El sábado 17 de marzo, el día del eclipse de luna, amaneció radiante, con el rocío fresco y abundante en los campos y la atmósfera limpia, con una brisa que se llevaba los pesados olores de Chaville. Era el segundo día de la desaparición de Émilien y todos sentían que el tiempo apremiaba.
Fernand, con gran dolor, no pudo participar en la búsqueda de su hermano: su visita a Chaville había sido por un asunto profesional, unas consultas que debía hacer. Apelando a la desaparición de Émilien, había conseguido retrasarlas al sábado por la mañana, para luego tomar la diligencia de vuelta a Dupois. Ya se había despedido del resto del grupo tras la cena.
Jacques Lafleur se había levantado bien temprano esa mañana, con idea de organizar la cuadrilla de búsqueda que había comentado la noche anterior. Tiró de amigos, conocidos y los criados de éstos y, para las diez de la mañana, tenía un grupo de veinte o veinticinco personas en el camino de poniente.







