Baile de máscaras — ¡Naufragio!

El Faraón se hizo a la mar esa misma noche, aprovechando la marea favorable, mientras los piratas continuaban con el saqueo de Eburah. Lo comandaba Curro, el gigantón lugarteniente de La Víbora Mendoza, que llevaba consigo a una veintena de piratas. Durante la tarde, tras el combate, habían trabajado con presteza para armar una gran jaula-calabozo en la bodega donde encerraron a sus prisioneros: Michel Laffount, Jacques y Julien Lafleur, Andréi Dragunov y la propia tripulación del Faraón: Jean Claude Laffount, su primer oficial, un joven de buena familia de nombre Edgar, el contramaestre y nueve marineros. Alda, los niños y Gwen, a la que los piratas parecían haber tomado por la hija mayor de los Dragunov, lo fueron en la cámara de oficiales, mientras que a Chloé y a Colette las metieron en uno de los camarotes.

En un principio, temieron por el trato que iban a recibir, pues no les dieron ni agua ni comida en toda la tarde y en toda la noche, pero, a la mañana siguiente y tras desayunar los propios piratas, les llegó el turno a ellos, primero las mujeres y niños y luego los hombres. Pronto, se estableció una rutina: les llevaban comida y agua dos veces al día y les permitían usar las letrinas de proa una. Los hombres eran sacados por parejas. A Colette le permitían bajar una vez al día para atender a los heridos, en especial a Jacques, que era el que peor estaba, y ésa era la única comunicación que tenían unos y otros.


Pronto se dieron cuenta de que algunos de los piratas estaban muy descontentos con las decisiones de Mendoza. Todos daban por seguro que abandonar la ciudad sin el permiso de los Reyes Piratas les iba a costar, como poco, su parte del botín. En cuanto a lo que tenían, el Faraón no era mal barco, pero tenía las bodegas vacías y, de los prisioneros, Mendoza se había apropiado de los que más rescate podían proporcionar: los hermanos Laffount, los hermanos Lafleur y Colette Leclair. Los hombres que lo acompañaban desde Chaville y que habían sufrido la pérdida de sus negocios y modo de vida en la capital de Gabriel podían entender la necesidad de venganza de su capitán, pero para el resto era un difícil trago. Y la pérdida del rescate de Colette por un berrinche era muy criticada por todos.

De esto se fueron enterando nuestros amigos e iniciaron una labor de mina y zapa, intentando provocar un motín a bordo. Un desliz de Julien, que estuvo a punto de revelar que Chloé era la novia de Michel, les hizo abandonar el plan… además de ensanchar aún más la brecha que iba separando a los dos amigos.

Como plan alternativo, recurrieron a las pastillas de falsa muerte del doctor Besson. Colette se las pasó a Jacques en una de las curas y decidieron echarla en la comida, ya que pasaban por la cocina al ir a los retretes. Era una operación muy arriesgada: debían hacerlo sin que se dieran cuenta ni los piratas que los escoltaban ni el cocinero. Y confiar en que el cocinero no probase la comida o tuviera un organismo a prueba de bombas.

Actuaron en el tercer día de viaje. Para entonces, habían disimulado una vía de salida en la celda y se habían hecho con una palanca con la que esperaban forzar la puerta. Michel y Julien lograron echar las pastillas en el estofado. Un rato después, oían las exclamaciones de sorpresa y consternación, seguidas de gritos de «¡Traición!». Los piratas entendieron rápido lo que ocurría y varios de ellos bajaron a la bodega en apoyo del solitario centinela, mientras el resto se armaba.

Para entonces, los prisioneros salían ya de la celda, primero por los barrotes desencajados y luego por la puerta, cuando lograron hacerla saltar de sus toscos anclajes. El combate por la bodega fue a cara de perro, en la penumbra, pero los piratas se vieron pronto desbordados. Dos lograron huir escaleras arriba y fueron seguidos por Michel y por Jacques, a través del entrepuente hacia popa, donde se reunirían con Colette.

El resto, guiados por Julien y Jean Claude, intentaron llegar a cubierta. Los piratas que quedaban allí se habían agrupado en torno a la escotilla y les recibieron con una descarga de las pistolas que arrebataran a nuestros amigos. Sin embargo, eran tiradores inexpertos y la mayoría de los disparos se perdieron en la penumbra del interior del barco. Julien y el contramaestre lograron salir y abrir hueco para el resto de sus compañeros. Fue un combate breve y desesperado, hasta que consiguieron que los piratas se rindieran.

¡Justo a tiempo! En los camarotes, Colette, Jacques y Michel se enfrentaban a Curro o, más bien, intentaban contenerlo. El gigantón sólo se rindió al ver que era el único de los suyos en seguir la lucha.

El combate había sido breve. Dejaba varios heridos, alguno grave, entre los piratas y los marineros, además de los seis piratas que habían caído por efecto de las pastillas y que se recuperarían en los días siguientes. Habían tenido mucha suerte al acabar rápido con el grupo de la bodega y al entretener a Curro en los camarotes.

Los marineros, siempre hábiles carpinteros, repararon y reforzaron la celda y captores y capturados intercambiaron sus posiciones.

*****

Ya con el barco en su poder, revisaron su situación y opciones. La ruta de los piratas rodeaba las islas de Presta, Kirdan y Adlia por levante, por mar abierto. Esto no gustó a Jean Claude.

—Lastramos el barco para volver a Chaville costeando, no para enfrentarnos al Mar Interior —dijo.

El camino directo a Chaville, cruzando el Mar Interior por un lado u otro de Tol Rauko, quedaba entonces descartado. Volver hacia el norte, también, por el miedo a darse de bruces con el grueso de la flota pirata, que debía seguir la misma ruta. Ese mismo miedo les hizo desechar el paso entre Presta y Adlia. Les quedaba dirigirse al sur, para rodear Adlia y volver al norte por el estrecho entre las islas y el continente. Las probabilidades de que los piratas siguieran esa ruta eran casi nulas, pues la flota imperial de Brudge lo hubiera tenido muy fácil para cortarles el paso y por allí, en alguno de los pueblos costeros, podrían deshacerse de los piratas y aprovisionarse de agua y comida.

Pero, ¡ah!, la suerte que los había acompañado en Arkángel volvió a darles la espalda. Una gran tormenta, los restos de un huracán del extremo oriente, se les echó encima. El cielo y el mar se confundieron en una noche interminable, cruzada por auténticas montañas de agua. El Faraón, frente a aquella furia de los elementos y mal lastrado, parecía que se iba a ir a pique en cualquier momento.

En la noche del sexto día tras su partida, el ruido de las rompientes presagió el desastre. Pese a todos los esfuerzos de la tripulación, el Faraón no pudo evitar los arrecifes. El golpe fue fortísimo, las rocas atravesaron la obra viva y el agua entro a borbotones, inundando la bodega. Los piratas se escaparon y la amenaza del combate se sumó al peligro mortal en el que se encontraban.

Sin embargo, Curro y los suyos no estaban locos: sólo querían salvar el pellejo, como todos, y pudieron negociar una salida. La costa estaba cerca, apenas a dos o tres cables y el barco, bien clavado en la escollera, no corría peligro momentáneo. Ayudaron todos a preparar una balsa para los piratas y el resto tomó las dos chalupas.

La tormenta los separó. La chalupa que llevaba a Chloé, Colette, Gwen, Jacques, Julien, Michel, el contramaestre, el cocinero (que había dejado a los piratas) y tres marineros, logró entrar en la estrecha cala frente a la que habían naufragado. La chalupa volcó al llegar a la costa y les dio un buen revolcón, pero se salvaron todos y lograron embarrancar la chalupa antes de que se la llevasen las olas.

Fue una noche terrible. Los marineros levantaron un débil refugio con la lona de la chalupa contra el acantilado, donde dejaron a Colette cuidando de Gwen, inconsciente tras el revolcón, y Chloé, que ya venía febril y muy débil por el terrible mareo provocado por los días de tormenta, mientras salvaban todo lo salvable.

Con el día, amainó la tormenta, aunque el mar seguía agitado. No tenían más agua que la que llevaban, ni posibilidad de hacer fuego o reparar los daños sufridos por la chalupa, así que Jacques trepó el acantilado para hacer un reconocimiento. Se encontró con una pradera que se extendía hacia el sureste, bordeando un espeso bosque. A lo lejos, vio lo que parecían unas tenadas para el ganado, pero no presencia humana.

Se dirigió hacia el oeste, pues tenía el promontorio de ese lado más cerca. Desde la loma, vio una bahía amplia que se abría hacia el suroeste. La pendiente hasta ella era suave y del bosque surgía un arroyo que desembocaba en ella. También vio los restos de un naufragio. Bajó hasta la bahía para explorar. Era la balsa de los piratas. Por las huellas, habían sobrevivido todos o casi todos. Siguió el rastro por el bosque, hasta que encontró al primer pirata. Había sido despedazado por algún animal salvaje. Con mil ojos, se volvió hacia la cala. Ya veía la linde del bosque, cuando oyó un cercano grito de mujer.

Colette había subido el acantilado tras Jacques. Se había dirigido al bosque, en busca de leña. Estaba tan absorta en su tarea que no reparó en el silencio del bosque. El gran felino, casi del tamaño de un puma, la cogió por sorpresa y gritó cuando sus fauces hicieron presa en su hombro. Jacques, primero, y Julien, después, acudieron al grito a tiempo de quitarle a la bestia de encima y matarla con sus espadas. Para su horror, no manaba sangre de sus heridas, sino un líquido lechoso. Arrastraron el cuerpo de la bestia hasta la pradera, donde la abrieron. El pelaje parecía natural, pero unas extrañas fibras formaban sus músculos, sus huesos eran metálicos y tenía cables y engranajes por tendones.

Colette tuvo que guiar a Gwen para que cosiera sus heridas. Ya sospechaba que la muchacha tenía un talento innatural, pero por vez primera lo sintió en sus carnes: la hemorragia se cortó al instante, la herida empezó a cicatrizar y notó una vitalidad que la embriagaba como un buen licor. Debería investigar sobre ese talento cuando volviera. Si volvían.

Informaron a sus compañeros de sus hallazgos, aunque se callaron la naturaleza de la extraña bestia-máquina. Michel había seguido hacia el promontorio oriental, asomándose a una gran bahía que se extendía hacia levante y que terminaba en una montaña. Se le hizo ver a sus pies un pueblo, aunque no podía estar seguro.

Más cerca, a tres o cuatro millas, vio la segunda chalupa. La habían embarrancado junto a la desembocadura de un riachuelo. Oteó el camino hacia allí. La pradera descendía hacia la bahía, pero por el relucir del agua y el cambio de vegetación, parecía que el arroyo se extendía formando un pantano. Hizo un par de disparos de pistola para llamar la atención del grupo de su hermano, antes de volver con los demás.

El contramaestre, cuando le explicaron todo, propuso ir a recoger los restos de la balsa para reparar la chalupa y reunirse así con el resto de la tripulación. A los marineros les llevó todo el día recoger las maderas y cuerdas y llevarlas hasta el acantilado. Las tres chicas quedaron en el campamento, bajo la lona: Colette, herida; Chloé, aún febril y semiinconsciente; y Gwen, que se recuperaba tras casi morir ahogada la víspera. Los tres jóvenes trajeron agua y leña y el cocinero se las apañó para preparar un contundente estofado con el buey en salazón y la galleta que llevaban en la chalupa y que hizo revivir a Chloé.

*****

Esa noche se despertaron sobresaltados cuando varias de las maderas cayeron desde la cima del acantilado. Nuestros cuatro amigos se armaron y treparon con cuidado, temiendo encontrarse con otra bestia. Para su sorpresa, sobre la hierba, una niña descalza, en camisón y de no más de 10 años, iluminada por una lamparita, jugaba con los materiales que quedaron sin bajar. Haciendo una casita, varios maderos se habían deslizado por el borde del acantilado.

Se llamaba Alice y afirmaba estar en su jardín. Estaba sorprendida al ver a los cuatro amigos, pero no parecía tener miedo. Hablando con ella, averiguaron que su padre se llamaba Origal y debía ser el señor de la isla. También que el pueblo que había entrevisto Michel era real.

—Mi padre no quiere que salga, pero me aburro siempre en casa y me he escapado con Momo —les contó.

Un par de horas antes del alba, se despidió de ellos:

—Me he divertido mucho. Ojalá os quedéis para siempre. Me gustaría volver a jugar con vosotros.

Con un penetrante silbido llamó a Momo: una criatura de metal, de hechuras parecidas a un gorila. Momo la subió a su hombro y se fueron los dos por la pradera. Al poco, la criatura pareció cambiar de forma a algo más felino y su velocidad aumentó y pronto no era visible.

Bajaron a tranquilizar a los marineros y a descansar un poco. Tras el amanecer, dejaron a los marineros reparando la chalupa y siguieron el rastro de Momo tierra adentro, por si alcanzaban a ver la casa de la que venía. Llegaron hasta las tenadas, donde encontraron ovejas, pero a ningún pastor. No querían alejarse más, así que dieron media vuelta. Estuvieron tentados de llevarse una oveja para reforzar sus provisiones, pero su peculiar comportamiento hizo que se lo replantearan.

A la vuelta, recordaron que la niña no se había llevado la lámpara. La buscaron. Era una lamparita de lampyridae, de bronce, con un escudo de armas que reconocieron Jacques y Julien.

—Nuestro abuelo nos contaba historias de esa familia para asustarnos. Su mansión está en ruinas cerca de nuestras tierras, por lo menos desde hace doscientos años. Decía que eran brujos y tuvieron que huir de la Inquisición.

Entre tanto, los marineros ya habían parcheado la chalupa y, en cuanto tuvieron marea favorable, partieron. Los arreglos, sin embargo, no fueron suficientes. Los hombres remaron todo lo rápido que pudieron mientras las mujeres y el cocinero se afanaban en achicar el agua que no dejaba de entrar. Lograron doblar el cabo y enfilar hacia la bahía, pero el agua seguía entrando, así que tuvieron que echarse sobre la costa. Llegaron a la playa a una milla del riachuelo y tuvieron que hacer el resto del camino a pie, pero por fin se reunieron todos. El grupo de Jean Claude tenía tres heridos, pero estaban todos vivos.

Decidieron continuar hasta el pueblo en la chalupa de Jean Claude, tanto para pedir ayuda y lograr asistencia para los heridos como para avisar a los lugareños de la presencia de Curro y sus piratas. Dejaron al primer oficial, al contramaestre y los marineros reparando la otra chalupa y el resto —Jean Claude, Michel, Jacques, Julien, Colette, Chloé, Gwen, los Dragunov y los heridos— embarcaron. Durante el recorrido por la bahía, se dieron cuenta de que estaba protegida por una cadena de arrecifes prácticamente infranqueable: sólo distinguieron un paso, que además debía ser impracticable para barcos de cierto tamaño.

Alcanzaron el pueblo al atardecer. Un gran promontorio cerraba la bahía y se prolongaba hacia el interior formando una sierra escarpada. El pueblo, unas sesenta o setenta casas, crecía por la ladera del promontorio, con almacenes y talleres en la línea de costa, graneros en la zona superior y las casas en la zona media. Vieron barcas, casi todas parecidas a traineras. Pero también un par de embarcaciones más grandes, de dos palos, que debían usar para pescar en el mar. Con una de ésas podrían llegar a un puerto seguro.

Su llegada, como no podía ser menos, provocó un considerable revuelo en el pueblo. Fueron bien acogidos y se les atosigó a preguntas. Los heridos fueron alojados en el ayuntamiento. Carecían de médico, pero, con ayuda de su carpintero, Colette pudo inmovilizar las fracturas de los marineros. Ante la amenaza de la banda de Curro, dijeron de enviar un aviso al señor de la isla, el padre de Alice.

El pueblo se llamaba Ferrant y se encontraba en la isla de Pálias. La isla, les explicó luego Jean Claude, se encontraba entre Adlia y el archipiélago de las Forneo. Rodeada de arrecifes y corrientes traicioneras, los barcos la evitaban.

Tantearon a los lugareños para contratar a una de las barcas grandes para que los llevara a Adlia.

—Debemos hablarlo primero con nuestro señor —fue la respuesta.

El pueblo no tenía posada, así que los lugareños acogieron a los náufragos en sus casas, salvo los heridos, Colette y Gwen, que quedaron en el ayuntamiento. Jacques, como no podía ser de otra manera, tonteó con una jovencita y desapareció con ella.

Terminó en unas cuevas del acantilado, más allá del pueblo. Había restos de naufragios, lo que llevó luego a Jacques a pensar que debían saquear los barcos que se estrellaban contra el arrecife. En ese momento, estaba ocupado con la muchacha de piel suave y largos brazos. Hasta que se dio cuenta de que eran demasiado largos: se estiraban y enroscaban sobre su cuello como serpientes. Se revolvió como pudo, sacó la daga de obsidiana y apuñaló una y otra vez hasta que la muchacha dejó de moverse. No había sangre, sólo el líquido lechoso.

Corrió de vuelta al pueblo, a alertar a sus amigos. Pero el ataque ya había empezado.

*****

Julien se despertó cuando el cura le cayó encima. Jean Claude ya estaba en pie.

—¡Tiene un cuchillo! ¡Intenta matarnos!

Consiguieron deshacerse de él y salieron por detrás, a punto para encontrarse con Jacques.

Se asomaron a la plaza del pueblo. Por un lado, salía el alcalde. Iba acompañado de Michel que no oponían resistencia. Era fácil comprender el porqué: una armadura enorme, de más de dos metros de alto, avanzaba tras ellos con movimientos rígidos con Chloé en brazos.

Por el otro lado aparecía Dragunov. Dos armaduras y varios lugareños lo escoltaban, llevando a su mujer e hijos, inconscientes los tres.

En el ayuntamiento, Gwen le había dicho a Colette que notaba el pueblo raro, sin vida. La joven no tuvo tiempo de contestar: entraron tres lugareños, dos hombres y una mujer, y se dirigieron a los heridos. Ante las protestas de Colette, sólo repetían:

—Están rotos, no sirven.

Mataron a uno de los marineros. Colette intentó alejarlos de los otros dos. La mujer la rodeó y cogió a Gwen, que gritó. El grito se oyó fuera y Julien, sin pensárselo dos veces, cruzó la plaza a la carrera, entró y cargó contra la mujer que sujetaba a Gwen, para evitar que la tomaran como rehén. La muchacha, libre, corrió al exterior. Vio a Jean Claude y Jacques rodeados y al resto sin poder hacer nada. Sus extraños talentos fueron cruciales ahí, ya que vio el punto débil de las armaduras, el sello que ataba el alma a la carcasa de metal, y bien que se lo gritó a los suyos.

Michel se revolvió, atacó a la que sujetaba a Chloé. De un puñetazo certero destrozó el sello y la armadura se derrumbó como el montón de metal que era. La esperanza cambió de bando. Pronto, las otras dos armaduras eran derribadas también.

Los lugareños, sin las armaduras, no eran rivales en un uno contra uno. Y, con el raciocinio, debían tener algo de instinto de autoconservación. Los vecinos que llegaban ahora, al ver a sus compañeros desparramados por la plaza y las armaduras desmontadas, no parecían tener prisa por atacar. Este titubeo fue aprovechado por el grupo para recargar las pistolas, tomar a los heridos y salir de allí, poco a poco, camino del puerto. Sufrieron algún intento de emboscada mientras descendían por las estrechas calles, que solventaron con un par de pistoletazos que dio con otro de los falsos humanos en el suelo.

Llegaron así hasta el puerto y tomaron una de las barcas grandes. Mientras la preparaban, hubo otro amago de ataque, desbaratado otra vez por las pistolas.

Todavía con el miedo en el cuerpo, se alejaron del pueblo. Era aún noche cerrada, así que Michel y Jacques se situaron a proa para dirigir a Jean Claude rumbo a la desembocadura del arroyo.

La suave brisa nocturna hinchaba las velas y la embarcación era muy marinera. Alcanzaron la desembocadura una hora antes del alba, guiados por las luces del campamento. También a ellos los vieron desde la orilla.

—¡Ah del barco! —los llamaron.

—¡Que me aspen, si es Curro! —exclamó Colette, que había reconocido la voz. Saltó al castillete de proa e hizo bocina con sus manos—. ¡Curro, mal rayo os parta! ¡Como hayáis tocado un pelo a nuestros compañeros, no tendréis Infierno para esconderos!

—¡Por los clavos de Cristo, niña! ¿Otra vez vosotros? —Hubo una breve pausa—. No les hemos hecho nada, de verdad. Sólo queremos salir de esta isla, llena de monstruos y ovejas que explotan. Hemos perdido ya a cinco compañeros. Os damos nuestra palabra de que no intentaremos nada contra vosotros, pero dejadnos subir. Desembarcaremos en el primer puerto seguro.

Era un buen trato y no estaban para combates. Acercaron la barca a la orilla. Con ayuda de los piratas, cargaron enseguida las pocas provisiones que quedaban en la chalupa y rellenaron los barriles de agua dulce. La chalupa, que ya estaba arreglada, la tomaron a remolque. Se hicieron a la mar con las primeras luces del alba, justo a tiempo, pues llegaba Momo con su largo andar.

El peligro no había pasado: aún debían salir de la bahía con la barca peligrosamente sobrecargada. En el viaje del día anterior, Jean Claude había localizado un buen paso y allí se dirigió, confiando en la marea favorable. Los marineros y los piratas conocían su oficio y maniobraron con presteza siguiendo las órdenes del capitán. De pronto, en el paso de la escollera, el agua se agitó y surgieron unas terribles bestias marinas. Debían ser la última defensa de la isla. Por fortuna, equivocaron su presa y atacaron hasta destrozar la chalupa remolcada.

Sólo entonces se permitieron un suspiro de alivio.

Baile de máscaras, campaña para Ánima Beyond Fantasy, 2×05 y 2×06. Con Julien Lafleur d’Aubigne (Alcadizaar) y su hermano Jacques (Aldarion), Colette/Noel Leclair de Dunois (Menxar) y Michel Laffount de Gévaudan (Charlie).

Resumen de las dos últimas sesiones que hemos jugado de Baile de máscaras. La última fue en el puente de la Hispanidad, ¡cómo pasa el tiempo! Con esto estoy al día y me puedo poner con la continuación de la campaña, antes de que mis jugadores se cansen y vengan a por mí con horcas y antorchas.

En la primera, me sorprendieron al montar la operación contra los piratas tan pronto, con Jacques aún recuperándose de las heridas sufridas en el combate con Juan Mendoza y que lo dejaron a las puertas de la muerte. Esperaba yo que en el naufragio aún mandasen los piratas. No fue el caso, pero salió todo más o menos bien, con pocas muertes. Menxar, en cuanto olió tormenta, empaquetó las posesiones más valiosas (como los libros obtenidos en la librería Arkángel, los planos y herramientas de Dragunov y el maletín del doctor) en bolsas de lona impermeable y fue lo primero que subió a la chalupa.

La segunda nos llevó toda la parte de la isla, desde la exploración inicial que casi acaba mal para Colette, hasta el final de la huida.

La isla de Pálias es un escenario tipo «Isla de los monstruos» o «Isla del doctor Moreau» interesante para un grupo de nivel más alto al que le guste la exploración y el dungeoneo. Aquí se trataba de asomar sólo la patita y usarla de fondo amenazante, pero la paranoia no funcionó en los jugadores esta vez y, tras el encuentro con Alice, quisieron ir a conocer al padre, así que tuve que mover la mansión (que originalmente estaba más cerca, hasta el punto de que Michel había olido el humo de sus chimeneas antes del naufragio) para no tener que improvisar un laberíntico jardín lleno de trampas y monstruos del que no podrían salir sin dejar a algún compañero.

Tenía a un kraken defendiendo el arrecife, pero ante las amenazas de terminar durmiendo en el sofá, lo cambié por otros bichos. Total, como llevaban la chalupa, no tenía más importancia que la narrativa.

PD: el cocinero resultó ser todo un personaje. Creemos que fue cocinero en un barco de pasaje o al servicio de un noble y que se unió a los piratas a la fuerza, tras ser capturado su barco. Volverá a Chaville con nuestros amigos y de seguro volveremos a saber de él.

PPD: los jugadores estuvieron a punto de coger una oveja, pero algunos habían jugado al Worms y se olieron la trampa. ¡Lástima!

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