La helada teñía de blanco los campos, lejos aún el amanecer. Golpes urgentes en la puerta hicieron caer el blasón de la casa en el dormitorio. Goto Yasumori, en la quietud de la madrugada, meditó sobre ello antes de que el criado viniera a informarle. Un mal augurio, sin duda.
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Ishikawa Reiko y Hosoda Genji galopaban solos. Habían decidido que Saki, la joven samurái, volviera al castillo. No porque no se fiasen de ella, sino porque con dos caballos para tres jinetes no irían muy lejos. Además, les venía bien tener alguien de confianza dentro del dominio. Saki diría que Reiko les había emboscado, robándole el caballo y que Hosoda, tras recuperar el suyo, había partido en su persecución. Para darle verosimilitud, Reiko partió primera y Hosoda la siguió al rato, tras sembrar la zona de huellas y dar un estacazo a Saki. Echaría de menos a la muchacha en los días siguientes, pero esperaba protegerla así de lo que estaba por venir.
Ambos jinetes, ya reunidos, se dirigieron a casa de Goto Yasumori. El samurái, uno de los notables del dominio, administrador de los importantes cotos de caza de poniente, no había sido convocado a la reunión de esa fatídica noche, donde se había nombrado heredero al recién nacido Taro. Quizás tamaño insulto lo predispusiera del lado de la joven Reiko.