Primavera 1243
Era una noche fría, aunque el solsticio estaba cerca. El aire estaba en calma y el cielo, despejado. Pese a lo avanzado de la hora, el campamento francés era un bullicioso enjambre de luciérnagas. Todavía estaban a medio colocar, en un vano intento por rodear la base del pog, pero la habitual colección de putas, buhoneros y mercaderes que sigue a todo ejército ya había montado su colorido campamento y alegraba las noches.
Arriba todo era silencio. Unos pocos centinelas vigilaban en la avanzada de la Roc de la Tour, otros dormitaban en la muralla exterior. El pueblo estaba en calma: casas, cabañas y cuevas donde vivían y se refugiaban los cátaros estaban a oscuras. Más arriba, la plataforma superior, sobre la torre del homenaje, estaba iluminada. Cuatro hachones ardían, desterrando la noche del centro de la plataforma. Allí, sentada dentro de un intrincado dibujo de tiza, rodeada de papiros y pergaminos con cartas, símbolos y saberes astrológicos, estaba sentada una joven de negros y largos cabellos recogidos con cintas de colores de las que pendían multitud de cascabeles. Sus coloridas ropas contrastaban con el gran hacha cubierto de símbolos esotéricos y mágicos que había a su lado.
La joven estaba tan absorta en sus cartas y cálculos que tardó en darse cuenta de que no estaba sola. Un hombre ya anciano que despedía un fuerte olor a flores y miel y a cuyo hombro se aferraba un diablillo traslúcido, había salido por la trampilla y observaba con detenimiento el quehacer de la joven. Cuando se dio cuenta de que su presencia había sido advertida, rodeó los hachones y se arrodilló delante de la joven, con cuidado de no dañar los dibujos con el borde de su túnica. Con un gesto vago señaló hacia el campamento de los sitiadores y formuló una única pregunta:
—¿Hay que buscar ayuda?

