El rey Skilfil había sido el terror del cielo durante más de veinte años y Nidik, el más poderoso de los reinos de las islas. Para los habitantes de tierra firme 4.000 súbditos y vasallos quizás fueran pocos para llamarlo «reino», pero las murallas de piedra de la ciudadela, los 30 huscarls y los grifos, amén de la altitud de vuelo de Ynys Mawr, convertían al pequeño reino en inexpugnable y permitían al rey dedicarse al saqueo gracias a sus dos barcos largos, a los que se unían otros dos fletados por los señores vasallos del sur. No había villa al norte de los Grandes Bosques o en el viejo Camino Real, ni a ambos lados de los Revan o en Entreaguas antes del virreinato que no hubiera visto sus templos saqueados, sus campos arrasados, sus granjas quemadas y no había señor cuya esposa, hermana o hija no hubiera conocido, de buen grado o por la fuerza, la virilidad de aquel hombre insaciable. Esposas, amantes, concubinas, esclavas y botín de guerra: había dejado un reguero de bastardos por todo el mundo, suficientes para repoblar un planeta pequeño.
Este poderoso rey había muerto por un puñal traicionero en la confusión provocada por el ataque de la Máquina. Y las orgullosas murallas de Nidik habían caído, un tercio de sus habitantes habían sido asesinados, así como sus hermosos grifos. Quedó un heredero de diez años poco dado a seguir el camino de su padre y muchos buitres dispuestos a pelearse por los restos.
El Ícaro intervino. Apoyaron a Starnia, hija bastarda del rey, como regente y apaciguaron a los levantiscos señores del sur. Bodoni, el capitán de la guardia, murió al dar un fallido golpe de estado. Ingenieros y personal técnico ayudó en la reconstrucción de la muralla. Y, así, Nidik se convirtió en un protectorado.

