El sol de la mañana pegaba con fuerza en la ladera del Pico del Grifo, la gran mole que cerraba por poniente el valle de Nidik. Invisible salvo para el águila de mirada más aguda, una leve espiral de humo marcaba el sitio donde el artillero Sorensen fumaba su pipa intentando no dormirse. Estaba en un escalón de piedra, restos de un antiguo derrumbe, protegido por un murete. Del escalón un sendero descendía hasta los bosques. Era un sendero abierto por animales y ahora ensanchado, con pasarelas para salvar los desniveles y guías en los puntos más difíciles. Un camino peligroso que apenas permitía el paso de las mulas y que, por fortuna, aún no se había cobrado ninguna víctima.
Sobre el escalón se abría una brecha en la montaña que daba acceso al pozo de escaleras y ascensores que, en su día, unió los niveles superiores de la ciudad atlante con el bulevar inferior. Ahora estaba cortado unos pocos tramos por debajo de la brecha, pero hacía arriba, tras ochocientos metros de subida, se salía al Valle del Ojo por la estación de Hidroponía o, cogiendo el túnel de metro a la izquierda, se llegaba hasta la propia base del Ícaro.
Era un camino horrible: de dos a cinco kilómetros por túneles de metro y pasillos en total oscuridad, pasando por los ahora vacíos nidos de las blatodeas; luego, las interminables escaleras, salir al exterior, seguir aquél sendero infernal más allá de los bosques, hasta los campos de cultivo y, desde allí y ya por camino de herradura, llegar a Nidik. 10 kilómetros a vuelo de pájaro, 1.500 metros de desnivel, casi una jornada cuando tocaba subir. Y, en medio, ese escalón de piedra convertido en los ojos del Ícaro sobre Nidik y en su primera línea de defensa: un muro bajo, un mosquete pesado y tres hombres.


Asuna en acción