las laderas del Montségur.

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