Sakura — El primer viaje sin papá

Este sábado comenzamos con la campaña Sakura, una historia de samuráis ambientada en Lannet, la especie de Japón que trae la ambientación oficial de Ánima Beyond Fantasy, ¡y con cuatro jugadores!, algo que no ocurría desde la tercera partida de Los viajes del Ícaro. Repetían Menxar y Charlie. De los otro dos, una no jugaba a Ánima conmigo desde casi Fort Nakhti y el otro no había jugado antes, ni conmigo ni, a efectos prácticos, a Ánima. Así que como introducción use Benath an Opal Moon, la aventura introductoria del Land of Samurai del Runequest de Mongoose (ahora Legend). En su momento ojeé la aventura y no me llamó la atención, pero después de leer el desarrollo de la misma en el Runeblog tenía unas ganas tremendas de jugarla.

La aventura es simple y predecible, pero cumple muy bien su función de aventura introductoria: permite presentar la ambientación y el sistema de juego a los jugadores, con buenas posibilidades de roleo, de uso de habilidades, un combate sencillo para tantear el sistema y otro con más entidad como clímax final. Para el máster, además, ofrece interesantes consecuencias futuras. Y, para rematar, es muy agnóstica respecto al sistema de juego y resulta muy fácil adaptarla a otros.

—Pero tú debes ir, hime-chan —le había dicho su padre—. Las alianzas y los lazos familiares deben cultivarse con constancia, por eso debes ir a Aimi, abrir la casa, ir a los templos de la ciudad de tu madre, comprar a los mercaderes locales, recibir a nuestros amigos y aliados. He mandado un mayordomo para que lo prepare todo: déjate guiar por él, pero recuerda que eres la representante del clan Ishikawa y del domino de los valles de Minako-hime.

Decidida a convertir su primer viaje a la gran ciudad sin supervisión paterna en una aventura, Ishikawa Reiko fue en busca de Nakamura Ken, su guardaespaldas y maestro, en lugar de llamarlo a su presencia. El samurái era un gigantón de metro noventa cercano a los 40 años y fuerte como un toro, uno de los grandes guerreros del clan y, como todas las mañanas, estaba supervisando el entrenamiento de los jóvenes. La joven quería hacer el viaje a caballo y no en la aburrida litera y el samurái, poco interesado en las sutilezas de la etiqueta y firme defensor de la movilidad en el campo de batalla, estuvo de acuerdo.

Tras dejar a Nakamura preparando la expedición, Reiko volvió a sus aposentos para recibir al hatamoto Sakoda Moritano, que había pedido una audiencia privada. Nakamura Nobi, la hija mayor de Nakaruma Ken, su dama de compañía, se encargó de maquillarla y peinarla para la recepción, así como de servir el té al señor Sakoda, para evitar los oídos indiscretos de las criadas.

—Hime-sama, me presento ante vos no como el hatamoto de la Laguna Espejo, sino como un padre atribulado —se presentó el señor Sakoda, para continuar explicando que estaba muy preocupado por el comportamiento de su hijo pequeño, Masakano. Masakano, criado en casa de los Asakura desde los 12 años, había casado a finales del verano pasado con Kiyoto, del clan Taira, y Moritano le había otorgado unas tierras de su difunta esposa, el valle y la aldea de Sukarou, a dos días de marcha del castillo por el camino del oeste. El hatamoto pidió a Reiko que le hiciera el favor de dar un pequeño rodeo en su viaje anual a Aimi para hacer una visita a su hijo y darle unos tardíos regalos de boda.

No era un favor pequeño: el hijo no había dado señales de vida desde que tomó posesión de sus tierras y no se había presentado en castillo durante la festividad de Año Nuevo ni había enviado los tradicionales regalos. Una afrenta que podía disculparse por el poco tiempo pasado desde que se estableció en Sukarou, pero quedaba claro que el padre temía que no se presentase tampoco para el hanami, un insulto que el daimio no podría ignorar y que significaría la caída en desgracia de la casa Sakoda.

Reiko prometió a Sakora Moritano visitar a su hijo, pero tras hablarlo con Nakamura Ken se vio asaltada por las dudas. Ir por el camino del oeste significaba tardar el doble hasta Aimi y tener que dormir en casas de campesinos o a la intemperie en las frías noches de finales de febrero. Así pues, a instancias de Nakamura, Reiko traicionó la confianza del hatamoto y fue a contárselo a su padre. Hasta la noche, tras la cena, no tuvo ocasión, pues Ishikawa Hideo, enfadado porque el hatamoto había acudido a informarle de una inundación de las minas que haría que, por segundo año consecutivo, no se alcanzara la producción prevista, intentó despachar a su hija sin más. Tras la cena, más calmado, escuchó la historia de su hija, que planteó el problema de forma hipotética. Pero el daimio no era tonto y, tras los sucesos de Sukarou, pudo atar cabos sin dificultad. Jamás perdonaría al hatamoto el haber puesto en peligro a su hija.

Al alba del día siguiente, la joven Reiko, con el corazón aligerado tras compartir el problema del hatamoto con su padre, partía por el camino del oeste. La acompañaba una escolta de tres samuráis: Nakamura Ken y los jóvenes Hosoda Genji y Fukuyama Jun; la hija de Nakamura, Nobi, y un tren de intendencia de nueve mulas y caballos. Genji, de un clan de reconocidos jinetes, recibió la orden de convertirse en la sombra de Reiko durante el viaje y mantenerla a salvo de todo peligro. Otros dos samuráis habían salido el día antes como exploradores.

A medio día llegaban a casa del samurái Goto Yasumori, que les advirtió de la presencia de una agresiva manada de lobos comandada por un ejemplar blanco y con dos colas, desaconsejándoles dormir al raso. No les pudo dar mucha información sobre Sakoda Masakano y su mujer, pues sólo les vieron en una visita de cortesía al mudarse, pero sí indicaciones claras del camino a seguir hasta la aldea de Sukarou.

Con idea de alejarse lo antes posible de la zona de caza de los lobos, Nakamura Ken propuso a Reiko forzar la marcha al día siguiente para llegar en una sola etapa a Sukarou. Perfectamente posible en verano, en febrero les exigía salir antes del amanecer y no entretenerse por el camino, o llegarían ya de noche. La maratoniana etapa se empezó a complicar a medio día, al cruce de un puente cerca ya del desvío a Sukarou, cuando fueron emboscados por tres ronin hambrientos. No tenían buenas armas ni gran habilidad, pero se las apañaron en ese paso estrecho para herir varias veces a Nakamura padre. Uno de los ronin murió durante la refriega. Los otros dos se rindieron y fueron ajusticiados sin contemplaciones.

Ya en la vereda que debía llevarles a Sukarou hicieron otro alto cuando Nobi perdió el rastro de los exploradores, los dos samuráis que su padre había mandado de avanzada. Los encontró medio kilómetro atrás, semiocultos entre los helechos, en la linde del bosque. Algo, una fiera de gran tamaño, sin duda, los había atacado y dado muerte, a ellos y a sus caballos. Lo que fuera les había atacado a la yugular para luego alimentarse de ellos, pero los cuerpos habían sido arrastrados y ocultados después de muertos. Hosoda Genji, que cubría a la samurái desde una peña, vio también a un hombre vestido con harapos rondando los cadáveres. Temiendo que atacara a Nobi, lo ahuyentó con unas flechas bien colocadas.

Para ponerles los nervios más de punta, habían estado viendo al gran lobo blanco del que les avisó Goto Yasumori durante todo el día. Reiko, por algún motivo, tenía el convencimiento de que el lobo estaba asustado, que temía a la oscuridad. La muchacha contagió su nerviosismo a Nakamura Ken cuando se lo contó. El samurái, supersticioso como todos los lannetenses, vio normal que su señora, heredera de aquellas tierras, se entendiera así con un espíritu del bosque y asoció el comportamiento del lobo con lo dicho por los sacerdotes durante la cena antes de la partida en el castillo, que veían en las inundaciones y aludes del deshielo temprano señales y malos augurios de Mineko-hime, la diosa de la montaña (y la propia montaña) que daba nombre al dominio.

Así, cuando, ya entrada la noche, la expedición llegaba a Sukarou, lo hacían entreviendo sombras por el rabillo del ojo y con las espadas a mano. La aldea, fantasmal, no contribuyó a calmar los ánimos: los bancales de los arrozales mostraban las huellas de un duro invierno, sin que nadie los hubiera reparado; las ruinas ennegrecidas de un granero marcaban el centro del pueblo; las propias casas tenían los tejados en mal estado y, salvo el ladrido de un par de perros, no había señales de vida.

Nakamura Ken no se anduvo con chiquitas: se llegó a la casa más cercana al camino y aporreó su puerta hasta que salió un pobre campesino. ¡La vista de los guerreros en armadura debió parecerle la llegada de un ejército invasor! El hombre tuvo que ver su vida perdida al ser acusado de vago, negligente y casi que de traidor, a la vez que sufría un duro interrogatorio. Pero, ¿para qué cuidar los bancales cuando el kami los había abandonado? ¿Qué hacer si el bakemono aterrorizaba a la aldea, aullando entre las casas, meándose en el grano y matando a los que se aventuraban en el bosque? ¿Qué esperanza hay, aunque eso se cuidó mucho de decirlo, cuando el señor se desentiende de sus vasallos?

Los samuráis no hicieron caso a sus lloriqueos y, tras sacarle toda la información que pudieron, le hicieron llevarles a la casa del señor Sakoda. Como pasaron cerca del pequeño templo de la aldea, los Nakamura desmontaron para indagar qué había de cierto en la desaparición del kami. La agudeza de los sentidos del señor Nakamura eran alabados en todo el dominio y no le pasó desapercibido un sabor entre metálico y salobre del agua de la pila de abluciones. Al examinarla vio manchas de sangre de distinta antigüedad entre la hierba: alguien había estado contaminando el agua, provocando que los fieles se presentasen impuros y corrompiendo la santidad del lugar. ¿Qué mente maligna haría tal cosa?

—No creo que haya sido el bakemono del que hablan los lugareños y viera Hosoda-san en el camino. Por lo que dicen, ése se habría meado en la fuente. Creo que hay algo más oscuro en estas tierras y es lo que ha matado a nuestros hombres y a los campesinos.

—Yo también lo creo, Nakamura-sensei. No me imagino al espíritu lobo temiendo a ese bakemono. Hablemos pronto con Sakoda, su indolencia no tiene ni perdón ni sentido.

El susodicho les esperaba en el porche de su casa, sin duda alertado por la algarabía nocturna. Sus modales eran rudos, lo que alertó a Ken y a Reiko, que, quizás por el cansancio y el nerviosismo, no pensaron en cómo reaccionarían ellos si unos extraños llegaran a su puerta cuatro horas después de anochecido. Sin embargo, sí era cierto que el comportamiento de Sakoda Masakano era extraño: llevaba el jinbaori sobre un sencillo kimono y tenía la katana personal en el armario de las armas de los huéspedes. También parecía mayor que la descripción dada por el hatamoto, Yasumori y otros. Tampoco la descripción y comportamiento de la mujer parecía concordar. Y es que, antes de salir del castillo, tanto Reiko como Nobi habían investigado a fondo la historia del hatamoto, tanto para no fallar como porque, durante un tiempo, sospecharon una jugada política sucia de éste.

La descortesía malhumorada de Masakano y las insinuaciones de la señora acabaron pronto con la paciencia del grupo. Nobi se coló en las habitaciones de la criada mientras ésta preparaba el baño y encontró las paredes y la ropa de cama llenos de haikus aterradores. En cuanto pudo, acorraló a la muchacha para confirmar que era la auténtica Taira Kiyoto.

En el ala de huéspedes, Reiko ordenaba a la señora de la casa que trajera a su marido a su presencia. A regañadientes, ésta salió al pasillo, escoltada por Ken. En el pasillo, retiró la ilusión de apariencia humana para desvelar la nada absoluta del rostro de una mujina, cuya simple contemplación arrastra a los hombres a la más profunda de las locuras. Con Nakamura no surtió el efecto deseado: el samurái se movió por el instinto creado por años de duro entrenamiento y de un fuerte golpe derribó a la mujina. Su primer grito de terror terminó como voz de alerta. Nobi, la más cercana, fue la primera en llegar, deslizándose como un fantasma entre los paneles de papel de arroz. Una cuchillada oportuna distrajo a la mujina lo suficiente para que su padre pudiera desenvainar el wakizashi y enterrárselo hasta la empuñadura en el corazón.

En el ala de huéspedes, Reiko presintió como el señor de la casa corría a una velocidad imposible en auxilio de su esposa y saltó como un resorte hacia el pasillo para alertar a Ken. Hosoda se movió con rapidez, adelantando a la joven para protegerla. Tras ellos venía Fukuyama, trastabillando por el cansancio y el peso de la armadura. Ninguno estaba preparado para ver lo que vieron: una cabeza monstruosa, de gran nariz y orejas y afilados dientes volando por el pasillo, con el esófago, estómago e intestinos flotando detrás, como una grotesca cometa.

El monstruo aulló de dolor y rabia al ver el cuerpo de la mujina y voló por el pasillo, buscando una salida. Los Nakamura se encogieron de miedo; Hosoda, paralizado, lo vio pasar; Reiko cayó al suelo, tapándose los oídos, mientras pensaba con todas sus fuerzas “Fukuyama se esconderá y lo matará, Fukuyama se esconderá y lo matará”; y, por algún extraño milagro, el monstruo no vio a Fukuyama Jun en la habitación. El joven samurái, aterrorizado, a duras penas alcanzó a cubrir su cara con el wakizashi. Fue suficiente: el monstruo, llevado por su impulso, se lo clavó desde la frente a la base del cuello.

Tras el combate, Reiko y Nobi se llevaron a la auténtica Taira Kiyoto al baño, dejando a los hombres el deshacerse de los cuerpos de los monstruos y poner orden en la casa. La muchacha bordeaba la locura, pero con paciencia lograron sonsacarle lo suficiente para hacerse una idea de lo ocurrido: la mujina y su consorte rokurokubi se habían presentado a primeros de otoño, al poco de establecerse ellos. Su marido, el auténtico Sakoda Masakano, había caído bajo el embrujo de la mujina y vagaba loco por el bosque. Los criados habían servido de comida para el rokurokubi.

Al día siguiente, Reiko mandó a Fukuyama a casa de Goto Yasumori a pedir ayuda y ordenó a Nakamura Ken organizar una batida con los campesinos para capturar a Masakano sin hacerle daño. El loco era escurridizo y tardaron dos días en darle caza, los mismos que le llevó a Yasumori presentarse con vasallos y criados. Reiko le encomendó llevar a Masakano y a Kiyoto al castillo, junto con los regalos no entregados y cartas para su padre y para el hanamoto contando lo sucedido y pidiendo que enviaran lo antes posible un sacerdote a purificar el templo de la aldea. A Fukuyama lo dejaron en Sukarou hasta que el hatamoto se hiciera cargo de las tierras. El resto partieron al día siguiente a seguir su camino hacia la ciudad de Aimi.

Al volver la vista atrás vieron al gran lobo blanco en la linde del bosque y Reiko sintió la gratitud del espíritu.

Sakura, un cuento de Lannet 1×01. Con Ishikawa Reiko (guerrero mentalista), Nakamura Ken (maestro de armas), Nakamura Nobi (sombra) y Hosoda Genji (guerrero acróbata). Un planteamiento de las relaciones de los pjs poco acertado por mi parte hizo que Hosoda tuviera poca oportunidad de intervenir al principio, que, además, se alargó demasiado por la indecisión y la paranoia de los jugadores. ¡Llegué a temer que el planteamiento de la campaña se fuera al garete antes de jugar siquiera una aventura! El resto, aunque breve y simple, sirvió para lo que se pretendía: una toma de contacto. Y para encontrarme (otra vez) con que, para jugadores de D&D, el combate de Ánima resulta chocante (al revés, también). Ya para la próxima nos pondremos serios, con una aventura marca de la casa.

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2 comentarios para “Sakura — El primer viaje sin papá

  1. Me ha encantado leer tu experiencia dirigiendo el mismo módulo inicial que en mi campaña de samuráis. 😉 Es genial ver lo diferente que puede salir todo.
    ¡Y qué sabios que fueron tus jugadores al destapar a los monstruos tan rápido!

  2. Más que sabios, paranoicos. En un principio pensaron que la petición del hatamoto escondía alguna sucia maniobra política contra el daimio y su hija (Reiko, pj), así que dedicaron bastante tiempo en recopilar toda la información posible sobre el hijo del hatamoto y su esposa. Vamos, que no llegaron a interrogar a la matrona que asistió el parto del pequeño Sakoda por los pelos. Claro, cuando se encuentran con el supuesto Sakoda y su esposa, pues había muchos detalles que no concordaban con la información que ya tenían.

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