A sus pies se abría el valle de Entreaguas en todo su esplendor. A su izquierda, al norte, suaves colinas donde se mezclaban alcornocales, olivares y tierras de cultivo, con bosquecillos en las cañadas y a orillas de los riachuelos. Al sur, las últimas estribaciones de las Tierras Altas del Sur formaban un paisaje quebrado y cubierto de pinos, robles y hayas. Entre ambos, el Aguaverde y el Río Grande se abrazaban en un intrincado laberinto de canales, ciénagas y lagunas cubierto de una feraz vegetación donde destacaban, aquí y allá, los arrozales.
—Aquél es nuestro destino —El piloto del Albatros dorado, el barco de Nidik, señaló al norte, a una ciudad que, desde lo alto del cerro, se había desparramado ladera abajo, a uno y otro lado de un afluente del Río Grande—. Cairdon la llamaban cuando no era más que un castro en el cerro. Córdoba, la llaman ahora. Tiene un puerto de donde van y vienen barcos de Cartagena y de Sevilla; y caravanas que bajan con plata de los Revan y llegan con maíz, pieles de búfalo y artesanía de los elfos de las Grandes Llanuras. Y un puerto para los barcos aéreos, allí, en aquella pradera —La codicia brilló en sus ojos—. ¡Ah, qué lástima que esté tan protegida!
»Hace quince años aquí sólo había pequeños pueblos que guerreaban entre ellos por el agua y el ganado. Eran fáciles de saquear. Luego llegó ese grupo de aventureros y ahora Entreaguas es un país rico, con ciudades, con comercio, con tropas. La gente ha adoptado sus costumbres, su religión, sus nombres y ahora son ellos, con sus impuestos y sus mordidas, quienes nos roban. Ahora son civilizados.


Asuna en acción