Con las cuatro armas en su poder (los tantos del verano y del invierno y las katanas Matsukaze y Yukikaze), llegó el momento de decidir el siguiente paso: Okuzaki Jin, el sacerdote renegado, les había dicho que el contra-ritual debía hacerse en el templo de Tsukikage, porque allí se había hecho el primero, y el viejo eremita de Montaña Blanca se había ofrecido a realizarlo en su santuario, al ser la montaña un lugar de gran poder. Reiko y Genji preferían la opción de Tsukikage, pero la Señora del Verano, Shimazaki Eri, no estaba segura de qué ritual emplear, así que decidieron volver hacia Tsukikage desandando el camino y consultar al viejo de la montaña. Formaban el grupo, recordemos, Ishikawa Reiko, Hosoda Genji, Kato Misaki, Shimazaki Eri, Shimazaki Takumi, Hitomi, cuatro caballos (tres de guerra) y dos mulas.
Sakura — El rescate de Eri
Cruzaron por el portal, que seguía cerrándose y apenas permitía ya el paso de una persona. Al otro lado había habido un campamento, protegido al pie de un farallón rocoso. Hacía horas que lo habían levantado, pero el rastro de un grupo tan numeroso era fácil de seguir. Corrieron por la senda abierta por los onis en retirada, descendiendo de una larga y amplia colina: el monte Miwa.
Al terminar el descenso, el rastro se dividía en tres. No había nada que les indicase por dónde se habían llevado a Eri; los tres rastros parecían dejados por un número similar de pies, pezuñas y garras. Reiko intentó captar la mente de la sacerdotisa, sin éxito. Genji, por su parte, siguió unos cientos de metros cada rastro, intentado dar con una pista.
Sakura — La Doncella Salvaje
Cuando el dolor y las náuseas remitieron y se le aclaró la vista, Hosoda Genji vio que no seguía en la casa ni había rastro alguno de los daimah y los atacantes: estaba en un bosque, un robledal denso, oscuro y en silencio. Miró, asombrado, a su alrededor. A pocos metros, vio a Reiko, con el tanto de Minako-hime en la mano, y a Hitomi. La piel desnuda de las dos relucía a la luz de la Luna. Reiko lo miró con los ojos muy abiertos, luego se miró y la sorpresa dio paso a la vergüenza. Se giró, tapándose con los brazos.
—¡Genji! —gritó.
El samurái dio la espalda a las muchachas. Palpó su cuerpo con la mano libre, notando su propia desnudez. ¿Y la ropa? Intentó pensar. Había desaparecido todo rastro de los Shimazaki, incluso la ropa que les habían dado. Pero ellos estaban aquí. ¿Estarían también sus cosas? Intentó orientarse, recordar la distribución de la casa. ¡Bingo! Ahí estaba el equipaje.
Toaru Hikuushi e no Koiuta
A nadie sorprenderá ya si digo que tengo debilidad por el subgénero bélico de escuadrón. Toaru Hikūshi e no Koiuta (Canción de amor para un piloto) entra dentro de este género. Es una serie de novelas ligeras de Koroku Inumura (historia) y Haruyuki Morisawa (ilustraciones), adaptada al anime en 13 capítulos bajo la dirección de Toshimasa Suzuki y producido por el veterano estudio TMS Entertainment.

Kal-el y su hermanastra Ariel en uno de los cascajos de entrenamiento
Sakura — El bosque encantado
Grandes coníferas cuyos troncos ni seis hombres podrían abarcar; helechos que superaban la altura de un caballo; pájaros fantásticos volando de rama en rama; kodamas, con su extraña mueca, asomándose tras los troncos; una humedad pegajosa que hacía que les gotease ya el cabello y la punta de la nariz y unos colores tan vivos que hacían daños a los ojos. Ni rastro ya de los yermos del Sendero del Bushido ni del portal que habían cruzado cinco minutos antes. Habían llegado y todos esperaban que fuera el destino buscado.
Sakura — El sendero del bushido
Hosoda Genji forcejeó para poder sacar el tanto y cortar la red. Los tengu estaban ya lejos, volando rumbo al norte. Ignoró al ronin medio muerto que yacía a pocos metros de él y se dirigió hacia donde oía a Kato Misaki. Lo encontró luchando con su oponente, a mordiscos incluso, atados ambos bajo la misma red. Genji no estaba para bromas y les pegó cuatro gritos para que se estuviesen quietos. Tras cortar la red, señaló al ronin el camino seguido por sus compañeros.
—¡Largo!
El ronin no dudó: en los ojos del samurái había promesas de muerte.
—Los tengu tienen a Ishikawa-dono y a Hitomi —informó a Kato—. Si no los perseguimos rápido, las perderemos.

Volvieron a la carrera a donde habían dejado los caballos. El campamento había sufrido un huracán: mantas, utillajes, los sacos del arroz… estaban todos tirados y desparramados. Los caballos habían roto sus ataduras y estaban dispersos: las dos mulas colina abajo, el caballo de Kato y el Hitomi juntos más allá, los de Reiko y Genji (Hirano ambos) en mitad del destrozo, esperando pacientemente a sus amos. Genji reagrupó y ensilló las monturas mientras Kato recogía lo salvable.
Sakura — Un asunto de honor
Se pusieron en marcha bien avanzado abril. Ishikawa Reiko, Hosoda Genji, Kato Misaki y Hitomi, con caballos y dos mulas con la impedimenta. Rumbo al norte, esperando encontrar las tierras del clan Shimazaki, en el misterioso Bosque de Karasu, en tierras del clan Karasuma. El tiempo seguía imprevisible, una pugna entre el sol de primavera y el ritual del invierno que tan pronto traía nevadas como lluvias o días de temperatura agradable, que provocaban aludes y crecidas en los ríos; por la noche, las heladas acababan con las pocas plantas que se atrevían a brotar. Los campesinos estaban asustados, más que de costumbre, y se echaban a temblar ante las nevadas, ante el sol que calentaba, ante los samuráis que pasaban y ante los lobos que aullaban cada vez más cerca.
Isekai Sokudou
Peculiar serie de este verano, basada en la serie de novelas ligeras de igual título, que nos habla de un restaurante de cocina occidental del Tokio actual que los sábados abre sus puertas en un mundo medieval-fantástico. Puertas en plural: la puerta del restaurante aparece repartida a lo largo y ancho del mundo, en muchos lugares. Y, así, los sábados se junta una variopinta colección de personajes en el local: un viejo mago, un samurái, un hombre león cubierto de cicatrices, un hombre lagarto, un grupo de hadas golosas, una dragona antigua y cuasi divina…
El restaurante, en hora punta
Sakura — La cabaña errante
El grupo permaneció unos días en tierras de los Masaki, mientras Hosoda Genji se recuperaba de las heridas sufridas en su duelo con Mikoshi Yotaro. Kato Misaki aprovechó esos días para volver con su familia y poner sus asuntos en orden. Ishikawa Reiko pasó los días en el archivo, buscando información sobre los Shimazaki, el esquivo clan que compartía, con los Okuzaki, la titularidad del Templo de las Cuatro Estaciones de Tsukikage. Lo poco que encontró apuntaba al norte del Bosque Karasu, en tierras de los Karasuma, un gran bosque con fama de encantado que ocupaba la península que hacía de extremo norte de la gran isla de Varja. Coincidía con lo que le había contado Hitomi. Reiko sospechaba que los Shimazaki eran daimah, al igual que los Okuzaki. La acólita no parecía saber nada o, si lo sabía, no había respondido al sutil tanteo de Reiko.
Para Hosoda Genji, aquellos días en los que obligó a su señora a esperar por él fueron un suplicio. En su vida se había sentido un lastre tan inútil. Abandonó pronto el lecho, pese a las protestas del médico. A falta de cascada helada bajo la que meditar y con la prohibición expresa de Reiko de practicar kendo, optó por los paseos. Al principio a pie, luego a caballo. Iba solo, acompañado de Hitomi o, un par de veces, de Reiko. Precisamente, en uno de estos paseos vivieron una de sus aventuras más extrañas.
Sakura — Matsukaze o La enfermedad del daimio
El descenso de la montaña no fue menos complicado que la subida. Mover a tres personas (Ishikawa Reiko, Hosoda Genji e Hitomi) y cinco monturas (dos caballos de guerra, un palafrén y dos mulas) no era, en absoluto, tarea fácil entre aquellas laderas cargadas de nieve, a un paso del alud. Pero el guía conocía aquellas tierras como la palma de su mano y con un simple vistazo elegía el mejor camino. Hosoda Genji sospechaba que debía ser cazador furtivo o mover contrabando o fugitivos a un lado y otro de las montañas, mas nada dijo. El hombre era correcto en el trato y cumplió con lo pactado, dejándoles en el camino al dominio de los Masaki, al pie del puerto. Embolsándose la plata ganada, más un plus por mantener su boca cerrada, se despidió con una reverencia y volvió a las montañas.