Segundo día de mudanza

—El fuego lo purificará todo —afirmó el clérigo abarcando con su mano los vetustos, polvorientos y desvencijados muebles. A su lado, el enano afirmó en silencio mientras, rítmicamente, seguía afilando su hacha.

—Pero, ¡qué decís! Mirad esta talla, mirad este grabado. ¡Son obras de arte! Vestigios de antiguas y dispares culturas. ¡No podemos destruirlos! ¡Animales, ignorantes! —El mago les echó con cajas destempladas de la sala y les persiguió, como perro pastor, alejándoles de cualquier mueble a su ver de valor histórico.


—¡Mira que eran guarros los goblins (o lo que fueran los habitantes de este dungeon)! —exclamó el clérigo señalando una pared—. Han dejado las grasientas huellas de sus manos por toda la pared. ¡Traedme agua y un paño!

—Pero, ¡qué decís, insensato! Son muestra de arte de los primeros homínidos, un tesoro de toda la humanidad. ¡Largo de aquí, ignorante!


Las huellas de nuestros antepasados en la sala de estar


El enano y el clérigo compartían bizcocho y una calabaza de licor observando de lejos al mago que, con una especie de pincel, iba quitando el polvo a la basura que encontraba en las estancias.

—Oye, ¿seguro que es un mago? —le preguntó el enano al clérigo.

—Sir Brandigan lo contrató —Un bufido despectivo del enano resumió su opinión sobre el talento del paladín para encontrar compañeros competentes—. En serio, es un mago titulado. Con diploma con letras doradas y todo.

—¿En serio? —El enano pareció animarse—. ¿Qué es? ¿Un evocador? ¿Un convocador? ¿Un piromante?

—Un arqueólogo.

—¡Por el martillo de…! ¿Y qué es un arqueólogo?

—Creo que adivina el futuro en las estrellas y esas cosas —contestó algo inseguro el clérigo.

Su compañero echó un largo vistazo al mago.

—Pues los arqueólogos que he visto en los pueblos llevaban túnica con estrellas y cosas así, no calzones largos y blusa.

—Hombre, una cosa es la ciudad y otra el campo. Una túnica se te engancha en cualquier parte.

—Y sombreros de pico, no así.

—Un dungeon está lleno de techos bajos.

—Y un cayado con un nudo en la punta. ¿Para qué quiere un mago un látigo?

El clérigo se rascó pensativo la oreja. Tampoco él veía claro lo del látigo. Pero el enano seguía hablando.

—Y, ¿dónde has visto tú una varita de proyectiles mágicos con un gatillo como una vulgar ballesta?

Iba a ser una semana muy larga…

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