Sakura — El viejo de la montaña

Tras derrotar al segundo oni, Ishikawa Reiko y Hosoda Genji registraron la posada para descartar la presencia de más ninjas. Luego, corrieron a las ruinas humeantes del cuartel de la policía, buscando supervivientes. Fue en vano. De vuelta a la posada, tranquilizaron al personal y a los huéspedes y los pusieron a trabajar, enviando a los criados a recuperar los cadáveres. Un recuento de armas, entre lo que había en la posada y lo que recuperaron de los policías muertos fuera de la zona del incendio, dio varias lanzas, cuchillos, hachas y un par de katanas que repartieron entre todos los que podían manejarlas.

No hay montaña que se precie que no tenga uno de éstos

El cuerpo de Okuzaki Jin lo amortajaron ellos mismos, sin dejar que nadie se acercara. Al morir, la magia que camuflaba su aspecto había desaparecido, quedando a la vista los rasgos animales del daimah. En la mortaja, Reiko inscribió el mon del clan Okuzaki, por si querían recuperar el cuerpo en un futuro. Luego, lo cargaron con el resto de cadáveres en el carro de la posada y lo enviaron con los criados a la aldea más cercana, para que los depositaran en su Puerta del Infierno.

Hecho todo esto, se sentaron en una habitación que estuviera entera a discutir su siguiente movimiento. Hitomi ordenó que les trajeran comida y aprovechó para limpiarles, coserles y vendarles las heridas.

—Hay que ir tras ellos —dijo Reiko.

—No os precipitéis, hime-dono. Son demasiados, no saldríamos vivos.

—No quiero luchar con ellos, quiero perseguirlos. Okuzaki Jin ha muerto y hemos perdido a los dos prisioneros. Hitomi no conoce el camino hasta la guarida de Honjo. Si dejamos que el rastro se enfríe, que lleguen los hombres de Saito no significará nada: no tendrán con quien luchar.

Las palabras de Reiko convencieron a Genji. Dejaron una nota escrita para el comandante de los hombres de Saito donde contaban sus intenciones y las señales que dejarían para que pudieran seguirlos, dieron instrucciones precisas al personal de la posada y tomaron provisiones y sus monturas. Reiko, Genji e Hitomi, pues la muchacha no quiso quedarse atrás.

Honjo y sus hombres iban a caballo y no habían intentado borrar su rastro, por lo que era fácil de seguir. Se dirigía al suroeste, adentrándose en los montes Kumoyama. No fue un trayecto muy largo. Poco después de mediodía vieron lo que parecía un puesto de vigilancia sobre un farallón rocoso. Genji hizo señas a sus compañeras para que se quedaran atrás y avanzó con cuidado, rodeando el promontorio. Al otro lado se abría un coqueto valle, bien resguardado y con abundancia de agua. Unas ruinas recientes marcaban el campamento de los bandidos: restos de una empalizada y al menos una gran casa, delante de una cueva en la base del acantilado. Un rastro de carretas se perdía hacia el sur.

—Parece que los bandidos levantaron el campamento mientras nos atacaban por la noche. Las huellas no son de hoy. ¿Qué hacemos, hime-dono?

Reiko tardó unos instantes en contestar. Intentaba concentrarse en percibir el eco de las mentes que hubiera en la zona. En un par de ocasiones le había parecido sentir un eco de dentro de las cuevas. No podía irse sin estar segura.

—Tendremos que dejarles la persecución a los hombres de Saito. Registremos las cuevas por si encontráramos alguna pista y volvamos a la posada.

Reiko e Hitomi entraron en la cueva, dejando a Genji de guardia. El interior era un laberinto de galerías, algunas naturales, otras parcialmente excavadas, con un espeso olor a rancio y una oscuridad pegajosa que la tenue luz de la lámpara que habían encontrado no lograba atravesar. Habían levantado el campamento con prisas, pero de forma ordenada, y no encontraron nada de valor: jergones y mantas viejas, cuencos, una olla agujereada, armas melladas o rotas, piezas de armadura, comida en mal estado, ropa sucia y raída… Desde dentro, Reiko podía sentir la mente que captara antes con más nitidez, aunque seguía siendo un eco débil. Tras decirle a Hitomi que le había parecido escuchar un gemido, recorrieron las galerías mientras la telépata intentaba triangular la posición de la mente. Era en vano, no encontraron ninguna galería que llevara hasta ella.

—Yo no oigo nada, Mifune-dono. No creo que hayan dejado nadie atrás para que lo encuentre la policía.

—¡Eso es! Lo han dejado aquí para que muera, no para que lo encuentren. Quizás en una celda cuya entrada hayan tapiado.

Reiko tomó el tanto y empezó a golpear las paredes con la empuñadura, indicando a Hitomi que hiciera lo mismo. Buscaron en torno a los puntos más cercanos a la mente y, tras un rato de búsqueda, encontraron una falsa pared levantada con maderas, cascotes y barro. La echaron abajo, recorrieron un corto pasillo y llegaron a una pequeña celda donde yacía un anciano con andrajosas ropas de sacerdote. El viejo apenas reaccionó a su llegada. Estaba desnutrido y más muerto que vivo. Con ayuda de Genji lo sacaron al exterior.

—Es Ryu, Guardián del Otoño —Lo reconoció Hitomi—. Es un sacerdote del culto que tiene un pequeño santuario en estas montañas. Acudía al templo de Tsukikage para ayudarnos con el ritual del otoño y nosotros íbamos a verle a veces a llevarle comida y otros enseres. Hasta los sacerdotes de los clanes lo trataban con gran respeto. Creía que había muerto.

El anciano estaba muy débil para moverlo. Estaba deshidratado y desnutrido. Hosoda se ofreció para volver a la posada y traer ayuda con provisiones y un carro. Reiko construyó una cabaña que les diera refugio para pasar la noche y luego buscó en las cuevas hasta encontrar algo de arroz con el que preparar unas gachas. Hitomi quedó fuera, cuidando del sacerdote.

Genji deshizo el camino al galope. En poco más de hora y media estaba en la posada. Se encontró con que los hombres de Saito acababan de llegar, una veintena de agentes bien pertrechados. Se presentó al oficial y lo puso al corriente de la situación. El oficial decidió pasar la noche en la posada, para dar descanso a hombres y monturas, tras la marcha forzada desde Tsukikage, pero comisionó a cuatro de sus agentes para que fueran con el samurái con provisiones y el carro de la posada. Por desgracia, de noche todos los gatos son pardos y Genji equivocó camino. Al final, tuvieron que acampar donde pudieron y esperar al alba para orientarse y poder encontrar el campamento de los bandidos.

Con las provisiones, el cuidado de Hitomi y la ayuda de los policías, que levantaron un buen refugio, el anciano sacerdote se recuperó algo y, al día siguiente, se atrevieron a moverlo y llevarlo a la posada. Volvieron ellos solos: para entonces, el destacamento de Saito ya había alcanzado el cubil de los bandidos y, tras registrarlo a fondo, continuaron en su persecución.

Durante la vuelta, hablaron con el sacerdote. Había sido secuestrado dos años atrás. Al principio de su cautiverio, dos shugenjas, que por la descripción de sus ropas —un tigre blanco, un fénix— debieron ser Urahara y Kamyu Arata, lo habían interrogado sobre los efectos de realizar un ritual de invierno en el equinoccio de primavera. También le habían preguntado por la localización de armas y artefactos sagrados, aunque él de eso no sabía nada y, por mucho que lo torturaron, no obtuvieron información.

Reiko le contó entonces la historia del tanto de Minako-hime y lo ocurrido en el templo, en Tsukikage.

—¿Qué podemos hacer, venerable maestro?

—Por desgracia, hija mía, nunca en mis años como sacerdote me he enfrentado a algo como esto. Hay un ritual de primavera que representa el matrimonio entre el invierno y verano. Se usa cuando no hay una sacerdotisa de la primavera. En el templo de Tsukikage lo he visto hacer varias veces, pues allí sólo había señores del verano y del invierno y no siempre venía una sacerdotisa de la primavera de los clanes. Pero en vuestro ritual hubo dos armas del invierno, pues me contáis que la katana estuvo dentro del templo. Necesitaréis entonces dos armas del verano. El tanto, por lo que me habéis dicho, lo conserva el clan Shimazaki. Sobre la katana, no tengo nada que contaros. Pero tengo un hermano. Nunca les hablé de él, así que ellos no lo conocen. Es un erudito, quizás quien más sabe del Misterio de las Estaciones fuera de los antiguos sacerdotes daimah y puede que conozca el paradero de algún objeto del verano que os pueda valer. Es conocido como el ermitaño de la Montaña Blanca, donde vive cumpliendo su deber de ayudar al Sol a cruzar las montañas. Lo cierto es que se fugó del templo con una acólita cuando joven y se refugió en la montaña. Siempre fue débil frente a los placeres carnales.

 

La Montaña Blanca resultó ser la más alta cumbre de los Nanashiyama (N. del A.: la cordillera paralela a los Kumoyama, sin nombre en el mapa oficial). En la posada les indicaron un pueblo, al pie del principal paso que cruzaba los montes, donde podrían tomar un guía.

El tiempo, loco, les complicó el viaje. Las montañas estaban llenas de nieve, las cada vez más horas de sol reblandecían la nieve y traían deshielo y riesgo de aludes. Por la noche helaba. Las precipitaciones eran en forma de aguanieve en la llanura y de nieve en la montaña y una ventisca los tuvo inmovilizados en un refugio improvisado dos días. Si el día 1 de abril llevaban al viejo sacerdote a la posada, hasta el siete no alcanzaban la cumbre de la Montaña Blanca, cuatro jornadas de subida para un trayecto que podrían haber hecho en una en una primavera normal.

El viejo de la montaña era bastante conocido, por lo que les contó el guía. Hasta él subían mujeres buscando remedio para la impotencia de sus maridos o para su infertilidad, guerreros buscando el conocimiento del ki interior y sacerdotes y hechiceros buscando entender el porqué del universo. Encontraban a un viejo de larga cabellera y barba blancas, pero fibroso y atlético, rodeado de mujeres de pelo blanco con saltos generacionales muy marcados. El viejo repartía emplastos e infusiones de hierbas y hongos y crípticas perlas de sabiduría incomprensible con algún buen consejo entremezclado mientras disfrutaba de una muy mundana cena de arroz, huevos y carne. Era, en definitiva, la antítesis del santo eremita que uno esperaría encontrar.

Reiko tuvo algunos problemas para entenderse con él. En principio, el viejo pensó que se trataba de la visita habitual y que el problema de la joven era su acompañante masculino, así que le dio la habitual bolsa de hierbas y una serie de consejos sobre cómo espabilar a su compañero que la hizo sonrojar. Al tercer intento, logró que el sabio eremita entendiera la gravedad del problema y le prestase atención o quizás lo hizo a propósito, obligando a Reiko a desvelar su verdadera identidad. Por fortuna, conocía la ubicación de una espada del verano.

—Es el arma familiar del clan Masaki. La han guardado desde la partida de los kami. Yo mismo la vi una vez, en manos del señor Nagamasa. Creo que ya ha muerto y gobierna el joven Otomaro. En todo caso, es un clan de honor, ligado por antiguos juramentos sobre la espada, aunque seguro que vosotros sabéis más de las obligaciones de los juramentos sobre esas armas que este anciano. Le escribiré una misiva pidiéndole que os ayude. Sus tierras están al norte, al pie de estas montañas.

Sobre cómo romper los efectos del ritual, coincidió con su hermano en la necesidad de la ceremonia doble, pero se ofreció a realizar el ritual en su eremitorio, sin necesidad de ir hasta una Tsukikage llena de miradas indiscretas.

—Montaña Blanca es un lugar de gran poder. La influencia de la kami de la montaña es muy fuerte, como podéis comprobar en mis acólitas, y tendrá el mismo efecto que realizarlo en el templo de la capital o mayor. Lo más importante es que el matrimonio entre el invierno y el verano se consume.

El grupo descansó aquella noche en el eremitorio. Las mujeres mayores se llevaron a Hitomi a una fuente secreta, donde la bañaron y purificaron. La diosa de la montaña se llevó su dolor y aflicción y lo enterró en los más profundos ventisqueros. El resto de las mujeres se llevaron a Hosoda a las aguas termales y no le dejaron salir hasta que estuvieron todas satisfechas. Montaña Blanca agradeció la ofrenda del joven permitiendo que sus frutos germinasen. Reiko logró bañarse sola, pero volvió algo molesta y sin saber por qué.

Al día siguiente, se despidieron del viejo eremita y de las hijas de Montaña Blanca e iniciaron el descenso por la ladera norte, camino de las tierras de los Masaki.

Sakura, un cuento de Lannet 2×07. Con Hosoda Genji (Menxar) e Ishikawa Reiko (Charlie).

Los jugadores encuentran el camino a seguir para enmendar el error cometido en Tsukikage. Tenemos oponente poderoso, Honjo (con mi suerte, la próxima vez que lo saque se lo cargan) y hueco para dos pjs más, los portadores de la katana y el tanto del verano.

El final de la sesión fue muy fanservice, pero incluso a nosotros nos apetecen esos momentos de relax absurdo de cuando en cuando. Y llevamos un ritmo de campaña endiablado desde el asesinato de Ishikawa Hideo y la caía en desgracia de Reiko.

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2 comentarios para “Sakura — El viejo de la montaña

  1. No es justo, que ya me estoy viendo que cuando el pobre Genji sea Feliz y tenga familia (si es que logra recuperar su honor), se le va a presentar una chica de pelo blanco buscando a su “papá”…

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