Al norte

Nochevieja dejó una pesada resaca en Fort Nakhti: la plataforma oeste hundida, la muralla con grietas en varios puntos. Un cañón perdido y varios hombres heridos de gravedad, entre ellos el padre Rupert, capellán castrense y sargento. El día de Año Nuevo fue día de comparar notas: mientras el teniente Alonso mantenía en pie el fuerte, el capitán Deschamps y el doctor contaban a nuestros héroes lo ocurrido en la expedición Reed y estos a lo que se habían enfrentado y lo que habían averiguado en sus recientes aventuras. Rashid aprovechó para interrogar a su tío Gaya y ofrecerle que se uniera a ellos, justo antes de que el Caminante protagonizara un tragicómico intento de fuga donde tío y sobrino dejaron claro que no querían hacerse daño antes de darse de hostias.

De todo esto Du Pont, Rashid y Sassa sacaron en claro que debían impedir que ese Viejo Enemigo, fuera lo que fuese, alcanzara la mítica y perdida Metrópolis Olvidada. Pero, para ello, decidieron dar un rodeo e ir primero al norte, a la tumba descubierta por la expedición Reed en busca de alguna pista que les ayudase a comprender a qué se enfrentaban. Deschamps y el doctor les dieron carta blanca, pero tuvieron que enfrentarse a las objeciones del teniente Alonso, que veía en dicha expedición una pérdida de tiempo frente a los problemas inmediatos del fuerte y les pidió encarecidamente que fueran a Fort Blanc a averiguar por qué no había habido reemplazo en verano ni en navidades y qué había sido de los correos enviados por Du Pont semanas antes. Al final se salieron con la suya y organizaron una pequeña expedición, buscando ante todo velocidad: a los propios Du Pont, Rashid y Sassa se sumaron los sargentos Flanagan y O Flaherty y Hodor, el primo de Rashid.

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Tegami bachi, las abejas mensajeras.

En ocasiones, aparecen obras con personalidad propia que se desmarcan de lo habitual de un género como el shonen, posiblemente con esta serie estemos ante uno de estos casos debido al ambiente steampunk del mundo, las normas de trabajo de los Letter Bee o los peligros a los que deben enfrentarse que se alejan un tanto del tipo shonen de luchas y autosuperación.

La serie Tegami Bachi (también conocida como Letter Bee) está basada en el manga de Hiroyuki Asada. En 2008 se realizó una OVA titulada Tegami Bachi: Hikari to Ao no Yawa Genso (Letter Bee: light y Blue Night Fantasy) por los Studio Pierrot que precedió al inicio de la serie en octubre de 2009 con una primera temporada de 25 episodios. En octubre del 2010, se estrenó la segunda temporada, titulada Tegami Bachi Reverse.


Los protas de la serie

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El batería frustrado

Hace más de dos años que no veo a mi orquesta. Este sábado pasado pude ir a ver a una orquesta y, así, por lo menos, quitarme algo del mono que tengo. Era la Orquesta Joven de Andalucía, bajo la dirección de Lorenzo Ramos. No esperaba gran cosa, la verdad, pero el rígido y aburrido Mendelssohn de la primera parte casi me hizo desear el haber dedicado la noche a actividades más interesantes, como las sombras chinescas o la contemplación del viento en las ramas del árbol que tenemos delante de casa.

Sin embargo, tras el descanso se soltaron, quizás vencido el miedo escénico, quizás porque la llevaban mejor preparada, quizás porque empezaron a divertirse o porque los cambios en la alineación fueron los precisos, pero La Pastoral de Beethoven sonó preciosa. Viento, que en la primera parte habían estado perdidos y a destiempo, aquí lo bordaron, empezando por un soberbio y cristalino oboe. Y los cellos, ronroneando como un motor bien ajustado… ¡Ah, qué delicia! Me encantan las orquestas.

Y hubiera sido una buena noche… pero estaba el batería. Tiene alma jazzista, el muchacho. Pero no ha encontrado sitio en un grupo de jazz porque se emociona demasiado. Con el heavy, metal, y similares tampoco tuvo fortuna porque se desmelenaba demasiado. Así que probó con la clásica. Pero como la batería es algo harto extraño en una orquesta, se pasó al contrabajo.

También debía tener algo de carpintero en su acervo genético, el muchacho. Cierto es que el arco del contrabajo tiene cierto parecido con un serrucho, pero dudo mucho que haya contrabajo o arco que se merezca semejante tratamiento. Por no hablar de los golpes al cuerpo ni las hostias al pobre mástil. Y eso, dejando de lado el crujir de la silla, el zapateado semirrítmico y otras lindezas por el estilo.

Pero hay que reconocer que es un chaval afortunado. No sólo tocó como solista de contrabajo esa noche, sino que sobrevivió para contarlo. Y eso, teniendo en cuenta la nochecita que nos dio y el mal humor que provocó a mis compañeros de velada, eso, como digo, fue tener mucha, mucha suerte.

El fin de la mudanza

La semana fue muy larga para contarla aquí. Horrores sin nombre con la cresta teñida de rubio, hedor de las profundidades del apestoso pantano de Dentro del laberinto, orcos, goblins, huargos, canis y otras criaturas igual de terroríficas hacían de la entrada al dungeon una auténtica aventura. Luego, el mover por las estrechas escaleras los tesoros acumulados por el grupo de aventureros en sus correrías. Por fortuna, el Rolace Credoj, el temible volcán, se calmó y la llegada de refuerzos en la forma de robustos bárbaros norteños permitió que la parte más pesada de la carga, las librerías de caoba del mago, los altares del clérigo, la amplia colección de armas y armaduras del enano (coquilla con puntas incluida) y la caja de herramientas de la pícara (hubo que organizar una razzia para apropiarse de los bueyes necesarios para moverla) fuera metida a presión en el dungeon, a cambio de cantidades ingentes de comida y bebida.

Al finalizar la semana el amplio dungeon descubierto días atrás por el grupo, su gran sala del trono, sus amplios aposentos, las cocinas kilométricas, la guarida del dragón… Todo estaba cubierto y lleno por miles de cajas, muebles, baúles, sacos, algún cadáver que otro, provisiones secas, cuerda superior (varios rollos de 30 metros) y demás cacharrería acumulada, entre la que serpenteaba un inestable túnel bajo que amenazaba quedar enterrado bajo un desprendimiento de estanterías y artesanía varia en cualquier momento.

Había sido una semana muy larga, pero lo habían conseguido.

Aunque a un precio muy alto. Al dungeon lo llamaban ahora…

La guarida del Liche.

Cuarto día de mudanza

Pesados grimorios, estatuillas e ídolos de mil templos, armas, armaduras, equipo diverso. El grupo de aventureros luchaba por pasar su pesada carga a través de las estrechas escaleras. Y el resbalar y caer a la profunda sima sobre la que serpenteaba la escalera no era el peor peligro: grandes trasgos con extrañas máquinas y jaurías de huargos gigantes desplazadores acelerados en su variante enana (también llamada «estate quieto, chucho») asaltaron en repetidas veces a nuestros héroes. Y, para colmo de males, el gran volcán Rolace Credoj (goblinés, derivado del ifrit. Lit. «El verano en Sevilla es una maravilla») amenazaba con convertir la escalera en un alto horno bilbaíno.

La semana estaba siendo muy larga y se cobraba sus primeras bajas.

Tercer día de mudanza

Una nauseabunda nube se extendió por las estrechas galerías del dungeon. Al grito de «¡Cuidado, trampa de gas!» los aventureros se reagruparon en las cocinas, buscando el asegurarse un suministro de aire fresco. El recuento (algo no siempre fácil para quienes «muchos» es un número perfectamente válido) echó en falta a la pícara. Veteranos curtidos, no se dejaron dominar por el pánico y empezaron a repartirse sus pertenencias. Hasta que no se disipara la nube, no podrían recuperar el cuerpo, si quedaba algo.

Sin embargo, el funeral fue prematuro: la nube se abrió y la pícara surgió de ella con una ceja de menos y el pelo y la ropa descoloridos. Con rabia, escupió el pañuelo que cubría su nariz y boca, le quitó el odre al clérigo y echó un largo trago.

—Encontré un mecanismo oxidado y encallado e intenté limpiarlo, pero creo que me equivoqué con la mezcla. ¿Alguien tiene una rueda dentada de ocho pulgadas?

Estaba siendo una semana muy larga.

Segundo día de mudanza

—El fuego lo purificará todo —afirmó el clérigo abarcando con su mano los vetustos, polvorientos y desvencijados muebles. A su lado, el enano afirmó en silencio mientras, rítmicamente, seguía afilando su hacha.

—Pero, ¡qué decís! Mirad esta talla, mirad este grabado. ¡Son obras de arte! Vestigios de antiguas y dispares culturas. ¡No podemos destruirlos! ¡Animales, ignorantes! —El mago les echó con cajas destempladas de la sala y les persiguió, como perro pastor, alejándoles de cualquier mueble a su ver de valor histórico.


—¡Mira que eran guarros los goblins (o lo que fueran los habitantes de este dungeon)! —exclamó el clérigo señalando una pared—. Han dejado las grasientas huellas de sus manos por toda la pared. ¡Traedme agua y un paño!

—Pero, ¡qué decís, insensato! Son muestra de arte de los primeros homínidos, un tesoro de toda la humanidad. ¡Largo de aquí, ignorante!


Las huellas de nuestros antepasados en la sala de estar


El enano y el clérigo compartían bizcocho y una calabaza de licor observando de lejos al mago que, con una especie de pincel, iba quitando el polvo a la basura que encontraba en las estancias.

—Oye, ¿seguro que es un mago? —le preguntó el enano al clérigo.

—Sir Brandigan lo contrató —Un bufido despectivo del enano resumió su opinión sobre el talento del paladín para encontrar compañeros competentes—. En serio, es un mago titulado. Con diploma con letras doradas y todo.

—¿En serio? —El enano pareció animarse—. ¿Qué es? ¿Un evocador? ¿Un convocador? ¿Un piromante?

—Un arqueólogo.

—¡Por el martillo de…! ¿Y qué es un arqueólogo?

—Creo que adivina el futuro en las estrellas y esas cosas —contestó algo inseguro el clérigo.

Su compañero echó un largo vistazo al mago.

—Pues los arqueólogos que he visto en los pueblos llevaban túnica con estrellas y cosas así, no calzones largos y blusa.

—Hombre, una cosa es la ciudad y otra el campo. Una túnica se te engancha en cualquier parte.

—Y sombreros de pico, no así.

—Un dungeon está lleno de techos bajos.

—Y un cayado con un nudo en la punta. ¿Para qué quiere un mago un látigo?

El clérigo se rascó pensativo la oreja. Tampoco él veía claro lo del látigo. Pero el enano seguía hablando.

—Y, ¿dónde has visto tú una varita de proyectiles mágicos con un gatillo como una vulgar ballesta?

Iba a ser una semana muy larga…

Primer día de mudanza

Los valientes aventureros se introdujeron sin miedo en el dungeon. Lo primero que hallaron fueron las cocinas, kilométrica extensión de estantes y alacenas donde dormían el sueño de los justos antiquísimos y gastados utensilios, vasijas, ollas y sartenes provenientes de distintas culturas y épocas. Los restos fosilizados de comida de origen incierto y el estado de cuchillos y demás utilería parecían indicar que los habitantes originales habían sido algún pueblo no humano y primitivo, dedicado al saqueo de las tierras vecinas: goblins, tal vez orcos, aunque el nauseabundo hallazgo en lo que parecían los aposentos del jefe del clan, en forma de almohadas, apuntaban más a kobolds u ogros.

Se avecinaba una semana muy larga…

Day after day (the show must go on)

Sigo vivo, aunque pueda parecer lo contrario. Problemas varios y la entelequia de buscar un piso barato en Sevilla se han llevado mi tiempo libre en las últimas semanas, meses en realidad. Así, de las últimas diez entradas sólo cuatro las he firmado yo (las otras corresponden a las reseñas de anime de Pírixis o a narración de Du Pont de su campaña de D&D). Hasta bien entrado julio me temo que ésta será la tónica habitual… Tengo demasiadas entradas pendientes: en estas semanas de sequía le he dado al anime, y tengo pendiente de reseña series como Nodame Cantabile: Final, Last Exile o Planetes; cada vez que veo el Nephilim en la estantería me entran ganas de retomar Guardianes del Grial y dar cerrojazo de una vez a la parte media de la campaña (y de dirigir una nueva, pero eso es más difícil); tengo pendiente resúmenes de aventuras de tres campañas de Ánima (el cierre de los Visnij, la última que se jugó de Tres Valles y las que llevamos de Fort Nakhti); y artículos teóricos, unos cuantos: la serie de El nacimiento de una campaña, ideas de reglas caseras para armas de fuego en Ánima, idas de olla varias sobre Gaïa… Un montón de cosas, a falta de tiempo.

Pero, bueno, incluso en estos meses de sequía hay quien se acuerda de un servidor: maese Erekíbeon ha tenido a bien darme un premio Liebster, una suerte de premio-mención-meme que ha estado zumbando en la blogcosa durante el mes de mayo, por el que le estoy muy agradecido (más que nada por la sorpresa de encontrarme que alguien, a parte de mis jugadores, se lee mis resúmenes de aventuras). Es alimento al ego del bloguero y, las cosas claras, es el ego del bloguero lo que alimenta el blog y lo mantiene en funcionamiento.

La ternura flota en el aire

Entre las series que he visto últimamente, he encontrado un par de ellas muy tiernas y del tipo de anime que no suelo ver muy a menudo o mejor dicho, no veo muy seguidas: Usagi drop e Ikoku meiro no croisée.

Usagi drop

Imagina un día común, en el que crees que seguirás con el mismo ritmo y estilo de vida, y de pronto, recibes una llamada telefónica en la que te informan que un ser querido ha fallecido. Esto es lo que le ocurre a Daikichi Kawachi (Hiroshi Tsuchida) un hombre de 30 años, con empleo fijo, soltero y el cual ha vivido sólo para sí mismo; así que, tras recibir la noticia de la muerte de su abuelo, decide reencontrase con sus familiares para despedirse de él. Cuando Daikichi llega a casa de su abuelo, conoce a Rin Kaga (Ayu Matsuura), una niña de 6 años que resulta ser la hija ilegítima de su abuelo con una mujer desconocida que abandonó a la pequeña. La niña es una vergüenza para toda la familia y nadie se preocupa por ella. Daikichi, molesto por la actitud de sus familiares, decide hacerse cargo de Rin, a pesar de ser soltero y no tener experiencia con los niños. Así comienza una nueva vida para la tía y el sobrino donde habrá ternura, complicaciones, complicidad (en estos dos últimos aspectos afecta directamente la existencia de Kouki, otro niño) y nuevas decisiones para Dakichi.


Urge encontrar manual de instrucciones

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