Cuentos viejos: el Crusader

Esta es otra de esas historias terriblemente viejas. Tan vieja que yo ni participaba aún, sólo era espectador. Y también es de Battletech.

Pongámonos en situación: el Crusader «de serie» que venía en la venerable caja de FASA es un battlemech pesado (65 toneladas), razonablemente rápido y con armamento pensado para repartir estopa a larga, media y corta distancia: disponía de lanzamisiles de largo alcance, y de los grandes (dos AMLA15), láseres medios y lanzamisiles de corto alcance (AMCA6). Creo que también llevaba ametralladoras. Como otros battlemech de la caja, estaba «algo escaso» de radiadores.

Esto suponía, en resumen, que un Crusader tenía a su objetivo siempre en alcance óptimo, daba igual la distancia, pero su piloto debía tener bien presente que no podía mezclar armas de distintos alcances alegremente. Y he aquí el porqué:

Un Crusader coronó una colina desde donde tenía una magnífica vista, incluyendo a dos enemigos que se movían intentando cerrar distancias. El piloto disparó alegremente contra ellos con todo lo que tenía, dándoles candela de lo lindo. Y así durante dos, tres, cuatro asaltos. Y en la colina quedó un bonito cráter donde antes había estado el Crusader cuando la munición estalló por exceso de temperatura interna. El Crusader no tenía ni un arañazo, no habían logrado tocarle.

Ni les hizo falta.

Cuentos viejos: el Warhammer

Esta es otra vieja, vieja de verdad. Ocurrió en una partida de Battletech. Ocurrió con un Warhammer (creo, no estoy seguro, es un battlemech que tiendo a confundir con otros, y de esto han pasado 14 años). Ocurrió en el primer turno.

Ocurrió que el Warhammer entró en un lago.

Ocurrió que se resbaló y se cayó.

Ocurrió que un canto rodado se coló por entre la chapa del blindaje y la estructura y dio de lleno en la espoleta de un misil armado.

Ocurrió que el Warhammer, nuevecito, desapareció con una gran exhibición de fuegos artificiales.

La cara del piloto, BlackWolf, fue todo un poema.

PD: Si no fue un Warhammer fue otro battlemech pesado con munición en el torso central.

Cuentos viejos: Vampiro, juego narrativo

He sido jugador habitual de Vampiro y Hombre Lobo, aunque nunca fueron santo de mi devoción, ni por mundo ni por reglas, aunque con Hombre Lobo me reí mucho y Vampiro, la Edad Oscura, me atraía mucho como jugador y como máster, aunque una vez tuve Selenim en mis manos descarté Vampiro por alegre y falto de garra.

Como jugador, jamás entendí la clasificación de Vampiro y los otros juegos de Mundo de Tinieblas como juego de rol narrativo, ya que, incluso haciendo el favor de descartar las partidas que degeneraban en un Vampicomandos de guerra, no había más diferencia con otros juegos de rol que el número de dados que tirabas, así que lo de narrativo asumí que era sólo cuestión de markéting («¿a que suena chulo?»).

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Cuentos viejos: yo, marino experimentado

Hubo una campaña de Piratas! que fue de total improvisación. La jugábamos cuando otra campaña programada para ese día se caía o si estábamos aburridos. Todas las veces se decidía jugar así: venía alguien y me decía «Cubano, juguemos a Piratas!» y yo preguntaba «¿Está Diego?». Si la respuesta era afirmativa, subía a cafetería a por un tercio y aprovechaba esos cinco minutos para pensar una idea básica para la partida. Mucho Salgari he leído como para que en cinco minutos no se me ocurra algo. Luego, todo era cosa de Diego.

Diego era un personaje injugable. Era un tahúr ludópata, codicioso, lujurioso, cobarde y paranoico (estaba convencido de que los ingleses le perseguían para colgarle). También tenía un sentido del peligro sin igual y muchísima, muchísima labia. Su jugador, increíblemente, era capaz de jugarlo todo en todo momento y nos dejó gloriosos momentos para la posteridad. Este es uno de ellos:

Iban los personajes de pasajeros en un barco cuando estalló una violenta tormenta. O iban de pasajeros en el barco, habían sido atacados por piratas y ahora iban de prisioneros. Sea como fuera, el barco estaba escaso de brazos para la que tenían encima. Diego, muchacho voluntarioso como pocos, convenció (por labia del jugador y habilidad del personaje) al capitán del buque de que era un marino experimentado y que tifones más gordos había visto, así que el capitán le mando al contramaestre quien, también convencido, lo mandó al sitio más crítico. De nada sirvieron las súplicas de sus compañeros para que no fuera, la tragedia fue inevitable: alguien se hizo un lío con las velas y los cabos y acabó desplegando la mayor en pleno temporal: palo abajo, hora de coger las chalupas y salir con lo puesto.

Pese a todo, consiguió que pareciera que no había sido cosa suya y, mientras se acercaban a unas rompientes, convenció a los de la chalupa de que le dejasen remar a él también. De esa nadie se libró: la chalupa naufragó, la mitad de los marineros se ahogaron y los personajes jugadores a duras penas lograron llegar a tierra.

Cuentos viejos: la máscara de soldar

Esto es viejo, viejo: partida de Star Wars usando GURPS del curso 95/96. Ya ha llovido.

El comando rebelde, con un transporte ligero y un caza de escolta, llegan a un planeta perdido de la mano de Dios a recuperar unos datos de una nave que lo ha elegido para estrellarse. Cuando llegamos vemos, todavía desde el aire, a la susodicha nave medio sumergida en un pantano y unos piratas indeseables (es decir, gente que busca lo mismo que nosotros, que no son nosotros y han llegado antes) que la abordan.

El equipo de asalto desciende sobre la nave para reducir a los piratas. A bordo queda el piloto, que va a buscar terreno firme donde posarse y yo, el artillero, como apoyo. El piloto consigue encontrar un cacho de césped donde dejar la nave, coge sus armas y una máscara de soldar. Luego echa a correr como alma que lleva el diablo.

Cuando entramos en la nave, nos encontramos al aprendiz de jedi y al resto del comando a ambos lados de la puerta del puente, mientras desde el mismo los piratas, atrincherados, no dejan de vomitar fuego.

El piloto, sin aflojar el paso (y seguido por un artillero que estaba a punto de echar los higadillos), se calza la máscara, saca la pipa, saca una granada lumínica, la tira dentro del puente, se tira él a continuación y, mientras están todos cegados por el fogonazo, los masacra a discreción. El artillero, que ha visto la jugada, se ha cubierto los ojos, y entra detrás de él, cumpliendo su trabajo de apoyo y pensando que todos los pilotos están locos. El resto de compañeros del comando, cegados, maldicen al piloto. Los piratas, también.

Creo que no es necesario que diga quién era el jugador del piloto.

Cuentos viejos: el sacerdote

Ocurrió que un día (seguimos hablando de Warhammer) un compañero nuestro llegó en compañía de un clérigo de algún dios del Bien, quien nos saludó muy efusivamente. Al poco, nos enteramos de que el susodicho clérigo venía de un área asolada por una peste y podía estar infectado, así que, algo cabreados, le abrimos la cabeza de un hachazo (no sé si fui yo, pero es muy posible).

Ya nos dábamos la vuelta, olvidado tan desagradable incidente (haber podido pillar la peste) cuando nuestro mago, a la sazón un demonólogo del copón, cayó en la cuenta de que las vísceras de un clérigo del bien son ingrediente indispensable de múltiples conjuros bonitos. Así que tuvimos que esperar, algo alejados, eso sí, a que el mago sacara los botes de cristal, el formol, los guantes, sierra, bisturí, etc. e hiciera una disección al pobre hombre.

Nota: no logro recordar si conseguimos llevárnoslo antes de que hiciera la autopsia o si, efectivamente, se hizo de los ingredientes: corazón, hígado, mano…

Cuentos viejos: la furia de los dioses

Si de verdad existen los dioses (en el número que sea, según el mundo), no los enfadéis, que su cólera es terrible. Y si estáis seguro de que existen, ¡por todos ellos!, no matéis y violéis (por ese orden) a una muchacha sobre el altar de un templo de un dios del Bien. Y luego, ¡maldita sea!, no consagréis el dichoso templo a Khorne.

Que cuando la tierra empieza a temblar, el cielo se oscurece y todo eso, el resto también tenemos que correr. Y comerse un marrón que no te corresponde no le gusta a nadie.

Cuentos viejos: la beca de estudios

Éramos malos, malos, malos y era en Warhammer. Un grupo de lo más variopinto, que incluía un par de elfos oscuros, un viejo enano del caos, algún guerrero del caos, algún humano y un largo viaje por delante: cruzar el Viejo Continente de este a oeste. Estábamos pensando cómo obtener fondos para semejante viaje (¿buscar trabajitos por el camino? ¿Ofrecernos como mercenarios y escolta a alguna caravana?) cuando caímos en la cuenta de que la posada donde estábamos hospedados era una señora posada y la familia que la regentaba, sin duda alguna, adinerada.

Entonces, surgió un perverso plan (para eso éramos los malos).

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Cuentos viejos: niños en las alcantarillas

Ya cerca del final de la campaña de Mutant Chronicles la ciudad era el caos (se supone que los héroes salvan la ciudad; nosotros casi nos cargamos el planeta): los muertos se levantaban, del cielo llovía fuego, cosas feas, extrañas y peligrosas iban por las calles destripando y devorando a la gente… Nosotros, prudentemente, nos refugiamos en las alcantarillas. En estas que vemos corredor adelante, en la penumbra, un grupo de niños que avanzan saltando y correteando. Hasta nosotros llegan sus risas, sus chanzas, el sonido de los instrumentos musicales que llevan…

Abrimos fuego.

–¿Cómo? –Preguntó el máster.

–Que abrimos fuego.

–Bueno, pegáis unos cuantos tiros y…

–No, no: rodilla en tierra y fuego automático. Hasta que no se mueva nada.

Cuando nos acercamos a los restos, claro, de niños, nada: eran unos monstruos de grandes colmillos, feos y peligrosos.

Cuentos viejos: con la Iglesia hemos topado

Mutant Chronicles (la misma campaña, ambientada en Venus). No me acuerdo exactamente dónde estábamos (en las alcantarillas, creo, en algún lugar que no debería existir, puertas que no deben ser abiertas). Todos con los nervios a flor de piel. Y en estas que va el máster y nos dice: Sentís una presencia como no habéis sentido nunca.

¿Qué hicimos? Abrir fuego. Repartir plomo. Por si acaso. Que seguro era un bicho raro, grande y feo. Lo siguiente que oímos es como alguien grita:

–¡Eminencia, al suelo!

Una de tantas meteduras de pata que hicieron que el Fixer se saltara las clases para vernos jugar.