Sakura — Trae el invierno, lo que de verdad pasó

Una historia salvaje es una historia que desea ser contada y está al acecho en busca de cualquier oportunidad. Una historia domesticada es una historia tranquila, criada con mimo y que tiene un comportamiento que se pliega a nuestros deseos. Una historia salvaje no: tras una apariencia inofensiva, saltará de improviso y nos arrastrará en una vorágine difícil de controlar. En el camino, puede hasta que engulla nuestra bonita historia domesticada y nos deje… otra cosa.

Como máster dado a la improvisación, he sufrido el ataque de historias salvajes. Algunas me han llegado a reescribir una campaña de arriba abajo (la trama de Caos en Guardianes del Grial), otras… bueno, ahí queda el dragón en su mansión multidimensional que se dedicaba a la venta por catálogo, partida del Ícaro que aún no sabemos si considerar o no canon y que no he llegado a contar porque me da algo de vergüenza de lo absurda que fue.

La última ocasión fue durante la estancia en Tsukikage, capital imperial. La conté ayer, dentro de lo malo no fue muy salvaje y, aprovechando una pausa entre dos sesiones, puede agarrarme a su lomo y llevarla más o menos en la dirección que yo quería. Ha cambiado toda la parte central de la campaña, pero casi parece que lo tuviera planeado desde el principio. A riesgo de perder el respeto de mis jugadores, esto es lo que de verdad ocurrió:

Sesión 5, segunda parte de El abanico rojo. Los jugadores van a por el hechicero. Como el tipo era en verdad duro, las posibilidades apuntaban a grupo muerto o capturado. Rezando por lo segundo, me preparé para un sesión o sesión y media con el hechicero como protagonista. Pero los jugadores, inmisericordes ellos, lo mataron a las primeras de cambio y me dejaron sin partida para la tarde.

Ea, seguimos viaje y llegamos a Tsukikage. La parte importante para la trama era obtener información sobre Kamyu Arata de los onmyoji, pero como no tenía esa parte aún preparada, tocaba perder el tiempo con roleo intrascendente y esperar algún lío que los jugadores montasen por su cuenta y que pudiera aprovechar.

La oportunidad surge en la casa de los Mori. Es un sitio acogedor y en paz, donde los pjs pueden descansar por fin tras veinte días de huida desesperada y, también, echar de menos el hogar perdido. Esa era mi idea y así lo describí. Menxar me entendió al momento, pero Charlie puso el chip paranoico (¡gracias sean dadas al Hacedor por los jugadores paranoicos!) y pensó que había algo raro. ¡Tate! ¡Pues claro que hay algo raro! Si el jugador dice que hay algo raro, se le da algo raro, no hacen falta puntos Fate para saber eso. Ya tenemos un kami inquieto por la presencia de la muchacha y su tanto invernal.

¿Por qué está inquieto el kami? Porque el invierno es largo, la muchacha lleva un tanto del invierno y, por los sentimientos de la casa, el kami debe estar más ligado a la primavera. Pero, si es casi el equinoccio. ¿Qué problema hay con la primavera? Uhm… ¿Y si han atacado el Templo de las Cuatro Estaciones de Tsukikage y el ritual de la primavera no va a poder celebrarse? Según el Prometheum, el libro de artefactos de Gaïa, hay dos o tres kitsune-yuki (el tanto de marras) en poder de los sacerdotes de las estaciones. Bien pudiera ser que uno estuviera en Tsukikage y Arata, al escapársele el de Reiko, terminara arriesgándose a ir a por éste.

De ahí se me ocurre una aventura sencillita donde tengan que realizar el ritual de primavera con el que llenar la estancia en Tsukikage. Otra, más la investigación con los onmyoji y tengo la parte de la capital resuelta. Sonreí confiado. Demasiado confiado.

Porque aparece Okuzaki Jin, enviado por los Okuzaki para averiguar qué pasó en el templo y poner las cosas en orden. Okuzaki pide ayuda a los pjs y aquí dejamos la sesión. Todo bien, todo perfecto.

Pero durante la semana empieza a reconcomerme un detalle: ¿por qué Okuzaki Jin pidió el tanto del invierno para hacer el ritual de la primavera? Cierto es que sus explicaciones me habían parecido sensatas en su momento, pero había algo que no encajaba. Al final, volví al Prometheum, donde dice que el cuchillo se usa en el ritual del invierno. No dice nada de primavera. Ahí comprendí que Okuzaki Jin era un traidor a sueldo de Kamyu Arata y que nos había engañado a todos: quería volver a hacer el ritual del invierno y que éste se extendiera por otros tres meses al menos. ¡Qué ruin! Ése debía de haber sido el plan de Arata desde el principio.

¿Y ahora qué hago? ¡Tengo que avisar a los jugadores! Si Okuzaki Jin consigue lo que se propone, ¡menudo desastre! Pero, ¿cómo los aviso? Alguien debe saber cómo es el ritual en esa ciudad, alguien a quien puedan conocer. Así surgió Rin, la hija del sacerdote del templo Iesu. Puse una segunda, menos elaborada, en la biblioteca onmyoji y no tuve tiempo de más. Tocaba cruzar los dedos y confiar en la paranoia de los jugadores, que los llevaría a corroborar la información de Okuzaki Jin, sin duda.

Sólo que no lo hicieron. Enfocaron la paranoia en mantener el asunto del ritual en secreto y se lio la marimorena.

A la postre, ha sido beneficioso. Le ha dado más entidad a la segunda parte de la campaña y ha dado pie a que podamos meter dos personajes adicionales sin necesidad de que tengan una fuerte relación con Reiko. Ahora mismo, los personajes tienen un objetivo claro en mente, deshacer el entuerto y siguen huyendo: de los hombres de Arata, de los que les persiguen por el asesinato del padre de Reiko y huyen también con el temor de ser identificados como los causantes del desaguisado.

Pero mi campaña ha cambiado otra vez por culpa de una historia salvaje que encontró un sitio donde ser contada.

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