Sakura — Trae el invierno

Tsukikage, ¡oh, la hermosa Tsukikage, la ciudad eterna, capital del Imperio! Un millón de almas, bullicio constante, grandes avenidas, palacios y teatros, arrabales de callejones embarrados y casuchas destartaladas. Ciudad viva, ciudad de contrastes y, para dos samuráis rurales, un mundo apabullante, tan atractivo como repulsivo.

Reiko y Genji, con sus monturas, llamaban la atención y atraían miradas por donde iban. Los niños se acercaban a los caballos de guerra, los yakuzas y ronin los miraban con ojos golosos, los samuráis entendidos lanzaban miradas poco disimuladas de admiración. Hasta se acercaron agentes de policías para comprobar que tenían permisos para llevarlos. A éstos pidieron indicaciones para llegar a la casa Shigeko.

El palacio de la prima de Reiko estaba cerca de la mansión Asakura. Les llevó más de una hora llegar, pasando de las casas estrechas, las tiendas y los puestos en la calle a los interminables muros de las fincas principales. La ciudad era un reflejo de lo que vivía el país a finales de ese duro invierno: los precios estaban altos, la gente discutía por ellos, los samuráis avanzaban en grupo y con las espadas en horizontal, desafiantes. Los roces de las katanas, buscados o accidentales, eran inevitables y los duelos estallaban por nimiedades.

Antes de alcanzar la casa Shigeko, tuvieron que pasar junto a la Asakura y allí el corazón les dio un vuelco: vieron bajarse de una litera a un secretario que les atendió en el castillo Asakura el año anterior. Con todo lo grande que era la ciudad y, aun así, tendrían que ir con mil ojos para no ser reconocidos.

Ya en la casa Shigeko, preguntaron al samurái de guardia por el señor Mori, el nombre que les había dado Isshin, el guardaespaldas de Shigeko Kaoru. Aunque los nombres de los dos jóvenes, los falsos proporcionados por el señor Saito, les eran desconocidos, los caballos hablaban de su importancia y la curiosidad hizo el resto. Les hicieron pasar a una sala y el señor Mori acudió en seguida. Era un hombre de mediana edad, de rostro afable y mirada tranquila, un samurái cortesano que se adivinaba era más hábil con la pluma y el ábaco que con la espada.

Al ver a Reiko abrió mucho los ojos y ahogó una exclamación de sorpresa. Se aseguró de que no había nadie que pudiera escucharlos, cerró la puerta y se arrodilló frente a los dos jóvenes.

—Sois la viva imagen de Shigeko Yuko. Debéis ser su hija.

—Mi prima, a través del señor Isshin, nos encomendó a vos si veníamos a Tsukikage.

—Entiendo la situación: las noticias y rumores vuelan. Cuidaré de vos y vuestro guardaespaldas mientras estéis en Tsukikage. Así lo exige el honor de mi señora y el mío propio. ¿Puedo sugerir que os quedéis en mi casa? Es pequeña, pero está apartada. Diré que os envía un familiar de mi mujer. Al ser un asunto familiar, llamaréis poco la atención. En Tsukikage hay ojos y oídos en todas partes y, si os quedáis en el palacio o si os busco una casa franca, será más difícil que paséis desapercibidos.

Fue el turno de Reiko y de Genji de responder con una reverencia de agradecimiento.

—Nos ponemos en vuestras manos, señor Mori.

—Mandaré un mensajero a casa, para avisar a mi mujer. Yo no volveré hasta la noche, pero podéis ir ya. Cerca de casa hay una posada con establos donde podréis dejar vuestras monturas.

—No queremos importunar vuestra casa tan de improviso. Visitaremos la ciudad e iremos por la tarde.

Y así lo hicieron. A media tarde descargaron el equipaje en la casa de Mori y luego bajaron hasta los establos para dejar las monturas. Luego, volvieron a la casa para tomar un baño y descansar. Era 20 de marzo. Veinte días habían pasado desde que salieron de Aimi, 28 de la muerte del señor Ishikawa Hideo.

La casa no era pequeña. Sin ser tampoco grande, tenía un buen jardín con un almacén y el baño. Era un barrio residencial y tranquilo, de casas similares. Era muy acogedora, un remanso de paz para los cansados corazones de Reiko y Genji. La esposa de Mori era una mujer maternal y atenta; sus dos hijas, unos encantos; el servicio era mínimo: un matrimonio maduro, su hija y un muchacho callado que presentaron como su sobrino. La cena fue abundante. De ingredientes sencillos, estaba cocinada con gran maestría. La conversación durante la misma fue educada pero fraternal, signo de una familia en armonía. Los futones en los que se acostaron estaban limpios, aireados y olían a lavanda; la habitación de invitados, dividida en dos por un panel para dar intimidad a Reiko, era pequeña y el brasero bastaba para caldearla.

Genji se durmió en seguida, con un sueño reparador como no había tenido en muchas semanas. A Reiko el sueño la rehuía. Tanta armonía y tanta paz le resultaba inquietante. Relajó sus barreras mentales y escuchó las mentes de la casa. Sintió las del matrimonio, las de las hijas y los criados. También otras, de las casas cercanas. Pero había una donde no debía haber nada. Si no había memorizado mal la disposición de la finca, estaba en el patio. Temiendo un ataque de los ninjas, apretó con fuerza el tanto de Minako-hime, esa noche más frío de lo habitual, y salió al patio sin hacer ruido y sin despertar a Genji. El patio, empero, estaba vacío. Lo recorrió y no vio nadie, ni escondido tras el almacén, ni oculto dentro ni encaramado en el castaño.

Tras el almacén había un pozo tapado por una losa y un pequeño templete que no llegaba al metro de altura. Se veía más viejo que la casa, pero cuidado y arreglado, y tenía ofrendas recientes: un cuenquecito de arroz y una grulla de origami. Notó que la mente que había sentido antes estaba en el templete y, al mismo, tiempo, parecía lejana. Intentó tocar los zarcillos de la mente con la suya para poder comunicarse.

Lo que sintió fue muy extraño. Era una mente vieja. Vasta y, al mismo tiempo, pequeña. No amigable, sino cauta.

—Niña del invierno y las montañas, ¿qué haces en esta casa? Niña del invierno y las montañas, no traigas el frío a esta casa. Quiero la primavera, niña del invierno y las montañas.

Reiko trató de hablar con aquella mente, pero era demasiado extraña, mucho más que las de los otros espíritus que había conocido. Debía ser un kami. Confusa y aturdida, volvió a la habitación y durmió un sueño intranquilo donde una rana en un pozo que, a veces, era un pequeño anciano de barba blanca, pedía por la primavera.

 

El día siguiente Reiko y Genji lo dedicaron a comprar ropa para reemplazar la que llevaban desde Aimi, muy deteriorada por el viaje y los combates. Con las hijas de Mori como guías, aprovecharon también para visitar el barrio. Reiko, obsesionada con el kami del pozo, preguntó por los templos de la zona. Así se enteró de que el único templo de las Cuatro Estaciones de la capital estaba en el barrio, sobre una pequeña colina arbolada.

—Ese templo fue de los saqueados en los disturbios de año nuevo y hubo muchos muertos —les contó la hija mayor de Mori durante la comida—. Dicen que los asaltos fueron cosa de ronin borrachos durante la fiesta y que se sumaron ladrones y otra gente sin moral. En el barrio sufrieron los ataques cuatro templos. En el resto de la ciudad, tres o cuatro veces más.

Por la tarde se acercaron al templo. La colina era un parque bien cuidado, con senderos, templetes, estatuas y un par de manantiales; en verano debía estar muy frecuentado. El templo era grande y de construcción atípica: un edificio rectangular de piedra y mampostería, con una doble hilera de esbeltas columnas en el interior y la amplia zona central que delimitaban sin techar. Completaban el complejo una casa grande y un almacén.

En el porche de la casa estaba sentado un sacerdote joven que miró a Reiko y a Genji con mal disimilado interés. Reiko contuvo su sorpresa: ya se había enfrentado a ese tipo de ilusiones antes y pudo ver al daimah bajo el hechizo. El sacerdote se levantó al acercarse los dos jóvenes.

—Buenas tardes y bienhallados. Me llamo Okuzaki Jin. Nos hemos visto antes, aunque no creo que lo recuerden: yo fui uno de los sacerdotes que rehicimos el sello de la kitsune en el santuario de Minako-hime. Okuzaki Akira es mi primo.

—Es un placer inesperado encontrarnos con alguien del clan Okuzaki tan lejos de casa.

—No es tan extraño: los Okuzaki hemos sido durante generaciones uno de los dos clanes guardianes del Templo de las Cuatro Estaciones de Tsukikage.

—Nos habían dicho que el templo fue asaltado en año nuevo.

—Algo terrible —Okuzaki Jin sacudió la cabeza con tristeza—. Primero, perdimos contacto con nuestros hermanos del templo; luego, nos llegó un mensaje con la noticia. El clan me ha enviado para averiguar lo sucedido y reorganizar el templo.

»Por desgracia, no he logrado contactar con ningún sacerdote o acólito. Hubo muchos muertos, pero también hubo supervivientes. En el templo se custodiaban dos tantos, uno del verano y otro del invierno, usados en los rituales. Sabemos que los guardianes protegieron con sus vidas la huida de las armas. Así se lo dijo un guardián moribundo a un sacerdote que acudió al templo tras la pelea y así lo indican las pistas que dejaron para nosotros. ¿Adónde han ido? No lo sabemos.

—Entonces, ¿venían a por las armas sagradas? ¿No fue el saqueo de unos borrachos? —preguntó Genji.

—¿Fueron los demás ataques a templos una distracción para ocultar lo sucedido aquí? —aventuró Reiko.

—Estoy convencido. La policía encontró a nueve de los nuestros muertos, entre guardianes y sacerdotes, y a cinco asaltantes, todos ronin sin identificar. Muchas pérdidas para un templo sin tesoros conocidos. Lo único de valor eran las armas.

—Kamyu Arata —Aunque intentaba mantener la voz neutra, el odio de Reiko era palpable—. No pudo conseguir el tanto de la kitsune y vino aquí. Fracasó y… ¡Genji! La muerte de mi padre pudo orquestarla no por venganza contra nosotros, sino para conseguir el tanto y Yukikaze a la vez.

—Pero, ¿por qué atacar en año nuevo? Por mucho que quiera camuflarlo como excesos de las fiestas, mucha gente visita los templos esos días. Eso son testigos, gente que se suma a la refriega… Un gran riesgo —apuntó Hosoda.

—Sobre eso, tengo una teoría —repuso Okuzaki Jin—. En el solsticio de invierno se celebró una ceremonia de bienvenida al invierno donde era necesario la presencia del tanto invernal. Ahora, para el equinoccio, hay que realizar la ceremonia de despedida y hace falta el tanto. Creo que el enemigo quería que el invierno viniera y el ataque buscaba evitar que se vaya. Está siendo un invierno muy duro, como si lo hubieran reforzado con otros rituales. Si no se marcha, traerá una hambruna terrible justo cuando la situación es tan inestable.

—¿No se puede hacer nada, señor Okuzaki?

—Hay otros templos de las Cuatro Estaciones. Harán el rito de primavera y protegerán sus zonas de influencia. Pero el de Tsukikage es el principal, está en el centro del país y para el ritual del invierno se usó uno de los kitsune-yuki originales. Aunque yo tuviera aquí una de las imitaciones de menor poder que usan en los templos menores, no podría hacer nada.

—¿Y con… esto? —Reiko sacó el tanto de Minako-hime de entre sus ropas y se lo mostró al sacerdote. Okuzaki no mostró sorpresa ni Reiko la esperaba, pues el daimah llevaba rato lanzando miradas disimuladas al escondite del tanto. Debía, ya fuera por su condición de sacerdote, ya por ser un daimah, presentir la presencia del arma, pero la educación le había impedido solicitarla directamente.

—Mi señora, si estuvierais dispuesta a venir mañana por la noche, lo tendré todo preparado para realizar el ritual.

 

Al día siguiente, antes de ir al colegio onmyoji, visitaron varios templos de la zona para confirmar la historia de los ataques. Encontraron así el pequeño templo Iesu, en el corazón de una manzana y al que se accedía por un estrecho callejón. El sacerdote, Naguro, les contó que en año nuevo sufrieron el robo de varias reliquias y ofrendas de plata y jade y destrozos varios. Su hija mayor, Rin, ayudaba de cuando en cuando en el Templo de las Cuatro Estaciones y les dio información que corroboraba lo dicho por Okuzaki Jin.

—Los muertos fueron guardianes del templo en su mayoría. Los sacerdotes y las acólitas desaparecieron. Dicen que huyeron porque encontraron un pasaje secreto, aunque la policía no investigó mucho. Tampoco se interesaron por el robo que sufrimos. ¡Si llegamos a estar en casa esa noche, puede que nos hubieran matado!

Sin embargo, Reiko prefirió no preguntar a Rin por el ritual de la primavera.

Para agradecer la información, compraron amuletos: un fragmento de herradura de buena suerte y dos omikuji, oráculos escritos. El primero decía “Te esperan días fríos, abrígate” y el segundo, “Los gatos te traerán mala suerte”.

 

Entraron en el colegio onmyoji gracias a la carta de Mo-Shimen. El bibliotecario con el que hablaron se llamaba Ishikawa Nobou y era el nieto del bibliotecario indicado por el anciano mago. La coincidencia del apellido hizo necesarias las preguntas por abuelos, bisabuelos y tatarabuelos, hasta establecer que el bibliotecario provenía de una rama escindida y afincada en Tsukikage hacía más de trescientos años.

Ishikawa Nobou era un joven delgaducho, pálido, con manchas de tinta y olor a polvo. También era mentalista y saltó como un resorte cuando Reiko, por inercia, intentó leerle la mente.

—¡No, eso no! Intimidad y respeto, ante todo.

Reiko entendió al momento y pergeñó una excusa para que Genji abandonara la estancia y poder hablar con Nobou sobre sus poderes. El bibliotecario había podido explorar la gran biblioteca del colegio y pudo dar a la joven información precisa sobre la naturaleza de sus poderes.

Ya con Genji de vuelta, tocaron el tema de Kamyu Arata y del hechicero del tigre blanco. Tuvieron suerte: el joven tenía un interés personal en la historia de los cuatro estudiantes seducidos por el shugenja oscuro al servicio del Dios Insidioso. La historia de los cuatro y de su malogrado profesor fue, con algo más de detalle, lo mismo que les había contado el viejo Mo-Shimen. Les pudo dar nombres (el shugenja del tigre blanco se llamaba Urahara), pero la parte más interesante vino cuando le enseñaron el diario y cartas del hechicero.

—El diario y las cartas parecen tener la misma codificación que otros manuscritos de los cuatro magos que han llegado a mis manos, como correspondencia que mantuvieron cuando estaban todavía en el colegio y otras cosas posteriores. Es muy avanzada. No creo que la inventasen ellos cuando eran estudiantes. Creo que se la enseñó el profesor. La… la descifré hace un par de años.

»Estas dos cartas son de Kamyu Arata. Su caligrafía es muy particular —Avergonzado ante las miradas de Reiko y Genji, se encogió en su cojín—. Hay varios trabajos suyos en los archivos. Llevo mucho tiempo estudiándolos.

—¿Puedes traducirnos el diario? ¿Las cartas?

Nobou repasó las cartas. Eran, en realidad, mensajes cortos escritos con letra diminuta en pequeñas porciones de papel de arroz, seguramente enviados mediante paloma mensajera.

—Ésta es de otoño y le dice que organice a los hombres para no sé qué de fin de año —Cruce de miradas entre Genji y Reiko—. La otra es más reciente, de hace unos días. Dice que el tanto y Yukikaze van hacia Tsukikage. Le pide que, si tiene ocasión, los, eh…, capture. En cuanto al diario, es muy largo. Tardaré semanas.

—Ponte con ello. Volveremos en verano. ¿Podrías enseñarnos a descifrar este código?

—Tengo las instrucciones anotadas y creo que son fáciles de comprender. Voy a por ellas, papel y tinta para que las copiéis.

 

La conversación con el bibliotecario y copiar sus notas les llevó varias horas. Apenas tuvieron tiempo para comer algo en una casa de comidas y volver a casa de Mori a bañarse y prepararse para el ritual de la primavera.

Acudieron al templo sobre las 9 de la noche. Okuzaki Jin les dio la bienvenida. Lo acompañaban una veintena de hombres y una muchacha de dieciséis o diecisiete años.

—Empezaremos un poco antes de medianoche. Hemos encontrado a algunos fieles que nos ayudarán adoptando el papel de los guardianes. Hitomi —presentó a la muchacha— es una novicia y os guiará en la ceremonia. En realidad, nos harían falta varios sacerdotes y sacerdotisas, pero nos apañaremos con lo que tenemos.

Hitomi era muy reservada y no pronunció palabra en toda la noche, pero cumplió con su cometido con eficacia: se llevó a Reiko a una habitación de la casa donde la ayudó a ponerse los ropajes ceremoniales y le dio la bandejita cubierta por un pañuelo de seda donde debía llevar el tanto. En el templo, entre tanto, los hombres encendían linternas, colgaban algunas guirnaldas y quemaban incienso. Varios, se fijó Genji, se turnaban vigilando con palos y cuchillos que nadie sospechoso se acercase al recinto.

La ceremonia, como dijo Okuzaki, empezó un rato antes de medianoche. Una docena de los hombres se repartieron bajo la doble columnata del templo, cuatro de ellos con instrumentos musicales, e iniciaron un cántico. El sacerdote se situó en la cabecera del templo. A Genji lo situaron a la izquierda del sacerdote. Hitomi, tras llevar a Reiko hasta la puerta del templo e indicarle por gestos que debía avanzar hasta Okuzaki, corrió por detrás de los hombres para ponerse a la derecha del sacerdote.

Reiko avanzó a lo largo del templo, acompañada por el cántico de los hombres y el sonar de los tambores. Pero, le pareció a Genji, todo muy discreto, como si no quisieran llamar la atención.

Al llegar frente a Okuzaki, sujetó la bandejita con la mano izquierda y con la derecha desdobló el pañuelo de seda, mostrando el tanto de Minako-hime sin la vaina, con la hoja desnuda. Hizo una reverencia, ofreciéndoselo al sacerdote. Éste, con su mejor tono de declamar, recitó una oración en un yamato tan antiguo que resultaba incomprensible y donde se entremezclaban salmos y conjuros. Hitomi se acercó con una bandeja con una copa y una jarrita de sake. Tomó Okuzaki el sake, sirvió la copa y bebió. La limpió, volvió a servir y se la ofreció a Reiko. El resto lo derramó sobre la hoja del tanto.

Con esto terminó la ceremonia. Hitomi le dio la bandeja a uno de los hombres y se llevó a Reiko de vuelta a la casa, para que se cambiara. Los hombres, se fijó Genji, estaban ahora más relajados: hablaban en tono normal mientras recogían linternas, braseros y guirnaldas. Conforme terminaron se fueron yendo, salvo un grupo de cuatro o cinco que quedaron esperando al sacerdote.

Cuando Reiko volvió, ya con sus ropas, se despidieron.

—No estaré mucho tiempo más en Tsukikage y vosotros tampoco deberíais. El ritual es como un faro para quien sepa mirar y, seguramente, nos seguirán el rastro —les advirtió Okuzaki.

 

De vuelta, a no mucha distancia de casa, fueron atacados por tres ninjas. Ya estaban acostumbrados a esas emboscadas en la noche y lograron acabar con sus oponentes sin sufrir heridas. Registraron a los muertos sin encontrar nada útil, más allá de algo de dinero, abrojos, algún ungüento curativo o veneno y un kusari-gama al que Reiko cogió cariño.

Apenas perdieron un par de minutos con los cadáveres: el ataque indicaba que los habían descubierto y eso podía suponer que los Mori estuviesen en peligro. Corrieron a la casa. Estaba en silencio, no había ruidos ni luces. Sin embargo, se acercaron con cautela. Reiko abrió la puerta. Se le cerró en las narices con gran estrépito.

Ambos samuráis saltaron hacia el otro lado de la calle, pero nada más ocurrió. Reiko volvió a abrir la puerta, con mucho cuidado, pero algo tiró desde dentro, abriéndola de golpe y cerrándola a continuación. Reiko supuso que sería el kami del pozo y eso la intranquilizó. ¿Habían atacado los ninjas ya la casa y el kami intentaba ahora protegerla? ¿Les esperaban dentro, quizás con los Mori como rehenes? Bajó sus barreras mentales para intentar comunicarse con el kami. Recibió el equivalente a un puñetazo mental.

—Niña del invierno, ¿qué has hecho? Niña del invierno, ¿por qué te has llevado la primavera? Niña del invierno, ¿por qué nos condenas?

Una terrible sospecha anidó en el corazón de la joven. Se concentró en Okuzaki Jin, moduló un pulso mental adecuado a su mente y lo lanzó en todas direcciones. Un eco le respondió. Levantó la vista para orientarse con las estrellas. Los ojos se le llenaron de lágrimas.

Okuzaki Jin se movía rápidamente hacia el noroeste, fuera ya de la ciudad.

—Genji, no han engañado y hemos hecho algo terrible.

Sakura, un cuento de Lannet 2×05 y 2×06. Con Hosoda Genji (Menxar) e Ishikawa Reiko (Charlie).

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