Sakura — El Abanico Rojo

El rumor sordo que lo llenaba todo presagiaba la catástrofe. Los brazos en alto y los gritos de desesperación la confirmaron. Una repentina crecida de un riachuelo, de lo normal pacífico, provocada por la incesante lluvia y el deshielo que habían traído los húmedos y cálidos vientos oceánicos, se había cobrado su precio en aquel vado de la carretera a Tsukikage. Varios cuerpos flotaban corriente abajo, junto con dos literas. Una, la más entera, había quedado enganchada en un amasijo de ramas y restos y de ella se agitaba un brazo de mujer.

Hosoda ni se lo pensó. Pasó las riendas de la mula a Reiko y se lanzó al galope, cruzó entre los impotentes samuráis y criados y saltó al torrente. Por un momento, pareció que la fuerza de las aguas arrastraría al imprudente samurái y a su caballo, pero la montura respondió a las órdenes de su jinete y, evitando como podían los restos más grandes y aguantando el envite de los pequeños, llegaron hasta la litera. Genji intentó izar a su ocupante, pero el elegante kimono empapado que lucía la mujer se había convertido en una trampa mortal. Tuvo que tomar su tanto y cortar las ricas telas hasta dejarla con el ligero kimono interior.


Reiko no se había quedado de brazos cruzados. Tras tomar de la mula un rollo de cuerda, galopó aguas abajo hasta acercarse todo lo posible a Genji y le lanzó la cuerda. El samurái la cogió al primer intento y la ató a la silla. Con la ayuda del caballo de Reiko, su montura pudo hacer frente a la corriente y ganar la orilla.

La mujer era una joven de 18 o 20 años, Shinozaki Yasuko. Su padre era el samurái de pelo entrecano que se desesperaba en la otra orilla, les informó el samurái de escolta que, con dos criados, había quedado en este lado. La repentina crecida había saltado la carretera y se había llevado por delante las literas de Yasuko y de su dama de compañía.

Cruzar el río era imposible, así que, gritando para hacerse oír sobre el estruendo, informaron al atribulado padre de que su hija estaba viva y que se replegaban a la posada más cercana hasta que el río bajara de caudal. Reiko envolvió a la joven en una manta y se la confió a Genji para que la llevara a galope a la posada, donde podría tomar un baño caliente y ser atendida en condiciones. Gracias a estas precauciones, la muchacha no sufrió secuelas de su aventura, no así Genji, que arrastró un resfriado los días siguientes.

Llevó dos días que las aguas bajaran lo suficiente para permitir el cruce seguro, usando los caballos de Reiko y Genji y una cuerda guía. Para entonces ya sabían que Yasuko iba a casarse con Hogen Susegaji, el hijo mayor y heredero de Hogen Musachi, magistrado del pueblo de Sukura. Se trataba de un feudo imperial, emplazado en una sierra que rompía la monotonía de la llanura a la izquierda de la carretera y que vivía de una cantera. Shinozaki padre, al agradecerles personalmente el haber salvado a su hija, los invitó a la boda sin darles posibilidad de negarse.

La boda fue sencilla, pero de buen gusto. La ceremonia se celebró en un templo cercano por un sacerdote itinerante y el banquete, en la casa, una hermosa construcción, no muy grande, pero con un gran jardín. El banquete fue abundante, con productos de calidad de la zona y sin excentricidades ni alardes. El sake era claro como el agua, pero tanto Reiko como Genji apenas lo probaron más allá de los brindis de rigor. ¿La razón? La presencia entre los invitados de un sobrino de Asakura Katsumi, un chaval mujeriego, engreído y prepotente que les contó el cotilleo del momento: las desventuras de Ishikawa Reiko y cómo él había estado a punto de casarse con ella en primavera. El joven era amigo del novio y se había separado del grupo Asakura principal, al mando de la capitana Asai Kikuko, que habían seguido camino hacia Sensou-jo, el castillo del shogun.

Aunque el muchacho, más joven que Genji, no los reconoció tras las identidades falsas suministradas por el señor Saito, cabía en lo posible que alguien de su escolta los hubiera visto durante la boda de Ishikawa Hideo o durante la batalla del paso Azuma. Por eso, evitaron la bebida y, en cuanto terminó la cena, salieron al jardín con el pretexto de contemplar la luna.

De pronto, oyeron gritos y gran estrépito en la casa. Por pura paranoia adquirida en las últimas semanas, Reiko relajó sus barreras y dejó que su mente se expandiera. Sintió los zarcillos de pensamiento de los habitantes y visitantes y otros que se movían rápidamente por el exterior del muro. Señaló la tapia a Genji.

—Oigo gente corriendo por la calle. Mal me huele. Voy a mirar.

—Yo voy a la casa a enterarme de lo que ocurre.

La joven llegó hasta la tapia y se izó sobre las ramas de un pino negro para mirar sobre ella. Por el camino que bajaba al pueblo acertó a ver varias sombras grises con un fardo blanco. Los pelos de la nuca se le erizaron. Olía a sangre.

Hosoda, entre tanto, se llegó a la casa. Allí cundía el caos. Oyó voces y lamentos que decían que Hogen Susegaji, el novio, había muerto, y otras voces que llamaban a Yasuko sin encontrarla. Los samuráis de la casa estaban en shock y los invitados, demasiado borrachos y aturdidos para reaccionar. Agarró a un criado y le forzó a abrir el armario de las armas para tomar su katana.

—Los asesinos huyen por el camino —le dijo al criado, con plena confianza en lo que su señora le había contado—. Vamos en su persecución. Díselo a tu señor.

Con esto, se reunió con Reiko. Ambos saltaron la tapia y corrieron tras los perseguidores, Reiko maldiciendo el kimono femenino que llevaba. Para cuando alcanzaban el pueblo, habían perdido de vista a los fugitivos, pero un viejo senil los puso de nuevo en la pista. Corrieron por la calle que les dijo. Donde se abría formando una plaza, surgieron de las esquinas seis matones embozados armados de palos y grandes cuchillos.

—¡Idos! ¡Largaos! Nada se os ha perdido aquí —les gritó el cabecilla.

—¡Ah, no tengo tiempo para tonterías! —exclamó Genji mientras desenvainaba a Yukikaze. El primer bribón cayó en el corte ascendente; el segundo, al caer la katana; el tercero, salió rodando de una patada, chocó contra un árbol y ahí quedó sin aliento. El cuarto, el quinto y el sexto se lo pensaron mejor y huyeron tan rápido como pudieron.

Reiko enganchó al derribado, poniéndole el tanto en el cuello hasta el punto de hacer brotar la sangre.

—¿A dónde la habéis llevado? ¡Habla!

Pero no esperó a que hablara. Persiguió el fugaz pensamiento que cruzaba por la mente del matón.

—Apestas a prostíbulo. No te molestes en negarlo, sólo dime por dónde está.

En el prostíbulo habían encontrado refugio varios de los matones huidos, alertando a sus camaradas. En total una decena que tomaron sus armas cuando Hosoda tiró abajo la puerta de la estancia que ocupaban por indicación de Reiko. Yukikaze cantó y la sangre corrió. Reiko, entre tanto, vigilaba otra estancia donde había detectado varias mentes, una de ellas más apagada, como si estuviera dormida o inconsciente.

Al caer el cuarto o quinto bandido, las puertas de aquella estancia se abrieron y salió un hombre de mediana edad y larga barba negra. Vestía un recargado y engorroso kimono con la figura de un gran tigre blanco surgiendo del costado y no llevaba armas a la vista. Dos ronin tomaron posiciones detrás de él. Hombres de mirada acerada, acostumbrados a matar. Tras ellos, vio un fardo blanco y mechones de pelo negro de un peinado deshecho.

—¡Basta ya de violencia! —ordenó el hombre de la barba con una voz acostumbrada a mandar.

Genji bajó su katana y se reagrupó con Reiko. El misterioso hombre sin armas suponía una amenaza incierta. ¿Se trataba de un onmyoji?

—No hacía falta que vinierais —continuó el hombre del tigre blanco—, yo mismo habría llevado a la novia de vuelta. Tomadla —Uno de los ronin tomó a Yasuko en brazos y la dejó en medio del patio—. Está envenenada. Si no se le suministra el antídoto —Y enseñó un pequeño frasco de barro— morirá antes de un día. Decidle al magistrado que, si lo quiere, se lo entregaré en el puente de cuerda que cruza el río Sune-o. A cambio, deberá entregarme el Abanico Rojo. Ahora, idos.

 

De vuelva a la casa del magistrado, el médico de los Hogen confirmó el envenenamiento. Hogen Susegaji, herido de gravedad, se debatía entre la vida y la muerte y no quedaba claro si sus heridas y el rapto de la novia habían sido algo premeditado o fruto de un robo que había salido mal. Reunidos en el salón con el magistrado, le preguntaron por el Abanico Rojo.

—Es una reliquia de los kami que los Hogen hemos guardado durante generaciones, antes incluso de venir a Sukura. Se dice que fue forjado por un kami de los volcanes del este.

El magistrado no entró en mucho más detalle y Reiko y Genji tampoco pidieron aclaraciones. Ellos llevaban una carga parecida y entendían lo que suponía. También se veía en su rostro la lucha interna que vivía. Tenía un deber para con su linaje y otro para con su nuera y huésped y ganó este último. Tranquilizó al padre de Yasuko y ordenó a sus mejores jinetes que estuvieran preparados al alba para llevar el abanico.

Reiko se llevó a un aparte a Genji.

—Mejor nos adelantamos de reconocimiento. No creo que el hombre del tigre blanco juegue limpio.

Tras descansar una hora y pedir las indicaciones necesarias, tomaron sus caballos, armas y armaduras y partieron hacia el puente. Sería muy largo relatar en detalle su aventura, pero cerca estuvieron de terminar reducidos a charquitos humeantes y Yasuko de morir. Pues ocurrió que su oponente había dejado centinelas ocultos en el lado del puente por donde llegaron ellos dos. Los centinelas los descubrieron y murieron sin tiempo a dar la voz de alarma.

Dos hombres protegían el otro lado del puente. Algo oyeron o vieron y uno de ellos se fue por el camino, seguramente para avisar al hombre de la barba. Con un solo oponente, Reiko se lanzó a cruzar el puente. Protegida por el arco de Genji y con sus poderes para confundir la mente del ronin, tenía exceso de confianza. El plan no salió bien y tuvo que huir al bosque al acudir los compañeros del centinela antes de lo que preveía. Con esto, Reiko y Genji quedaban separados por el puente y varios hombres armados.

Con todo, la joven se escurría entre sus cazadores como un ágil cervatillo, anticipándose a sus movimientos al seguir el eco de sus mentes. Genji, entre tanto, aguardaba temiendo oír a cada momento ruidos de lucha, pero también viendo como su señora arrastraba a los hombres al bosque, dejando el puente desguarnecido. En el momento en que sólo vio a un ronin, se lanzó a cruzar el puente, con tan mala suerte que se dio de bruces con el hombre del tigre blanco. El hombre era un shugenja, un brujo, y con su magia hirió al samurái. Por fortuna para el joven, Reiko, tras rodear y despistar a sus perseguidores, acudía en su ayuda. Entre ambos desencadenaron tal tormenta de tajos y estocadas sobre el shugenja que lograron romper sus defensas mágicas y acabar con su vida. Los ronin, al ver muerto a su señor, se dividieron: algunos atacaron a Reiko y a Genji, otros intentaron huir, pero para todos fue tarde. Yukikaze y los tantos de Reiko habían probado sangre y no pararon de cortar hasta estar satisfechos.

Con esto, Reiko y Genji salvaron el Abanico Rojo y la vida de Yasuko. La noticia fue recibida con agrado por el señor Hogen, para quien incluso la derrota de los jóvenes hubiera sido algo bueno, pues le habría permitido salvar su honor y mantener el abanico. Reiko no quiso oír hablar de recompensas, más allá de provisiones para seguir el viaje (ya se habían ocupado de saquear a los muertos, la única fuente regular de ingresos que tenían en su huida), pero solicitó que el anciano onmyoji de Hogen, Mo-Shimen, les contara todo lo posible sobre el hombre del tigre blanco y sobre Kamyu Arata.

El anciano, aunque alejado de la capital, les dio mucha información. Se trataba de un caso muy conocido que levantó gran revuelo entre los onmyoji imperiales quince años atrás: un profesor, un shugenja oscuro al servicio del Dios Insidioso infiltrado, había corrompido a cuatro de los más prometedores estudiantes. Uno de ellos había sido Kamyu Arata, proveniente de un antiguo linaje de hechiceros. El profesor había sido descubierto y ajusticiado; sus estudiantes habían logrado huir y los rumores sobre sus correrías no habían hecho sino crecer. Habían tomado los nombres y símbolos de las cuatro bestias cardinales: Seiryu, el dragón del este; Genbu, la tortuga del norte; Suzaku, el fénix del sur y Byakko, el tigre blanco del oeste. El shugenja con el que se habían enfrentado seguramente fuera este último.

Mo-Shimen no pudo contarles más, pero les recomendó acudir a la biblioteca del colegio de onmyoji y les dio una carta para un bibliotecario que conoció, para que pudieran entrar.

—Seguramente habrá muerto ya, pero su hijo o su nieto serán archiveros.

Con esta carta y las posesiones del shugenja muerto, entre las que destacaban cartas y diarios en clave, Ishikawa Reiko y Hosoda Genji, o, mejor dicho, Mifune Rei y Sato Gennosuke, continuaron camino hacia Tsukikage, la capital de Lannet.

Sakura, un cuento de Lannet 2×04 y 2×05. Con Hosoda Genji (Menxar) e Ishikawa Reiko (Charlie).

El Abanico Rojo es un módulo de Runequest que encontré en Sinergia del juego de rol. Es cortita y sencilla, ideal para tomar como base para una aventura. No pierde el tiempo con literatura inútil y va al grano: en media hora se lee dos o tres veces y en un par de horas se tiene dominada. Mi problema con los módulos ya hechos suele ser la cantidad ingente de tiempo que necesito para leer, resumir, resumir más e interiorizar. ¡Cuando necesito una semana para empollarme una aventura de una o dos sesiones, mejor la preparo yo! Desde aquí, mi agradecimiento al autor.

Como suele ocurrir, nada salió como debiera. El Abanico fue un fugaz McGuffin, el mago que debía haberse convertido en enemigo recurrente duró una sesión (ese momento terrible en el que ya dan igual tus planes como máster y todo se reduce a morir o a matar; si le llegan a dar un respiro al Tigre Blanco, con los puntos de poder que ya tenía acumulados esta entrada trataría sobre un TPK).

Pero, oye, entre salvar a la joven en el vado y la conversación final con Mo-Shimen, nos dio para sábados en la habitual sesión doble y con unas escenas muy chanbara: los bandidos cayendo como moscas y el combate que se para con la entrada del malo y sus guardaespaldas. En el módulo original, el brujo llega con mogollón de refuerzos e impone su superioridad numérica, pero para el estilo creo que queda mucho mejor que llegue con unos pocos tipos veteranos (tantos como pjs, menos si es posible). En el cine y anime de samuráis y en el western hay muchos ejemplos de lo que digo y se ve rápido por qué es mejor opción.

A estas alturas de la campaña, quedaba claro que la combinación de Lectura Mental más el tanto +20 hacían de Reiko una máquina de trinchar carne. ¡Qué ganas de que llegara la primavera y bajara el rango del artefacto de marras! Por el otro lado, Genji resultaba menos efectivo con Yukikaze (una katana +10 con varias cosas más) que con la espada de su familia, de calidad +5, que dejara en Aimi.

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