Baile de máscaras — Espectros en la niebla

En la mañana del lunes 27 de agosto de 988, diez días después de su vuelta y una semana tras la muerte del conde de Gévaudan, Colette, Jacques, Julien y Michel se reunían en la casa de postas, listos para comenzar su viaje a tierras de los condes d’Aubigne, donde esperaban tanto disfrutar de unos días de descanso alejados del mar y del ajetreo de la ciudad como, algunos de ellos, investigar sobre sus linajes. Iban con ellos Marie Laffount, Noel Leclair y Gwen y sus hermanos. Julien, artífice de la expedición, había alquilado un cómodo coche de viaje, mientras que los Leclair aportaban en landó familiar, ambos con tiro de cuatro caballos.


Los dos primeros días de viaje transcurrieron por la carretera de Chaville a Dupois, que corría paralela al Carignan. La carretera no era sólo una carretera imperial, también era una de las vías con más tráfico de todo el Imperio. Era tan ancha que permitía el paso de dos carruajes por sentido sin que se molestasen entre ellos y su superficie, de fina zahorra bien apisonada, permitía viajes rápidos y cómodos. Cambiaban de caballos varias veces al día y paraban únicamente para comer y dormir. Fueron dos días aburridos, sin mucho más que hacer que jugar a las cartas o mirar el aburrido paisaje de la gran llanura fluvial de Gabriel.

El tercer día, al alba, cruzaron el río en un transbordador y tomaron la carretera secundaria que atravesaba el centro vinícola del principado. Seguía siendo una buena carretera, bien mantenida, pero más estrecha, con más distancia entre las casas de postas. El terreno pronto se volvió más ondulado, el polvo y el calor de finales de agosto los ahogaban y los niños se aburrían.

Esa tarde entraron en el amplio valle de Sanderé, con sus viñedos extendiéndose hasta donde alcanzaba la vista. Esperaban alcanzar al caer la noche la casa de postas del Cruce de Santa Hortensia, cuando se les echó encima la niebla. Era una niebla espesa y fría, extraña en aquella época del año. Los coches se perdieron de vista el uno al otro y, un rato después, el landó se paró en un alto y el cochero y el postillón comenzaron a discutir entre ellos en voz baja.

Viajaban en ese tramo en el landó Michel, Colette y los hermanos Lafleur. Colette preguntó a su cochero por la parada.

—Nos hemos perdido, señorita. Estamos en un camino de herradura, no en la carretera.

Michel bajó la capota trasera para poder echar un vistazo. Era el de vista más aguda de los cuatro y vio sombras en la niebla, vendimiadores quizás. Hizo bocina con las manos y los llamó, sin éxito. La niebla parecía tragarse todo el sonido. Así que bajó del coche y fue hacia la sombra más cercana. La niebla lo rodeó. Era fría y odiaba el calor que él desprendía. Le costaba respirar y empezó a dar tiritones. ¿A dónde había ido a parar el verano?

Volvió a llamar a la sombra, para enmudecer de golpe. Las figuras de la niebla se movían raro, ahora que, al estar más cerca de ellas, las podía distinguir mejor. Andaban como al azar, con la cabeza hacia adelante, olfateando. La figura más cercana, a sus gritos, se giró hacia él y pudo ver las cuencas oculares vacías y la ausencia de boca; la piel era pálida, grisácea más bien; el cabello lo tenía pegado a la cabeza, con goterones de humedad y algo de musgo prendido; las ropas eran de campesino, pero ajadas y sucias. Por detrás, los caballos piafaron inquietos y la criatura giró la cabeza para darles el oído, olfateó a continuación y dio unos pasos más o menos en la dirección del coche.

Michel retrocedió en silencio, mordiéndose los labios para no gritar. Se subió al estribo del coche. Jacques había bajado por el otro lado y volvía también, pálido como la muerte.

—No tienen ojos, ni boca.

—No son humanos y nos olfatean —dijo Michel—. Si nos quedamos aquí puede ser peligroso: no sabemos cuántos habrá.

—¿Seguimos por el camino o damos media vuelta? —preguntó Julien. Dar la vuelta al coche en aquel estrecho camino no iba a ser ni fácil ni rápido y todos lo sabían.

Michel se izó sobre la rueda delantera y miró alrededor. Cada vez había más sombras rodeando al coche, pero allá delante una luz brillaba en la niebla. Estaba fija, así que debía ser la luz de alguna casa. Así lo dijo y todos estuvieron de acuerdo en llegar hasta ella. Michel saltó al pescante para guiar al cochero, que aún no la veía. En la caja, sus tres amigos sacaban las armas que tenían en el coche, en el equipaje que llevaban en el maletero o bajo los asientos.

Al poco, cruzaban una cancela abierta. La luz estaba un poco más adelante e iluminaba parte de un porche. Michel y Julien bajaron del coche para cerrar la cancela. Michel usó su cinturón para asegurarla. Justo a tiempo: los primeros seres de la niebla llegaron a la puerta, alargando sus manos para intentar atrapar a los dos amigos. Julien tomó la pistola y disparó al más cercano, con el rostro marchito de un anciano y un ajado chaleco burdeos, que cayó para no levantarse. El disparo atrajo a más seres, que se empezaron a dibujar en la niebla. Ahogando una maldición, corrieron los dos hacia la casa.

Entre tanto, el coche había llegado a la luz. Era una lámpara que iluminaba el porche de una mansión. Salvo por esa luz, la casa parecía estar a oscuras y vacía. Ataron los caballos a una de las columnas del porche y entraron todos en la casa. La puerta principal no tenía echado el cerrojo. En cuanto llegaron Julien y Michel, atrancaron la puerta y encendieron algunos candelabros, que brillaron con luz mortecina y fría.

Estaban en el hall de una mansión. Había muebles y adornos y estaba limpia, como si estuviera habitada, pero nadie salió a recibirlos, ni vieron más luces ni escucharon a nadie. Había dos grandes cuadros, uno en la planta baja y otro sobre las escaleras, que les dieron una pista de dónde se encontraban. El primero era de una pareja, en apariencia joven. El segundo, sólo de la mujer. En ninguno de los dos fueron capaces de distinguir sus facciones, pero las pinturas eran de gran calidad y tenían el mismo escudo de armas al pie, una flor de lis coronada por un racimo de uvas.

—El escudo es de la baronesa de Rieunette —dijo Jacques al verlo—. La mujer más rica del valle. Si ella es la de los cuadros, no sé quién será él.

—Quizás el marido —repuso Julien—. Padre me contó que murió muy joven, al poco de nacer su hija. ¿Te acuerdas de Camile? Creo que es de tu edad. De chicos, cuando veníamos más al campo, coincidimos con ella en bastantes bailes.

Jacques no escuchaba. Notaba el cuadro cálido al tacto, así que sacó la daga de obsidiana que encontrara en la extraña tumba de Ourges y lo raspó. La tela se abrió como si fuera carne y manó un líquido oscuro, como sangre. La casa gimió y se agitó.

Se agruparon todos en el piso superior. La casa era igual de perturbadora (cambiaban los pasillos y las paredes cuando no los miraban), pero sería más fácil defenderse arriba, si los seres de la niebla entraban. Dejaron al cochero y al postillón vigilando por las ventanas y ellos se dedicaron a explorar la casa. No era tarea fácil, pues los pasillos tan pronto eran anchos como para que pasaran cuatro personas de frente, como estrechos donde tenían que avanzar de lado. Y algo más había en la casa, algo que no era amistoso. Jacques fue quien lo sintió, atisbándolo por el rabillo del ojo. Se movía por las paredes, saltando a veces de una a otra. Era un depredador, como un sabueso enorme y olisqueaba y buscaba.

El primer susto lo tuvieron en la alcoba de la señora. La había encontrado Michel. La antecámara era normal, dejando de lado que ni los armarios ni los cajones del tocador se podían abrir. Tomó entonces uno de los frascos de perfume que había sobre el tocador y pulsó su pera, para comprobar si era real. El olor del perfume se extendió por toda la habitación y más allá y Jacques, que examinaba los muebles del vestíbulo superior, sintió a la bestia moverse a toda velocidad.

—¡Michel! ¡Sal de ahí, rápido! —gritó.

Michel salió y cerró la puerta, justo a tiempo. No vieron a la criatura, pero la sintieron dentro de la habitación, oyeron los frascos al romperse y escucharon su respiración. La misma pared del pasillo se combó, como si algo grande y pesado se apoyara al otro lado. Tras unos instantes, largos como siglos, la casa volvió a quedar en calma.

Oyeron entonces que Colette los llamaba desde otro cuarto. Era un cuarto infantil. Los colores eran vivos y la luz de las velas ardía con alegría. Pero no era eso lo que más les llamó la atención.

—¿No decíais que la baronesa tuvo a una niña? —preguntó Colette a Jacques y a Julien.

En la habitación había dos cunas y un cuadro en la pared representaba a una mujer con dos bebés en brazos. Por desgracia, ni los rostros ni los nombres de los bebés (en el cuadro o bordados en la ropita de la cuna) eran distinguibles.

Michel revisó la otra puerta que tenía la habitación. Daba a otro cuarto, que debía ser el de la ama de cría o niñera. Estaba comprobando si allí abrían los cajones de la cómoda, cuando el mueble estalló en mil afiladas astillas al atravesarlo una garra monstruosa. Michel logró saltar hacia atrás, evitando por poco que la garra lo destripase, y salió casi a gatas del cuarto, cerrándolo tras sí.

—¡Maldita casa del demonio! Salgamos de aquí de una vez.

Arregló sus ropas y, cuando se hubo recuperado del susto, continuó:

—Ahora que el maldito bicho está en ese cuarto, venid conmigo a las habitaciones de la señora. Tenéis que ver el dormitorio.

Fueron a la antecámara donde Michel había probado el perfume y se asomaron al dormitorio. Bueno, se trataba de un dormitorio, sin duda: el lecho suave de musgo y un dosel de grandes hojas sostenido por cuatro troncos lisos lo atestiguaba. Pero aquello no podía estar en la casa, ni el pequeño estanque de agua cristalina, ni las luciérnagas, ni el entramado de ramas y troncos que se iba perdiendo en la lejanía.

—La última vez que estuvimos en una aventura así, la salida estaba en un estanque —dijo Colette, señalando al agua.

Y, sin dudarlo ni esperar respuesta de sus compañeros, dio un paso para entrar en el extraño dormitorio. Y conforme pisaba el fresco musgo, la extraña estancia se alejó rápidamente de la antecámara, ante la atónita mirada de sus compañeros. Julien fue el más rápido en reaccionar y saltó por la puerta, aterrizando en mitad de un bosque primigenio en el que la luz del Sol estaba vedada, seguido al instante por Michel. Por delante, a más de cien pasos, aún entreveían las luciérnagas que revoloteaban sobre el lecho de musgo y alrededor de Colette. Y sintieron otra presencia, poderosa, masculina, que pasaba a su lado a gran velocidad.

Colette no tuvo tiempo de tocar el agua antes de que la presencia llegara al lecho. Era una figura imponente, de más de dos metros de alto, musculado y atlético, con cuernos de ciervo en su cabeza y ojos también de ciervo. La piel era morena y estaba cubierta de un pelaje pardo. Un penetrante olor almizclado lo llenaba todo.

La criatura alargó una mano enorme con uñas recias como pezuñas y la acarició suavemente. Colette notó como el rubor la invadía y las piernas le temblaban.

—¿Eres tú el pago? —preguntó la criatura, con una voz sonora y seductora que prometía mil placeres.

Colette necesitó de todo su autocontrol para no contestar que sí.

—No, no lo soy. No sé de qué pago habláis. He llegado por error, al cruzar una puerta.

—Entonces, no debes estar aquí.

La criatura le dio un empujón suave, pero que le hizo recorrer todo el camino de vuelta sin tocar el suelo. Atravesó la puerta como un huracán y Jacques la paró. Por unos instantes, quedó abrazada a él, intentando controlarse.

Julien y Michel volvían, tras haber visto pasar a Colette como un relámpago a su lado. Julien guardó para sí lo que pensó al ver a Colette abrazada de tal forma a su hermano. Michel, el último en entrar, cerró la puerta y apoyó su espalda contra ella.

Cuando Colette hubo recuperado el aliento, les contó lo que había sucedido. ¿Habría hecho la baronesa de Rieunette un paco con aquella criatura? Si así era, ¿cuál sería el pacto?

—Quizás el pago tenía que ser una de las hijas, pero murió de bebé y la madre considera que el pago ha sido hecho, mientras que la criatura aún lo espera —aventuró.

En todo caso, la salida no era por allí, así que decidieron seguir explorando la casa. Como la habitación de los bebés parecía comportarse de forma distinta, decidieron tomar las ropas de las cunas, por si aquello provocaba algo. También intentaban averiguar el nombre de los bebés, para saber si de verdad la mujer del cuadro era la actual baronesa o si la casa era en realidad un vestigio de una época anterior. El cuadro tenía los nombres escritos, pero no conseguían leerlos. Lo mismo ocurría con las mantitas, que los tenían bordados.

Para entonces, los espectros de la niebla ya se movían por los jardines de la casa y alguno se acercaba al coche.

Registraron sin más éxito las dos alas que les quedaban de la casa: la zona de los sirvientes, el despacho, los salones… En uno de ellos, que tenía las cortinas descorridas, vieron los últimos rayos de sol de la tarde romper la niebla. No todos: sólo los que llevaban las mantitas pudieron verlos. Aquello convenció a Colette de que debían correr hacia el Sol antes de que se pusiera. Le costó un poco convencer a sus amigos, pero pronto organizaban la salida de la casa, tomaban el coche y enfilaban hacia la cancela, mientras mantenían a raya como podían a los espectros de la niebla.

Fue una carrera contrarreloj, saltando y botando por el camino de herradura, con los cuatro caballos a galope y totalmente a ciegas para quien no llevaba la mantita. Pero lo lograron. Cuando el Sol se ocultaba tras las colinas que marcan el límite del valle, la niebla se aclaró y vieron las luces del Cruce de Santa Hortensia. Entraron en el pueblo con los caballos aún lanzados y el miedo en el cuerpo. En la puerta de la casa de postas les esperaban el resto de la expedición, ya preocupados por su tardanza.

—Nos perdimos en la niebla. Nada importante, pero entremos a calentarnos, que tenemos el frío en el cuerpo —dijo Michel a Chloé, para no alarmarla.

En el pueblo también habían ocurrido cosas extrañas en su ausencia, se enteraron después. Un par de accidentes estúpidos habían dejado varios lesionados y un viejo había muerto de repente.

—Estaba sentado allí enfrente, mirando a la nada y con un chaleco burdeos que ha visto años mejores y, de repente, se derrumbó sin dar un suspiro —les comentó Noel, para espanto de Julien.

Nuestros amigos se fueron a descansar pronto, para reponerse de la aventura vivida. No sin darle primero al postillón una buena propina y recomendarle no hablar de lo sucedido, pues le tomarían por loco. Noel se quedó hasta tarde, pues había conocido a una joven de la zona llamada Hélène Hajos. Su hermana se lo recriminó a la mañana siguiente, pero Noel la ignoró y compartió con ellos lo que había averiguado.

—La baronesa no es muy querida en el valle. Mientras sus vecinos se arruinan por malas cosechas o sufren accidentes, a ella parece irle todo bien. Ha doblado sus tierras en los últimos años y sus vinos se venden cada vez más caros —les contó.

Michel, Jacques y Julien, los que más cerca habían estado de los espectros de la niebla, recordaron el odio que emanaba de ellos y todos se preguntaron qué pacto tenía la baronesa con el Hombre Astado que habían conocido. Preguntas, preguntas sin respuesta. De las mantitas, una tenía el nombre Camille bordado; la otra había quedado rasgada por el nombre y sólo se podía identificar una E inicial.

Noel también les contó que la hija de la baronesa, Camille, de 22 años, seguía soltera y sin compromiso y se rumoreaba que seguía así porque estaba enamorada de Julien. Ante lo que Julien protestó.

—La última vez que la vi tendría doce o trece años. Ni se acordará de mí.

¿Volverían a saber de la baronesa de Rieunette? Con la suerte que tenían, seguro que sí.

Baile de máscaras, campaña para Ánima Beyond Fantasy 2×06. Con Julien Lafleur d’Aubigne (Alcadizaar) y su hermano Jacques (Aldarion), Colette/Noel Leclair de Dunois (Menxar) y Michel Laffount de Gévaudan (Charlie).

Retomamos las partidas en mesa, tras un parón de 13 meses. Julien quiere averiguar qué es el don o la maldición que parece haber en su familia y arrastra a su hermano y amigos a las tierras de los D’Aubigne. Pero, primero, y para acordarnos cómo se juega a esto, un poquito de acción con niebla y casa encantada, una adaptación muy libre de una aventura de 7º Mar.

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