—Permitidme que os haga una pregunta, amigo mío. Nos sucedió algo curioso hace unos días, cuando Alexei, el cazador de Leonid, fue nuestro invitado. Al ver a un miembro de nuestra tripulación palideció y murmuró algo así como «drow». ¿Sabes a qué… podía… referirse? —La voz de Paolo fue muriendo conforme cambiaba la expresión del dvergar y notaba como las conversaciones de los parroquianos disminuían en favor de los oídos atentos. Allí había más de uno y más de dos que sabían latín.
Que iban a llamar la atención era algo que el comandante del destacamento de Wissenschaft tenía asumido desde que llegaran a Nidik. No tenía pinta aquel villorrio fortificado de recibir muchas visitas en invierno y menos que, como Renaldo y él, superaran holgadamente los dos metros. Aun así, había confiado en que la barrera del idioma les permitiera disfrutar en paz del sencillo pero sabroso estofado de la posada después del duro viaje, más de veinte kilómetros a vuelo de pájaro desde Caer Dubh a la Ruta MacLellan vía el Corn Y Dyafol, los 1800 metros de desnivel hasta la Ciudadela Alta por escaleras, cruzar los túneles hasta la tumba de las blatodeas, bajar otros ochocientos metros de desnivel (más escaleras) para salir al valle que dominaba Nidik, abrupto, nevado y con pocos caminos, cruzarlo hasta la ciudad y tener que pasar la habitual audiencia con el señor. Pero estaba claro que, como había dicho Ffáfner, el latín era cada vez más una lingua franca comercial y el tema de los drow llamaba la atención.
El enano se tomó su tiempo en contestar, apurando sin prisa su cerveza, como si pusiera en orden sus ideas. Habló con voz queda, con su fuerte acento.


