Sakura — La Doncella Salvaje

Cuando el dolor y las náuseas remitieron y se le aclaró la vista, Hosoda Genji vio que no seguía en la casa ni había rastro alguno de los daimah y los atacantes: estaba en un bosque, un robledal denso, oscuro y en silencio. Miró, asombrado, a su alrededor. A pocos metros, vio a Reiko, con el tanto de Minako-hime en la mano, y a Hitomi. La piel desnuda de las dos relucía a la luz de la Luna. Reiko lo miró con los ojos muy abiertos, luego se miró y la sorpresa dio paso a la vergüenza. Se giró, tapándose con los brazos.

—¡Genji! —gritó.

El samurái dio la espalda a las muchachas. Palpó su cuerpo con la mano libre, notando su propia desnudez. ¿Y la ropa? Intentó pensar. Había desaparecido todo rastro de los Shimazaki, incluso la ropa que les habían dado. Pero ellos estaban aquí. ¿Estarían también sus cosas? Intentó orientarse, recordar la distribución de la casa. ¡Bingo! Ahí estaba el equipaje.

No había mucha ropa: casi toda se la habían llevado los daimah para limpiarla y remendarla y, si su hipótesis era cierta, a saber en qué lugar del robledal habrían aparecido. Reiko había usado toda su ropa en el accidentado viaje por la Senda del Bushido, tras la caída de Hitomi por la ladera. Encontró su muda y la de Kato. Le dio su kimono y hakama a Reiko (eran de la misma estatura) y el enorme kimono de Kato a Hitomi. Él se puso su armadura ligera, intentando ignorar los molestos roces sobre la piel.

Mientras las dos mujeres se vestían, dio una batida más amplia. Encontró el resto de las armas y las sandalias, donde habían estado las habitaciones, y los caballos y mulas, con las sillas y arreos. Pero no había rastro de Kato, de sus armas principales y su armadura. Así se lo informó a Reiko.

—Entonces, ¿sigue en la aldea Shimazaki? Y, ¿por qué estamos nosotros aquí?

Fue Hitomi quien respondió. La miko era la única que podía entender lo que había ocurrido.

—La aldea Shimazaki y su bosque deben estar protegidos por algún tipo de barrera. Los atacantes deben haberla roto, con algún conjuro poderoso. Creo que, de alguna forma, esa rotura nos ha expulsado a nosotros y nuestras posesiones porque somos ajenos a los Shimazaki. El señor Kato quizás sea resistente a la magia y, por eso, no se ha visto afectado —La voz de Hitomi se fue apagando y ella se encogió en el enorme kimono—. N-no soy una experta, es sólo una suposición —terminó, insegura.

Reiko apretó el brazo de la miko.

—Nos vale para empezar. Hosoda, suba a un árbol y averigüe dónde estamos. Nosotras recogeremos nuestras cosas.

No habían terminado de cargar las mulas cuando Genji bajaba del árbol.

—Hay un monte al norte, a varios kilómetros. Se distingue su forma contra el cielo y está iluminado por reflejos azules como los que vimos cuando… Cuando nos despertamos. Debe ser el monte Miwa.

—¿Cuánto nos llevará llegar allí? —preguntó Reiko.

Genji negó con la cabeza.

—No sabría decir. Está muy oscuro para distinguir el terreno o calcular bien la distancia. Hasta que salga el sol poco podemos hacer. Pero he visto una aldea al sur, a un kilómetro o menos. Quizás encontremos un guía ahí que se atreva a llevarnos de noche.

—O quizás sea la aldea de Otobe que mencionaron los tengu y podemos encontrar a la Doncella Salvaje y pedirle que nos lleve a la aldea Shimazaki. Merece la pena probar. ¡Vamos!

Montaron a Hitomi en uno de los caballos y se pusieron en marcha: Reiko abriendo el camino, en la dirección que le había dicho Geni, y éste guiando los caballos y mulas. Avanzaron despacio, tanteando con cuidado un terreno irregular e invisible en la noche: el miedo a ser descubiertos por alguna patrulla destacada del monte Miwa les hizo no encender ninguna luz.

Llegaron a la aldea en media hora y no se anduvieron con chiquitas: en la primera casa que encontraron, aporrearon la puerta hasta que salió un campesino, al que preguntaron por la Doncella Salvaje. El pobre hombre, aterrorizado por aquellos ronin mal vestidos, apenas consiguió indicarles la casa de la curandera del pueblo.

En la casa de la curandera, que se levantaba en las afueras, más allá de los campos de arroz, no fueron más delicados. Les abrió una mujer de mediana edad y penetrantes ojos verdes que relucían como luciérnagas. Sin esperar invitación, Reiko le invadió la casa y la puso al tanto de lo ocurrido esa noche en la aldea Shimazaki.

—Es cierto que la aldea de Otobe pertenece a los Shimazaki —dijo la mujer—, pero no tenemos forma de ir a sus tierras: son siempre ellos los que abren los caminos para que llevemos el arroz. No puedo llevarlos hasta allí.

—El clan tengu Zenkibo nos habló de la Doncella Salvaje. Nos dijeron que ella podría llevarnos. ¿Puede ayudarnos a contactar con ella?

—Es muy arriesgado. Sus motivaciones son poco claras y pide extraños caprichos por sus servicios.

—Aun así, debemos intentarlo. El futuro de todo Lannet está en juego.

—Hay un túmulo sagrado no muy lejos de aquí. Si dejan una ofrenda de arroz en la hora entre horas, aparecerá.

—¿La hora entre horas?

—El amanecer o el ocaso. Puedo preparar el arroz, pero tendrán que esperar al ocaso. No llegarán antes del alba ni teniendo buenos caballos.

—Prepare el arroz y deje el resto de nuestra cuenta. Y, ¿podría prestarme algo de ropa?

La curandera indicó a Reiko el baúl donde guardaba los regalos de los lugareños por sus servicios y se puso a preparar el arroz. La samurái saqueó sin miramientos el baúl. Lo único aceptable que encontró para ella fue un kimono de fiesta, posiblemente las mejores ropas que tendría la mujer. Eligió también ropas para Hitomi y se la llevó al dormitorio, para cambiarse. Genji aprovechó también para recuperar sus ropas; la armadura le estaba produciendo unas rozaduras muy molestas.

En menos de tres cuartos de hora tenían las ofrendas preparadas. Dejaron a Hitomi, el equipaje y el resto de las monturas al cuidado de la curandera y partieron siguiendo sus indicaciones. Por fortuna, un camino llevaba hasta el túmulo, en lo alto de una colina, y pudieron hacer galopar a los caballos.

Las dos bestias, Hirano entrenadas por los Hosoda, apenas parecían rozar el suelo y llegaron al túmulo cuando las estrellas empezaban a palidecer por oriente. Rápidamente, Reiko subió al túmulo, dejó los onigiris como ofrenda y bajó. No había tocado el suelo cuando escuchó ruidos a su espalda: una muchacha de pelo largo y encrespado, rostro sucio y mirada salvaje, vestida con un ajado kimono remendado con fibras, acuclillada, los miraba de hito en hito mientras se comía el arroz.

Reiko, apenas repuesta de la sorpresa, la saludó con una profunda reverencia.

—Mi señora, necesitamos vuestra ayuda. Éramos huéspedes de los Shimazaki cuando un gran grupo de onis han atacado la aldea. De alguna manera, hemos sido expulsados y hemos terminado aquí. Uno de los nuestros se quedó allí. Debemos volver en su busca. Debemos volver para proteger a la Señora del Verano. Por favor, mi señora, el clan Zenkibo nos dijo que puede llevarnos a la aldea Shimazaki.

La muchacha no dijo nada; siguió comiendo como una ardilla y mirando. Cuando se terminó los onigiris, descendió del túmulo en tres saltos, plantándose delante de Reiko y de Genji.

—Puedo hacerlo, pero el precio es alto. Os pediré que hagáis algo por mí en el futuro y debéis prometer que lo haréis, mientras no os traiga vergüenza o deshonor.

—Lo prometemos, pero debemos partir ya. Han pasado ya varias horas desde que comenzara el ataque y nos tememos lo peor.

La Doncella Salvaje sacó de sus ropas una vasija y una taza.

—Esto es kuchikamisake de la Señora del Verano Shimazaki —dijo, llenando la taza—. Bebed. Ahora, caminad alrededor del túmulo. Andad por el anillo exterior y pensad en la Señora del Verano —Subió otra vez a lo alto del túmulo—. Pensad en ella. Pensad en los grandes árboles. Imaginad que estáis allí. Con toda vuestra alma.

Reiko y Genji caminaron, siguiendo la pequeña cresta que rodeaba el túmulo. Caminaron mientras el cielo clareaba. Caminaron pensando en Eri, en Fumiko, en el espeso y mágico bosque. Y siguieron caminando. Cuando el primer rayo de sol tocó el túmulo, un graznido los sacó de su ensimismamiento: el lugar de la Doncella Salvaje lo ocupaba ahora un cuervo del tamaño de un buitre

Con otro graznido, el cuervo levantó el vuelo perezosamente y se dirigió al bosque. Por aquella zona, los árboles parecían más altos y más verdes. Reiko y Genji lo siguieron. Sintieron un breve mareo al salir del anillo, como si el suelo se moviera bajo sus pies. Tres pasos más allá, Genji miró sobre su hombro. El túmulo y los caballos parecían muy lejanos. Dos pasos más y el espeso bosque los recibió, con las grandes coníferas y los enormes helechos, pero sin rastro de los kodamas.

El cuervo voló alrededor de ellos y habló con la voz de la Doncella Salvaje.

—Yo no puedo ir más allá. Seguid en esta dirección y llegaréis a la aldea. Escuchad ahora mi pago: contad al señor Kyuso que os he traído hasta aquí. Contadle lo que me prometisteis como pago y cómo lo he cobrado.


Y así, la Doncella Salvaje condujo a los caballeros de vuelta al Castillo del Gozo. —¡Abuelo! Este cuento ya nos lo has contado.

Dicho esto, el cuervo se alejó de vuelta al túmulo, dejando a los samuráis en un bosque cubierto por una niebla baja que se enroscaba entre las plantas a la altura del pecho, con la tímida luz del sol intentando atravesar la copa de los grandes árboles. El silencio, roto sólo por el gorgoteo de los arroyos, no presagiaba nada bueno. El aire traía olor a humo. Se miraron un instante y echaron a correr.

Genji lo volvió a hacer: corría como una gacela, más rápido de lo que parecía humanamente posible; saltaba sobre los troncos caídos, se deslizaba entre las raíces, rodaba por las cañadas para levantarse y seguir corriendo. En segundos, Reiko lo había perdido de vista. Reiko masculló una maldición (había aprendido muchas de la hija de Washamine), se mordió el labio y siguió corriendo.

Llegó a la aldea cuando empezaba a jadear. Reconoció la casa donde se habían hospedado, reducida a escombros. Vio plataformas caídas, casas convertidas en una lluvia de maderos y papel sobre el suelo, establos y graneros arrasados. Algunas de las construcciones habían salido ardiendo, quemándose los paneles de arroz y los tatamis, pero el fuego no se había extendido entre los árboles, demasiado húmedos; algunas zonas aún humeaban. Había muertos, aquí y allá. Algunos, caídos en combate en el suelo: daimah, humanos y algún oni; otros, muñecos descoyuntados en posiciones imposibles, caídos de las alturas. El olor a muerte, a madera y carne quemada, lo impregnaba todo.

Genji se acercó al verla. Traía media nodachi en la mano.

—Es la del señor Kato. La otra mitad está enterrada en el cadáver de un oni —Señaló con el arma rota—. Entraron por allí. Es donde la lucha fue más fuerte y hay más Shimazaki muertos. Hay también un… una… cosa, como una abertura. Se ve el bosque al otro lado, el bosque normal. Y restos de un campamento.

»No hay muchos muertos —continuó, señalando a los cadáveres a la vista—. La guardia extra que pusieron por nuestro aviso los salvó. Fue una lucha, no una masacre. Los guardias retuvieron a los asaltantes. Los daimah tenían las armas a mano, lo había ordenado el señor Kyuso. Se reorganizaron rápido y se retiraron.

—¿Adónde? ¿Nadie queda con vida? Espera. ¡Por ahí! ¡He oído algo!

No había oído nada. Había captado un débil zarcillo mental, arriba, hacia la sala del consejo. Genji ya se movía hacía la zona, pero desde el suelo era imposible ver nada. Subieron por las mismas escaleras que habían seguido la tarde anterior, cruzaron la pasarela infernal (Genji llevó en brazos a Reiko) y llegaron hasta la sala del consejo. Estaba en buen estado, salvo algún panel hundido, marcas de lucha y manchas de sangre. Ni rastro de cuerpos ni, mucho menos, de un superviviente.

Se asomaron por la parte trasera. En el tronco de la derecha, en un nivel más bajo, había una plataforma y los restos de una casa grande, posiblemente la del propio señor Kyuso, ahora un montón de escombros en precario equilibrio.

Genji siguió la pasarela hasta estar encima de la casa, se ató con una de las cuerdas colgantes que había cogido por el camino, y descendió por el tronco, con cuidado de no apoyar su peso en las ruinas. Ya sobre la casa, llamó a media voz. Un gemido le respondió. Siguiéndolo, vio una cabeza de largos cabellos negros sobresalir bajo una viga. Reconoció al guardaespaldas de Eri, la Señora del Verano. Una viga lo tenía atrapado y estaba agonizando. Debía tener las costillas rotas y se ahogaba en su sangre.

Avisó a Reiko. La joven bajó por las escaleras. Entre los dos, apartaron los escombros más inestables para llegar hasta el guardaespaldas. Genji levantó la viga haciendo palanca con un travesaño de bambú y la samurái tiró del daimah hasta sacarlo de la cruel trampa. Estaba hecho un desastre: le faltaba el brazo derecho, cortado por un limpio tajo; tenía las costillas hundidas, feas heridas en el abdomen y ambas piernas rotas. Era un milagro que siguiera vivo.

Genji lo tomó en brazos y lo subió a la casa del consejo, corriendo por el tronco. El milagro parecía continuar: cuando lo depositó en el tatami, el daimah respiraba mejor y ya no escupía sangre. Siguiendo sus instrucciones, le redujeron las fracturas. También pidió su brazo, que Reiko encontró en las ruinas. Un registro de las casas cercanas dio con vendas, algo de comida y odres de agua. Con más voluntad que pericia, le cosieron el brazo al muñón.

—Los daimah nos curamos rápidamente y de heridas que matarían a un humano —dijo el guardaespaldas, con el rostro contraído por el dolor, pero sin soltar un gemido—. En este bosque sagrado podré recuperar hasta el brazo. Giradlo un poco, lo estáis poniendo torcido.

—¡Esto es de locos! —exclamó Reiko.

—Contadnos qué ha ocurrido. ¿Y la Señora del Verano? —preguntó Genji. Estaba pálido como un cadáver, pero más que decidido a mantener la compostura y no perder contra el daimah.

—Se la han llevado. Su padre dio la orden de retirada, pero, antes de que pudiéramos salir de la casa, tres onis nos cayeron encima. Acabé con uno, el segundo cogió a Eri y saltó y el tercero me echó la casa encima. Llevo horas queriendo morirme y sin poder hacerlo. ¡Ah, maldición! No voy a poder moverme en días y para entonces…

—Descansad y dejadlo en nuestras manos. La rescataremos y volveremos por vos.

Le dejaron agua y arroz cocido de la noche anterior, que encontraron en una de las casas. Tomaron para ellos más arroz y odres con agua y partieron tras los atacantes.

Sakura, un cuento de Lannet 2×12. Con Hosoda Genji (Menxar) e Ishikawa Reiko (Charlie).

La Doncella Salvaje está directamente tomada de El Castillo del Gozo de Pendragón, claro. La parte del kuchikamisake viene de Kimi no na wa.

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