Cuaderno de bitácora, día 3.
Un extraño descubrimiento, hecho ayer por Dragunov, perturba nuestro sueño: el cielo nocturno no es el que esperamos. No coinciden las estrellas, no encontramos las constelaciones y la Luna parece haber desaparecido. En su lugar, dos pequeños satélites recorren el cielo nocturno con paso apresurado y los vimos cruzar el cielo varias veces en la noche. No tenemos astrónomos a bordo y ninguno entendemos qué está pasando.
El grupo de Renaldo y Dragunov, en adelante SG-1, llegó al atardecer a Caer Dubh, que ha resultado ser un villorrio fortificado cuyo gobernante se da el título de rey. De cualquier forma, es la población más cercana a nosotros (que sepamos) y necesitamos de su amistad y así se lo he hecho saber a nuestros hombres. Su sentido del deber llega más allá de lo exigible, pues se han ofrecido a solucionar ciertos problemas de los lugareños con unas minas cercanas.
Los lugareños hablan el mismo idioma ininteligible que el viejo trampero, pero el párroco local chapurrea latín y les ha hecho de intérprete. Gracias a él sabemos que estamos en una isla, Ynys Mawr, nombre que no nos dice nada. También que el reino más poderoso de la zona se llama Finisterra, es un reino cristiano y hace unos años estuvo envuelto en una guerra de fuerte contenido religioso. Nada de esto nos es conocido y tiene perplejos a nuestros historiadores. Paolo se muere por echar un ojo a la biblia de estas gentes, pues parece ser muy distinta a la nuestra.