El oficial de enlace Asakura que acompañaba a Maruyama Yoshitaka estaba escandalizado y todo su entrenamiento cortesano no evitaba que se le notara. Ante él estaba la única hija del daimio de Los Valles de Minako-hime, una muchacha apenas adolescente que debería estar siendo entrenada en las más refinadas artes sociales, propias de alguien de su rango y sexo. No debería haber salido de lo más espeso del bosque vistiendo los mismos kimono y hakama que sus acompañantes, con aspecto de haber dormido al raso y no haberse bañado en varios días, con un vendaje en el brazo y ese brillo acerado en la mirada. Venía contando una historia estrafalaria de mapas misteriosos, ninjas y falsos onis. No entendía por qué el señor Maruyama la escuchaba con tantísimo respeto (aunque en los mentideros se hablaba de la fama de mujeriego del samurái; quizás estuviera interesado en la chica, uhm, uhm). Lo último que dijo Maruyama le terminó de romper los esquemas.
—¿Qué necesitáis que haga, Reiko-dono?
—Quiero que acabéis con los dos nidos de ninjas restantes. Que hagáis ruido y llaméis la atención. Si aparece el oni, ahuyentadlo, pero no lo matéis. Ganadme tiempo. Yo iré al punto central marcado en el mapa y averiguaré que está pasando.
—Oigo y obedezco.
¡Qué escándalo! ¡Qué indecencia! ¡Tratándola como si fuera un gran oficial o un general!

