Hosoda Genji forcejeó para poder sacar el tanto y cortar la red. Los tengu estaban ya lejos, volando rumbo al norte. Ignoró al ronin medio muerto que yacía a pocos metros de él y se dirigió hacia donde oía a Kato Misaki. Lo encontró luchando con su oponente, a mordiscos incluso, atados ambos bajo la misma red. Genji no estaba para bromas y les pegó cuatro gritos para que se estuviesen quietos. Tras cortar la red, señaló al ronin el camino seguido por sus compañeros.
—¡Largo!
El ronin no dudó: en los ojos del samurái había promesas de muerte.
—Los tengu tienen a Ishikawa-dono y a Hitomi —informó a Kato—. Si no los perseguimos rápido, las perderemos.

Volvieron a la carrera a donde habían dejado los caballos. El campamento había sufrido un huracán: mantas, utillajes, los sacos del arroz… estaban todos tirados y desparramados. Los caballos habían roto sus ataduras y estaban dispersos: las dos mulas colina abajo, el caballo de Kato y el Hitomi juntos más allá, los de Reiko y Genji (Hirano ambos) en mitad del destrozo, esperando pacientemente a sus amos. Genji reagrupó y ensilló las monturas mientras Kato recogía lo salvable.




