El cielo nocturno titilaba en todo su esplendor sin que la luna menguante fuera rival. El río gorgoteaba en la oscuridad, feliz y crecido por el deshielo. La noche era un remanso de paz y así lo expresó Hosoda Genji con un haiku improvisado. Andaba junto a Mariko, la geisha, por el desierto paseo del río. La única luz la llevaba la otra geisha, Remi, que caminaba unos pasos por delante. Como nadie podía verla, se permitió una sonrisa ante la torpe declamación del samurái. No era mal haiku, pero la presencia de Mariko debía haberle desconcentrado.
Un paso por detrás de Remi, Nakamura Ken, el gigante y veterano guardaespaldas de Reiko, avanzaba con la vista perdida por las sombras de la orilla. Era hombre de acción y le resultaba difícil comprender por qué un samurái perdía el tiempo con la poesía. Eso le permitió ver el reflejo de la linterna en el filo desnudo de una espada. Apenas pudo dar un grito de aviso y alcanzar a Remi de una zancada para protegerla. Una sombra embozada salió de los cañizos y atacó a la geisha, rapidísima. El cuerpo de Nakamura reaccionó por instinto. Bloquear el golpe, desviar para abrir la defensa, cortar y rematar. Luego, cogió la linterna de las temblorosas manos de Remi para examinar el cuerpo del atacante. La espada de hoja recta y la indumentaria no daban lugar a dudas.
—Ninjas.
