Sakura — Onis en el camino

Con las cuatro armas en su poder (los tantos del verano y del invierno y las katanas Matsukaze y Yukikaze), llegó el momento de decidir el siguiente paso: Okuzaki Jin, el sacerdote renegado, les había dicho que el contra-ritual debía hacerse en el templo de Tsukikage, porque allí se había hecho el primero, y el viejo eremita de Montaña Blanca se había ofrecido a realizarlo en su santuario, al ser la montaña un lugar de gran poder. Reiko y Genji preferían la opción de Tsukikage, pero la Señora del Verano, Shimazaki Eri, no estaba segura de qué ritual emplear, así que decidieron volver hacia Tsukikage desandando el camino y consultar al viejo de la montaña. Formaban el grupo, recordemos, Ishikawa Reiko, Hosoda Genji, Kato Misaki, Shimazaki Eri, Shimazaki Takumi, Hitomi, cuatro caballos (tres de guerra) y dos mulas.

Fueron por lo más profundo del Bosque de Karasu, evitando cualquier contacto con humanos que pudieran alertar a los samuráis Karasuma de su presencia. El clan tengu Zenkibo les había advertido de que una oscuridad había caído sobre el bosque y no exageraban: el bosque se antojaba más tenebroso, como si la luz atravesara las ramas velada por una tela; las ramas y raíces de los árboles parecían moverse al paso de hombres y monturas, golpeándolos y zancadilleándolos; los lobos y otros depredadores eran más grandes de lo normal y mucho más agresivos y les seguían durante jornadas enteras; abundaban los monstruos y criaturas sobrenaturales, como bakemonos, fuegos fatuos, ciempiés gigantes… En las noches, los ataques se sucedían y sudaban para proteger las monturas. Sólo descansaban cuando encontraban, como un oasis perdido, zonas bajo la influencia de algún espíritu fuerte (lobo, jabalí, oso) o de algún kami (marcados por la presencia de pequeños santuarios, en mejor o peor estado). De no haber tenido con ellos a los dos daimah, capaces de leer el bosque a la perfección y dar siempre con el mejor camino, no habrían salido de allí con vida.

En algún momento debían salir a campo abierto y cruzar la carretera del norte para llegar a los bosques más occidentales que los llevarían a tierras de los Shiki y, de ahí, a las de los Masaki. Reiko y Genji no querían bajar demasiado hacia el sur, hasta las tierras del clan Zenkibo, pues temían que el grupo de Honjo pudiera estar aún por la zona y que los Shiki hubiesen reforzado las patrullas por aquel flanco.

Takumi, que había recorrido varias veces la carretera, dijo saber de un buen lugar para el cruce.

—Es un tramo de doce o quince kilómetros sin aldeas ni granjas, de terreno ondulado que no permite ver muy lejos y donde las lindes de los bosques están cerca. No tardaríamos más de media hora en cruzar de un lado a otro, a través de prados y bosquecillos.

Decidieron que, la noche antes de intentar el cruce, acamparían bosque adentro, a menos de una hora de camino de la linde; se levantarían antes del alba y cruzarían con las primeras luces, antes de que cualquier buhonero, viajero o patrulla tuviera tiempo de llegar a aquel paraje.

También debían reponer provisiones, pues las que tenían no aguantarían hasta territorio Masaki y, además, podían verse obligados a dar algún rodeo para evitar a las patrullas Shiki. Lo más fácil era llegarse a un pueblo en la carretera, que tendría posadas y tiendas, pero eso los expondría a patrullas de su señor feudal (el clan Karasuma o alguno de sus vasallos) y no podían saber cómo reaccionaría ante un grupo de samuráis campando por sus tierras.

Takumi recordaba haber visto una pequeña aldea fuera de la carretera, un poco al norte del sitio del cruce. Apartada y, a la vez, cerca de un pueblo, un sitio donde no se quedaría a dormir ni un mercader ambulante.

—Iremos Hosoda y yo —dijo Reiko—. Nuestros caballos son los más rápidos y podremos escabullirnos si nos topamos con una patrulla. Vosotros cruzaréis y nos esperaréis en un lugar seguro. Si a media tarde no hemos aparecido, idos y borrad vuestro rastro. Siendo cuatro, tendréis provisiones suficientes para llegar.

La noche antes del cruce, Takumi y Eri cambiaron su aspecto con hechizos para pasar por humanos. Kato quedó muy sorprendido; Hitomi los conocía por su aspecto humano y, para ella, la sorpresa había sido descubrir que eran daimah; Genji y Reiko ya habían sido testigos de esa magia con los Okuzaki y se la esperaban y Eri parecía igual de alocada e inconsciente con orejas gatunas que sin ellas.

Al alba, llegaron a la carretera. Una niebla baja se enroscaba entre las patas de los caballos, dando un aire fantasmagórico al paisaje.

Reiko y Genji se separaron del resto y se dirigieron al norte. Tal y como había dicho Takumi, tras cuatro o cinco kilómetros, vieron abrirse a su derecha un valle entre dos colinas bajas y alargadas, con campos de cultivo, granjas y, al fondo, una pequeña aldea formada por una docena de casas.

Apenas llevaban recorrido la mitad del sendero que llevaba de la carretera a la aldea, menos de un kilómetro, cuando Genji paró a Reiko: no había humo de los hogares de las casas, pese a la fría mañana, ni ladrido de perros ni nadie en la calle, ocupándose de los animales domésticos. La joven señaló a una casa a la derecha del sendero, la granja más cercana a la aldea. Allí se dirigieron, cruzando por los campos cubiertos por la escarcha matutina.

Al llegar, hicieron un descubrimiento macabro: dos cadáveres frente a la casa, un hombre y un niño de corta edad. Al hombre lo había destripado algo grande y con poderosas garras. Al niño le habían arrancado de cuajo una de las piernas (la vieron junto a la tapia, mordisqueada) y parecía haber muerto por el shock y la hemorragia, pues no tenía más heridas. Tuvieron que hacer esfuerzos para no vomitar.

Reiko tomó los caballos y los metió dentro de la casa, para ocultarlos y ponerlos a salvo. Genji subió al tejado para tener una mejor visión del pueblo. No vio a nadie vivo, sí algunos cuerpos, tanto de personas como de animales, y varias casas dañadas, con puertas y tejados hundidos. En la quietud de la mañana, oyó también voces y sollozos. De pronto, un grito agónico llenó el valle.

Genji bajó del tejado. Reiko le hizo seña de que avanzara y el samurái saltó la cerca y corrió hacia la primera casa de la aldea, con paso tan suave que no rompió los delicados encajes de la escarcha. Yukikaze empezó a temblar, como hacía siempre en presencia de onis y espíritus. Genji la calmó, poniendo la mano sobre la empuñadura, y rodeó con cuidado el edificio. El grito era ahora entrecortado y venía acompañado de una voz grave y húmeda que jadeaba y hacía comentarios obscenos.

Una voz metálica y con evidente fastidio sonó sobre la oreja de Genji cuando iba a doblar la esquina. El corazón casi se le salió del pecho.

—¡Dai, acaba de una vez! —exclamó la voz—. Los demás nos llevan horas de ventaja y no quiero que se hagan con toda la gloria.

—¡Oh, vamos, aún me quedan mujeres! —contestó la voz grave, interrumpiendo sus jadeos—. Me merezco un descanso después de todos estos días detrás de esa zorra daimah.

Genji se asomó con cuidado. Apoyado contra la pared, al otro lado de la esquina, descansaba la negra figura en armadura de un oni ashura, un demonio de la guerra y de la violencia similar al que se enfrentaron en la posada.

El samurái pensó en retroceder cuando oyó los pasos de Reiko, acercándose. El oni debió escucharlos también, pues empezó a incorporarse. Genji no dudó y se lanzó al ataque, hiriendo al monstruo y haciéndolo retroceder. El oni gritó, dando la alarma. Respondió otro monstruo, una especie de sabueso contrahecho grande como un buey que acudió saltando de tejado en tejado.

Reiko llegó justo a tiempo de hacerle frente e impedir, así, que Genji tuviera que combatir con ambos. El oni ashura, privado del refuerzo y malherido tras el ataque sorpresa, no aguantó los envites del samurái y cayó muerto.

Justo a tiempo, porque llegaba un tercer oni, el de la voz grave. Un monstruo patizambo de largos brazos, muy parecido al que se habían enfrentado para rescatar a Eri. Venía armado de un gigantesco tetsubo y, del enfado o de la excitación, le brotaban pequeñas esferas llameantes. Lanzó varias de éstas, que estallaron como granadas causando quemaduras a Reiko.

Por fortuna, el tetsubo, aunque un arma temible por su tamaño y por la fuerza con la que la empuñaba, lo hacía lento. Genji se adelantaba a todos sus movimientos y atacaba con precisión en las aberturas que dejaba. Reiko se unió al combate en cuanto se desembarazó del sabueso y, entre ambos, acabaron con el monstruo.

Esperaron unos instantes por si aparecía algún nuevo oponente y, luego, se separaron en busca de supervivientes. Reiko jugaba con ventaja con sus poderes telepáticos: ya antes había detectado varias mentes en una casa y ahora fue a comprobarlo. Genji fue el que llegó a la plaza.

Era un espectáculo dantesco: había una pila de cadáveres, todos hombres, horriblemente torturados y desmembrados; uno, el último en sucumbir, seguía colgado de una viga; de un porche colgaban, abiertos en canal y desangrados, los cuerpos de varios bebés y niños pequeños; dos o tres más estaban tirados por el suelo, comidos en parte; en un cercado de animales domésticos estaban varias mujeres, algunas muertas; otras, las últimas en sufrir los apetitos del oni, deshechas, desangrándose y sin fuerzas ni para gemir; las otras, demasiado aterrorizadas para pensar en huir.

Genji atendió a las heridas lo mejor que pudo, dándoles los bebedizos milagrosos obtenidos de los ninjas. Gracias a esto, sobrevivirían con pocas secuelas físicas.

Reiko, por su parte, encontró a varias mujeres y niñas en una casa: madre, hijas, sobrinas… Como no habían visto lo sucedido, no estaban tan traumatizadas y pudo hablar con ellas. Contaron que, de madrugada, varios onis habían atacado la aldea, agrupando a los supervivientes en la plaza. Allí habían ido preguntando por una muchacha de orejas de gato y sus acompañantes (cuántos eran, cuándo habían pasado por la aldea, cosas así), enfureciéndose, torturando y matando cuando no obtenían las respuestas que buscaban. Al alba, había habido una discusión entre los onis y varios se habían marchado. De las mujeres de la plaza lograron averiguar que habían sido seis los onis, por lo que quedaban tres, que podían haber dado con el rastro de Eri y de los demás. Debían darse prisa.

Dieron a las mujeres un buen puñado de plata y les indicaron que fueran al pueblo más cercano en busca de ayuda, llenaron las alforjas de sus caballos con el arroz que pudieron coger de los graneros de la aldea y se marcharon.

Genji cabalgaba en silencio, serio y mirando de cuando en cuando a su espalda. La tercera o cuarta vez que lo hizo, Reiko no pudo seguir callada.

—No podíamos llevarlas con nosotros —dijo—. Hemos ayudado todo lo que estaba en nuestra mano.

—Esos onis nos perseguían a nosotros. Quizás hicieron lo mismo en la aldea Otobe. ¿Debemos dejarles hacer a su antojo?

—Nuestro deber ahora es acabar con el invierno y bien lo sabes. Si no lo logramos, no estaremos hablando de unos cientos de muertos, sino de miles, por el hambre y las luchas que ésta provoque.

El tono de ambos iba subiendo. Habían sido criados con historias de heroicas batallas y de duelos entre honorables samuráis, con leyendas del tiempo en que los kami caminaban entre los hombres, como era de gloria y esplendor. Nada los había preparado para lo que acababan de ver y tenían los nervios destrozados. Pero, antes que ninguno pudiera decir una palabra de la que pudiera arrepentirse, vieron el carro.

Era un carromato grande, con costados y techo de madera: una vivienda sobre ruedas, de las usadas por comerciantes. Estaba tumbada sobre el costado, las mulas destripadas. El cochero estaba tirado más allá. Le faltaba media cabeza.

Estaban en la carretera, casi en el tramo por donde habían salido del bosque esa mañana. Revisaron las lindes a uno y otro lado, temerosos de ver aparecer a los tres onis faltantes. Ni una rama se movía. Reiko le hizo una señal a Genji, que desmontó y rodeó el carro. Tenía el costado derecho, el que quedaba arriba, abollado y astillado, como si algo grande y pesado lo hubiese embestido. El cuerpo de una mujer estaba veinte metros por detrás del carro. Desde allí se le veía la espalda desgarrada, con la columna y costillas al aire.

El samurái entro en el carro. Era un caos de mercancía, ropas y provisiones. Parecían hojalateros. Debían llevar un niño pequeño con ellos, del que no había rastro. Reiko, revisando el exterior, vio un abultamiento bajo el eje trasero. Revisando desde dentro, encontraron un escondrijo secreto, con dinero (plata), algunas armas pequeñas y una caja pesada.

La caja, al forzar la cerradura, expulsó una apestosa nube de veneno que estuvo a punto de costarles un disgusto. Dentro, un estuche de papel con un buen número de ryo y una serie de cartas. Reconocieron la letra y sello del señor Saito. Eran órdenes de investigar a los Karasuma, el dinero era para sobornos y también tenía información sensible de varios samuráis en puestos de poder, para chantajearlos.

Recogieron cartas y dinero y siguieron camino, cruzando a los bosques occidentales siguiendo el rastro que les había dejado Takumi. El problema, vieron enseguida, es que no eran los únicos tras el rastro.

Al rato, encontraron restos de un campamento y señales de lucha. Un poco más allá, los restos de un oni sabueso. No pudieron contenerse más y llamaron a voces. Oyeron respuesta al sur. Corrieron hacía allí, llevando los caballos de las riendas. Vieron otros dos cuerpos de onis.

El grupo estaba un poco más allá, acampados a la orilla de un riachuelo. Takumi montaba guardia, mientras Hitomi limpiaba y cosía una herida en el brazo a Kato. El samurái estaba muy serio, más que de costumbre, con los labios apretados.

—Nos atacaron apenas habíamos montado el campamento —informó el daimah, sin dar más detalles.

—Atacaron antes un carro. Vimos los cuerpos del matrimonio, pero no los de su hijo —Un puñetazo de Kato contra el suelo interrumpió a Genji. Siguieron la mirada de Takumi. Habían cavado una pequeña tumba entre las raíces de un roble—. Atacaron antes la aldea, allí luchamos con otros tres. Nos vienen siguiendo desde el monte Miwa —Kato levantó la vista al oír lo de la aldea. Genji esquivó su mirada, no quería hablar de lo que había visto.

Continuaron camino una vez Hitomi terminó con Kato. En silencio, taciturnos, sabiendo que dejaban a sus espaldas a varias decenas de demonios.

Sakura, un cuento de Lannet 2×13. Con Hosoda Genji (Menxar) e Ishikawa Reiko (Charlie).

Encuentro mañanero (ocurre por la mañana y lo jugamos por la mañana), desagradable y violento. Un ejemplo de lo que pasa si los onis campan a sus anchas: cuarenta o cincuenta muertos porque sí.

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