Baile de máscaras — La desaparición de Émilien Duchamp

Michel Laffount de Gévaudan fue el primero en presentarse en casa de Émilien Duchamp, cercanas las 10 de la mañana y tras terminar sus quehaceres en el ayuntamiento, donde su padre le había buscado acomodo esperando que hiciera carrera política. Era una casa bastante céntrica y tradicional, con porche delantero y patio trasero y un pequeño patio de luz central al que se abrían las estancias. El patio trasero tenía su propia entrada y disponía de cuadra para los dos caballos de la casa (el de Émilien y el de su ayuda de cámara) y un gallinero. Michel la conocía bien y, por eso, se quedó sin habla al ver la cara de preocupación del ama de llaves al abrirle la puerta. Antes de que pudiera decir nada, una potente voz del interior preguntó:

—¿Es mi hermano?

—¿Es mi hermano?

Michel apartó al ama de llaves y entró. En el patio central se giró y miró hacia arriba. Un hombre cercano a los treinta y de familiar parecido con Émilien estaba apoyado en la barandilla, con el ceño fruncido.

—¡Ah, sois Laffount!

El interpelado subió las escaleras en cuatro saltos. Se fijó en que su interlocutor vestía ropa de viaje arrugada y estaba sin afeitar.

—¡Duchamp! Vuestro hermano nos dijo que llegabais ayer.

—Así debía ser, pero la diligencia rompió una rueda. Llegamos esta mañana, hará una hora. El tiempo de enviar mis cosas al hotel y venir a ver a mi hermano, pues habíamos quedado para desayunar. Y me encuentro con que no ha dormido en casa y nadie sabe dónde se encuentra. Iba a ir a casa de Jacques Lafleur, pensando que salieron juntos tras la cena en casa del señor de Carbellac.

Michel meneó la cabeza.

—Ahorra el viaje, pues no cenamos juntos. Ayer llegó Julien y quedamos en almorzar con vosotros dos y luego Émilien se fue, pues ya había quedado para cenar —Y contó a Fernand todo lo ocurrido la tarde anterior hasta la marcha de su hermano.

La desaparición de Émilien llenó de preocupación a los dos jóvenes. Aunque se hubiera quedado a dormir en casa de su anfitrión, algo de lo más indecoroso por otra parte, si estaba cortejando a su hija, tiempo habría tenido de sobra para volver a casa. En cualquier caso, se podía haber visto envuelto en un duelo o en un atraco y encontrarse ahora en algún hospital herido o —y esto ninguno lo dijo en voz alta— algo peor. Fernand ya había pensado en esto, pero el temor de dejar la casa y que, mientras, apareciese su hermano lo había retenido. Con Michel allí, se decidió a salir y preguntar en hospitales y en la guardia. Quedaron los dos en la ruta que iba a seguir, para que Michel pudiera enviarle un mensajero si había noticias. ¡Ah, si Émilien no hubiera sido tan reservado! Pero ni el hermano ni nadie de la casa sabía quién era la joven a la que cortejaba; ni siquiera que existía.

Quedó entonces Michel en el despacho de Émilien, esperando que los hermanos Lafleur y Noel Leclair llegaran. Por aburrimiento, se puso a curiosear entre los papeles que había en la mesa, que parecían referidos a algún caso: planos, escrituras, las observaciones del propio Émilien. Y, también, folletos sobre ópera.

Iba a preguntar al ayuda de cámara sobre esto último cuando llegaron los Lafleur. Poco después, hacía lo propio Colette Leclair, haciéndose pasar por su hermano. Michel contó todo lo sucedido. A la sorpresa al enterarse de que el joven cortejaba a una dama siguió la preocupación por su destino. En el silencio incómodo que siguió, recordó Michel el tema de la ópera y preguntó al ayuda de cámara.

—Me los pidió la semana pasada y este miércoles, es decir, anteayer, fue a la ópera. No me dijo en ningún momento que fuera acompañado —Reflexionó unos instantes—, aunque iba más arreglado de lo habitual y se le veía nervioso.

—Bueno, ya tenemos algo —dijo Julien.

—Poca cosa, hermano. ¿Ya no recuerdas cuántas óperas pueden representarse un día cualquiera en Chaville?

—No —contestó Michel—. Y apuesto que vos tampoco —Se volvió hacia el ayuda de cámara—. ¿Tenéis la gaceta?

La gaceta era como se conocía informalmente al periódico más popular de Chaville, más centrado en la vida de la ciudad que en las noticias de fuera. Era raro el burgués que no recibía en casa el número semanal. El ayuda de cámara lo trajo al punto y Michel lo abrió sobre la mesa por la sección de cultura.

—Tres hubo: en el Teatro del Reloj, en el Imperial y en la Ópera. ¿El Imperial con ópera? ¡Qué raro!

—En la Ópera de Chaville la familia Duchamp tiene un palco —apuntó el ayuda de cámara.

El oboe encantado —leyó Michel—. Las otras fueron Rodelinda y El barbero de Illion.

—¿El barbero…? Esa no la conozco —comentó Julien.

Colette, que hasta el momento se había mantenido aparte, sintiéndose fuera de lugar, intervino:

—Es del maestro Rosseni. Se estrenó el año pasado en Lucrecio y el mes pasado aquí. Está siendo un gran éxito. En la clase de baile de la señora de Carbellac, todo el mundo hablaba de ella.

Jacques, Julien y Michel se miraron y sonrieron. ¿Qué mejor forma de impresionar a una dama? Resolvieron, pues, acercarse al teatro de El barbero…, el Imperial.

Pero, ah, quedaba el asunto del transporte. Los hermanos Lafleur, que vivían cerca, habían venido andando. Colette y Michel, en coche de alquiler. Éste propuso pedir un par de coches, pero Jacques se negó y dio unas monedas al mozo de cuadra de Émilien para que se llegara a su casa a avisar a su cochero.

El muchacho, un rapaz avispado, pilló algunas palabras de la conversación que mantenían los otros tres amigos sobre el desaparecido, la ópera y la misteriosa dama.

—Señor, no sé si será importante: el señor Duchamp me envió el miércoles por la mañana a llevar una carta a la floristería.

El señor Duchamp me envió el miércoles por la mañana a llevar una carta a la floristería.

El señor Duchamp me envió el miércoles por la mañana a llevar una carta a la floristería.

La floristería en cuestión estaba calle abajo y su cartel era visible desde el portalón del patio trasero de la casa. Allá fueron los cuatro jóvenes, aunque sólo Julien y Michel entraron. La floristería estaba regentada por una mujer de mediana edad. Ella y su hija adolescente eran las únicas en la tienda, ocupadas preparando ramos.

Julien fue el primero en hablar, con el aplomo y la voz de mando que se había traído del ejército, y pinchó en hueso.

—No damos información sobre pedidos: nuestros clientes valoran mucho la discreción.

—Entiéndanos, señora: estamos preocupados por nuestro amigo. Ha desaparecido y es posible que la última persona que lo viera sea la joven a la que iban destinadas esas flores.

Quizás Julien, con su encantadora sonrisa y sus buenas maneras, hubiera podido ablandar el corazón de la mujer, pero Michel también entró, empleando un tono amenazante y salieron de la floristería con las manos vacías. Ya se preguntaban qué hacer cuando vieron que la hija salía tras ellos y les hacía señas.

—Yo entiendo lo que dice mi madre y sus razones, pero también me preocupa mucho el señor Duchamp. Es muy querido en el barrio y un buen cliente. Además, debe estar enamorado de verdad: ¡fueron cuatro grandes ramos! ¡Cuatro! Teníamos orden de entregarlos en el Teatro Imperial, en el palco 17A.

Ya tenían algo. En cuanto llegó el coche de Jacques Lafleur, lo tomaron camino del Imperial, no sin antes poner al tanto al ayuda de cámara de lo averiguado, por si volvía Fernand.

Llegaron al teatro pasado medio día. Las tascas y tabernas de la zona estaban aún llenas de trabajadores terminando de comer o tomando un digestivo y el propio teatro bullía en la actividad previa a las funciones de la tarde. Lograron llegar hasta el mayordomo de planta y averiguaron que el palco pertenecía al vizconde de Soirault y que el miércoles su hija acudió con compañía. Jacques y Michel, indagando por las tabernas, confirmaron la historia: la joven hija del vizconde había acudido en compañía de un joven burgués de medio pelo que llegó ¡en un coche de alquiler!

El título de Soirault no era desconocido para Julien ni para Colette: pertenecía a una familia tan antigua como las suyas. Tampoco para Michel: figuraba entre los papeles y mapas del despacho de Émilien.

Allí volvieron después de comer. Fernand había pasado por la casa antes que ellos, aún sin pistas sobre su hermano, y se había vuelto a marchar. Revisaron el despacho con el auxilio del ayuda de cámara y obtuvieron la dirección de Soirault: una mansión al oeste de Chaville, más o menos a la misma distancia que la del conde de Carbellac, pero tierra adentro. Si querían ir debían darse prisa o se les haría de noche.

Cada cual fue, por lo pronto, a su casa, a cambiarse de ropa y tomar su caballo. Media hora después, salían por el camino de poniente. Era un camino bien cuidado, que corría siguiendo la orilla derecha de un arroyo que desembocaba en el Carignan, ya dentro de Chaville. El primer tramo lo hacía a la vista de los arrabales conocidos como los Barrios de Lorne, la peor zona de Chaville. Las últimas chabolas quedaban a no más de doscientos pasos de la orilla izquierda y a esta hora de la tarde vieron a mujeres lavando la ropa y niños desnudos chapoteando en el agua o jugando en el barro de la orilla.

Luego, la campiña se mostró en todo su esplendor, con los brillantes verdes de la primavera. A la izquierda del camino, las mansiones y quintas de recreo se extendían hasta la costa entre bosquecillos, una casi en cada colina. Al otro lado del río, hacia el norte, era terreno para las granjas y los campos de cultivo.

Era una tarde magnífica de primavera y se notaba en el camino: campesinos a pie, burgueses y nobles a caballo o en carruaje, algunos vendedores ambulantes con sus mulas o burros, todos iban o venían de Chaville a su casa o aldea, o iban dando un paseo. A unos y a otros preguntaron nuestros amigos, por si alguien hubiera visto a Émilien la noche antes, mas sin éxito. También se informaron del camino a casa de los Soirault, para no perderse en aquel terreno ondulado, tan indistinguible una parte de otra para el extraño.

Tras una hora de camino, cruzaban el río por un puente de piedra negra que tenía una antigua atalaya a un lado de su cabecera, en la orilla izquierda. A unos quinientos pasos del puente, siguiendo las indicaciones recibidas, tomaron un camino flanqueado por álamos a su izquierda. Al poco, una cancela les indicaba que estaban en tierras de los Soirault.

La mansión del vizconde de Soirault

La mansión apareció a su vista al doblar un recodo del camino, protegida de miradas por un bosquecillo bien cuidado. Era un edificio largo y estrecho, de dos plantas. A la derecha, separados por una galería, estaban los establos.

Un criado los vio aparecer y, cuando llegaron a la casa, el mayordomo ya estaba en la puerta, esperando. Era un hombre imponente de pelo y barba blancos y gesto adusto.

Julien, como el mayor, tomó la iniciativa y los presentó, se disculpó por presentarse sin avisar y preguntó si los podía recibir el señor. Fueron conducidos a una salita, desde donde podían ver el jardín trasero, con su laberinto y su rosaleda, y se les sirvió un refrigerio.

Michel se había quedado fuera. Con una excusa, acompañó al mozo con los caballos a los establos, para comprobar si el caballo o los arreos de Émilien se encontraban allí e interrogar, en lo posible al criado. Se les unió al poco, sin haber descubierto nada.

El vizconde se presentó al poco. Era un hombre de cuarenta y pocos años, aún en buena forma, con el cabello ralo y cano. Conocía las familias de cada cual lo suficiente para hacer las preguntas educadas de rigor antes de pasar al motivo de la visita de los cuatro jóvenes.

—Un amigo nuestro ha desaparecido —dijo Julien—. No volvió esta noche a su casa ni ha dado señales de vida durante la mañana. Se trata del caballero Émilien Duchamp.

El vizconde de Soirault abrió mucho los ojos. Se sirvió una copa de brandy y se sentó en un sillón entre los cuatro jóvenes.

—Se fue tarde, pasadas las 10. Le pedí que se quedara a dormir, pero…

Les contó también que habían conocido a Émilien por un caso que éste llevaba relacionado con un molino en disputa, un litigio enquistado durante décadas. Habían coincidido varias veces y, tras aquello, él y su hija le habían pedido permiso para seguir viéndose.

Cécile Chapelle

Nada más podían hacer allí. Se despidieron del vizconde de Soirault, presentaron los respetos a su hija Cécile, una jovencita de aspecto delicado, de dieciocho o diecinueve años, y, apesadumbrados, iniciaron el viaje de vuelta.

¿Qué había sido de Émilien? ¿Había sufrido un accidente en su vuelta provocado por la oscuridad? ¿Asaltado por bandidos? Su desaparición, ¿se había producido en el camino o en la ciudad? Los cuatro jóvenes cabalgaban en silencio, sumidos en estos pensamientos, mientras miraban a ambos lados del camino, esperando ver un cuerpo o unas ropas. Mas la tarde ya había dado paso a la noche y la luna casi llena, aunque suficiente para iluminar el camino y evitarles traspiés, no lo era para descubrir algo oculto entre las hierbas, matorrales y árboles.

Esto lo pudieron comprobar ya casi llegando a la ciudad, en las cercanías de los Barrios de Lorne. Al pasar por un bosquecillo de álamos, varios hombres les salieron al paso, impidiéndoles cualquier avance o retirada. Uno de ellos era enorme, tan alto como un jinete sobre su caballo y con unas manos tan grandes que la cabeza de una persona en ellas parecería como una bola de petanca. Los otros iban embozados y llevaban en sus fajas grandes cuchillos y navajas y en sus manos, porras y bastones.

El que parecía el jefe iba a rostro descubierto y lucía una sonrisa desafiante. Hizo una reverencia burlona.

—Buenas noches, caballeros. La Compañía de Amigos de Lorne les da la bienvenida y agradece su colaboración en el mantenimiento del barrio.

Julien y Jacques Lafleur, que iban en cabeza y eran los más cercanos al desconocido, cerraron filas y llevaron sus manos a la empuñadura de sus espadas. ¡De ninguna manera iban a dejarse robar! Tras ellos, Colette sentía como su corazón quería escapársele por la boca. Al contrario que sus compañeros, jamás había participado en una pelea o duelo y sólo podía aferrar con manos temblorosas las riendas de su montura. Por detrás, Michel Laffount, que era el que tenía al gigantón más cerca, pensaba rápido buscando una forma de salir de allí sin luchar.

—Señor —dijo al sonriente—, veo que conocéis la zona y estáis al tanto de lo que por aquí pasa. Buscamos a un amigo nuestro. Debió pasar por este paraje ayer noche, a eso de las once, pero nunca llegó a casa. Llevamos todo el día buscando su paradero y seremos generosos con cualquier pista.

El hombre cambió a una postura más relajada y ahora su sonrisa era a la par insolente y amigable. Sus hombres, viéndolo, también se relajaron y tomaron posiciones menos amenazadoras.

—Nada sabemos de vuestro amigo, pues nadie pasó por aquí anoche. Pero hete aquí que, poco antes de que el reloj de Santa Harael diera las diez y tres cuartos, mi amigó André —Y señaló al gigante— encontró pastando un caballo sin jinete ahí abajo, junto al río. Buscamos un trecho aguas arriba y aguas abajo, mas a nadie vimos.

—¿Qué ha sido del caballo?

—Caballero, por favor. Un caballo sin dueño en Lorne es comida para varios días para nuestros hijos y nuestras mujeres.

Julien frunció el ceño, Jacques apretó el puño de la espada, pero Michel metió el caballo entre ambos, cogió su bolsa y se la lanzó al hombre sonriente. El bandido la sopesó y, satisfecho con lo que halló, hizo otra reverencia y con un gesto hizo retroceder a sus hombres, que se fundieron con la noche. Lo último que vieron fue aquella sonrisa de dientes blancos.

Entre unas cosas y otras, no llegaron a casa de Émilien Duchamp hasta las diez. Fernand les esperaba: había hecho traer sus cosas del hotel para quedarse en la casa. Los cinco estaban agotados y agradecieron la cena que les preparó el ama de llaves. Durante la misma, se pusieron al día de las respectivas pesquisas. Era descorazonador: sólo tenían el caballo; las indagaciones de Fernand en la ciudad no habían dado ningún fruto.

—No desesperéis, Fernand. Mañana formaremos una cuadrilla y rastrearemos cada palmo de terreno a ambos lados de ese camino —dijo Jacques—. Registraremos cada matorral, cada trozo de hierba, por si cayó del caballo y está malherido, y preguntaremos en cada granja, por si alguien lo recogió. No pararemos hasta encontrarlo.

—Pediremos ayuda a la guardia —continuó Julien— para que nos preste hombres y así podremos batir más terreno.

—Perdéis el tiempo con la guardia —contestó Fernand con amargura—. Nada van a hacer por el segundo hijo de un caballero pobre de Dupois. Ya me lo han demostrado hoy.

Michel, que había estado meditando en silencio, se unió a la conversación:

—Quizás no hemos llamado a las puertas adecuadas —Sus compañeros lo miraron sin comprender—. Mañana a primera hora me llegaré a casa del marqués de l’Aigle Couronné. Es nuestro amigo y también lo es de media Chaville.

Así terminó aquel viernes 16 de marzo. Todos sentían que cada hora pesaba como una losa e iban perdiendo la esperanza de encontrar a Émilien Duchamp con vida.

Baile de máscaras, 0x01. Con Julien Lafleur d’Aubigne (Alcadizaar) y su hermano Jacques (Aldarion), Colette/Noel Leclair de Dunois (Menxar) y Michel Laffount de Gévaudan (Charlie).

Primera parte de la desaparición de Émilien, con un escenario de investigación contrarreloj. El escenario seguía la regla de las tres pistas, fundamental en estos casos. Aun así, andábamos todos un poco espesos con eso de ser la primera sesión y los jugadores se dejaron algunas muy evidentes (hablaron con el ayudante de cámara, pero no con el resto de los criados, por ejemplo) o la liaron tontamente en otras (la floristería). Como el objetivo de la partida era conocernos todos e ir haciendo el grupo, no permití que esto cortara el ritmo.

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