Sakura — Trae el invierno, lo que de verdad pasó

Una historia salvaje es una historia que desea ser contada y está al acecho en busca de cualquier oportunidad. Una historia domesticada es una historia tranquila, criada con mimo y que tiene un comportamiento que se pliega a nuestros deseos. Una historia salvaje no: tras una apariencia inofensiva, saltará de improviso y nos arrastrará en una vorágine difícil de controlar. En el camino, puede hasta que engulla nuestra bonita historia domesticada y nos deje… otra cosa.

Como máster dado a la improvisación, he sufrido el ataque de historias salvajes. Algunas me han llegado a reescribir una campaña de arriba abajo (la trama de Caos en Guardianes del Grial), otras… bueno, ahí queda el dragón en su mansión multidimensional que se dedicaba a la venta por catálogo, partida del Ícaro que aún no sabemos si considerar o no canon y que no he llegado a contar porque me da algo de vergüenza de lo absurda que fue.

La última ocasión fue durante la estancia en Tsukikage, capital imperial. La conté ayer, dentro de lo malo no fue muy salvaje y, aprovechando una pausa entre dos sesiones, puede agarrarme a su lomo y llevarla más o menos en la dirección que yo quería. Ha cambiado toda la parte central de la campaña, pero casi parece que lo tuviera planeado desde el principio. A riesgo de perder el respeto de mis jugadores, esto es lo que de verdad ocurrió:

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Sakura — Trae el invierno

Tsukikage, ¡oh, la hermosa Tsukikage, la ciudad eterna, capital del Imperio! Un millón de almas, bullicio constante, grandes avenidas, palacios y teatros, arrabales de callejones embarrados y casuchas destartaladas. Ciudad viva, ciudad de contrastes y, para dos samuráis rurales, un mundo apabullante, tan atractivo como repulsivo.

Reiko y Genji, con sus monturas, llamaban la atención y atraían miradas por donde iban. Los niños se acercaban a los caballos de guerra, los yakuzas y ronin los miraban con ojos golosos, los samuráis entendidos lanzaban miradas poco disimuladas de admiración. Hasta se acercaron agentes de policías para comprobar que tenían permisos para llevarlos. A éstos pidieron indicaciones para llegar a la casa Shigeko.

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El recuerdo de Marnie

Tras el interesante debut de Arriety y el mundo de los diminutos, tenía mucho interés en la carrera del director, Hiromasa Yonebayashi. Su segunda película, El recuerdo de Marnie, se basa también en una novela para jóvenes de una escritora británica (When Marnie Was There, de Joan G. Robinson), con los cambios pertinentes para adaptarlo al Japón actual.


¿Es Marnie una chica real, una amiga imaginaria o un fantasma?

Nos cuenta la historia de Anne, una adolescente huérfana, asmática y necesitada de encontrar su sitio en el mundo que trae de cabeza a sus padres adoptivos. Sin saber muy bien qué hacer, la mandan con unos parientes a un pueblecito costero, con la típica excusa del clima, pero con la secreta esperanza de que la vieja Setsu Oiwa la ablande (vale, esto último es de mi cosecha, pero el amoroso acoso y derribo fraternal de la mujer es espectacular). La muchacha se adapta a la vida con los Oiwa, pero no con el resto del pueblo y busca refugio en la única amiga que encuentra: Marnie, una chica extranjera que vive en la mansión al otro lado de la marisma.

El recuerdo de Marnie es relato más íntimo que Arriety, más realista y, al mismo tiempo, más mágico, con personajes sólidos, incluso los que apenas salen en pantalla (en algún caso, también tópicos, pero un viejo gruñón y solitario, ya sea pastor o pescador, nunca sobra). Un gran segundo trabajo de Yonebayashi. Tengo ganas de ver el tercero.

Sakura — El Abanico Rojo

El rumor sordo que lo llenaba todo presagiaba la catástrofe. Los brazos en alto y los gritos de desesperación la confirmaron. Una repentina crecida de un riachuelo, de lo normal pacífico, provocada por la incesante lluvia y el deshielo que habían traído los húmedos y cálidos vientos oceánicos, se había cobrado su precio en aquel vado de la carretera a Tsukikage. Varios cuerpos flotaban corriente abajo, junto con dos literas. Una, la más entera, había quedado enganchada en un amasijo de ramas y restos y de ella se agitaba un brazo de mujer.

Hosoda ni se lo pensó. Pasó las riendas de la mula a Reiko y se lanzó al galope, cruzó entre los impotentes samuráis y criados y saltó al torrente. Por un momento, pareció que la fuerza de las aguas arrastraría al imprudente samurái y a su caballo, pero la montura respondió a las órdenes de su jinete y, evitando como podían los restos más grandes y aguantando el envite de los pequeños, llegaron hasta la litera. Genji intentó izar a su ocupante, pero el elegante kimono empapado que lucía la mujer se había convertido en una trampa mortal. Tuvo que tomar su tanto y cortar las ricas telas hasta dejarla con el ligero kimono interior.


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Saekano

Saenai Heroine no Sodatekata esconde, tras su kilométrico nombre, una tópica serie de harén con protagonista pazguato y montón de chicas enamoradas de él por alguna extraña razón. El prota, crítico de anime, juegos y novelas en su blog, de cierta importancia en el mundillo, toma como musa a una chica un tanto sosa y convence a dos compañeras, una ilustradora amateur y una escritora profesional, de crear una novela visual con una protagonista basada en su musa. La serie sigue los tópicos del género. En algunas situaciones, los exageran de forma forzada y plenamente consciente, parodiando el género de videojuego de citas, en paralelo a la creación del suyo. Cuando decae el ritmo, se echa mano a algo de fanservice.

Megumi Katou, la impasible protagonista

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La colina de las amapolas

Después de la aburrida e insulsa Cuentos de Terramar no tenía mucha prisa por ver el segundo largometraje de Goro Miyazaki, hijo de Hayao Miyazaki. No podía estar más equivocado: es ésta lo borda y demuestra que, con él y con Hiromasa Yonebayashi (Arriety, El recuerdo de Marnie), en Ghibli hay talento para muchos años.


No es una película para ver con hambre

La colina de las amapolas cuenta una historia muy, muy sencilla y muchas veces contada: el primer amor durante la adolescencia. Los caminos de Umi Matsuzaki y Shun Kazama se cruzan en la defensa del viejo edificio que sirve de sede a los clubes del instituto. Y ya. Bueno, salvo porque su pasado está entrelazado de una forma que no se imaginan.

Lo importante está en el fondo, en el retrato del Japón de principios de los sesenta, en detalles como la preparación de las comidas, los caminos, los vehículos, las heridas de la guerra, todo ello aderezado con una colección de personajes entrañables (y alguno esperpéntico, como el miembro del club de filosofía).

Seguramente pasará a la historia como una obra menor del estudio, pero cada escena es una obra de arte. Una película para revisitar cuando perdamos la fe en el mundo.

Kokoro Connect

Cinco amigos (dos chicos y tres chicas) que forman un club se convierten en sujetos de investigación de un ente extraño y su amistad será puesta a prueba por variados fenómenos nada naturales: intercambio de cuerpos, regresiones a la infancia, pensamientos indiscretos… Ésta es la propuesta de Kokoro Connect, serie de novelas ligeras de Sadanatsu Anda con ilustraciones de Shiromizakana (habitual de Kyoto Animation y responsable del diseño de personajes de K-On y Tamako market). Las cuatro primeras fueron adaptadas al anime en 17 episodios por el estudio Silver Link bajo la batuta de Shin Oonuma (ambas ef) y Shinya Kawatsura en 2012.


Nagase e Inaba

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Adiós, Stephen Furst

Hoy me he levantado con la noticia de la muerte de Stephen Furst, que dio vida a Vir Cotto en Babylon 5. Se suma a la lista de actores de la serie que nos han dejado ya. El tiempo pasa y nos hacemos viejos.

Adiós, Stephen Furst, y gracias por todo. Siempre nos acompañará tu trabajo. Y el de Richard Biggs, Michael O’Hare, Jeff Conaway, Andreas Katsulas, Tim Choate, Jerry Doyle y Robin Sachs.

Sakura — El banquete de los tengu

La carretera de Aimi a Tsukikage era una carretera imperial con todo lo que ello conllevaba: un camino ancho y de buen firme, sobre un terraplén, con árboles de sombra en los laterales, con sus ramas aún desnudas en aquel invierno tardío, y casas de postas, tabernas y posadas a intervalos regulares. Desde las tierras altas de Aimi bajaba siguiendo el Shin a los llanos de Kusa y servía, durante su tramo inicial, de frontera entre vasallos de los Asakura y de los Oda.

Un largo viaje que Hosoda Genji, haciendo acopio de su autocontrol, planeó con calma. Por mucho que el instinto le pidiera abrir cuanta más distancia mejor con Nakamura Ken, sabía que debía mimar a sus monturas, un recurso irremplazable en aquellos momentos. No podían correr más que un perseguidor con derecho a cambiar de montura en las casas de postas o que una paloma mensajera. Además, los días eran aún cortos y fríos y, aunque Reiko parecía insensible a las bajas temperaturas, agradecía tanto o más que él el dormir bajo techo tras un baño caliente.

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Rokka no Yuusha

La serie de hoy pasó bajo mi radar en su momento, 2015. La han sacado estos días los chicos de Nanashi y, como es cortita (12 episodios), la he echado al saco para tener algo que ver mientras avanzan las de temporada. No es mala opción, aunque se desinfla y patina en los dos capítulos finales que podían haberse reducido a uno. Dejando de lado el final (en realidad un no-final, pues el anime adapta sólo la primera de las novelas de la serie), y éste por su desarrollo demasiado estirado, no es mala opción para pasar entretenidos un par de tardes.


Los seis héroes reunidos

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