Sakura — El rescate de Eri

Cruzaron por el portal, que seguía cerrándose y apenas permitía ya el paso de una persona. Al otro lado había habido un campamento, protegido al pie de un farallón rocoso. Hacía horas que lo habían levantado, pero el rastro de un grupo tan numeroso era fácil de seguir. Corrieron por la senda abierta por los onis en retirada, descendiendo de una larga y amplia colina: el monte Miwa.

Al terminar el descenso, el rastro se dividía en tres. No había nada que les indicase por dónde se habían llevado a Eri; los tres rastros parecían dejados por un número similar de pies, pezuñas y garras. Reiko intentó captar la mente de la sacerdotisa, sin éxito. Genji, por su parte, siguió unos cientos de metros cada rastro, intentado dar con una pista.

—Hime-dono, por aquí, siguiendo la ladera hacia la siguiente colina. Hay una marca de espada en este árbol. Estoy seguro de que la ha dejado el señor Kato.

La marca era clara e intencionada y había sido hecha por alguien diestro con la espada. Si no había sido hecha por el samurái desaparecido, habría sido un daimah. En todo caso, era la única pista que tenía y la siguieron.

Cuarenta minutos de carrera después, un samurái armado con una o-yoroi salió de detrás de un roble y les hizo señas para que guardasen silencio. Era Kato Misaki.

—Fue todo muy rápido —les contó, tras beber un largo trago del odre que le tendió Genji—. Cuando desaparecisteis, me uní a los guardias que había dejado la capitana Fumiko. Dimos tiempo a que los ancianos y los niños pudieran huir. Luego llegó la orden de retirada. Volví a la casa a coger la armadura y el resto de mis armas, pues perdí la no-dachi en la lucha. Un oni rezagado me cayó encima y casi me mata. Cuando conseguí salir de los escombros, vi como tres onis se llevaban a la Señora del Verano. Llamé pidiendo ayuda, pero ya no quedaba nadie cerca, así que tomé mi armadura y mis armas y partí tras ella.

»Vi al tal Gonbu. No su cara, pues la llevaba cubierta, pero vestía una llamativa túnica con la Gran Tortuga. No parecía estar contento, imagino que porque su ataque sorpresa no fue tan sorpresa y tuvieron pérdidas considerables. Ya tenían el campamento levantado, imagino que incluso antes de lanzar el ataque. Cuando salí del bosque Shimazaki, ya se habían puesto en marcha. Luego se dividieron, no sé si para hacer más difícil que los encuentren o porque cada grupo tenga sus propios objetivos. En verdad que es una tropa grande. Me resulta increíble que hayan podido moverse por el norte sin llamar la atención.

»Seguí al grupo de Gonbu y de la Señora del Verano y dejé marcas para que pudieran seguirme. Han acampado un poco más adelante, en una hondonada que los deja bien cubiertos. Vi a Gonbu marcharse con una pequeña escolta. La chica sigue en el campamento, así que vine aquí a esperaros.

—¿A qué nos enfrentamos, señor Kato? —preguntó Reiko.

El samurái tronchó una ramita y dibujó con ella en el suelo.

—Debían tener preparado el campamento de antes. Está protegido por una zanja y una estacada. Sólo tiene una entrada, al sur. Esta parte está separada del resto por una jinmaku. Dentro hay una tienda grande, imagino que la de Gonbu. Son una gran fuerza: he contado una veintena larga de ronin y otros que, por la ropa, deben ser ninjas. De onis, bakemonos y ogros he contado una docena. ¡Parecía que todas las criaturas de los cuentos que me contaba mi niñera cuando chico pasaban ante mis ojos! ¡Qué locura!

Reiko examinó el tosco plano.

—Deben tenerla en la tienda de Gonbu —dijo. Luego, bajó el tono y siguió para sí—. Si Nobi estuviera con nosotros, sería fácil: entraría, la sacaría y no se darían cuenta.

—¿Decís algo, hime-dono? —preguntó Genji.

—Tendrán centinelas por el perímetro. Si eliminamos a uno o dos, tendremos un pasillo por el que Hosoda podrá deslizarse para entrar en el campamento enemigo y rescatar a Eri.

La mano de Genji se crispó sobre la empuñadura de Yukikaze. Acababa de comprender lo que su señora había dicho antes y cuál era el difícil papel que le tocaba desempeñar. Un golpe de mano era la única solución posible contra tantos enemigos y había que actuar con rapidez, antes de que volviera el shugenja.

Los tres avanzaron con cuidado por el sendero abierto, buscando a los centinelas de avanzada. Contaban con los buenos sentidos de Genji y de Reiko, con su capacidad para sentir la presencia de mentes. Pronto, tenían localizados a tres: uno encaramado en un árbol, otro en una trinchera excavada y cubierta de maleza y el tercero en un hueco entre las raíces de un árbol.

Genji tomó su arco largo y buscó un buen punto de disparo para acabar con el segundo, el que ofrecía un mejor blanco. Tensó el arco, tomó puntería y disparó. La flecha se clavó con fuerza en el hombro del ronin, sin matarlo. El samurái titubeó unos instantes. ¿Qué hacer? Estaba a más de cuarenta metros, demasiado lejos para llegar y matarlo antes de que diera la voz de alarma. ¿Probar con otra flecha? Tampoco lo lograría a tiempo. Y vio la respuesta. Ya lo había hecho antes, en el Sendero del Bushido y en el bosque de los Shimazaki. Soltó el arco y corrió. Se forzó a correr más. Concentró su ki interior en sus piernas y se obligó a moverse aún más rápido, recordando cómo lo había hecho antes, obligando a su cuerpo a recordar cómo lo había hecho y repetirlo.

Alcanzó al centinela cuando terminaba de dar el grito de alarma. Vio la sorpresa en sus ojos, el arma aún envainada. El hombre trastabilló hacia atrás. No le salvó, su cabeza rodó por la hierba.

Se giró entonces. Los otros dos centinelas reaccionaban al grito de su compañero. El del árbol expuso parte de su cuerpo. Genji empuñó Yukikaze con ambas manos, sintonizó su mente con la espada y dio un tajo al aire. Prolongando el corte, una onda de hielo cruzó el bosque, rápida como una centella, alcanzando al centinela. Su cuerpo salió impulsado por el golpe y congelándose en el aire, para estrellarse contra el suelo y no volver a moverse. Genji no esperó a que cayera: ya corría hacia el tercer centinela. Lo tumbó de una patada y lo clavó al suelo destrozándole la cara. Ni ellos ni los compañeros del samurái habían sido capaces de reaccionar.

Reiko fue la primera en moverse. Empujó a Kato hacia el muerto del árbol y corrió hasta Genji.

—Dadme vuestro kimono, ocultaos donde el primer centinela y esconded su cuerpo, ¡rápido!

Ella se quitó su kimono y tomó las ropas del muerto. Usaba las mismas ropas que los ninjas a los que se habían enfrentado, por lo que podía cubrirse el rostro y la cabeza. Luego, le puso el kimono de Genji.

Justo a tiempo: atraídos por la voz de alarma, ya se acercaban los primeros hombres.

—¿Quién ha gritado? ¿Qué ocurre? —ya preguntaba un ronin alto y fornido que debía ser un oficial. Seis hombres armados lo acompañaban.

Reiko le hizo señas con el brazo para atraer su atención. Cuando se hubieron acercado, señaló al cuerpo.

—Lo atrapé acechando. Un furtivo o un espía —Confió en que la boca cubierta, las frases cortas y el habitual odio y desprecio hacia los ninjas no les hiciese reparar en el cambio de voz. Tuvo suerte: el ronin gritó a los centinelas que estuviesen alerta y volvió al campamento, mascullando algo sobre partir cuanto antes. Reiko se apoyó contra el árbol mientras obligaba a su corazón a tranquilizarse. Cuando el silencio hubo vuelto, hizo señas a Genji para que avanzara.

El samurái salió de su escondrijo arrastrándose como una serpiente. Había tenido tiempo de registrar al ninja muerto, encontrándole abrojos y algunas bombas de humo que sumó a su arsenal. Cruzado el perímetro de los centinelas, avanzó más rápido, hasta tener a la vista el campamento. Como había dicho Kato, estaba protegido por una zanja y una estacada, más para impedir un ataque de caballería que para ofrecer una protección real. Por su lado había varias tiendas grandes con los costados abiertos y bastante gente vivaqueando, así que decidió rodear y entrar por el este. Tampoco las tenía todas consigo: las tiendas más separadas de aquella zona bien podían pertenecer a onis.

 

Reiko se revolvía impaciente entre las raíces del roble, no tenía costumbre de quedarse atrás. Escuchaba con cuidado el ruido de las mentes de la zona, intentando intuir cuántos enemigos tenían delante. No se atrevía a profundizar mucho, el recuerdo del enfrentamiento contra el oni, cuando la ira del monstruo se apoderó de ella —aún la sentía, dentro de ella, dispuesta a salir en cualquier momento—, la hacía ser prudente. Siguió la mente de Genji, vio cómo daba un amplio rodeo. Desesperada por hacer algo, intentó localizar a Eri. Le costó, apenas había cruzado dos palabras con ella en la recepción, pero allí estaba. ¿Podría comunicarse con ella? Se concentró, trató de imaginar que la tenía delante, que hablaba con ella con normalidad.

—Shimazaki Eri, ¿puede oírme? Soy Ishikawa Reiko, la portadora del tanto de Minako-hime. Hemos venido a rescatarla. Por favor, si puede oírme, no reaccione y contésteme sólo con su mente, podré escucharla.

Tras esperar unos instantes, lo intentó otra vez. Un quedo “Sí, puedo oírte” la interrumpió.

—Por favor, no se asuste. Sé que puede parecer extraño, pero…

—No me asusta. Es distinto a como yo lo hago. Más parecido a hablar cara a cara. Me gusta.

Aquello descolocó a Reiko. Sólo un poco, el tiempo de recordar que, pese a su forma de hablar, Eri era una importante sacerdotisa de un pueblo conocido en las leyendas y cuentos por sus sorprendentes poderes.

—Dígame, ¿cómo se encuentra? ¿Está herida? ¿Está sola? ¿Sabe dónde está?

—Estoy en una tienda grande. Me han atado con unos grilletes que me impiden usar mis conjuros. Quieren el tanto del verano. El jefe, un shugenja con una túnica estrafalaria, se enfadó mucho cuando no lo encontró. Se ha ido, pero volverá. Me dijo que esta noche le diría dónde está el tanto o que me entregaría a los onis. Eso sí me da miedo, me miraban como si fuera un trozo de comida.

—La sacaremos antes. Mi guardaespaldas está ya cerca de donde se encuentra. Espere sólo un poco más. Y, por favor, no le diga que hemos hablado: él no sabe de mis…

—¿Y mi guardaespaldas? ¿y Takumi? ¿Está con vosotros? Espera, ha entrado un oni en la tienda. ¡No! ¡Eso no! ¡Socorro!

El grito y el terror de la sacerdotisa sacudieron a Reiko como un golpe físico. La ira atrapada en su interior burbujeó en respuesta y la hizo saltar como un resorte. Corrió hacia el campamento enemigo, sin un plan claro, confiando en que las ropas del ninja le permitirían llegar hasta Eri y, a la vez, dispuesta a matar a todo el que se le pusiera delante.

 

Genji se había deslizado entre las tiendas del lado occidental y había cruzado el primer jinmaku, que separaba lo que parecía la zona de oficiales. Había tenido suerte de no cruzarse con nadie y ya estaba arrodillado frente al lienzo de tela que le separaba de la tienda principal cuando oyó el grito de Eri.

Cortó la parte baja del jinmaku para dejar suelta la tela y se asomó. Una criatura monstruosa entraba en ese momento en el recinto que rodeaba a la tienda, atraído por los gritos. Era mayor que los onis que el samurái había visto hasta entonces, con los brazos tan largos que le llegaban por debajo de la rodilla y la piel cubierta de afiladas espinas, grandes como cuchillas.

La visión paralizó a Genji. Enfrentarse a esa cosa era un suicidio. Dejarle entrar y unirse a lo que hubiera dentro de la tienda, un suicidio mayor. Un sofocado grito le hizo reaccionar: rodó bajo el jinmaku, se puso en pie tras el monstruoso ogro, empuñó con fuerza a Yukikaze con ambas manos, saltó todo lo que pudo y cortó con toda su alma y todo su peso. La dura piel del ogro cedió, la carne se abrió, la oscura y ácida sangre salió a borbotones. El monstruo se derrumbó sin un suspiro.

Gin había salido de extra muchas veces en escenas de lucha, por su gran envergadura. Éste era su primer papel con diálogo. Una sola frase, su gran oportunidad. Pero lo cortaron en la sala de montaje.

El samurái entró en la tienda. Vio a un oni gordo y patizambo, parecido al que derrotara en la posada. Estaba desnudo, con su gigantesco miembro enhiesto. Sujetaba por la pierna a Eri, para arrancarle la ropa. La muchacha tenía las muñecas atadas a un poste bien clavado en el suelo y se defendía inútilmente.

El oni miró al samurái. Debió confundirlo con uno de los ronin, pues le dijo:

—Tú esperar que termine. Luego, para ti, si quedar algo.

Genji saltó como un resorte contra el oni, golpeó, saltó, esquivó el zarpazo y volvió a golpear. El oni no daba la voz de alarma, quizás para no ser sorprendido allí adentro, pero era cuestión de tiempo que atrapara a Genji. La tienda era pequeña, los brazos del oni la barrían entera. El samurái saltaba, rodaba tras los baúles, atacaba, retrocedía de nuevo, sin más éxito.

Cambió de táctica: dejó que el oni lo arrinconara contra la pared de la tienda, alejándolo de Eri. Cuando parecía a su merced, tiró una de las bombas de humo del ninja. El pabellón se llenó de un humo espeso y acre y Genji pudo deslizarse bajo los brazos del oni y acercarse a Eri para cortar sus ataduras. Eran unos grilletes metálicos que resistieron varios embates de Yukizake antes de ceder. Luego, apenas tuvo tiempo de rodar por el suelo cubriendo a la muchacha y tirar otra bomba de humo para ganar algo de tiempo.

En ese momento, llegó Reiko. Había podido pasar ante los centinelas gracias a su disfraz, llegado al recinto de la tienda de Gonbu, saltado sobre el ogro muerto y ahora entraba en la tienda, siendo asaltada por el espeso humo. Entrevió dos figuras humanas al fondo y algo más grande entre ellos, la parte inferior de un oni —el torso y la cabeza desaparecían en el humo, que se acumulaba en lo alto de la tienda—, con su obsceno miembro colgando entre sus piernas. Allí dirigió sus golpes, al grito de “¡al badajo, Genji, al badajo!”.

El tanto de Minako-hime mordió con saña. Al segundo picotazo, el oni dobló la rodilla, con un grito de extrema agonía que Reiko calló con un preciso golpe a la garganta. El monstruo se desplomó entre convulsiones. Afuera se oían voces. Sin duda alertadas por el grito del oni, ahora reparaban en el humo que se escapaba de la tienda. Reiko miró a su alrededor. Sólo vio a Eri, trazando gestos extraños en el aire.

—¿Dónde está Genji?

La muchacha la abrazó como respuesta. Un aire fresco, con olor a tierra mojada, las envolvió. La sacerdotisa canturreaba una letanía.

—Ahora vamos con él.

Hubo una sensación confusa, un breve mareo y ya estaban en el bosque, con el campamento a sus espaldas, a cierta distancia. Genji estaba también allí. Eri se desperezó como un gato satisfecho.

—¡Ah, qué bien sienta el bosque!

Reiko no pudo evitar una sonrisa. ¿Cómo podía ser tan despreocupada?

—Aún no estamos a salvo. ¡Corramos y alejémonos de aquí!

 

A media tarde, Ishikawa Reiko, Hosoda Genji, Kato Misaki y Shimazaki Eri llegaban a casa de la curandera de la aldea de Otobe. Había sido una carrera sin descanso a través de los bosques, desde el campamento de Gonbu, con el temor de ser atacados en cualquier momento por sus perseguidores. Eri conocía la zona como la palma de su mano, por ser las tierras de su clan, y, bajo su guía, habían ido directos, sin perder tiempo en rodeos ni desvíos, y aprovechando los accidentes del terreno, como extensiones rocosas o el cauce de arroyos, para dificultar que siguieran su rastro.

Hitomi recibió a Eri con un abrazo. Las dos muchachas rieron y lloraron, pero Reiko no las dio descanso y se llevó a la sacerdotisa al interior de la casa, a asaltar de nuevo el baúl de ropa de la curandera, pues seguía llevando el yukata de dormir rasgado por el oni. Durante el día, los campesinos habían encontrado casi toda la ropa que los daimah se habían llevado a lavar y remendar repartidas por el bosque y se la habían llevado a la curandera. Hitomi se había vuelto a poner sus ropas de miko y Reiko aprovechó también para recuperar su kimono.

Mientras las mujeres se cambiaban, Genji se llevó a un aparte a la curandera y le dio un buen puñado de plata.

—Hemos rescatado a la Señora del Verano de un ejército de onis y estarán tras nuestra pista —le advirtió—. Huid de la aldea. Llevaos a los campesinos hacia el este o el sur. Ellos seguirán las huellas de nuestras monturas y os dejarán en paz. Van con prisa, destrozarán bien poco. Pero como encuentren a alguien, lo torturarán hasta la muerte. ¡Vamos! No tardarán mucho en llegar.

Ellos también se pusieron en marcha, camino del túmulo de la Doncella Salvaje, donde habían dejado los caballos de guerra que no querían perder. Iban, entonces, con un único caballo, el de Kato, en el que montaron a Hitomi y a Eri, y las dos mulas con la impedimenta.

Llegaron al túmulo bien entrada la noche. Por fortuna, nada había atacado a los caballos, que pastaban tranquilamente. Eri abrió el paso a la aldea Shimazaki, donde se reunieron con Takumi, su guardaespaldas. La sacerdotisa uso su magia curativa para acelerar aún más su milagrosa recuperación.

—Nos habéis salvado la vida a Takumi y a mí. Hemos contraído una gran deuda con vosotros. ¿Cómo podremos pagároslo?

—Señora del Verano —contestó Reiko—, ya sabe qué nos trajo a las tierras de los Shimazaki. La necesitamos. Necesitamos el tanto del verano. Por favor, ayúdenos a traer la primavera y devolver a Lannet el ciclo normal de las estaciones.

Eri miró a Takumi. El guardaespaldas contestó con un leve gesto de asentimiento.

—Os acompañaremos. Pero, primero debemos ir a por el tanto del verano. No lo tengo conmigo: antes de volver a casa lo dejé a buen recaudo, con el mejor guardián que pude encontrar.

Registraron las ruinas de la aldea en busca de cualquier cosa que les fuera de utilidad: provisiones y ropa, principalmente. Genji repuso las flechas perdidas y consiguió recuperar las dos botellas de sake que le regalara Fumiko. También encontró una capa de las usadas por los exploradores daimah. Eri aprovechó para buscar el corto kimono de los Shimazaki. Ya todos se habían dado cuenta de que esa prenda tenía una abertura en la parte baja de la espalda para que no les molestase con la cola.

La sacerdotisa mandó un mensaje a su padre a través del viento, informándole de que estaba a salvo y se unía al grupo de Reiko. También, por petición de ésta, informaba de la ayuda que les había prestado la Doncella Salvaje y del pago que se había cobrado.

Esa misma noche, abandonaron el lugar por el pasaje más alejado al monte Miwa. Esperaban así despistar a sus perseguidores y hacerles perder el rastro.

Poco después del alba, acampaban a orillas de un riachuelo. Pasado mediodía, se arrastraron un par de horas hasta encontrar una cueva. Todos sentían la necesidad de continuar y temían encontrarse en cualquier momento con los onis, pero estaban agotados. Reiko y los suyos no tenían una noche tranquila desde que salieron del dominio de los Masaki. Descansaron hasta bien entrado el día siguiente

Se pusieron en marcha guiados por Eri, adentrándose más y más en el Bosque de Karasu. Tras tres días de marcha, llegaron a una zona del bosque distinta, con cierta aura de irrealidad: la nieve era abundante y firme, los kodamas los miraban desde lo alto y abundaban los bosquecillos de bambúes.

A media tarde alcanzaron la orilla de una laguna pantanosa, en cuya orilla se levantaba un bosquecillo de gigantescos bambúes. Takumi hizo parar al grupo, mientras Eri avanzaba, cortaba una hoja de bambú y dejaba sobre ella, a modo de ofrenda, un poco de arroz, en la pradera frente a la laguna. Luego, hizo bocina con las manos y gritó a pleno pulmón:

—¡Okoto! ¡Gran Jabalí! ¡Ven! Soy Eri. Vamos, perezoso, aparece de una vez.

Al poco rato, oyeron un estruendo en el bosque, como si una tormenta lo azotara. Vieron cómo se agitaban con violencia árboles y arbustos. Lo que fuera era grande y se movía hacia ellos. Pronto, oían también un pesado respirar y el sonido de pisadas en aquel húmedo terreno.

Un enorme jabalí surgió del bosque. Era tan grande como una casa y los colmillos tan largos como un brazo y del ancho de un muslo de Kato. Su olor se extendió por toda la laguna como una presencia tangible, un hedor almizclado, intenso, que saturaba las fosas nasales y se metía en el cerebro, en las zonas más primitivas. Un olor a macho dominante que hizo que Genji, Kato y Takumi bajaran la vista, cohibidos, que Hitomi cayera de rodillas con las piernas temblorosas y que Reiko se ruborizase visiblemente. Era un poderoso espíritu de los bosques.

Eri corrió hacia el jabalí, lo abrazó y se restregó contra su lomo. La sacerdotisa y el espíritu conversaron sin palabras. Algo que iba más allá de un lenguaje corporal (contacto, gestos, olores) y que tampoco era una mera comunicación mental. “Es distinto a como yo lo hago”, pensó Reiko, sin poder evitar una sonrisa, entendiendo a qué se había referido la daimah.

La sacerdotisa volvió correteando y dando saltitos, casi como si bailara, y se plantó frente a Reiko. Sus manos se abrieron mostrando el tanto del verano. Se lo guardó en el kimono, se dio la vuelta e hizo una profunda reverencia al espíritu del bosque, que ya volvía sobre sus pasos, siendo imitada por el resto de sus compañeros.

Ya tenían las cuatro armas.

Sakura, un cuento de Lannet 2×12. Con Hosoda Genji (Menxar) e Ishikawa Reiko (Charlie).

Primera partida desde que Genji lleva a Yukikaze en que Menxar tuvo un combate de cara. El ogro al que derrotó era un Gandalphon, una mala bestia de nivel 6 (uno más que Genji), acorazada y con muchos puntos de vida. Aun cogiéndolo por la espalda y por sorpresa, matarlo de un único golpe fue cuestión de suerte y un combate uno a uno, un suicidio. El pobre bicho sólo estaba allí para soltar una frase, como quién dice: impedir que el otro oni violara a Eri y sacarlo de la tienda, dejando el camino libre a los pjs. Pero a los jugadores les entusiasma pegar al bicho más grande, es ley de vida.

Genji tenía a estas alturas Agilidad 12. En su paso por la Vigilia (el Sendero del Bushido, el bosque de los Shimazak) pudo, por fin, usar el movimiento sobrehumano que le daba y, de ahí, aprovechó Menxar para cogerle la habilidad de ki de Inhumanidad y convertir a su personaje en Speedy González versión samurái.

Con esto termina la duodécima sesión de la segunda temporada, día completo que empezamos a mitad del Sendero del Bushido. Uno de esas partidas en las que pasa de todo, da tiempo a hacer de todo y, al final, se hacen hasta cortas.

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