Sakura — El sendero del bushido

Hosoda Genji forcejeó para poder sacar el tanto y cortar la red. Los tengu estaban ya lejos, volando rumbo al norte. Ignoró al ronin medio muerto que yacía a pocos metros de él y se dirigió hacia donde oía a Kato Misaki. Lo encontró luchando con su oponente, a mordiscos incluso, atados ambos bajo la misma red. Genji no estaba para bromas y les pegó cuatro gritos para que se estuviesen quietos. Tras cortar la red, señaló al ronin el camino seguido por sus compañeros.

—¡Largo!

El ronin no dudó: en los ojos del samurái había promesas de muerte.

—Los tengu tienen a Ishikawa-dono y a Hitomi —informó a Kato—. Si no los perseguimos rápido, las perderemos.

Volvieron a la carrera a donde habían dejado los caballos. El campamento había sufrido un huracán: mantas, utillajes, los sacos del arroz… estaban todos tirados y desparramados. Los caballos habían roto sus ataduras y estaban dispersos: las dos mulas colina abajo, el caballo de Kato y el Hitomi juntos más allá, los de Reiko y Genji (Hirano ambos) en mitad del destrozo, esperando pacientemente a sus amos. Genji reagrupó y ensilló las monturas mientras Kato recogía lo salvable.

Volaron cerca de una hora, con las garras de los tengu clavándoseles pese a la ropa y cortante y frío viento azotándolas sin piedad. Descendieron sobre la cima de una colina rodeada de bosque donde, en tiempos, se había levantado un templo. Un silencioso tori marcaba el punto donde las antiguas escalinatas daban paso a la explanada. Las antiguas linternas de piedra, las estatuas de animales y sus pedestales estaban repartidos en un tosco círculo, a modo de asientos. Al fondo, como triste recuerdo del pasado, las ruinas del templo: tejas rotas malcubrían el montón de escombros del que salían, como costillas de un animal muerto, restos de vigas y columnas.

Los tengu dejaron a las dos jóvenes en el centro del círculo sin mucho miramiento. Reiko saltó hacia Hitomi y la abrazó con fuerza. La acólita temblaba de frío y miedo. Los tengu las rodearon. Un círculo de plumas negras, rostros negros y ojillos inescrutables. Dos de los tengu sobresalían sobre los demás: el que parecía el caudillo, por sus ropas y porte, y otro, con un báculo que le identificaba como sacerdote.

—¡Ajá! Buena presa para el clan Zenkibo. ¡Ajá! —exclamó el jefe—. Dos muchachas jóvenes. ¡Ajá! Y una de ellas, virgen. Buena presa. ¡Ajá! Tenemos arroz, tenemos carne, tenemos sake y, ahora, dos lindas muchachas que nos servirán. ¡Ajá! Tendremos fiesta esta noche.

—¡Ajá! —corearon todos los tengu.

—Pero ésta huele a macho rancio —repuso uno de ellos, olisqueando las ropas del ninja que llevaba Reiko.

—Pues, ¡bañémosla!

—Eso, bañémosla. Bañémoslas. Es la hora del baño. ¡Al baño, al baño! —corearon el resto de tengu, que comenzaron una canción obscena y llena de graznidos. Una tina apareció como por arte de magia de detrás de los escombros y varios tengu jóvenes acarrearon agua del arroyo cercano para llenarla. Otros cogieron a Reiko en volandas y la llevaron hacia la tina, forcejeando para quitarle la ropa. Hitomi reaccionó de pronto, agarró un palo o una rama que encontrara en el suelo y corrió tras los tengu.

—¡Es una señora, pájaros de mal agüero! ¡Tratadla con respeto, gamberros!

Los tengu corrieron y aletearon ante el inesperado ataque de furia. Soltaron a Reiko, chocaron entre ellos y alguno se llevó un estacazo. El resto, miraban y reían, daban consejos a Hitomi y se burlaban de sus compañeros. Pero funcionó y Reiko pudo bañarse asistida por Hitomi y protegida por una lona robada dios sabe dónde. El agua de la tina estaba helada, pero el tanto de Minako-hime la protegía del frío. Los tengu no tenían ropa para ella, así que lavaron las ropas del ninja e invocaron al viento para secarlas.

Terminado el baño, arrastraron de nuevo a las jóvenes al centro del círculo. Los tengu ya se habían sentado y repartidos vasos entre ellos. Dieron sendas jarras de sake a Hitomi y a Reiko y les ordenaron servirles. Aquello terminó de descomponer a Reiko. Le dio su jarra a Hitomi y se plantó delante del jefe de los tengu, mirándolo fijamente a los ojos.

—Soy Ishikawa Reiko, del clan Ishikawa de Los Valles de Minako-hime, primogénita del daimio. Soy amiga de la yukionna del paso Azuma, he cantado al espíritu oso del camino de Sukarou, he compartido copa con Kashi no Kunshu y porto el tanto de Minako-hime, entregado por la kitsune que lo guardaba para que lo protegiera —Sacó el tanto de sus ropas y se lo ofreció al tengu—. ¡No voy a servir sake a unos pájaros alborotadores sin seso!

El tengu cogió el tanto que le tendía Reiko y examinó la vaina y la empuñadura con desconfianza y hasta descortesía. Desenvainó parte de la hoja, tres dedos apenas hasta ver la filigrana del zorro de hielo que la decoraba. Como sacudido por una descarga eléctrica, devolvió casi tirando el arma a la joven y guardó un perplejo silencio durante unos instantes. Luego, tomó a Reiko del brazo, la hizo sentarse a su lado y le puso una copa en las manos.

—Contadnos vuestra historia, doncella del invierno.

Hitomi, resignada, sirvió sake al caudillo y a Reiko y luego al resto de tengu, mientras la samurái relataba sus viajes desde que obtuviera el tanto.

Hosoda y Kato avanzaban desalentados por el bosque. No encontraban rastro del camino seguido por los tengu: ni plumas ni algún objeto que Reiko o Hitomi hubieran podido tirar desde las alturas. La tarde tocaba a su fin y las sombras se alargaban en el bosque, manchas de oscuridad entre las ramas.

Genji suspiró y se elevó sobre los estribos.

—¡Mostraos! —gritó.

Hubo un silencio contenido y, luego, un tengu descendió de los árboles. Miró con detenimiento a Genji.

—¿Es el tonto? —graznó una voz en los árboles.

—Ella no dijo que fuera tonto, dijo que seguía el bushido —le recriminó otra voz.

—Pues eso, que es tonto —terminó la primera.

Hosoda ya había tratado con tengu antes, así que ignoró los comentarios y mantuvo su mente en calma. Hizo un gesto a Kato para que no hiciera nada.

—Os llevasteis a mi señora y a mi protegida.

—¡Ajá! Una bromita nada más. Tenemos fiesta y nos faltaban chicas que sirvieran el sake —contestó el tengu que estaba en el suelo—. El arroz se está cociendo. Hay carne al fuego y sake en abundancia. La chica del invierno dice que os invitemos también a la fiesta. Nosotros venimos y os invitamos. ¿Ajá?

Los dos samuráis siguieron a los tengu hasta la colina, a donde llegaron poco después del ocaso. Kato desmontó y se acercó a Reiko y a Hitomi para ver cómo estaban. Hosoda se preocupó primero de buscar acomodo para las monturas antes de entrar en el círculo de toscos asientos. Fue hasta el que ocupaban el caudillo tengu y Reiko y se arrodilló delante, haciendo una profunda reverencia a su señora primero y al tengu, menos pronunciada, después. La espada la dejó a su izquierda, con una tranquilidad acerada que fascinó a los tengu. Hitomi le sirvió una copa.

—El clan Zenkibo, mi espada, Hosoda Genji —Reiko hizo las presentaciones. Los tengu volvieron a reír y a pedir comida y sake, pero en un tono más estridente y mirando de reojo a Genji.

—Contaba a mis anfitriones que deseamos llegar a las tierras de los Shimazaki —continuó Reiko—. Les he contado nuestra historia y por qué necesitamos hablar con ellos.

—¡Ajá! Pero es no es posible: la aldea de los Shimazaki no está en el mundo humano. Aunque llegaseis a sus campos de arroz, no lograríais llegar al pueblo.

—De todas formas, debemos ir.

El caudillo se acarició el pico.

—Hay una mujer que puede llevaros. Se crio con espíritus del bosque y puede entrar y salir por los viejos caminos. La llaman la Doncella Salvaje. La podéis encontrar cerca de la aldea Otobe.

—Perfecto, llevadnos hasta allí.

—¡No! —Los tengu aletearon nerviosos—. No volveremos al Bosque de Karasu. Una oscuridad se ha establecido allí y nos obligó a marcharnos. El poderoso clan Zenkibo tuvo que abandonar su hogar ancestral. ¡Qué triste historia!

—¡Muy triste historia! —corearon el resto de tengu, sorbiéndose los mocos.

—Aun así, debemos ir —repuso Genji—. Sin duda, esa oscuridad es cosa de los devotos del Dios Insidioso y su shugenja, Gonbu. Sabemos que la sacerdotisa del verano, Shimazaki Eri, iba hacia su pueblo. Si ella ha cruzado el bosque, nosotros también lo haremos.

—Naa, a Eri la mandamos por la senda del bushi… —Varios tengu se abalanzaron sobre el infeliz que había hablado, derribándolo y cerrándole el pico.

—¡Chist! ¡No podemos decirlo!

—Pero ya lo habéis dicho, así que hablad claro o no habrá mañana para Lannet —ordenó Reiko.

Los tengu se miraron entre sí, inquietos. El sacerdote se sentó entre los samuráis.

—Hay antiguos senderos que cruzaban Lannet más allá del mundo de los hombres —dijo—. Caminos usados por los kamis y otros grandes espíritus para viajar rápidamente. Tras la Retirada de los kami, la mayoría de esos senderos de cerraron, pero en el Bosque de Karasu aún perduran. Es un camino muy peligroso que me mueve más en terreno emocional que físico y que os puede llevar al lugar que desee vuestro corazón de forma rápida… O a vuestra muerte. Lo llamamos el Sendero del Bushido porque aquellos que viajan por él se enfrentan a desafíos que prueban las virtudes del Bushido.

—¡Es el camino de los tontos! —exclamó el bocazas de siempre.

—Shimazaki Eri-dono se atrevió con el camino porque esperaba despistar en él a sus perseguidores y confiaba en su guardaespaldas. ¿Qué haréis, Ishikawa Reiko-dono?

—Ella también tiene un tonto para el camino de los tontos.

Hosoda Genji no aguantó más. Se levantó, apoyándose en la espada y miró fijamente a los tengu con unos ojos que despedían un brillo acerado.

—¡No oséis burlaros del camino del guerrero! Es la guía que nos permite servir y morir por nuestros señores, sin remordimiento ni duda y dar siempre lo mejor de nosotros.

En ningún momento levantó la voz ni hizo movimiento agresivo, pero los tengu más impresionables corrieron a protegerse tras su caudillo. El caudillo se golpeó la rodilla, divertido.

—¡Bien dicho! Ahora, bebamos y comamos: mañana tomaréis vuestra decisión.

Al alba, se reunieron con el sacerdote. No dijo nada; se limitó a asentir y los acompañó a las ruinas del templo. Les dio un té cargado de especias que hizo que sus sentidos se agudizaran: los colores se volvieron más vivos; el aire, más aromático; las sombras, llenas de matices. Acompañados de su monótono canto, el grupo entró en un trance que les permitió ver la entrada al sendero entre las ruinas. Hosoda fue el primero en cruzar, seguido por Reiko, Hitomi y con Kato cerrando la marcha llevando las mulas.

Al otro lado, un día plomizo recibió a Genji. Un horizonte que se extendía hasta el infinito enmarcaba una tierra yerma en el que un camino empedrado rompía la monotonía. Reiko apareció tras él. Vio unas nubes negras de tormenta que dejaban ver hasta poco más de un centenar de pasos y así lo hizo saber. Una tenue vereda cruzaba el campo yermo. Kato vio lo mismo, salvo por el camino, más marcado. Y Hitomi comentó lo raras que eran las plantas. Reiko encomendó a Hosoda guiarlos por el camino, ya que era quien lo veía más claro.

Hosoda asintió, pero cuando fue a dar el primer paso las palabras del sacerdote volvieron a su mente. “Al lugar que desee vuestro corazón”, dijo. Y una carita pecosa se escapó de sus recuerdos, atribulando su corazón. Suspiró y se sentó en el camino a meditar.

“¿Qué es lo que desea mi corazón? Estar con ella, sin duda. ¿Ahora? No. Y sí. La dejé para ir con mi señora y no podré volver a mirarla a la cara hasta que no cumpla con mi deber, aun si eso significa que, para entonces, ella haya rehecho su vida. Acompañaré a mi señora hasta que pueda limpiar su nombre y recuperar su honor. Ése es el camino de mi corazón.”

Suspiró y se levantó.

—Hime-dono, yo no puedo ser el guía. Mi corazón os sigue. Si yo guiara, os seguiría y vos me seguiríais a mí y acabaríamos todos perdidos sin remisión.

Reiko dio un paso adelante, para verse también asaltadas por las dudas.

—Hitomi, ¿podrías describirme a la sacerdotisa del verano y su tanto? Quizás eso me ayude a encontrar el camino.

Inconscientemente, Reiko intentó leer los pensamientos superficiales de Hitomi para captar alguna imagen. En aquel sitio extraño, los poderes mentales de la joven se hicieron visibles con un traslúcido color azul. Hitomi quedó paralizada; Reiko, confusa; Kato echó mano de su espada y miró alrededor, temiendo un ataque; Genji sopesó a Reiko y luego desvió la mirada.

—¡No me ha hecho nada, no he sentido nada! —exclamaba Hitomi.

—¿Qué ha sido? ¿Un hechizo de un shugenja o de un espíritu? —preguntaba Kato.

—Nada hay a la vista —zanjó Genji—. Habrá sido un efecto natural de este extraño lugar, como un fuego de San Telmo.

La forma en que la ignoraba molestó a Reiko. Aprovechó un momento en que Hitomi y Kato estaban al otro lado de las monturas para llevarse a un aparte a su compañero.

—No puedo explicar lo que ha pasado, porque para mí es normal: a veces, cuando escucho con atención a otras personas, soy capaz de adivinar sus movimientos o de ver una imagen nítida de lo que están pensando. Esa… luz… Estaba muy pendiente de Hitomi en ese momento —No había temblor en la voz de la joven. La preocupación que pudiera sentir al descubrir Genji los poderes que le había estado ocultando la empujó a un pequeño y secreto rincón de su mente.

—No tenéis que darme explicaciones, hime-dono. Lleváis el tanto de Minako-hime. Os he visto luchar con él, os he visto convocar una tormenta de nieve con él y desaparecer en su interior. Entiendo que sus dones son misteriosos.

Reiko se mordió el labio. A veces, le entraban ganas de golpear al terco samurái que ya en poco se parecía al muchacho nervioso y tímido con el que se había criado. Había decidido creer lo que había decidido creer y convencerlo de otra cosa sería como querer derretir el glaciar de Azuma con una antorcha. Quería devolverle a casa y recuperar su mundo. El suyo y el de todas las personas en peligro por aquel maldito invierno que no se acababa. Tomó las riendas de su caballo y empezó a andar con decisión, siguiendo el camino.

El camino los llevó pronto a terreno escabroso: mesas y riscos recorridos por estrechos desfiladeros. Las paredes, cada vez más verticales, se antojaban poco estables y, a los ecos levantados por los cascos de los caballos, caían piedrecillas, resonando como si fueran grandes avalanchas. Aquello era un laberinto gris y con pocas referencias y su única guía era el sendero que seguía Reiko. Hitomi iba a su lado, montada en el Hirano de la samurái, y Kato y Hosoda cerraban la marcha. Ninguno tenía muchas ganas de hablar: las pocas veces que lo intentaron, sus voces se vieron amplificadas y se extendieron por el laberinto de cañones. Incluso cuando pararon a descansar, apenas intercambiaron susurros.

Tras tres o cuatro horas de marcha, vieron la salida: un pasaje estrecho que parecía dar a la llanura abierta. Cuando se acercaban, un temblor sacudió el temor. Los caballos relincharon nerviosos. Hosoda, que seguía siendo quien más lejos veía en aquel terreno, contempló con horror como los riscos que flanqueaban la salida vacilaban e iniciaban una pesada caída, arrastrando toda la ladera consigo.

—¡Corred! ¡Cruzad la salida! ¡Vamos! —gritó sin dudar, mientras golpeaba con la katana envainada a las monturas en el flanco para obligarlas a correr— ¡Vamos!

Reiko no perdió el tiempo en mirar a su alrededor y saltó sobre la grupa de su montura. El caballo respondió presto a sus órdenes y partió como una exhalación. Fue apenas consciente de los enormes peñascos que caían sobre su cabeza. Cuando ya se veía perdida, el terreno se abrió ante ella y el estruendo quedó atrás. Refrenó a su montura y dio la vuelta, con Hitomi entre sus brazos, aún gritando de miedo y adrenalina. Entre el polvo del derrumbe surgió Kato, cubierto de gris de los pies a la cabeza. Para cuando su corazón dejó de querer escapársele del pecho, la joven se dio cuenta de que Genji los había adelantado de alguna forma y ahora volvía, tras reagrupar las mulas. De esta forma, pasaron la primera prueba del camino.

Debía ser por la tarde cuando llegaron a la sima, una grieta de profundidad insondable que les cortaba el paso, demasiado ancha para poder saltarla. El camino moría allí, flanqueado por dos lomas imposibles de trepar. La única vía para seguir parecía ser un estrecho paso que seguía la sima por la derecha. Genji y Reiko dejaron a Kato con Hitomi y la impedimenta y fueron por el paso. Era tan estrecho que les obligaba a ir en fila india y cuidando bien donde pisaban.

Cincuenta o sesenta metros más allá se encontraron con lo inesperado: Honjo Satoshi, el samurái renegado. Estaba recostado en una oquedad de la roca, cubierto de sangre seca; tenía la ropa hecha jirones y múltiples abrasiones en las extremidades y el torso, como si hubiera caído rodando por una ladera y se hubiera arrastrado un largo trecho. Abrió los ojos cuando se acercaron y soltó una risita seca.

—No es mi día, no —dijo en un graznido. Tenía los labios secos y cuarteados y la mirada febril.

—¿Qué hace aquí, Honjo? —preguntó, amenazadora, Reiko, la más próxima a él.

El yogoreta volvió a reír y se encogió de hombros.

—Algo nos atacó y caí rodando de las parihuelas. Cuando me desperté, estaba en este lugar de pesadilla —Señaló a su espalda, al otro lado de la sima—. Desde ahí, vengo siguiendo el camino —Y señaló en la dirección por donde venían los dos samuráis—, esperando encontrar una salida.

Se llevaron a Honjo con ellos. El hombre apenas podía avanzar, apoyándose en su katana como muleta, pero Hosoda no respiró hasta que alcanzaron el campamento, pues Reiko se encontraba entre él y el yogoreta.

Ya reunidos con Kato, dieron agua a Honjo. El samurái renegado bebió ávidamente, pero sin abusar. Genji se dio cuenta de que debía estar acostumbrado a moverse con provisiones racionadas. Le miró las heridas. Miró a Reiko. Reiko se acercó a Hitomi. La chica estaba escondida entre los caballos, al borde del llanto.

—Está herido. Ya lo llevemos con nosotros o le dejemos seguir camino, morirá si no lo atendemos. Lo que os hizo a ti y a los tuyos no tiene perdón y, si pudiéramos, lo entregaríamos a la justicia. Pero estamos en mitad de ninguna parte y ninguno de nosotros va a matar a un hombre indefenso. Si dejas que su negrura se asiente en tu corazón, habrá ganado.

La dejó y volvió con Hosoda para seguir interrogando a Honjo sobre el shugenja Gonbu y sus planes. Al poco, vio como Hitomi se acercaba, pálida y temblorosa, con el botiquín. Se apartaron y la dejaron actuar. Un grito de Kato les hizo volver la cabeza: la sima había quedado reducida a una grieta que podía pasarse de un paso.

Honjo había desaparecido, dejando las vendas manchadas de sangre en el polvo del camino. Así, pasaron la segunda prueba.

La tercera fue una viejecita preguntona que encontraron en el camino, tras una larga subida por una polvorienta ladera de tierra negra. La anciana, en el punto más alto, justo antes de empezar el descenso, interpeló al grupo conforme iban pasando. Preguntas en apariencia inocentes con las que probó la sinceridad de los viajeros. Hitomi no fue sincera y la vieja, rápido como el rayo, la arrojó del caballo. Reiko, delante de ella, no se lo pensó y se tiró por la ladera tras la joven.

Kato y Hosoda, una vez pasaron a la vieja, buscaron el mejor punto para intentar rescatar a sus compañeras con ayuda de las cuerdas que llevaban. Con algunos traspiés, las dos muchachas lograron subir, polvorientas, con la ropa desgarrada y con abrasiones y raspaduras.

—Hay que limpiar bien las heridas de la arena, para que no se infecten. Necesitamos agua —dijo Hitomi, tras disculparse por fallar con la vieja.

Usaron un poco de agua para enjuagarse bocas y ojos. No se atrevieron a más: desde que seguían esa extraña senda no habían visto arroyo o pozo alguno y debían reservar el agua para beber, ellos y sus monturas.

Las sombras se alargaban, aunque allí era imposible decir si había pasado un único día o varios, cuando vieron una granja en un pequeño valle. Era una casa sencilla, rodeada por una valla cubierta de plantas. Dentro del recinto vieron un pozo, un huerto y un corral con gallinas.

Desde la cancela, llamaron al dueño de la casa. Pasados unos instantes, la puerta se abrió y salió al porche una mujer, a juzgar por sus ropas. Llevaba la cabeza y el rostro cubiertos, de forma que apenas se le veía un ojo y un mechón de pelo.

—Disculpad la intromisión, mi señora —dijo Reiko, haciendo una reverencia—. Somos viajeros. Hemos tenido un mal encuentro y nos vendría bien lavar nuestras heridas. ¿Sería mucho pedir que nos dejara tomar algo de agua de su pozo?

La mujer dijo algo ininteligible por la distancia e hizo un gesto de bienvenida. Reiko se acercó e hizo otra reverencia. Costaba entender a la mujer, entre que hablaba bajo y el velo que la cubría. Tenía la voz dulce y dama la sensación de ser una dama cultivada.

—Por favor, viajeros, aceptad mi hospitalidad por esta noche. Entrad en la casa: por la noche refresca y hace frío.

Hosoda y Kato quedaron fuera, desensillando los caballos y atándolos a la cerca, por fuera del recinto para que no pudieran pisotear el huerto. Hitomi y Reiko entraron. Era una casa sencilla, con utensilios y muebles que habían sido de buena calidad, maltratados por el tiempo y el uso. Había agua calentándose en el hogar y la mujer preparó el habitual té de bienvenida, sirviendo sendas tazas a las dos muchachas.

Reiko lo agradeció con una reverencia y tomó un sorbo. ¡Era la cosa más nauseabunda que había probado nunca! Sintió arcadas, se le nubló la vista y le entraron sudores ante tamaña asquerosidad. Necesitó de todo su autocontrol para no escupir aquel brebaje infernal delante de su anfitriona. No le dio tiempo a avisar a Hitomi. Vio cómo le sobrevenían las arcadas a la muchacha. Hizo un esfuerzo para encontrar su voz allá donde se había escondido y alabó el trabajo del maestro calígrafo que, manchado y ajado, adornaba la pared más alejada. Con esto, la anfitriona no se dio cuenta de que Hitomi escupía el té en el vaso.

Entraron Hosoda y Kato. Dejaron las sillas y el resto de la impedimenta en la entrada y las espadas en los soportes dispuestos antes de tomar asiento. Reiko intentó prevenir a sus compañeros, pero, aún muy afectada, sus gestos y muecas sólo provocaron incomprensión.

Hosoda Genji fue el primero en tomar el té. Su gran autocontrol le permitió tomar dos sorbos y dar las gracias a su anfitriona con unos exquisitos modales que borraron el comportamiento de las chicas. También tuvo tiempo de avisar con un gesto a Kato, que salvó la situación apenas mojándose los labios.

—Tengo una sábana limpia que podéis usar para vendas —dijo la mujer, levantándose y cogiendo un barreño—. Voy al pozo a por agua para que podáis lavaros.

Genji se levantó al punto e interceptó a su anfitriona con una elegante reverencia.

—Por favor, mi señora, dejad que me encargo yo del pozo. Es lo menos que podemos hacer.

La mujer sonrió complacida, bajando la mirada coquetamente. Al hacerlo, el velo se le deslizó, dejando al descubierto un rostro horriblemente desfigurado por las quemaduras. Genji hizo otra reverencia para ocultar cualquier expresión de su rostro y se deslizó al exterior. Reiko, que sospechaba algo por el estilo, había tenido tiempo de avisar y aleccionar a sus compañeros.

Con el agua, Hitomi lavó y curó las heridas de Reiko y las suyas propias. Rechazaron, con educación, las vendas improvisadas de la anfitriona, pues ellos iban bien provistos en sus alforjas. Genji y Kato salieron fuera para dar intimidad a las mujeres y aprovecharon para abrevar a los caballos.

—Sólo os puedo ofrecer un sencillo estofado esta noche. Por favor, comed sin reparo —ofreció la mujer cuando se volvieron a reunir todos.

—Agradecemos vuestro ofrecimiento. Por favor, permitid que lo acompañemos con arroz de nuestras provisiones. Nosotros somos cuatro y no queremos abusar de su hospitalidad.

Tras los educados ofrecimientos y rechazos de rigor, el arroz se unió al menú. ¡Menos mal! El estofado sabía aún peor que el té y de no ser por el arroz no hubieran podido tragar ni un solo bocado.

Terminada la cena era ya noche cerrada. Hitomi ayudó a limpiar los cuencos y los hombres despejaron, a indicación de la anfitriona, la habitación principal para extender los futones. Olían a moho y humedad, estaban apelmazados y duros. Aun así, Hitomi y Reiko se durmieron de puro agotamiento; Kato rodó fuera del futón y se hizo un ovillo en el tatami y Genji se durmió sentado, apoyado contra una columna con Yukikaze al hombro.

Fue el primero en despertarse poco antes del amanecer, cuando desapareció su punto de apoyo. Se levantó de golpe. No había rastro de la casa, el huerto ni el pozo. Sus cosas estaban en el suelo, allí donde las habían dejado. Despertó a sus compañeros. Hubo algún gruñido, pero poca sorpresa.

—Podía haber durado hasta la mañana —se quejó Hitomi, tiritando de frío.

—Mejor así: nos libramos del desayuno —contestó Kato.

Tomaron sus pertenencias y siguieron camino. Se preguntaban “¿acaso tendremos que sufrir las siete virtudes del bushido antes de salir de este camino?”. Por fortuna, no tuvieron que pasar por más pruebas: tras un rato de marcha, quizás una o dos horas, al girar un recodo del camino vieron un espeso y tupido bosque. No había transición, era como una línea: aquí las colinas polvorientas, ahí el bosque. Era la salida.

Sakura, un cuento de Lannet 2×11-2×12. Con Hosoda Genji (Menxar) e Ishikawa Reiko (Charlie).

Adaptación de El Castillo del Gozo de Pendragón, donde los tengu hacen de la Ciudad de Cristal y el Sendero del Bushido sustituye a la Senda de la Caballerosidad. Como en Ánima no hay rasgos de personalidad, hubo que tirar de interpretación. Quedó una sesión muy interesante, salvo por la parte de la vieja preguntona: había pensado en algunas preguntas comprometidas antes de la partida, pero luego me quedé en blanco. Las otras tres pruebas quedaron geniales: la de la grieta fue pura interpretación y la de la viuda ya era jugar con el metajuego y esquivar las trampas del máster.

En esta aventura ganó protagonismo y personalidad Hitomi. Son cosas que salen así, aunque lo estaba evitando, ya que la acólita no deja de ser el pj de reserva y tener un pnj muy definido limita las opciones del jugador.

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