Terror en la noche

El segundo día de tránsito por el macizo rocoso Rashid tampoco encontró el camino a la tumba, así que tuvieron que dormir, por tercera noche, en un refugio improvisado entre las peñas. La calima oscura y la sempiterna bandada de buitres que entreveían en los cañones más anchos y que habían fijado como objetivo parecían reírse de ellos, jugando al pilla-pilla entre aquel paisaje de fantasía desolado.

Desolado de día, porque de noche aquello parecía más transitado que el barrio rojo de Hong Kua en sábado. Esta vez, por fortuna, no fue ningún monstruo, sino una caravana. ¡Una caravana entera, vive Dios!

—¡Ey! A nosotros no nos miréis, cuando vinimos no vimos ni un mísero lagarto —dijo Flanagan.

Los caravaneros eran saadae, la tribu proscrita por intentar pasar a cuchillo a los líderes de las otras tribus durante la semana sagrada de los dones unos diez años atrás, y con quienes nuestros héroes habían tenido un encontronazo en el pasado: era un clan saada con un Caminante renegado los responsables de los ataques de las hormigas que habían acabado con la expedición Jones de Sassa y con el sobrino segundo de Ahmed y su familia.

Sabían que eran saadae porque llevaban perros que olieron a sus camellos y un grupo se había acercado a la estrecha embocadura del refugio de Rashid y los demás. Éste les había dado el alto y, a resueltas de la corta conversación que mantuvo con el grupo, les identificó por el acento. También le reconocieron a él y, tras breve titubeo, intentaron forzar la entrada lanzando primero a los perros.

No contaban con la presencia de los militares y sus armas: una cerrada descarga de fusilería les dio la bienvenida, dando perros y amos con sus huesos en el suelo. Las potentes ballestas de cranequín y arco de acero de Dalaborn tomaron el relevo, más discretas pero no menos mortales. Rotos y en desbandada, Rashid y Du Pont les cayeron encima, sajando y cortando mientras la telequinética Sassa y su bolsa de balas, desde la retaguardia, barría el campo en modo gatling, ploc, ploc, ploc. Ni uno solo escapó.

Los de la caravana, asustados por las descargas y el silencio que siguió, pusieron pies en polvorosa. Para ir más deprisa, empezaron a desprenderse de la carga. Como eran esclavistas y venían de una razzia provechosa, eso significó dejar atrás a viejos, mujeres embarazadas y bebés. El grupo de Fort Nakhti, que les seguía esperando que les condujeran hasta la tumba, paró a echar una mano a los infaustos prisioneros, pero sólo se pudo salvar un viejo y perder la caravana.

Ya con luz del día y hasta las narices de aquel laberinto rocoso, probaron a escalar las paredes y orientarse desde lo alto. Lo primero que encontraron fue un centinela, al que se apiolaron y a otra cosa. Lo siguiente que vieron fue que el centinela estaba al borde del valle del túmulo y que mucho habían cambiado las cosas desde la expedición Reed: un pueblo se levantaba ahora alrededor del túmulo, protegido por un muro de adobe. También vieron a un destacamento de caballería estigia (¿Estigios? ¿Aquí?) que llegaba por la ruta del oeste con soldados imperiales prisioneros. Aquello se ponía feo.

Lo último que vieron, antes de bajar, es que el valle estaba rodeado de puestos de centinela y uno de ellos les había visto y estaba dando la alarma. ¡A correr tocan!

El plan de acción que prepararon era muy sencillo: si sus tropas están desperdigadas en patrullas buscándonos, ¿qué sitio más seguro hay que el propio pueblo? Decidieron hacerse pasar por una patrulla de vuelta al caer la noche, así que montaron una emboscada para proveerse de ropas. Du Pont y Sassa fueron el cebo mientras Rashid, Flanagan, O Flaherty y Hodor darían fuego de apoyo. Al final su trabajo fue remendar los agujeros en la ropa y disimular las manchas de sangre, pues la muchacha entró otra vez en modo gatling e hizo una buena escabechina.

El pueblo era muy raro: olía fatal y tenía un golem por puerta. Dentro se mezclaban sin orden tiendas de nómada, cabañas, tenderetes, almacenes y edificios de piedra. Había saadae, pero también de otras tribus. Y estigios, kushistaníes y blancos. Hasta un tipo raro que comía con palillos y les guiñó un ojo. También muchos zombies y esqueletos.

Los edificios de piedra eran una especie de colegio, con sus aulas y laboratorios y lo que parecía la residencia de estudiantes. Unos gritos desgarradores los llevaron hasta el laboratorio de anatomía aplicada donde estaban haciendo una vivisección a uno de los soldados prisioneros. Al resto los localizaron en una celda anexa al laboratorio, así que sin pensar en el peligro al que se exponían, echaron la puerta abajo y entraron a degüello. Dentro había cinco nigromantes de doctorado, un zombie y el propio prisionero, que cayeron sin decir ni mú destrozados por las últimas balas de Sassa. El profesor logró levantar un escudo y protegerse de la lluvia de proyectiles, pero de nada le sirvió contra el acero vengativo del teniente Du Pont y su cabeza se unía a la del bedel que, minutos antes, había dado el alto a Rashid.

Los soldados prisioneros eran el teniente Dufour, 8ª de cazadores a camello de Fort Blanc, y cuatro de sus hombres, supervivientes de una patrulla que se dirigía, a marchas forzadas, a Fort Nakhti para llevarles la noticia de la muerte del emperador Elías Barbados y de que las tropas estigias habían aparecido de no se sabe dónde casi a la vez y ahora sitiaban Fort Blanc mientras una columna de caballería avanzaba hacia Fort Nakhti, seguramente con la intención de hacerse con el fuerte y sus preciadas armas de fuego en un golpe de mano.

Terribles noticias que obligaba a nuestros amigos a plantearse la naturaleza de su misión. Pero no se amilanaron: los zombies, los nigromantes y aquél pueblo eran, para ellos, la prueba de la venida del antiguo enemigo. Pero no podían dejar al fuerte con sus amigos a su suerte, así que encomendaron al teniente Dufour completar su misión, con la ayuda de Hodor, que les haría de guía. De paso, la huida de los soldados les servía a ellos de distracción para completar su incursión.

Así, cedieron a los soldados las vestimentas robadas a la patrulla saada y cogieron para sí las túnicas de los nigromantes. Se despidieron de Hodor (a Flanagan lo habían dejado en las caballerizas, vigilando los camellos y los arcabuces en ellos camuflados, mientras que el herido O Flaherty, con el viejo, había quedado en el campamento base, con el resto de monturas y provisiones) y de los soldados y se encaminaron al túmulo en cuya entrada se levantaba ahora un templo.

Mucho vivieron y muchos peligros pasaron en el túmulo, pero de ello hablaré en otra ocasión.

A la salida, poco antes del amanecer, encontraron el tempo abarrotado de mujeres y niños, con un par de guardias vigilando las puertas. Entre los guardias intentaron pasar con sus túnicas de nigromante, pero al menor intento que hiciera uno de darles el alto los acuchillaron sin piedad.

A la salida les esperaba el doctor McNamara, el nigromante director de la escuela. Un tipo peligroso, muy peligroso, afiliado a Sol Negro y al que habían tocado mucho las narices esa noche. Mas ellos tampoco estaban para fiestas, así que le dieron una buena tunda de palos y a otra cosa. La otra cosa fue el tipo raro de los palillos, que le dio a Du Pont una moneda extraña en pago por haberse desecho de un peligroso elemento de una facción rival, o algo así.

El pueblo estaba en alerta, parte del muro había sido reventado y los ánimos estaban exaltados. Parecía que los soldados la habían hecho buena en su huida. Ahora les tocaba a ellos: saltar el muro y salir por patas. Pero no fue fácil: uno de los centinelas dio la voz de alarma antes de morir y una patrulla perimetral llegó al galope para dar caza a los fugitivos. Su suerte se acabó cuando Du Pont les cayó encima desde el muro, pero aun así se las apañaron para dejar a Sassa como el alfiletero de un sastre antes de ser abatidos. Por fortuna, Flanagan no se había ido con Hodor y Dufour, sino que les esperaba con camellos, a los que sumaron los de la patrulla abatida (al final de estas aventuras, si sobreviven, podrán hacerse ricos vendiendo camellos). Y justo a tiempo, pues los estigios, arqueros todos ellos, se unían a la fiesta.

Aún les llevaría todo un día despistar a sus perseguidores (y perderse todavía más en el macizo rocoso), pero llevaban una treintena de muertos y moribundos a sus espaldas, sin contar monstruos o no muertos.

Desde luego, había algo terrorífico entre aquellas rocas: eran ellos.

2 comentarios para “Terror en la noche

  1. Bueno, no debemos olvidar que el sufrido Tte. Du Pont comenzó ensartado por una lanza arrojadiza, y acabó saltando de grupa de camello a grupa de camello. Al final rebozado cual croqueta desertil, con más arena que relleno. Rashid tuvo que emplearse a fondo y hacer horas extra no remuneradas para perder al batallón estigio.

  2. Ni tampoco del esforzado jinete nº2 (delante, derecha) que, lanzado en pos de Sassa y Rashid, no se dio cuenta de que sus tres compañeros eran abatidos.

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